1923
¿Mi primer recuerdo? -No sé que tiempo tendría de nacida- era muy pequeña y me tenía en sus brazos la tía Raquel, una de las hermanas de papá. También se encontraba a nuestro lado la tía Esther, su hermana, a la que vi agacharse para recoger mi chupón que se me había caído al suelo.
Luego, más adelante -como entre brumas– me veo rodeada por muchas personas. Hay un fondo claro atrás y luego una luz muy fuerte que me asusta y me hace llorar. Mi tía Raquel me calmó, no sé cómo, pero lograron tomarme la foto del recuerdo al cumplir mi primer año de vida.
Nací el 16 de enero de 1923, a las10:30p.m. de una calurosa noche de verano. Me enteré, años después, que mi nacimiento le costó mucho sufrimiento a mamá. Fui la hija primogénita de mis padres Lisandro de la Puente Cárdenas y Sara Raygada Peñafiel.
Me rodeó lo mejor que puede aspirar una niña al nacer: Me acompañaron muchos seres amados de mi numerosa familia y recibí amor y ternura sin límites. Con alegría e ilusión confeccionaron y bordaron para mí, cálidas y hábiles manos, el ajuar que luego usé, con el arte que las caracterizaba.
En la limeñísima calle La Condesa Nº 166 –hoy jirón Virú– de Abajo el Puente, está situada la vieja casona donde abrí los ojos por primera vez y en la que transcurrieron los seis primero años de mi niñez. Me bautizaron el 19 de marzo del mismo año, siendo mis padrinos mi abuela materna María Peñafiel de Raygada y Enrique Casterot Arroyo, un íntimo amigo de la familia. La ceremonia se realizó en la Iglesia de San Lázaro del mismo lugar.
¿Qué signifiqué para cada uno de los miembros de la familia que esperó que yo naciera? Me refiero a mis padres, abuelos y tíos. Para mis padres, debí ser el fuerte lazo que los uniría aún más en su vida matrimonial, pero en verdad no sé si fue así. Hubo causas que determinaron que, como todo matrimonio joven que necesita adecuarse a la vida en común, debieron empezar en la intimidad de su hogar.
Pero para ellos eso no ocurrió por la circunstancia de tener que convivir con la familia paterna. Por la falta del padre, papá tenía que sostener a su mamá y a sus hermanas, por eso al casarse con mamá tuvo que quedarse a vivir junto a la familia. Esto lo fui comprendiendo conforme pasaron los años y pude asomarme a ese pasado, imaginando quizá lo que pudo haber acontecido en ese entonces.
Mi abuela paterna María Cárdenas de de la Puente fue mi “Mamita adorable” , que al nacer en su casa, le traje el rayito de luz que alumbró su noche y su amargura. Había sufrido mucho al perder a mi abuelo en forma repentina e inesperada, quedando desconsoladamente sola con siete pequeños hijos, de los que mi padre fue el último, contando muy pocos años. El mayor, Oswaldo, sólo tenía 15 años de edad y tuvo que hacerse cargo de su familia, ocupando el puesto vacío que dejó el padre...
Mi abuelita tuvo una hermana, la tía Leonor “Zita”, de quien no supe nada de su pasado, sólo, que vivió sentimentalmente sola. Desde pequeña vivió al lado de su hermana María, dejando con ella el terruño de Tarma para acompañarla junto con su familia, cuando el abuelo por, ser militar y Secretario particular de don Andrés A. Cáceres, se vi obligado a regresar a Lima por imponérselo el deber. La tía “Zita”, siempre al lado de su inseparable hermana, fue el soporte que la sostuvo en los aciagos momentos de su vida. En una carta del abuelo refiriéndose a ella, le dice más o menos, con todo su reconocimiento y cariño: “Ñatita, nunca dejaré de reconocer lo que tú has significado para nosotros. Gracias hermanita querida...”.
Fue la tía abuela a quien quisimos entrañablemente; su cariño escondido y callado nos acompañó siempre sin que nos diéramos cuenta de ello. Desde el momento en que empezamos a nacer comenzó para ella un renacer a la vida. Con nuestros juegos y alegrías iluminamos su existencia gris y monótona.
Las hermanas de papá, las tías dulcemente amorosas a las que les debo en gran parte lo que soy, las veo rodeando mi cuna, contemplándome muy pequeña, al alcance de sus manos, estrechándome junto a sus corazones.
Cuando fuimos naciendo mis hermanos y yo, cambió para ellas su triste existencia. Renació en ellas el amor maternal, ese amor guardado por largos años, desconocido y anhelado. Y es así como empezaron a depositar en nosotros sus nuevas esperanzas, viviendo solo para dedicarnos su ternura y su amor. Fuimos para ellas la razón de su existencia, dejando atrás la tristeza, el dolor y el desencanto.
No comprendo por qué no llegaron a alcanzar la felicidad. Fue muy poco lo que pude saber. No quise afligirlas con mis preguntas, pero para mi y mis hermanos fueron las tías que cual ángeles protectores, se fueron brindando a cada uno de nosotros, para ofrecernos, su sapiencia y sus cuidados.
Las conocí profundamente a cada una de ellas en su distinta personalidad. Finas, cultísimas, inteligentes, femeninas, tiernas y mujeres de hogar. No conocieron la grandeza del don de la maternidad, al que toda mujer aspira, pero que desgraciadamente con ellas no fue así. La vida las privó de acunar en sus brazos a los hijos que soñaron y anhelaron. Por eso se refugiaron en el amor de los sobrinos cuando uno a uno llegamos a su lado, acompañándolas en su soledad y su desesperanza...
Empiezo a recordar con más nitidez el entorno que me rodeó en ese entonces. Me parece ver el dormitorio de mis padres, en el que se encontraba mi cuna y una hermosa cama dorada en el centro. La ventana de reja que daba hacia la calle y la puerta que comunicaba con una salita de estar. (Lugar de mi primer recuerdo.)
1924
Nació mi hermano Lisandro el 23 de septiembre. De él no puedo contar nada cuando estuvo recién nacido. De papá y mamá, menos, pero me parece verme muy pequeña al lado de mamá en ese rincón del pasado… tiempo después…
1926
Este año me permite recordar algo más. Ya veo a mi hermosa mamá, acunando a mi hermano Raúl quien nació el 24 de junio. Aun no se me presenta la figura de papá. Supe después que en ese tiempo la vida era muy austera y se acostumbraba que la mujer permaneciera en casa que para eso se les formaba desde pequeña y el esposo entre el trabajo y otras obligaciones permanecía casi todo el día en la calle. Por otro lado, si no los veo juntos en mis recuerdos, es posible que esto fuera así, por la absurda costumbre adoptada en las familias de creer que era falta de respeto el demostrar a los demás las muestras de cariño entre los esposos... era mal visto... menos aún delante de extraños.
No llegaba a comprender por qué no era la engreída de mis padres. Si ellos esperaban un varón como primogénito, no tuve la culpa de nacer mujer y romper los esquemas establecidas. Me apena mucho el no recordar una caricia de papá. Sé que era muy bueno, pero vivía muy alejado de mí.... Después, con el tiempo, una de mis tías me contó que siempre procuraba que no me faltara nada, pero... me faltó su persona... Aún así, llegué a quererlo mucho, a respetarlo y admirarlo. Sobre todo después que me enteré del motivo de llevarnos a vivir a Miraflores. También lo hizo por mí. Desgraciadamente me enteré muy tarde y mi padre ya no estaba con nosotros, viéndome así privada de demostrarle mi gratitud...
A pesar de lo negativo de mi vida que les he relatado, fui una niña feliz. Esa falta de cariño me lo entregó mi tía María Mercedes, a la que le decía mi “Ñaña”. Ella era la hermana mayor de papá y su amor hacia mí fue inmenso y definitivo. Este cariño que me profesaba la convirtió en mi “todo”, en mi mundo. Y yo, su pequeña inseparable, llegué para llenarle con mi amor su vida solitaria... Nos identificamos tanto que no necesitaba hablarle para que entendiera lo que le quería pedir. Llegué a sentir por ella un amor tan intenso que sólo me bastaba tenerla a mi lado para sentirme completamente dichosa. Pasaron los años y luego de su partida definitiva la extrañe tanto, que me hacía falta el latir de su corazón, su generoso corazón sobre el cual tantas veces me apoyé para recibir de ella un aliento o un consuelo...
Más adelante, conforme pasaba el tiempo, llegué a conocer el amor de mi “Mamita” y el de mis tías Rebeca, Raquel, Esther y Susana, que en mis recuerdos las veo reflejándose nítidamente cada una de ellas. Esa casa, sacudida muchas veces por el dolor, la muerte y la desesperación, poco a poco fue despertando a la vida, al embrujo encantador de nuestras risas infantiles, como un bálsamo que curó sus heridos corazones, llevándolos a un renacer de alegrías casi olvidadas por ellas.
Antes de cumplir mis tres años me atacó una fuerte infección renal, completamente desconocida en ese tiempo. Me puse muy mal, causándoles honda preocupación a mi familia. Al frente de nuestra casa vivía la familia Malatesta, muy amiga de la mía y en ese entonces el hermano menor, Alberto, que había terminado su carrera de Medicina, acudió a mi lado y se hizo cargo de mi tratamiento. A pesar de estar recientemente graduado, luchó con denuedo investigando la causa de mi mal, logrando después de muchos esfuerzos, controlarlo completamente. Por esta dolencia quedé muy débil y el doctor recomendó, para ayudar a mi recuperación, que me llevaran a vivir por un tiempo cerca al mar. Por lo que mamá, mi tía Susana, Lisandro y yo, nos fuimos a vivir a Barranco.
La casa que ocupamos estaba en el malecón y sólo recuerdo de ella la reja de madera oscura y una gran enredadera. Más adelante, los paseos diarios por el parque. También cuando nos dirigíamos al paradero del tranvía para esperar a mi Mamita, que llegaba diariamente, cargando frutas y dulces para nosotros. En los brazos llevaba a mi muñeco de celuloide que quería entrañablemente, y que no lo soltaba ni para dormir. Mi inolvidable “Chalaco”.
Después de unos meses regresamos a la casona de Abajo el Puente, la que nos esperó acogedora como siempre. Sus ambientes interiores en los cuales pasé mis primeros años los veo también claramente, pudiendo señalarnos y recorrerlos con el recuerdo como si aún estuviera viviendo en ellos. Años más tarde, por causa desconocida para mí en ese entonces, la amistad que unía a la familia Samamé con la mía se acabó. A pesar del tiempo, a ese médico maravilloso que me salvó la vida, le he guardado eterna gratitud.
Recorriendo mi casona bajopontina, está primero el gran portón de madrea que daba a la calle, el cual casi no se abría. Para el diario trajín se utilizaba una puerta más pequeña, o postigo, como se le llamaba. Cruzándola, se encontraba el patio de entrada, techado hasta la mitad con su camino de losetas blancas. Se llegaba luego a un porche con barandas de madera. La puerta de la sala, ubicada al centro, tenía vidrios cuadrados de color azul y blanco.
Al abrir la puerta se ingresaba al bello salón el cual era muy amplio y luminoso, luciendo bellos muebles de negro ébano forrados en brocado color oro. En sus paredes, además de varios cuadros colgaban, uno frente al otro, dos bellísimos espejos biselados. Al centro, una primorosa mesita con algunos adornos muy antiguos.
Hacia el lado derecho se encontraba el maravilloso piano de concierto también de ébano de mi tía Raquel. Siendo ella concertista graduada, tocaba y cuidaba a ese piano como a la niña de sus ojos. De color negro, ofrecía un brillo de majestuosidad, como sintiéndose orgulloso de “su fina estampa”. Compañero fiel de mi tía Raquel, cuando ella posaba sus pequeñas manos en el blanco teclado, esas manos volaban sobre él con maestría asombrosa, pareciéndose a blancas palomas, batiendo sus alas... Además su sonoridad bella y profunda de la que percibo su maravilloso encanto... me parece aún escucharla como en aquellos momentos tan lejanos del pasado.
