Y no fue sólo un acto maquinal, no fue una premeditación, sino que sólo bastó ese roce de su piel en nuestro suelo para que, al hacerlo, nos dotara de la oportunidad de convertirnos en el lugar más fecundo y progresista de la humanidad.
Esta, nuestra patria, fue poblada por el mayor imperio que existió en América del Sur. Raza fuerte, hábil, de mente increíblemente brillante, altiva y guerrera, cuyas obras día a día nos llenan de asombro al ser descubiertas. Adoraron al dios creador que nombraron Inti, y fue el guía que los llevó a superarse y alcanzar la fama conocida y admirada del gran Imperio del Tahuantinsuyo.
Recuerdo que, siendo estudiante, en el curso de Historia del Perú, siempre admiré aquel discurso pronunciado por José Domingo Choquehuanca -perteneciente a un entroncado linaje de Huáscar Inca-, que en fervorosa peregrinación llegó hasta Pucará con el fin de saludar a Bolivar, a su paso por aquel lugar.
Desgraciadamente, no puedo sino reproducir algunos párrafos que se me grabaron por su hondo significado: “Quiso el Dios de los ejércitos formar un imperio y creo a Manco Cápac...”. Luego otro fragmento: “Pero pecó su raza y nos mandó la esclavitud y después de cuatro siglos de expiación se ha apiadado de nosotros y nos ha enviado a vos… Para que alguien se igualara a vuestra fama, habría nuevos mundo por descubrir…”. El final, el más recordado, termina así: “Con el transcurso de los siglos, crecerá nuestra raza, como crecen las sombras cuando el sol declina”. Recordando el pasado, siguiendo el curso de los más resaltantes acontecimientos históricos, y analizando nuestro presente, me cabe preguntar ¿cuánto de verdad se encierra entre las líneas de ese memorable discurso, si lo aplicamos a nuestro acontecer nacional?
No puedo explicarme como la ambición es y será siempre la causa principal de la destrucción de los más poderosos, del aniquilamiento de imperios sólidamente constituídos, de la pérdida completa de altos valores morales y espirituales de nuestra sociedad actual. En una nación, o en el seno de muchas familias morales y honestas.
Fue esta la causa que desmembró a nuestro poderoso imperio, por las divergencias entre los hermanos y enemigos Huáscar y Atahualpa. Y fue así también que nuestro cautiverio cruel, humillante y caído en la más abyecta situación, tuvo que esperar largos siglos de dolor par que fuéramos redimidos de la esclavitud, empezando a surgir en el alma de todos el amor a la patria, regada y purificada con la sangre de los mártires.
Las cruentas luchas en la época de nuestra independencia demostraron al mundo entero que en el corazón de todo peruano vibraba el valor, el espíritu de sacrifico y el heroísmo de hombres mujeres, ancianos y niños, muchos de los cuales cayeron para siempre, defendiendo lo que legítimamente nos pertenecía. Dejándonos como muestra ese pundonor a las generaciones actuales, las que desgraciadamente hoy lo ignoran, y a nuestros héroes y heroínas que son el símbolo de nuestro orgullo nacional.
Y luego de años de paz y esperanza, en aquella juventud renovada y deseosa de reconstruír nuestro país, tratando de situarlo en el lugar que le corresponde en el mundo ¿qué nos pasa? ¿Ha vuelto a pecar nuestra raza? Desgraciadamente es así. Ahora ya no somos esclavos de otros, pero somos víctimas de la corrupción, del desborde de las estructuras morales. No se sabe cuanto nos costó nuestra libertad como nación. El caos y el desgobierno nos agobian cada día más. Sufren hambre y necesidad los que nada tienen, pero los responsables de sacarnos adelante, olvidan sus deberes. El hambre de poder y la ambición de tener cada día más los hace olvidar de elevar a nuestra patria al nivel mundial que le corresponde y cada día la hunden y la desprestigian con equivocada actuación.
Espero que nosotros, los ancianos, con nuestra experiencia y los jóvenes con mejor preparación, nos unamos. Tenemos que trabajar en todo lo que esté a nuestro alcance, con capacidad de lucha, y no esperar que llegue nuevamente a nuestra patria un nuevo libertador, sino que cuanto antes nos decidamos a reconstruir nuestro presente, consolidar nuestro futuro y llegar al final de esta batalla dura, difícil y heróica para merecer sentirnos orgullosos de que nuestro trabajo y patriotismo merezcan escuchar algún día, al referirse al Perú, el final del discurso de Choquehuanca: “Con el pasar de los siglos, crecerá vuestra fama, como crecen las sombras cundo el sol declina.”
Perú, grande, noble y generoso ¡no te dejes vencer! Tú siempre has acogido a propios y extraños con tu amor tradicional. Tu suelo bendito sólo necesita la refrescante lluvia para florecer, No permitas que la inmolación de tus hijos sea estéril. Aún en el corazón de muchos de nosotros, late el amor a esta tierra que amamos y nos orgullecemos de ser peruanos ¡Levanta esa frente! Sigue adelante con decisión, empuje, fe y coraje. Recuerda que en tu suelo bendito estuvo apoyada “la mano de Dios”.
Perú, sacúdete de este letargo en el que estás sumido. Bello gigante dormido ¡despierta!
Con mis mejores deseos de amor y paz,
Sara de la Puente Raygada de Mesinas
Miraflores, 9 de marzo de 1991