A pesar de mi corta edad, me encantaba estar al lado de mi tía cuando tocaba sus piezas preferidas. Sentía algo desconocido y grato dentro de mí. Debido a mi precoz sensibilidad musical, es posible que esa precocidad me haya permitido que, a través del tiempo, sienta vibrar mi corazón cuando escucho la maravillosa magia de la música clásica, que desde ese ayer me sedujo para siempre.
Aún más para mi provecho, en la sala se encontraba una variada y valiosa discoteca de los mejores autores del mundo. Viviendo en ese ambiente puedo recordar los conciertos de piano, violín y canto que con frecuencia se organizaban en el salón de la casa, ofrecidos por mis tías y su grupo de amigos que más tarde fueron artistas de renombre.
Siguiendo el hilo de mi relato, recuerdo que junto a mi dormitorio se encontraba una salita de estar con sus muebles oscuros, una sombrerera y el maravilloso mueble llamado “chinero”. Este bello mueble forrado en terciopelo azul estaba rodeado de lunas labradas y guardaba en su interior un sin número de figuras y dijes de fina loza Sevrés y bibelots franceses. También figuras de marfil y de finísimo cristal. Diariamente me paraba delante de esa obra de arte por la atracción que ejercía a mis ojos admirados de tantas maravillas. Me quedaba fascinada sin que el tiempo pasara para mí. No sé a quien se lo entregaron cuando cambiamos de casa... Muchos años después, tuve en mis manos las facturas de su venta y del magnífico piano de mi tía Raquel, el que hubiera sido el complemento perfecto en la nueva casa del balneario de Miraflores.
Después del salón, se ingresaba al bello y luminoso comedor, con muebles muy antiguos, sobre todo el “aparador” de tres cuerpos con bellezas en su interior. Veo claramente los finos cubiertos de plata y el “poronguito” de agua cristalina en el centro de la mesa en la que lucia tentador un frutero colmados de frutas de la estación. Luego el gran patio de adoquines y una hermosa enredadera al costado. Los dormitorios se encontraban al lado derecho de la casa.
Rememorando otros momentos del pasado y tratando de hilvanar los recuerdos con los seres queridos que tuve a mi lado, aparece la figura de mi tía Rebeca, fina y delicada, con sus ojos tristes y a llenos de amor. Tengo latente en mis oídos el tono cascadito y algo ronco de su voz. Esa voz suave y cargada de melancolía.
Para ella mi hermano Lisandro fue motivo de alegría y llenó el vacío de su corazón tan anhelante de amor. Como era peloncito le empezó a decir mi “Coquito” y Lisandro con ese sobrenombre se quedó. Los que la trataron en sus mejores momentos de brillante inteligencia, me contaron que su atractivo estaba en la gran personalidad que poseía. Lo injusto es que a ella también el desengaño truncó sus ideales y fantasías, hirió sus íntimos sentimientos al perder al único hombre a quien amo con locura, sumiéndola en una eterna y oscura soledad. La gocé muy poco pero aún la veo claramente sentada frente a mí, dándole de comer sus papillas a mi hermano menor. Enfermó gravemente y se fue a gozar de la paz de Dios, la que en el mundo no pudo conseguir. Falleció en el año 1927.
Día a día iba descubriendo muchas cosas nuevas, iba conociendo uno a uno a los seres queridos que no había visto antes. Mis tíos, mi abuela materna y otros más. Empecé a fijarme primero en los lindísimos ojos celeste grisáceos de mi “Mamita”, mi amada viejita. Ellos que reflejaban la honda tristeza que enlutaba su vida, me han acompañado toda la vida.... ¡Cuánto habrán llorado esos ojos!
Había perdido a su amado esposo, al que le había consagrado su vida, en forma inesperada y este dolor la sacudió despiadadamente. Como habrá sido para ella tan terrible sufrimiento. Cuantas privaciones habrá tenido que soportar teniendo que luchar para mantener y cuidar a sus pequeños hijos, siendo el menor mi padre de sólo 6 años.
Antes había soportados largas separaciones de mi abuelo Lisandro al que amaba con toda su alma. Ostentaba él el grado militar de Coronel, además de ser el secretario particular de Don Andrés Avelino Cáceres, con el que lucho durante toda la “Campaña de la Breña”.
La única ayuda que la sostenía y que aliviaba su dura realidad la encontró en el hijo mayor, Oswaldo, de tan solo 15 años, el que pasó a ocupar él puesto vacante que dejó su padre al fallecer. Sola y con sus hijos pequeños, recibió el amparo y la compañía invalorables de su hermana, la tía Leonor.
Después de algunos años, también se le fue este hijo amado en forma repentina, debido a un ataque cerebral cuando regresaba a la casa en un tranvía. Con el amor que acostumbraba desdoblarle el cubre cama antes de que él se acostara, lo hizo también esa noche y el hijo esperado nunca volvió.
Pero a pesar de tantas pruebas, su fe en Dios no decayó. Fue estoica y valiente, nunca la escuché quejarse de la dureza de su vida y, más bien, se le oía muy quedamente, nombrar a la Santísima Virgen como pidiéndole que viniera en su auxilio, esperando de ella fuerza y valor para seguir adelante. Fue por eso que al cabo de los años la vida le devolvió esperanzas y alegrías cuando, al ir naciendo sus nietos, con nuestras risas y travesuras le dimos otro motivo para vivir. Fuimos el consuelo en su tristeza y el apoyo amoroso de su vejez.
Lo que hubiera completado la felicidad de mi niñez hubiera sido el conocer a mis abuelos. Ambos partieron antes que yo naciera. ¡Cómo no llegué a gozarlos! Al abuelo Lisandro lo fui conociendo poco apoco cuando tuve en mis manos, años atrás, los objetos personales que me permitieron ingresar a su mundo, retrocediendo en su pasado. Lo he admirado leyendo sus cartas y versos maravillosos, llenos de un lirismo asombroso, de amor y ternura incomparables, tanto las que le enviaba a mi abuelita como una, tiernamente escrita, enviada a sus hijos, en respuesta de la que recibió de ellos.
Estas cartas me reflejaron la grandeza de su alma, sus profundos sentimientos, recuerdos cargados de infinita tristeza y añoranza. Leyéndolas una a una me llegó a doler tanto el corazón, que no pude evitar que las lagrimas acudieran a mis ojos.
Me parecía verlo sentado, con la cabeza inclinada sobre una hoja de papel, empapando más de una vez con su llanto, las palabras escritas en él. Eran trozos del corazón que trataba de hacerlos llegar a sus seres queridos, a los que tanto amó.
Se trasluce con transparente nitidez que fue adorable, espiritual, hogareño y sobre todo un tierno amante de su esposa y padre ejemplar de sus hijos. En los retratos que guardo con amor, se le ve muy buen mozo y con una chispa de travesura en su sonrisa. Además fue escritor, poeta, dibujante y guerrero. Pero, sobre todo, su mundo interior lo guardó sólo para su familia.
A través de sus cartas me veo identificada con mi abuelo, queriéndolo profundamente a pesar de no haberlo conocido. Me gusta el canto y la música como me dijeron que a él también le gustaba. Soy amante de la literatura y me gusta escribir. Mi temperamento es romántico como fue el suyo. Yo también he sabido amar intensamente y he luchado desesperadamente cuando la vida me probó como a él con toda su despiadada crueldad. Y por último, a mí amado abuelo Lisandro y a mí, Dios nos entregó el tesoro valiosísimo que pudimos ambicionar: nuestra maravillosa e invalorable familia.
De mi abuelo Carlos, desgraciadamente, sé muy poco. No tuve la alegría de conocerlo, no guardo ninguna vivencia de su persona. Lo poco que he sabido de su vida es por relatos de mamá y luego más tarde por mi abuela María. Por lo que supe de él, tenía un fuerte carácter ocasionado por una dolencia crónica que lo martirizó y le amargó la vida. Además en su eterno viajar, fue nombrado muchas veces como Capitán de Puerto acompañado por su familia y se vio en la necesidad de vivir en lugares muy primitivos y desolados. Posiblemente eso apuró su muerte siendo aún un hombre joven, mucho antes que yo naciera.
1926
En este año nació mi hermano Raúl, el día 24 de junio. Fue un niño robusto y sano y como sucedió con Lisandro y conmigo, al igual que las veces anteriores, una de mis tías, Susana, fue la que volcó en él toda su ternura, queriéndolo entrañablemente con un amor maternal que no disminuyó en ningún momento de su vida. Lo engreía tanto que mostraba su paciencia parchándole el chupón desgastado y roto, para evitar que le diera una pataleta cada vez que se le obligaba a aceptar uno nuevo, terminado siempre en tragedia familiar.
A mi hermano lo engrieron demasiado y el resultado fue que no supo valorar el amor desinteresado y profundo que le brindaba sin condiciones la tía Susana. Pero luego, muchos años después, casi una vida, el tiempo le dio la oportunidad de ratificar su equivocado proceder y ese amor que le profesaba mi tía recibió su compensación cuando, por razones de salud, necesitó del cariño y los cuidados que mi hermano le supo brindar, permaneciendo atento y a su lado en los momentos más dolorosos de su postrera enfermedad...
Apartándome momentáneamente de los recuerdos amados familiares, paso a contar lo que me rodeó, el entorno de ese tiempo que me tocó conocer y vivir.
Años antes, el día del bautizo de Raúl, se realizó en casa la primera fiesta que me despertó de mi sueño. Este fue interrumpido por la música y la bulla de las personas que se encontraban en el salón. Desperté a Lisandro y ambos nos subimos a un banquito nuestro, tratando de ver lo que sucedía a través de los visillos de la puerta de la salita de estar que daba al gran salón.
Nos pusimos a mirar la fiesta con curiosidad, pero no nos duró mucho la diversión, por que nuestras risas provocaron mucha bulla al ver cómo bailaban el nuevo ritmo llamado “One Step”. Nos descubrieron y... volvimos a la cama.
En esa fiesta se estrenaba este nuevo ritmo musical de origen norteamericano que al bailarlo, las parejas lo hacían en fila india hasta llegar a la pared de enfrente y daban la vuelta sin despegar los pies del suelo. Este roce contra el suelo de decenas de zapatos, producía el famoso Shi, Shi, Shi, original ruido que fue el causante de nuestro jolgorio.
La música que se escuchaba en aquellas ocasiones provenía de discos grabados, los cuales se colocaban en las “vitrolas”, dichosos aparatos cuadrados de madera que funcionaban por un sistema de cuerdas. Estas vitrolas tenían a un lado una gran corneta por la que salía el sonido y cuando la persona encargada de poner los discos se olvidaba de dar la cuerda al curioso aparato, la música se iba escuchando desafinada, languidecente y al final, las parejas terminaban bailando en cámara lenta. También se estrenó el Fox-trot, un ritmo más animado, también de origen norteamericano.
Luego apareció el Charleston francés, que pronto se hizo famoso por sus pasos y figuras originales. Las damas que usaban unos largos collares de dos vueltas al cuello, al bailar siguiendo el ritmo, los agitaban al compás de la música.
Entre los años 20 al 30 las limeñas comenzaron a vestir la moda europea, sobre todo la francesa, notándose más esta línea, en el peinado. Las damas cifraban su orgullo en lucir hermosas trenzas acomodadas también en forma de moño en la parte de la nuca, pero, por el nuevo estilo llamado “a lo Garzón” que se trataba de usar el cabello muy corto sobre todo en la parte de atrás, muchas cabelleras terminaron en las santas cabezas de muchas vírgenes de los altares de las iglesias de Lima.
Además, el estilo de los “elegantes” vestidos, fue el uso del talle largo y la falda muy corta o con el filo cortado en varios niveles de puntas. Casualmente en la foto de mi bautizo, mi mamá está luciendo uno de estos últimos modelos, completando su atuendo con zapatos y medias de color champagne o blancas.
Para adornarse en algo la cara, se dejaban unas patillitas largas a los costados y un mechoncillo sobre la frente, los cuales eran encrespados para darles la forma de unos pequeños resortes llamados “roba corazones”. Estos pequeños rizos servían para darles mejor apariencia a las damas, cuando se encasquetaban unos sombreros hasta las cejas que no me explico cómo les podía gustar, siendo nada hermosos y en algunos casos, horribles. Los he conocido bien al mirar las fotos antiguas de las damas de la familia.
Mi tía Susana fue una de las pocas que no aceptó cortarse su bella cabellera que, cuando se la soltaba, le llegaba hasta las corvas. Era bellísima y su pelo de color oscuro reluciente.
Los caballeros usaban pantalones apretados, sacos cortos, chalecos, escarpines en los pies, plomos o amarillos y los zapatos en verano de color blanco con negro. ¡Por Dios! Usaban tongos redondos con una pequeña alita en el invierno y para el verano existían las famosas “saritas”, sombreros tejidos de paja dura, también de ala corta, amén de los “claps”, de felpa que se aplastaban y terminaban como unos discos planos.
A las niñas nos ponían unos tremendos sombreros de paja, los cuales, en la delantera, estando ésta algo inclinada hacia atrás, se encontraba colmada de un almacigo de diversas flores, llamadas “pastoras” y para completar la elegancia, unas cintas nos colgaban por la espalda. No podíamos ni ir a la esquina sin usar semejantes mamarrachos.
Para asistir a los templos las mujeres estábamos obligadas a tener la cabeza cubierta. Las mayores usaban hermosas mantillas cuadradas o en punta de encaje valenciano. De verdad eran muy bellas. A las niñas nos colocaban velos blancos con filos bordados. Estos dichosos velos nos envolvían la cabeza y a los costados remataban en una especie de moñas, las cuales se sujetaban con un sinfín de horquillas.
Hasta ahora recuerdo el haberme sentado inmóvil en las bancas para evitar que estas se movieran y me hincaran la cabeza. Pero, pensándolo bien, las personas que nos arreglaban debían tener una “santa paciencia”.
Siguió pasando el tiempo y fui creciendo al lado de mi Ñaña. Mi vida fue transcurriendo en nuevos horizontes. A pesar de que mi tía María Mercedes había sufrido una injusta decepción en su juventud, fue una mujer de mucho carácter. No conocía el rencor ni el resentimiento, era sumamente generosa sin importarle a quien le extendía la mano. Trataba a sus semejantes con dulzura y desinterés, virtudes que me inculcó desde muy niña haciéndome ver que todos éramos iguales ya que estábamos creados a imagen y semejanza de Dios, por lo que merecíamos amor y respeto, cualquiera fuera nuestra condición social. Muchas veces el amanecer la encontró al lado de un enfermo que necesitó de su ayuda incondicional.
Muy devota de la Virgen de las Mercedes, fue su camarera por largos años y, junto a ella, comencé a conocer la verdadera fe cristiana, por lo que desde muy pequeña aprendí a amar a Dios sobre todas las cosas. No aceptaba quedarme sin acompañarla diariamente a la iglesia de la Merced, donde era la mimada de las damas amigas de mi tía y de las señoras que formaban los diferentes grupos religiosos. Fui creciendo a su lado hasta que la vida me lo permitió.
Mi Ñaña era querida y admirada por todo el que la conocía, sobre todo por las cualidades profundamente cristianas que la adornaban. Muchos creían que yo era su hija por el parecido de ambas, de lo que sentía feliz y orgullosa. Mis pequeños pasos recorrieron con ella todos los rincones de Lima y de esta manera fue que conocí a connotadas familias de la capital y personas de la más alta sociedad, muchas de ellas sus compañeras de estudios. También tuve la oportunidad de ir frecuentando a nuevos familiares y a muchas personas con las que tenía una profunda amistad.
Por ese tiempo, el templo de Nuestra Señora de las Mercedes era majestuoso, sus altares bellísimos, ricamente adornados con oro y plata y al lado de hermosos arreglos florales que hacían de este conjunto una verdadera joya de arte. Mis ojos la conocieron así, y me quedé prendada mirando absorta las lámparas relucientes de finos prismas de cristal. Para mí era enorme y no me cansaba de ir descubriendo todos sus rincones.
Nació en mí un verdadero cariño por ese templo, del cual recuerdo con gratitud los gratos momentos que viví en él. En las grandes celebraciones, confundida entre las señoras de La Tercera Orden Mercedaria que rodeaban la mesa de la entrada, gocé del esplendor de las misas de fiesta, sobre todo la de la Santísima Patrona de las Fuerzas Armadas, el día 24 de septiembre. Nunca las olvidaré.
También aún resuena en mis oídos el melodioso dúo de las voces de los reverendos padres Melecio Santos y Armando Bonifaz, como el mejor corolario en homenaje a nuestra Madre Celestial. Ambos se colocaban al costado del altar mayor y no hubieran necesitado de ayuda por la potencia de su canto.
No necesité mucho tiempo para llegar a ser la pequeña mimada de las amigas de mi Ñaña, recordándolas con mucho cariño, sobre todo a la señorita Mercedes Paz Soldán, su más íntima amiga. Esta dama, también compañera del colegio, pertenecía a una de las mejore familias de Lima. Sin embargo era dulce y sencilla, me acariciaba con mucha ternura, de suaves modales y muy caritativa. Se expresaba en voz muy bajita, dulce y expresiva cuando se dirigía a mí.
Tenía una mansión inmensa en pleno centro de Lima, en la calle Boza, a la que al entrar a ella diariamente con mi tía, me sentía perdida entre las maravillas que adornaban el salón principal. La alfombra roja y extensa cubría mis pies. Enormes espejos colgaban de sus paredes con marcos dorados junto a finos cuadros al óleo, jarrones de porcelana más altos que yo… en fin, todo lo más bello que uno puede imaginar. No pasaba mucho tiempo sin que me ofreciera bombones y masitas deliciosas de los que disfrutaba plenamente, siempre acompañados por frescos y deliciosos jugos de frutas.
Otras familias en las que siempre encontré cariño fueron las Forero y Clavero, de las damas María Ramírez y Manuela Torres Balcázar, que formaron para mí un grupo acogedor e inolvidable que merece evocarlo con nostálgica ternura. Yo también llegué a ser para ellas la pequeña mimada, por ser damas solteras.
Las “tertulias limeñas”, amenas reuniones que empezaban al atardecer en la clásica “hora del té”, reunían a las familias acompañadas de amigos íntimos y compadres, intercambiándose entre ellos diálogos amenos, en los cuales se cambiaban opiniones o se comentaban los últimos acontecimientos de la ciudad. Además eran amenizadas por el melodioso toque del piano de alguna de las hijas, las que también ofrecían bellos poemas o canciones seleccionadas.
Como siempre me llevaban a estas reuniones, a pesar de mi edad, me gustaba escuchar los relatos de los mayores de los que se me iban quedando poco a poco los pasajes de las costumbres o las historias de la familia. Debido a este don que Dios me ha dado, captaba con facilidad todo lo que oía y desde ahí nació mi curiosidad por saber como fueron mis ancestros familiares.
Estas sanas costumbres hogareñas fueron desapareciendo poco a poco con la llegada del primer cinema o de 1os primero receptores de la radio, perdiéndose en el tiempo como muchas otras tradicionales costumbres en la vida de nuestra vieja ciudad.
En esta historia personal tengo que ir y venir hurgando en mi pasado para poder relatar con más claridad como se fue desenvolviendo mi vida en el ámbito familiar, por lo que me veo obligada a relatarla en esta forma.
Aparecen ante mis ojos los queridos rostros de los tíos Cárdenas, familiares de mi Mamita. ¡Cómo no recordarlos cuando ellos significaron tanto en mi vida! Samuel Cárdenas Iglesias fue el último hermano de mi abuela Maria y con su esposa la tía Ernestina Rondón de Cárdenas, vivían muy cerca de nosotros en la calle Matamoros, al costado de la Iglesia de San Lázaro. Por la cercanía de nuestros hogares, continuamente nos frecuentábamos, compartiendo nuestros juegos con sus hijos Samuel y Enrique.
Estos “tíos”, que fueron hijos del hermano de mi abuelita, no los considerábamos como tales, por ser los cinco casi de la misma edad (mis hermanos Lisandro y Raúl, ellos y yo), llegando a querernos como primos inseparables. Por encontrarse la tía Ernestina delicada de salud después de sus partos, nuestra madre se dio el gusto de amamantarnos a todos, motivo que nos convirtió en “hermanos de leche”, y así como hermanos crecimos juntos.
Muy cerca de ellos vivía Laura Rondón Vda. de Marsano, hermana de la tía Ernestina, acompañada de sus hijos Luis, Pedro y Carmen, con los que también formamos este grupo familiar. Unidos con entrañable cariño fraternal, ellos también fueron para nosotros, junto a la familia del tío Samuel, una sola razón de nuestro existir.
La amistad que creció día a día nos ha permitido que nunca fuera desvalorizada a través de los años, más bien cada día se acrecentó más. Los mutuos recuerdos que tenemos de momentos maravillosos nos acompañarán siempre a través del tiempo y la distancia eterna...
Me parece ver ese rincón bajopontino, en el que en la calle Matamoros, existía el cuartel del mismo nombre en el que se albergaba a los efectivos de la escolta del Palacio de Gobierno. Todos los días al primer retumbar del bombo de la banda de músicos del cuartel, todos los chicos corríamos a la esquina para verlos desfilar marcialmente con gallardía luciendo vistosos uniformes.
De ese grupo de chicos del barrio, entre los cuales existía una gran amistad, recuerdo con cariño a tres de mis mejores amigos: Blanquita Tapia y su prima Dora García, sobrinas de la familia Malatesta, amiga de mi familia, y a mi inolvidable amigo “Coco” simplemente así, porque fue el amiguito inseparable de todos mis juegos. Vivía en la misma cuadra pero nunca supe su nombre. No nos hacia falta.
Por esos años, se presentó el Fenómeno del Niño y el río Rímac creció en forma alarmante. Sobrepasó los muros del Malecón Leguía, al lado del puente de piedra, el que contaba con juegos mecánicos para los niños. Las familias frecuentaban este lugar para que los pequeños nos divirtiéramos sanamente.
Esa noche el agua llegó casi al filo del muro donde estábamos parados los chicos en brazos de los mayores y envueltos con frazadas, junto a numerosos vecinos que habían sido advertidos por el toque de las campanas de los templos. Nunca he podido olvidar esa noche por el terror que sentí al ver tan cerca el furor del río que traía sus aguas oscuras por el fango. Felizmente todo no fue sino un soberanos susto.
No sé por qué, con un criterio equivocado, se acostumbraba asustar a los chicos con cosas absurdas. Si nos portábamos mal, nos decían que íbamos a ir al cuarto oscuro donde estaba el “cuco”, personaje que nunca supimos de qué e se trataba. Además para evitar la vanidad en las niñas nos aconsejaban que no nos miráramos mucho en el espejo porque veríamos al diablo y a “la mano peluda”. El resultado de estos sustos fue el temor que empezamos a sentir y conocer lo que era contraproducente para nuestras mentes infantiles. Desde ahí me volví muy medroza, tímida y dependiente, siendo estos problemas los que me ocasionaron muchos sinsabores tiempo después.
En estos primeros años de vida yo era tranquila, de carácter alegre, obediente y respetuosa, por lo que no fue difícil orientarme y formar mi personalidad. Siempre sentí un cariño muy especial por los mayores y me sentí feliz cuando me quería todo el que me conocía. No tuve apego al dinero ni a los lujos, ni tomé en cuenta las maravillas que me rodeaban, menos aún, el usar ropa fina en cada salida. Tenía gran cantidad de juguetes y bellas muñecas, a la vez que saboreaba dulces y golosinas, sobre todo sabrosos chocolates que consumía como el pan de cada día.
Los “nacimientos” se armaban al llegar la Navidad. En una esquina de la sala de estar de la casa se admiraba un hermoso pesebre, en el cual las figuras de la Sagrada Familia con los reyes y los dos animales, vaca y burrito, eran de mármol blanco. Se adornaban con profusión de carneritos, pastores y un sinfín de atractivos adornos. Delante del Niño Dios se colocaban unos diminutos candelabros con sus respectivas velitas las que se prendían diariamente durante la adoración de Jesús recién nacido. También se usaba colocar macetitas sembradas de trigos y lentejitas cuyo verdor aumentaban el encanto que veían nuestros ojos. Entonábamos bellos villancicos enseñados previamente, acompañados por toda la familia, la que seguía el compás con cascabeles o panderetas.
En medio de nuestra inocencia creíamos que el Niño era el portador de los regalos que nos llegaban luego de recibir nuestras cartitas, para lo cual, poníamos nuestros zapatos en la puerta del dormitorio en la noche del 24 de diciembre. Es verdad que esa ilusión iluminaba nuestra niñez, transparente y diáfana, orlando nuestra infancia de bellos sentimientos.
El día 6 de enero se recordaba la llegada de los Reyes Magos, y era también una costumbre limeña organizar para ese día fiestas familiares a las cuales asistían compadres y amigos. Era llamada esta reunión “La Baja de Reyes”, por lo que cada asistente iba sacando del cerro armado anteriormente, uno a uno los animalitos que ahí reposaban, dejando también sus ofrendas personales.
Pasando a otra cosa y esforzándome por recordar, poco a poco se me dibuja la persona de papá con más claridad, al llevarnos a Lisandro y a mí a la Plaza de Acho para asistir a las corridas de toros. Nos acompañaban su amigo el señor García, y el esposo de la tía Amalia, hermana de mamá, Don Nicolás Sal y Rosas.
Nunca me gustó ir a ese espectáculo, no me divertía y muy por el contrario rechazaba lo que veían mis ojos. ¡Cómo hacían sufrir a tan bellos animales! A los que después de darles la estocada final, eran arrastrados sobre la arena de la plaza. Además sentía un tremendo terror cada vez que el toro se acercaba a nuestro tendido, por hallarse éste muy cerca del suelo, escondiéndome para que el animal “no me viera”.
Pero en un día de espanto para mí, el toro le desgarró el vientre al caballo del picador y lo destripó. Bueno, nunca más quise regresar y de seguro al otro domingo debí tener la primera pataleta de mi vida por la cual papá desistió de llevarme una vez más.
Los domingos, las familias asistíamos al Parque de la Exposición, situado en el Paseo Colón. En él estaba instalado el gran zoológico de la ciudad. En este parque extenso y bello con grandes árboles y jardines multicolores, se encontraban colocadas las jaulas de los diversos animales existentes, aves bellísimas y gran cantidad de pajaritos y mariposas.
En el centro se encontraba la hermosa laguna donde nadaban los cisnes y diversos botecitos paseaban a los visitantes, sobre todo a los niños. El animal de más tamaño era el elefante”Pancho”, querido por todos por su mansedumbre y docilidad, solía acercarse al público pidiendo maní y golosinas, que recibía en su trompa.
Pero un día me llevé el susto de mi vida, al ser atraída a los barrotes de la jaula de los monos. Me había acercado para ofrecerles algo de comer y no me fijé en un monito que me cogió por el cuello de mi abrigo y me jaló. Casi me muero del susto, pero como buena golosa, este se me pasó cuando me compraron las famosas rosquitas de manteca, ensartadas en un cordoncito, que vendían en ese lugar, las cuales eran sabrosísimas y crocantes.
Estos bellos momentos que guardo de aquellos paseos dominicales fueron imborrables para mí. Al asistir cotidianamente a ellos, fui conociendo a la naturaleza y distinguiendo las diferentes variedades de animales y plantas. Además no sólo para nosotros sino para los demás niños, con los que nos divertíamos sanamente, pues corríamos sin descanso por los anchos espacios sin ningún peligro, nos hacía mucho bien, ya que el aire que respirábamos en es tiempo era puro y libre de miasmas dañinos.
Las fiestas del carnaval se celebraban con gran pompa y esplendor. Gobernaba el país don Augusto B.Leguía, el creador de la alegría y la ilusión de los tres días en los que nos divertíamos grandes y chicos. En ellos no se trabajaba y era por eso que todos salíamos a pasear por las calles completamente disfrazados. Se iniciaban el sábado por la tarde día del Rey Momo, con la entrada de “Ño Carnavalón” representado por un gran muñeco que iba invitando a la ciudad a celebrar estas fiestas.
El desfile empezaba encabezado por los miembros de la banda de la guardia republicana, vestidos también con coloridos disfraces y montando a caballo, que lanzaban sus estridentes toque de cornetas al compás de huaynos y marineras.. Luego seguía una variedad de “Gigantes y Cabezudos”, grotescas y graciosas figuras que llevaban en su interior a los que las transportaban, algunos trepados en zancos de madera, que era el delirio sobre todos de los pequeños. La gente que se trasladaba en los tranvías, también disfrazada, compartía el juego con los transeúntes con serpentinas y picapica de variados colores. Cada día se lucía un distinto y original disfraz.
El juego con agua dentro de las casas empezaba con un almuerzo al que habían sido invitados familiares y amigos. Terminando éste, se comenzaban a tirar pedacitos de fruta o los pequeños fondos de vino de las copas y luego se iniciaba la batalla campal, con agua, betún pinturas, etc. Al final, todas las niñas terminaban dentro de las tinas llenas de agua.
El último domingo se realizaba el “Corzo Carnavalesco”. Para este día ya se habían elegido las correspondientes reinas. Entre las señoritas de la sociedad de Lima se elegía a la Reina del Carnaval. Luego la Reina del Comercio y la Industria y la Del Trabajo. Además se presentaban las reinas de los distintos distritos de clubes de la ciudad. Este desfile colorido y bullicioso presentaba diversidad de vistosos carros alegóricos de firmas y empresas de renombre de Lima.
Ese día el público colmaba las calles o avenidas por donde iba a pasar el corzo, provistos de serpentinas y chisguetes de éter perfumado para el juego en las calles. Si éste último nos caía a los ojos, el ardor era insoportable. Generalmente asistíamos con mamá y las tías y otras veces nos invitaba nuestra bisabuela Victoria de Raygada a su casa situada en la Plaza Bolognesi. Instalados cómodamente en sus amplios balcones, gozábamos ampliamente del vistoso espectáculo.
Después bajábamos a participar del juego en el Paseo Colón y a la luz dorada del atardecer se mezclaba el colorido maravilloso de los disfraces y de las serpentinas que colgaban de balcones y cables de los postes de luz. En fin, ¡algo inolvidable!
Aprovechando el verano, visitábamos a una de las amigas de mi Ñaña, la señorita María Ramírez, a quien ya he mencionado antes. Su casa, era una mansión muy hermosa, situada también en el Paseo Colón, donde ella misma nos recibía con grandes muestras de afecto. Era muy amable, de finos modales, a la que servían dos fieles morenas, las cuales se esmeraban en atendernos con dulces y refrescos.
La casona ofrecía amplios ambientes, adornados por bellezas de fina losa, y macetones de helechos en los anchos pasillos. Nos sentíamos muy bien en su compañía por el cariño que nos demostraba. Años más tarde fue una lástima que tan bella dama tuviera un horroroso final. Aquejada de una grave dolencia que la obligaba a permanecer en cama, por un descuido, cayó sobre ella la velita encendida de su mesita de noche prendiéndose íntegramente. Sufrió quemaduras mortales. Fue muy sentida su desaparición en la sociedad de Lima.
Luego de pasar veinte días de las fiestas de carnaval, se acostumbraba celebrar “El Día de la Vieja” (ignoro su significado) mortificando a las señoras de edad cuando regresaban de la misa mañanera. Al pasar se les rascaba el suelo con una lata o algo que produjera bulla, por lo que varias veces tuvimos que correr para librarnos de los bastonazos. Por las noches se bailaba en clubes y casas luciendo nuevamente vistosos disfraces.
Tomando nuevamente el hilo de los recuerdos, reviven en mí las noches del verano bajopontino. Diariamente, por las tardes, nos llevaban a jugar a la Alameda de los Descalzos, cargando muñecas, pelotas o los aros de madera que hacíamos correr empujándolos con una larga varita de caña. Esta linda alameda con sus estatuas de fino mármol blanco, bancas espaciosas y bellas del mismo material, era el punto de reunión de grandes y chicos. Mientras los adultos reposaban y charlaban sentados en las bancas, nosotros gozábamos con los demás niños que llenaban la vereda central de la alameda.
Cando regresábamos a la casa, pasábamos por la tiendita de una señora que la atendía, siendo muy conocida por la excelencia de sus golosinas de las que disfrutábamos diariamente. Como siempre me gustaron los dulces, ya conocía también otras tiendas donde encontraba mis preferencias como la bodega del italiano de la esquina, por sus deliciosos chocolatitos en forma de peritas envueltos en platina, mi manjar preferido que los saboreaba como el pan de cada día.
Otro lugar que me atraía era la dulcería “La Genovesa”en la calle La Virreina, por sus inigualables helados y peziduris de siete sabores. Las famosas elenas preparadas con bizcochos cubiertos de dulce de claras de huevo y almíbar adornándolos con esta preparación y colocando sobre el biscocho diversas frutas de merengue coloreadas artísticamente. Pero los “churros” de la calle Palacio, eran los preferidos. Hasta hoy a pesar de los años transcurridos, sucumbo ante la tentación de una buena dosis de helados y de un “churro” de vez en cuando.
Cuando llegaba el invierno nos era muy familiar escuchar el pregón melodioso y nostálgico del moreno que, con su costalillo a la espalda y su farol en la mano, entonaba esta atractiva canción: “Revolución caliente/ música para los dientes/ azúcar clavo y canela/ para rechinar las muelas/ Por una calle me voy/ por la otra me doy la vuelta/ y el que me quiera comprar/ que me deje la puerta abierta/ Revolucióoooon/ caliennneteeeeeeeee” y a la voz de este cantar se abrían como un conjuro todas las puertas de las casas de la cuadra. Lo que ofrecía en su dulce carga eran unos biscochitos bien calientitos, de forma cuadrada, crocantes y deliciosos, con sabor a azúcar y canela.
Otros de estos pregones eran los del tamalero, con sus humitas de manjar blanco, el del turronero, quien portaba sobre su cabeza la tabla llena de exquisitos turrones y las inigualables melcochas a dos centavos la porción. Por último, recuerdo al chinito manicero ofreciendo los paquetitos de maníes tostados y calientitos.
El amanecer lo anunciaban los cientos de gallos de los numerosos corrales que nos circundaban, incluyendo el nuestro. Por la noche, mirando por la ventana del dormitorio que daba a la calle, veíamos pasar el ganado que conducían al camal para ser sacrificado. Otras veces nos despertábamos por el ruido de la carreta que con ruedas de madera, era jalada por mulas, y conduciendo diferente tipo de carga o mercadería.
En muchas ocasiones éramos sorprendidos por la clásica música de los organillos, desarreglada y repetitiva, y un monito trepado encima bailaba siguiendo el compás. Por una monedita nos sacaba el papelito de la suerte o del futuro donde nunca faltaba el consabido augurio de la verdadera felicidad o el viaje que como yo, y muchos más no hemos realizado hasta ahora.
Una noche se formó un verdadero barullo en la calle y la causa no era otra que el anuncio del estreno, para esa noche, del primer cine del barrio llamado “El Gomón”, donde empezaron a proyectar las primeras películas mudas. Se cortaban las escenas para incluir la leyenda y hacer conocer el diálogo entre los artistas de la obra. Hubo también funciones para niños y, si no me equivoco, la primera cinta que vi fue una obra de Charles Chaplin. Para acompañar la función, un pianista ejecutaba piezas bailables de la época.
Poco tiempo después se presentó otra novedad: se trataba del primer aparato de radio que llevó papá a la casa. Este tenía la forma de una caja negra grande y opaca de metal, tenía varias perillas y botones plateados brillantes, funcionaba a galena y se escuchaban sonidos metálicos y extraños en sus melodías, pero eran agradables.
Como los días amanecían ya claros y soleados, empezamos a ir a la playa para tomar baños de mar. Esto significaba una aventura, ya que para viajar sólo se podía utilizar el tren, que partía de la estación de Los Desamparados (nombre que según supe después se tomó del Hospital que hubo en ese lugar). Este era un enorme recinto en el cual era preciso bajar por larga escalera hasta el lugar de espera donde se encontraban bancas de madera utilizadas para los viajeros que esperaban la salida del tren.
Al sonido de una campana se abrían las grandes puertas del recinto y abordábamos por unos escalones los vagones del ferrocarril pintados de verde oscuro, grandes y cómodos, y luego de un chirriar de ruedas y escape de vapor, sonaba nuevamente la campana y arrancaba el tren para realizar nuestro viaje hasta el puerto del Callao.
Al llegar, nos dirigíamos a los Baños de la Salud, para luego podernos instalar en la playa de piedras y gozar del sol y el mar. Este era en ese lugar muy manso, y lo original y gracioso era contemplar a los veraneantes por su vestimenta: las damas se sentían muy elegantes usando conjuntos de pantalones largos hasta los tobillos, de colores oscuros adornados con blondas blancas y blusas de manga larga. Se cubrían la cabeza con sombreros de paja y una cinta se los sujetaba debajo de la barba. Y como punto final usaban zapatillas de soga y paja. Los hombres se ponían unos enterizos de punto a rayas horizontales, de colores, bien ceñidos al cuerpo, parecidos a los mamelucos. Imagínense las fachas, sobre todo con tanto peso, no sé cómo podrían nadar. A nosotros los niños nos vestían casi igual. Ciertas señoras que no sabían ni “flotar”, utilizaban los servicios de los jóvenes llamados “bañadores” que las sujetaban y ayudaban.
Otra costumbre: si no me equivoco, en el mes de marzo se realizaba la fiesta de la “Virgen del Perpetuo Socorro” en el templo de San Pablo del jirón Malambo (hoy Francisco Pizarro). Esta fiesta se celebraba con gran solemnidad y desde muy temprano se daban cita todas las devotas quienes, pertenecientes a distintas cofradías, portaba cada una de ellas su respectivo estandarte ricamente bordado con hilos de oro y pedrería.
Luego de la Misa de Comunión que terminaba a las 9 de la mañana, la concurrencia se trasladaba a las diferentes ramadas instaladas al frente de la iglesia, atendidas por morenas de albos delantales y gorros blancos, para deleitarse con el sabroso desayuno consistente en grandes tazas de café con leche, panes con chicharrón y camotes fritos y tamales de chancho y de gallina. Así fortalecidas con tan suculento desayuno, se iniciaba la charla entre las numerosa familias que esperaban de esta manera que llegara la hora de la Misa de Fiesta que se celebraba a las 12 del día.
Por la tarde sacaban en andas a la santísima Virgen en procesión, precedida por la cruz alta. Luego seguían los grupos de las distintas cofradías y luego los angelitos donde no faltaba mi presencia. Llevábamos vestidos largos muy adornados y nos colocaban unas alas con armazón de alambre completamente cubiertas de plumas, que dicho sea de paso, eran una verdadera obra de arte y paciencia. Nos ponían coronitas de flores y colgadas del cuello portábamos canastitas primorosamente arregladas llenas de pétalos de flores que íbamos arrojando al suelo para el paso de la Virgen María. Cuando terminaba la procesión ingresábamos a la iglesia que lucía sus galas con un sinfín de arañas de luces encendidas y arreglos florales.
Escribiendo estos recuerdos siento mucha pena al comprobar cómo se va el tiempo sin que nos demos cuenta. No es que quiera retornar a mi vieja casona bajopontina, porque eso es pedir lo imposible, pero sí, quisiera vivir la inocencia de los días de mi niñez, reír y gozar de la vida sin preocupaciones, plena y enriquecida por el amor de los míos que por quererlos tanto estaba segura que me acompañarían siempre, que no se irían de mi lado como poco a poco fue sucediendo. Se dice que soñar no cuesta nada, pero un sueño que nunca termine en dolor y remembranzas...
En algunas oportunidades escuché a los mayores hablar sobre ese barrio de Malambo y supe que fue el lugar que habitaron las familias de los esclavos libertos. Eran personas de buenas costumbres, respetuosas y amables. Más de una de las jóvenes de esos grupos fueron a trabajar a las casas de la sociedad de Lima; otras como amas de leche, que con el transcurso del tiempo llegaron a formar parte de la familia. Se les llamaba “nanas”. Tuve la suerte de conocer a una de ellas a quien quise mucho “La Negra Peta”, más oscura que la noche, de blanquísimos dientes y un corazón grande y generoso, como un símbolo de amor hacia los pequeños que ella cuidaba y criaba.
Esta señora entró a trabajar desde muy joven donde la familia Olcese, como ama de la menor de los hermanos. La familia era muy amiga de la nuestra desde muchos atrás. La mayor de los hijos se llamaba Herminia, casada con el señor Adolfo Gagliardo, una persona muy afable y cariñosa que llegó a quererme mucho. Chocheaba conmigo como si fuera su hija, por que ellos no tuvieron la dicha de ser padres. Vivían a pocas cuadras de la casa y tenían una perra negra preciosa, que a pesar de ser muy brava jugaba conmigo. La hermana menor se llamaba Elena, siendo mucho más joven, era la princesa de Peta, a quien ella adoraba más que si hubiera sido su propia hija.
1927
Este año llegó Jorge, el cuarto hijo, el día 22 de septiembre, al año y tres meses de Raúl. Fue la razón de ser de la tía Esther, hermana de papá, y ella volcó en él toda la inmensa ternura de su corazón. Pero además de ese gran amor que sentía por mi hermano, también fue para nosotros la tía increíble, amorosa, tierna, inigualable. Además de los dotes que la adornaban, era de una pureza que la acercaba más al cielo que a la tierra, dulce y generosa, para quien no existía el mal. Parecía un cristal transparente y frágil. La venerada tía “Tete”. Siempre fue un ejemplo de bondad, humildad y entrega a Dios y a todos los demás, siendo ejemplo vivo para todos los que tuvimos la dicha de compartir su vida.
La tía Raquel, también hermana de papá. La amada tía “Quela” como la llamábamos, fue inolvidable para nosotros. Además, en lo que a mí se refiere, ella siempre estuvo también a mi lado desde muy pequeña, viéndome siempre en sus brazos desde la primera foto de mi primer año de vida. De ella recibí también enseñanzas que fueron modelando mi personalidad, espiritual y material, y otras de gran valor, refiriéndome a la cultura y el saber. Ella y la tía “Tete” fueron nuestras primeras maestras que a Lisandro y a mí nos enseñaron a leer a escribir.
Todas las noches, acabando de cenar y al acostarnos, se sentaban a nuestro lado y nos dormíamos en un mundo de fantasías, de hadas y enanitos, enormes ogros y princesas encantadas a quienes sólo las despertaba el beso tierno del enamorado galán. Y a través de estos cuentos, las tías iban inculcando en nosotros sabias enseñanzas sobre la lucha del bien contra el mal, donde este era derrotado por el candor, la pureza o la justicia. No he olvidado las más bellas de estas narraciones o nombres de algunos maravillosos cuentos. Ya más grandes nos fueron ayudando a descubrir las maravillas del mundo cuando, con mucha dedicación, nos mostraban las láminas y narraciones de la valiosa colección “El tesoro de la Juventud”.
Ese gran amor que sentí por mis tías se lo transmití a mis hijos, anidando en ellos muy hondo en sus tiernos corazones y esto permitió a su vez, que cada una de ellas pudiera enriquecer sus sentimientos de amor en la prolongación de mis pequeños, los que las admiraron y quisieron entrañablemente, y ya adultos, mimaron y acompañaron hasta que, por consecuencia lógica del tiempo y la edad, nos fueron abandonando una a una... y poco a poco...
Otras remembranzas: la cercanía de mi cumpleaños ponía en movimiento a toda la familia. Lo primero era decidir cómo debía lucir ese día y además se organizaba un verdadero programa. Manos hábiles y experimentadas se esmeraban en confeccionarme el vestido y los arreglos que debía ponerme, empezando por mi Ñaña. Luego se dedicaban a las sorpresas y gorros de papel crepé en las formas más originales. La mesa se llenaba por un sin fin de bocaditos y dulces, todos preparados en casa, tras dos días de labor, más las copas de gelatina muy provocativas y la hermosa torta con sus velitas. Llegado el día tan esperado por mí, al despertar, corría a la cama de mis padres, los que siempre eran los primeros en entregarme sus regalos. Luego empezaba el desfile de todos y cada uno de mis seres queridos, portando su respectivo obsequio. Poco a poco la cama se iba cubriendo de bellos y hermosos juguetes y cajas de bombones y chocolates.
En la tarde se reunían los niños invitados, primos y hermanos, además de las personas mayores que formaban mi numerosa familia. Nadie faltaba y los presentes que me obsequiaban llenaban no sólo mi camita sino también la de papá y mamá. Llegaron a mis manos dos lindísimas muñecas que fueron por muchos años mis compañeras preferidas. Una rubia, bella, de azules ojos de nombre “Olga” que al voltearla me decía “mamá” y la otra una negrita, de rostro encantador, labios rojos y carnosos, cabello muy negro y ensortijado y blanquísimos dientecitos. Se llamó “Negrita” siendo ambas de fina losa de biscuí francesa.
Las guardé con celo cuando pasó mi niñez y muchos años después desaparecieron sin saber quien fue la persona que se las llevó.
Yo creía, por mi corta edad, que se vivía en perfecta paz y armonía, pero eso no era así. Estaba enraizado el “machismo” y todos los hogares se regían por el mismo sistema donde el jefe de la casa era el padre o el hermano mayor. Estos caballeros hacían de su vida lo que les diera en gana y lo más natural en las mujeres era aceptar las órdenes impuestas sin tener ni la más ligera esperanza de protestar. Las esposas se pasaban el día en el cuarto de los hijos cuando los tenían, o aceptando el entorno del hogar, siendo las solteras o niñas de la familia las que tenían que aprender toda clase de labores, tocar el piano u otro instrumento, coser, bordar, etc. El trabajo del mantenimiento de la casa lo realizaban las empleadas o “sirvientas”.
Otra costumbre que formaba parte de la “vida hogareña”, era rezar el Ángelus a las 6 de la tarde y luego el rosario con la familia en pleno presidiéndolo la persona de mayor edad o rango. En nuestra casa ese privilegio lo tenía la tía Margrita Elguero de Lequerica, prima hermana de la Mamita María. Me parece verla menuda, trigueña de blancos cabellos, cubierta por fina mantilla de encaje. Nos quería mucho y nosotros también. Este rezo del rosario se hacía eterno por las invocaciones y jaculatorias que se agregaban a través del recorrer de sus cuentas o decenas.
Tendría casi cuatros años de edad cuando fui damita de honor de Virginia Quintanilla, prima hermana de mi mamá, junto con mi hermano Lisandro. De esa ceremonia sólo recuerdo la escalera de los altos de la casa y de la música que se tocó en la celebración. Se acostumbraba elegir a niñas para que ellas levantaran el final de la cola de las novias de esa época, las cuales lucían vestidos cortos y el tocado consistía en un gorro de tul forrándole la cabeza, de la que sólo asomaban los “roba corazones” , y sobre ella una corona de azahares cual misma “crucificada”. Del casquete de tul salía la larguísima desabrida y estrecha cola.
A la segunda novia que acompañé fue esta vez una prima de papá, Angelita Iglesias, y luego a Estela Paredes, amiga intima de mamá. Un tiempo después fue Martha Goyburu Ezeta, prima de la familia, la que me eligió como damita de honor. Lo anecdótico de este último matrimonio fue que la tía Martha contrajo enlace con Carlos Augusto Mesinas y al cabo de muchos años yo me casé también con un miembro de la familia Mesinas. Más aún, que ambas tengamos en la actualidad hijas de la misma edad, por haberle nacido a mi tía una hija a los 14 años de su segundo hijo Carlos; llamada Rosario y yo la segunda hija cuyo nombre es Sara María.
1928
Cumplí cinco años y no sabía lo que estaba pasando en la familia. Pero dos de mis tías cercanas se encontraban enfermas de gravedad. Fue así que primero falleció la tía Rebeca, hermana de papá, y a los pocos meses a tía Hortencia, a su vez, hermana de mamá. Ambas sufrieron larga enfermedad, más como la tía Rebeca padecía por causa de una diabetes, que era un mal desconocido en ese entonces, no la pudieron salvar y no he podido olvidar sus quejidos de dolor al habérsele comprometido el mal.
No supe entonces el dolor de la despedida, primero por ser aún muy pequeña y, por otro lado, por que nos llevaron fuera de casa al realizarse en ella el velatorio. Sólo recuerdo un ambiente de tristeza y dolor y el silencio prolongado al acostumbrarse en ese tiempo no escuchar música los primeros meses de duelo. El color negro era lo que más me impresionaba en las personas, sobre todo por el tiempo tan largo en guardar el luto.
La tía “Zita” empieza a dibujarse en mis recuerdos. La hermana inseparable de Mamita vivió junto a nosotros entregándose con amor. Calladita casi siempre, era como nuestro ángel protector. No se casó y nunca supe el motivo. Pero ella a su vez, como con las otras tías, su chochera y cuidados no nos faltaban. Ella se encargaba de servir el almuerzo y la comida. Tenía un sentido de cálculo increíble y a pesar de ser muchos los comensales todo lo distribuía con exactitud matemática.
Qué hermoso era nuestro comedor, grande y luminoso con una gran puerta que daba al traspatio en el que se encontraba la cocina, también espaciosa. Y el corral con aves de toda especie, al lado derecho. En este comedor había antiguos muebles finos como el gran aparador en el que se lucían cristales y adornos muy bellos. En nuestra mesa amplia y cuadrada no faltaba el blanco mantel delicadamente bordado. Al centro de ella me parece ver el botijoncito de barro que la Mamita llenaba diariamente con agua pura y cristalina que recogía de un gran filtro rodeado de culantrillos.
El gran frutero rebozaba de deliciosas frutas de la estación. Cada uno de nosotros ocupaba su lugar en la mesa en cuya cabecera se sentaba la Mamita María durante el almuerzo y en la cena sólo se nos permitía acompañar a los grandes a Lisandro y a mí estando papá con nosotros.
La sopa era traída a la mesa en las hermosas y clásicas soperas de losa y los demás alimentos en fuentes por la persona del servicio y mi tía Zita nos servía. Además, el complemento de la sabrosa comida, eran los pancitos deliciosos llamados “pingajillos” y luego el postre de cada día. El diario vivir era tranquilo y apacible, enriquecido por un misticismo muy arraigado en los hogares cristianos, en los que, desde muy pequeños, recibíamos una profunda enseñanza al amor a Dios y a la santísima Virgen.
Iba creciendo y, más conciente de lo que me rodeaba, empiezo a recordar el ambiente de la vieja casona, y en ella los personajes familiares más cercanos que acudían con frecuencia., como los tíos Cárdenas hermanos de Mamita ¿Cómo olvidar la dulzura de la tía Carmen? Tan parecida a su hermana María que parecían gemelas, lo mismo que a su hija la tía Zoilita Romero. Nos visitaban un día a la semana compartiendo su cariño con nosotros. Para los cumpleaños eran las primeras en llegar desde temprano. La tía estuvo casada con el señor Juan Romero, español y comerciante, pero enviudó muchos años atrás, viniéndose a Lima desde Tarma junto con su hija Zoila. La tía Camelita o Camicha, como la llamábamos, era muy devota de la Virgen María y nos quería entrañablemente, siendo correspondida por nosotros por su caudal de ternura.
Con gran nostalgia me parece ver a los que fueron mis tíos Luis e Isabel Cárdenas, mis tíos amados, también hermanos de mi abuelita, siendo la tía Isabel esposa de mi tío Lucho. Con sus hijos Luis, Ángela, Susana y Ernesto formaron una adorable familia que me querían muchísimo. Cada vez que visitaba su casa con alguna de mis tías, me recibían con grandes muestras de alegría. Mi persona era siempre algo muy especial para ellos.
A pesar de mis cinco años ¡qué a gusto me encontraba en ese hogar! Siendo su primera casa la que visité en el balneario de San Miguel cuando se radicaron en Lima. De ella veo solamente la reja de oscura madera y los inolvidables geranios rojos y perfumados que por primera vez conocía, sembrados en su jardincito delantero. Mi tío Lucho lucía unos hermosos bigotes que me cosquilleaban cada vez que me besaba con su ternura infinita, y a la vez me daba apretones cariñosos en mis cachetes coloreados con grandes chapas rojas.
Otra familia que me trae queridos recuerdos fue la de mis tíos Pedro y Mercedes de Cárdenas, que vivían en la calle de las Nazarenas, casi frente a la iglesia. Con ellos vivía su hijo Pedro, casado con la tía Victoria, hermana de mamá, y mis primos César, Jaime y Victoria Eugenia cuyos apodos eran “Cotico”, “Chino” y “Cholita”, respectivamente, además de la tía Merceditas, hija de los tíos. Esa casa me era muy familiar por la frecuencia de nuestras visitas, sobre todo en octubre, el “mes morado”para gozar desde sus balcones de las procesiones del “Señor de los Milagros”. Por esos días gocé del placer de saborear los famosos “Turrones de Doña Pepa”, los que probaba por primera vez, además de los anticuchos y picarones que ofrecían las vivanderas que se instalaban en los alrededores del templo.
Una de las hermanas de mi abuelo llamada Adela de la Puente, fue monjita nazarena que pasó toda su vida tras los muros del convento, llegando a celebras sus “Bodas de Oro” de religiosa. La visitábamos con regularidad pero sólo escuchábamos su voz a través del torno que hacíamos girar. En él aparecían muchas veces deliciosos manjares preparados por las monjitas, mensajes y recuerdos. La única vez que le permitieron ser vista por toda su familia fue con motivo de esa gran celebración. El Señor se la llevó dos años después y descansa en paz en el jardín interior del monasterio.
Lima fue guardiana de sus tradiciones y una de ellas era la Semana Santa que se veneraba con gran recogimiento. El día jueves, se revivían los siete lugares que tuvo que recorrer el Señor en su larga agonía antes de ser sentenciado. Este recorrido se hacía visitando siete iglesias, acompañándolo en su pasión, en las siete estaciones que recorríamos a pie. En las iglesias se levantaban los solemnes y preciosos “monumentos” con hermosos arreglos de luces y flores, colocándose en el centro el Sagrario que guardaba en él la “Hostia Consagrada”.
Generalmente el día viernes amanecía frío con lloviznas y el ambiente gris aumentaba la tristeza y el recogimiento de todas las personas. Era un día silencioso, escuchándose solamente los rezos en casa y templos. Se acostumbraba como hace años atrás escuchar el “Sermón de las Tres Horas”, recordando la pasión y muerte de Jesús. A los niños nos enseñaban a respetar ese día evitando risas y travesuras y la gente mayor recordaba que en años anteriores, cuando sólo transitaban por las calles las calesas jaladas por caballos, a estos se les envolvían los cascos con paños gruesos para aminorar el ruido. En puertas y ventanas de las casas se colgaban cintas y crespones negros.
Otras festividades muy distintas eran las que se realizaban en la tradicional fiesta de San Juan, coincidente con el “Día del Indio”, el 24 de junio. Esta celebración daba lugar a que todo el público se trasladara a la “Pampa de los Amancáes”, un lugar amplio y rodeado de cerros situado al norte de la ciudad. Lo clásico de esta fiesta era acudir en grupos familiares con guitarra y cajón, llevando viandas y abundante vino, para pasar en ella todo el día. Luego de gran diversión, al regreso, se recogían los amancáes , frescas y delicadas flores amarillas que venían adornando los coches y caballos, en cabelleras y sombreros.
Para ir a este lugar se tenía que transitar por la famosa “Alameda de los Bobos” llamada así por ser el paseo y reunión de la gente noble, donde los caballeros lucían en el pecho y en el borde de las mangas blondas y encajes formando vistoso bobos. Aún me parece ver a los árboles altos y frondosos mecidos por el viento de ese hermoso paseo situado al lado de la Alameda de los Descalzos. Hoy, como todo lo que mis ojos contemplaron en ese entonces, solo es un imborrable recuerdo...
Pocos niños conocen ahora las santa rositas o golondrinas que anidaban en los techos y zaguanes de las casas o los repugnantes gallinazos que a pesar de su fealdad eran útiles para ayudar a limpiar las calles de carroña y basura. Tampoco se ven lechuzas y murciélagos escondidos en las torres de las iglesias. Mucha gente creía erróneamente que las brujas convivían con estos animales de las cuales se tejían historias macabras y espeluznantes.
Era muy corriente escuchar narraciones de penas y aparecidos de los que más de una persona aseguraba haberse encontrado con seres sobrenaturales que se paseaban sin tocar el suelo con los pies o los que no tenían cabeza. Según se contaba eran almas en pena porque antes de morir habían dejado enterrados tesoros de valores dentro de sus casas o podían ser restos humanos que pedían descansar en suelo bendito. Lo cierto es que por esas narraciones, unidas a la costumbre de asustarnos, yo le tenía espanto a la oscuridad, le temía a la casa por las noches y no me quedaba sola en lugar por nada del mundo. Y el resultado de esto junto a mi timidez y a lo poco que sabía de la vida que por ser niña pequeña no se me enseñaba, se me fue formando un complejo de inferioridad que desgraciadamente no se me tomó en cuenta y que, más adelante, en muchas oportunidades, me ocasionó momentos de tremenda incertidumbre.
Lo que me ocasionó más daño por esa timidez fue la cortedad a realizar preguntas o recibir una orientación sobre problemas o situaciones que no comprendía y no me aventuraba a confiarme a mamá. Solo sabía lo que mi Ñaña se atrevía a enseñarme y en realidad era muy poco, por evitar que los niños no se adelantaran a ciertos conocimientos íntimos, sobre todo a las mujercitas.
A través de mis tías fui aprendiendo menesteres caseros. Sobre todo mi Ñaña no quería que, por el amor inmenso que me tenía, se le criticara la forma de engreírme y menos aún hacer de mí una niña inútil. Su mayor aspiración era verme convertida en una verdadera mujercita en mi vida futura. No sé cómo presintió que esa decisión que tomó, con el transcurso del tiempo, me iba a favorecer después. En muchas ocasiones y debido a la sólida formación moral que recibí en mis primeros años, me ayudó a enfrentarme a la adversidad.
Más de una vez la he tenido junto a mí. Sus manos gorditas y pequeñas eran habilísimas, ya sea preparando un postre o delicioso potaje, bordando delicadas prendas, creando flores de papel en las más bellas y originales formas, sobre todo cuando se trataba de cambiar los ramos del altar de la Virgen de la Merced al celebrarse su día patronal. Me enseñaron a formar ramitos primorosos y a bordar los escapularios mercedarios que se repartían el día de la misa solemne.
Nunca podré agradecerles a mis inolvidables tías todo lo que de ellas aprendí y los sentimientos positivos que sembraron en mí corazón. Mi tía María Mercedes fue como mi verdadera madre, el amor que me tuvo la ayudó a vivir, teniéndome como una fuerza espiritual en su vida para luchar contra su desilusión y su amargura. La rectitud de conciencia, la fuerza espiritual, el celo por la justicia, y su profundo amor por los demás, modelaron mi personalidad, dándome la fuerza y la fe cristiana que tanto me han servido para sobreponerme en momentos de intenso dolor... ¡Nadie imaginará cómo las quise!
Mamá, desgraciadamente, no pudo dedicarme mucho de su tiempo. Siempre atareada en diversos menesteres, poco fue lo que pudo ofrecerme en mi niñez. La recuerdo con amor pero muy lejana, no sé que era lo que me impedía acercarme a su lado con naturalidad cuando fui pequeña. Sólo al cabo del paso de los años, esa actitud cambió totalmente y pude comprenderla y admirarla en los momentos cruciales de su vida...
En realidad, nunca sabré cual fue su posición en casa de la Mamita. Qué problemas habrá tenido que resolver estando recién casada en un hogar extraño, además de tratar de congeniar con dispares caracteres y distintas personalidades. Debe haber sido muy difícil para ella...
1929
El día 13 de enero, nació mi única hermana, Beatriz, como una linda y viva muñeca a la que recibí con amor, como un maravilloso presente que me enviaba el cielo. Desde muy pequeña fue mi engreída y mi felicidad hubiera sido completa si la diferencia de seis años no me hubiera privado de compartir íntimamente con ella, como era mi deseo. La llamamos “Nena” por ser dócil, amorosa y alegre, de un candor admirable. Fue la engreída de la tía Zita convirtiéndose en la razón de su vida, amor que sólo terminó cuando ella se nos fue muchos años después.
Siguiendo con mis recuerdos, el día 16 se presentó en la casa Don Domingo Buitrón, leal y caballeroso moreno que fue compadre de papá. Trabajaba como chofer y era bueno como pocos. En sus manos traía un montoncito de pelos blancos con manchas algo oscuras y algo cabenzoncita. Fue una de mis mascotas predilectas, mi perra San Bernardo, un hermoso animal a quien le tenía un amor entrañable. Se llamaba “Bruna” y era fiel defensora de la familia. Me la ofreció muy pequeñita como regalo de mi cumpleaños. Ésta creció tanto que nos servía de montura cuando jugábamos con ella paseándonos por toda la casa. Era incapaz de hacernos daño, adoraba a papá, pero con los extraños su agresividad se manifestaba con furor, siendo el motivo de muchas quejas de los vecinos cuando, al asomar su hocico por la puerta, mordía a quien se le pusiera por delante. Para ese entonces su tamaño era mayor que el mío.
El tiempo fue pasando y un día supimos que papá estaba haciendo construir una casa para nosotros en Miraflores. Grande fue nuestra sorpresa y sentimos mucha curiosidad por conocerla. Nos llevaron a ver la construcción que ya demostraba su belleza, rodeada por espacios considerables que serían los jardines y la huerta. Para nosotros fue como un cuento de hadas al imaginarnos que íbamos a vivir en ella, tan amplia, de rojo techo y con sólo verdor a su alrededor. Esa ilusión nos llenó de impaciencia y no veíamos la hora de mudarnos para radicarnos en ella.
No podíamos imaginar, sobre todo yo, que fue construida para resguardar mi salud, que eran muy distintos los sentimientos que agobiaban el corazón de la Mamita y las tías. Para ellas fue algo inesperado y muy difícil de aceptar. Se resistían al tener que apartarse de aquélla vieja casona donde habían transcurrido muchos años de sus vidas. Entre sus paredes estaban latentes vivencias inolvidables, risas juveniles, amores, desilusiones, dolorosas ausencias definitivas, desencantos y el eco de muchas voces amigas que compartieron con ellas momentos inolvidables.
A pesar de que la casa aparentaba tranquilidad, día a día crecía la ilusión por irnos a vivir al lugar que era nuestra atracción infantil. Un día le pregunte en mi curiosidad y en forma natural a la tía “Quela”: ¿Dime, cuándo nos iremos a la casa nueva? Y ella, con un acento que me conmovió profundamente por su latente dolor me contestó: ¡Por favor cholita, no lo digas! En esa respuesta se encerraba desesperación, rebeldía, tristeza, impotencia, qué se yo. Fue un grito desgarrador ante lo inevitable que en esos momentos, por mis pocos años, no logré comprender. Hace poco he recordado ese momento y como muchos antes, me he sentido identificada con ellas. Lo que para nosotros era como ver realizado uno de los cuentos escuchados en la infancia, para ellas era el dolor de dejar para siempre todo lo que sucedió entre las paredes de la vieja y amada casona. Nunca me he atrevido siquiera a imaginar cómo habrá sido el adiós...
Hace poco con mi hermana y mi sobrina Rosa María, su hija, hemos visitado nuestra vieja casa la que aún permanece firme, desafiando al tiempo, conservando su primitivo pasillo central embaldosado de la entrada, las lunas azules de su puerta principal de ingreso al salón, las que se encuentran intactas. Es un milagro que esté resistiendo tanto tiempo. ¿No será que sus cuartos vacíos nos esperan inútilmente, sin abandonar la esperanza de escuchar nuestros pasos, que al entrar, le devuelvan la vida que a ella también se la quitaron sin remedio? ¿Estará resignada?...
Los últimos recuerdos que tengo de ella es que, en la calle, empezaban los trabajos de pavimentación y era grande nuestra curiosidad al ver los tremendos cilindros llenos de brea calentándose sobre las fogatas de leña preparadas en la esquina. Después de todo, de ese trabajo no llegamos a alcanzar a ver el final…
Se ve que en la casa se han realizado reformas, pero al ingresar a ese patio que fue testigo de nuestros juegos y travesuras, con juguetes y amiguitos del barrio, sentí una opresión en el corazón. Por otro lado deseaba anhelantemente escuchar las voces queridas o ver los rostros que me sonrieron, sobre todo de las personas que tanto amé. Fue como una visión fugaz que me lleno los ojos de invalorables recuerdos. No es posible revivir lo que se fue con el tiempo... sin retorno... ¡se siente tanta impotencia!
Y... llegó el día de apartarnos para siempre de nuestra casa de Abajo el Puente, donde nacimos los primeros cinco hermanos, para vivir en Miraflores, una mañana de octubre de 1929.
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Miraflores
1929
Nos sacaron a los chicos temprano, y me veo viajando en el carro de papá a un lugar muy lejano. Llegamos a la nueva casa y sólo nos bastó mirarla para confundirla con un maravilloso sueño. Era grande, lindísima, de tres pisos, con sus paredes exteriores de color blanco cruzadas por listones de madera marrón oscuro. El techo de tejas rojas, a dos aguas. Sus numerosas ventanas con persianas también marrones y una hermosa terraza al centro en el segundo piso, situada sobre el porche de entrada al que se llegaba por un ancho pasillo, que, partiendo de la puerta de calle, llegaba a cuatro escalones de acceso. En un lado de la entrada lucía el nombre de: “Villa Sara”. Solo de recordar ese día, no sé como empezar esta nueva etapa de mi historia personal.
Esforzándome por actualizar aquel cambio radical en toda la familia, deseo describir primero la ubicación de la casa: estaba situada frente al mar. Tenía dos puertas de acceso, estando la delantera hacia lo que es hoy la avenida de la Aviación, y la posterior al hoy Malecón Cisneros. Al legar al porche después de cruzar el pasillo enlocetado, se podía apreciar la original construcción de este lugar: era de ladrillo con columnas casi cuadradas y dos barandas adosadas a ambos lados. Cruzando la obra de arte en madera, que así se le puede denominar a la puerta de entrada, se llegaba a un hermoso y amplio hall, también de finas losetas en el que se encontraba un juego de muebles severos y finos.
La escalera que empezaba al lado derecho, de cedro, ancha y cómoda, con dos descansos, estaba flanqueada por una baranda de fino acabado, con anchos barrotes de forma caprichosa. Al costado sobre esta escalera se apreciaba un ventanal de tres cuerpos que comenzando a la altura del primer descanso y se prolongaba hasta el techo del tercer piso. Por las noches, al encenderla en medio de la oscuridad del lugar, permitió que se le llamara “La Casa del Bosque”, por los pocos vecinos que nos circundaban.
Todo el interior de la casa era muy bello, desde las amplias y luminosas habitaciones, hasta los muebles finos confeccionados por una empresa alemana de gran prestigio. En todas partes estaban los adornos. Todo era nuevo, sin estrenar, hasta las ropas de cama que encontramos tendidas y encima de cada una de ellas ropa y zapatos para toda la familia.
El comedor se encontraba al frente de la entrada. Grande y hermoso, nos cobijaba a todos con gran comodidad. El zócalo que rodeaba sus paredes de madera tallada tenía encima de la parte superior una repisa que se usaba para colocar bellos y originales adornos. La mesa larguísima, de cuatro tableros adicionales. Dos sillones y 12 sillas de madera de cedro estaban tapizadas en cuero, completaban este moblaje un gran aparador con adornos enchapados en las dos puertas laterales y otro más pequeño del mismo estilo. Pero lo más bello era la vitrina, un encanto de cedro, como todos los muebles de la mansión, con lunas biseladas, y en cuyo interior se veían adornos de plaqué de diversas formas que tenían por objeto colocar en ellos bocaditos y dulces para las ocasiones especiales.
Al fondo estaban situados grandes ventanales, colocados en forma circular en la pared que daba a la pérgola que rodeaba toda la parte posterior de la casa. En la parte baja de este ventanal se encontraba el asiento empotrado en la pared, también tapizado, pero de verde, terminando este bello rincón con una mesa redonda colocada frente al asiento. En este sitio generalmente nos sentábamos los chicos.
A un lado del comedor se encontraba una puerta que comunicaba con la pérgola. Y en la misma pared otra puerta para llegar al repostero donde mamá hizo instalar al fondo una alacena donde se guardaban los víveres, estando cerrada con un candado del que ella guardaba la llave.
Siguiendo con mi recorrido, a la derecha del hall se ubicaba el escritorio de papá y formando un ángulo hacia su izquierda, el amplísimo salón en el que cabían dos juegos de distinto y elegante moblaje. En el mueble escritorio de papá de madera negra, muy antiguo, del que se bajaba una gruesa tapa delantera, forrada en paño color verde, fue por varios años donde realicé, cómodamente sentada, mis trabajos de colegiala. Era uno de mis sitios predilectos donde transcurrieron muchas horas de mi niñez y adolescencia.
A los dos lados del arco que lo separaba del salón, empotrados en las esquinas, estaban los inmensos libreros en forma de V, con diferentes divisiones que guardaban colecciones enteras de libros de diversa índole, como obras científicas, atlas de todo el mundo, obras literarias y de aventura, las que leía con deleite sin fijarme que el tiempo pasaba. Era este recinto sobrio y elegante arreglado con mucho gusto.
Separados de la casa, después de salir por un pasillo lateral, estaban la cocina, el cuarto de servicio y un baño. Al lado de éste se ingresaba a la gran lavandería con tendales y una ducha al lado del lavadero, que colindaba con cuatro gallineros construidos de ladrillo, techo de tejas y medio suelo de cemento. Contenían comederos y soportes de madera para más comodidad de los variados animales que criaba mamá, disfrutando con sus gallinas de varias razas y coloridos plumajes, a las que atendía con esmero. Colocaba los huevos en varios nidos acondicionados con destreza por ella por lo que siempre lograba empollar toda una nidada cuando era la época del enclueque.
Me gustaba ayudarla porque también me entretenía con los animales, sobre todo, que al incubar los huevos, ofrecían un lindo espectáculo verlas caminar orondas y orgullosas, seguidas de un ejército de pompones amarillos, jaspeados, marrones, etc. Ni que decir de los patos, ganso y pavos, a la par que conejos, palomas, canarios, cuatro o cinco perros y una gata. Ese era el pequeño zoológico de nuestra casa.
En las mañanas, gozaba recolectando huevos, muchos de ellos aún calientitos, con los cuales se rellenaban cajas con fondo de aserrín, y sus respetivas fechas para usar los más antiguos.
Como la casa se ubicaba al centro del terreno, estaba rodeada por jardines multicolores, hallándose en la parte trasera una huerta con verduras y árboles frutales. Papá sembró esos árboles como la higuera o breva de frutos enormes, viñedos cuyos zarcillos fueron traídos desde Huacho por el Ing. Carlos Luna, compañero de estudios de papá y constructor de nuestra casa. Recuerdo con deleite al melocotonero injertado con abridor, cuyos frutos eran jugosos y deliciosos, y sobre todo a las parras que descansaban sobre la ramada de la ancha pérgola y en otras más pequeñas en los jardines delanteros.
Nuestra casa en ese entonces era la única del lugar, estando rodeada de pastizales y potreros que hasta llegar al ovalo de la avenida Pardo donde todo era verdor. Nos vimos obligados a trazar un camino atravesando malezas para podernos desplazar. Aún me parece aspirar el olor del cercano mar, al que lo gozábamos en todo su esplendor desde Chorrillos hasta el Callao, cuando nos asomábamos a la terraza del cuarto de nuestros padres situado en la parte alta y al fondo con vista al mar.
En el segundo piso de la casa se llegaba a un hall espacioso a cuyo alrededor se ubicaban cinco dormitorios y un gran baño, siendo el cuarto más grande de mis padres, situado justo sobre el comedor, que también tenía comunicación con el dormitorio que compartía con mi hermana. Cada una de estas dos habitaciones tenía su respectivo vestuario con closets.
En las noches era apasionante admirar el oscuro cielo sembrado de miles de estrellas, que en medio de mis sueños, y al contemplarlas, las veía tan cercanas que sentía la tentación de extender mis brazos para tocarlas. Cuando salía la luna y había cierta nubosidad, me entretenía tratando de hallar alguna forma en sus dimensiones, pero cuando estaba el cielo diáfano y tranquilo la estela de plata reflejada por la luz de la luna era incomparable.
De la ventana de mi dormitorio me extasiaba, soñadora, ante ese bello espectáculo, contemplando el mar inmenso y azul y parte de la bahía donde se veían a lo lejos Barranco y Chorrillos. Al filo de los acantilados que daban a la playa se distinguían numerosas casas que parecían colgadas de las rocas, cual nidos de pajaritos, rodeadas del verdor de los culantrillos y helechos que crecían espontáneamente debido a las filtraciones de numerosas acequias vecinas. Casi al frente estaba situado el hermoso Morro Solar, en cuya falda, lánguidamente recostado descansaba el balneario de Chorrillos.
Y los atardeceres del verano, ni que decir. El más famoso pintor del mundo no hubiera podido copiar en sus lienzos tanta belleza. La diversidad de colores se entremezclaba para hacernos partícipes de la maravillosa Naturaleza.
Muchas familias acaudaladas de Lima habían construido hermosos chalets de verano en el balneario de Miraflores y en Chorrillos, sobre todo en la calle Lima cuando este lugar fue el centro de reunión de la aristocracia limeña, lo mismo que altos jefes militares y más de un presidente, continuando de la prolongación del malecón chorrillano. Todas eran amplias y hermosas y la que menos tenía su propia bajada hacia la playa.
En una de ellas vivía la tía Aurora Vázques de Velazco de Jiménez, relacionada de mis dos familias, a la que siempre visitábamos durante el verano. Y fue allí donde conocí a la tía abuela Adelaida Cárdenas, hermana de la Mamita a quien todos llamamos cariñosamente “Mama Yaya”. Ella padecía de osteoporosis por lo que caminaba dobladita hacia delante. Era muy bonita, a pesar de los años, con unos hermoso ojos verdes. Un día rodó, por desgracia, las escaleras de la casa y quedó inválida por las fracturas que sufrió. Conmovía verla sentada mirándonos tristemente y tratando de comunicarse con nosotros, porque también la aquejó un problema cerebral. Y así, en esta condición, vivió por muchos años más.
1930
Llegamos a este año acostumbrándonos a vivir en Miraflores. Poco a poco comenzamos a descubrir un mundo nuevo y sus misterios, ya que alrededor de la casa pasaban ovejitas, cabras y recuas de burros con dos alforjas colgando a sus costados, los que transportaban adobes o piedritas para con ellos, levantar los muros delineantes de los primeros terrenos. Veíamos por primera vez innumerables pájaros e insectos desconocidos, los panales de abejas y mariposas multicolores. Un día, con tremendo susto descubrimos una lagartija. Cuando por casualidad se le partió la colita, salimos despavoridos creyendo ver al diablo cuando ésta continuó moviéndose con rapidez.
Me gustaba levantarme temprano, y por ser verano, me tendía en el césped mirando el cielo, siguiendo el vuelo de las mariposas y el triste y melodioso canto de los gorriones que abundaban en los huertos vecinos, los que me hacen recordar, cuando ahora los escucho, aquellos años felices y mi amado jardín... Igualmente saludaban al nuevo día el alegre canto de los gallos y el cacareo de las numerosas gallinas de los corrales de la casa.
Las costumbres de nuestra familia se tuvieron que adecuar al nuevo hogar. No era fácil salir por la distancia que nos separaba, de los ómnibus que usábamos para ir al centro del balneario o para dirigirnos a Lima, sobre todo para mi tía María Mercedes que por el cargo que tenía en la iglesia de la Merced, se veía obligada a viajar diariamente. En cambio mis otras tías casi no salían y por la tarde se dedicaban a labores manuales, siendo así que me fueron enseñando mis primeras puntadas guiada por ellas.
Aprendí a conocer poco a poco la historia de la familia cuando, sentada al lado de la tía Chana, cuando me enseñaba los primeros puntos del tejido, me iba refiriendo el pasado de los abuelos, la elevada posición económica de la familia Cárdenas en Tarma, como haciendas, inmuebles, etc. No sólo en ese lugar si no también en Chanchamayo y la Merced. Me contó que mi abuelita era la compañera del bisabuelo Pedro Cárdenas, cuando salía de caza, alcanzando una puntería perfecta. Intrépida y valerosa, montaba perfectamente a caballo en los largos paseos que realizaba con su padre. Era de firme carácter a pesar de su trato suave y tranquilo.
Día a día esperaba con impaciencia la tranquilidad de la tarde para ir penetrando a ese mundo del que conocía más cada día, además escuchaba las sabias respuestas de mi tía cuando le hacía innumerables preguntas sobre ese ayer que me apasionaba, aprendiendo a descifrar el misterio de las interrogantes que, por estar creciendo, me intrigaban.
La puerta trasera daba al malecón aún sin construir, bordeado por un muro de adobe. El jardín de esa zona estaba cuajado de flores, sobre todo las delicadas dalias, fragantes crisantemos y las enredaderas de los “tacones”, de delicioso aroma, los que ya no se encuentran en ninguna parte. Además, a lo largo de las rejas de ambos lados del jardín, crecían los esbeltos álamos, bellos y delicados. Cerca de la puerta se erguía un “pacae” frondoso y cargado de vainas llenas de copos blancos y dulces.
Para el mantenimiento de la casa teníamos varios empleados de servicio, por ser grande y difícil de limpiar, hallándonos en pleno campo. El primer mayordomo que trajimos de Lima era un joven blanco y de buenas facciones, educado y eficiente, que trabajo para nosotros con suma habilidad. Lo malo para él fue que, una muchacha que cuidaba a mi hermano, se enamoró de él sin ser correspondida y un día, con gran espanto de todos, le arrojó agua hirviendo quemándolo malamente. Fue una experiencia muy penosa porque el chico tuvo que estar mucho tiempo hospitalizado.
Luego ingresó a nuestro servicio el fiel Francisco, hombre honrado y trabajador que nos quiso muchísimo. En una oportunidad, en un acto de valentía, salvó a mamá que se había quedado encerrada en la cocina en llamas, pues al derramarse el kerosene y sin fijarse de lo que pasaba, había prendido un fósforo que provocó el incendio. Jamás olvidamos esa muestra de fidelidad de nuestro valeroso servidor. Le guardamos un gran respeto y eterna gratitud.
La vieja Melchora fue nuestra cocinera, y como buena arequipeña, guisaba maravillosamente. Era una mujer madura, de contextura fuerte y sana. Diariamente llegaba del mercado cargando en el hombro un costalillo lleno de víveres como sí fuera de plumas. Me gustaba acompañarla, ayudándola a pelar alverjitas o espulgar el arroz y ella me fue enseñando muchos y deliciosos potajes. Algo que recuerdo con fidelidad de ella, es la respuesta que medió un día que me quejé de sentirme cansada: “¡Todo cansa en la vida, niñita!” Y cuanta razón tuvo al dirigirme tan sabio consejo.
Los primeros vecinos que tuvimos fue un modesto matrimonio con varios hijos: Francisco y Lastenia Aguirre. Gente buena y sencilla que llegó a nuestra casa ofreciéndonos sus servicios. Llegaron a ser nuestros protectores cuando, como cachorros sueltos, corríamos por todas partes. “Don Pancho” era magnifico carpintero y fueron muchos los muebles que nos hizo, sobre todo la cómoda de cedro con su espejo que me regaló mamá. La conservé por muchos años y la obsequié intacta.
En estos primeros años de la década del 30 nuestro querido Miraflores era un tranquilo y bello balneario que le hacía eco a su nombre por la diversidad de jardines particulares, como calles y avenidas que presentaban un colorido casi irreal. Su Parque Principal era prácticamente el corazón de la villa, el que tenía una forma rectangular. Al fondo estaba presidiéndolo la Iglesia Matriz aún sin terminar, la cual era amplia y hermosa, con mucha luz por sus grandes ventanales. Estaba consagrada a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa de la congregación de sacerdotes pasionistas que la tenían a su cargo. El lado derecho del parque estaba flanqueado por el jirón Lima, en el cual se encontraban casonas antiguas de armoniosa arquitectura, las cuales tenían en su fachada bellas rejas de fierro.
Terminando la primera cuadra, que empezaba en la primera de la Avenida José Pardo, existía un pequeño parque y en él una bellísima mansión de puro estilo italiano, que era la atracción de propios y extraños. Adornaba en la parte superior de la coronación, la palabra “Belvedere”. Nombre correspondiente al origen de su propietario. Tenía como adornos numerosas columnas de fino y blanco mármol.
Al lado derecho había un callejón cuyo nombre peculiar fue el de “La Calle del Eco”, por la resonancia que ahí se sentía. Desembocaba en el Jirón Mártir Olaya al otro extremo, donde se encuentra hasta hoy el Colegio Champagnat, el de primera categoría del lugar para alumnos varones. Había otros más, particulares y fiscales.
Siguiendo con el parque, al lado izquierdo, se situaba el Jirón Larco, igual al Jirón Lima, pero en este existían desniveles en sus veredas y casas. En una de sus cuadras se situaba el conocido local del colegio de la señorita Baroni y en la esquina con la calle Cantuarias estaba la pintoresca placita, alumbrada por un farol con el que formaba un conjunto muy vistoso por su diversidad de flores.
A un lado de la placita, el bazar Haybara era muy conocido en el lugar, por su amplia y variada mercadería. Su propietario, un señor japonés y su esposa, atendían amablemente a la numerosa clientela, siendo ambos estimados por todo el público. Como atendía domingos y feriados era muy requerido por las personas que salían de las diferentes misas de la Iglesia.
Volviendo a la familia y mis recuerdos, ese año de 1930 significó en nuestra vida el inicio de un declive inexorable que lentamente nos llegaría, truncando nuestro bienestar. Quien nos iba a decir que sucesos ajenos a nosotros jugarían un papel preponderante en nuestro futuro. Mas adelante iré relatando como sucedió lo inevitable.
El cumpleaños de mis siete años lo celebraron a lo grande y los pequeños parientes y amiguitos se divirtieron como nunca y yo con ellos, en nuestros bien cuidados jardines. Tuve numerosos obsequios, cada cual más original y valioso. La larga mesa del comedor estaba cubierta por golosinas, bocaditos, alfajorcitos de manjar blanco y sobre todo las sabrosas copas de champagne rellenas de deliciosas gelatinas. La casa estaba adornada con motivos alusivos a la fiesta y fueron muchas las sorpresas que se les obsequiaron a mis pequeños invitados.
Ese año no pude ingresar todavía al colegio, aunque ya leía y sabía escribir y contar, y seguí siendo la “colita” de mi Ñaña, transcurriendo mi vida como antes, entre la iglesia y la casa. Fue así como en una las visitas al templo entré a la sacristía con mi tía y mientras ella conversaba con una señora, comencé a curiosear en todos los rincones que circundaban la escalera del camerino de la Santísima Virgen., y me paré a leer aún con dificultad, unas placas de mármol pegadas en las paredes. Cuando me di cuenta de lo que decían sobre restos de prelados que reposaban bajo mis pies, salí despavorida en busca de mi tía. Esto me curó de la curiosidad y aunque no lo crean, no más he tenido ese defecto.
Recién en este año pude conocer a mi abuela materna, la Mamama María Peñafiel de Raygada. Antes vivía muy lejos en Chosica y no había llegado a visitarla. Habían pasado varios meses de la muerte de la tía Hortensia, la que estuvo un largo tiempo muy delicada de salud, por lo que mi Mamama no pudo apartarse de su lado. A su fallecimiento, se regresó a Lima empezando a vivir en un departamento de una quinta para viudas, de propiedad de la familia Wiese, en la calle Belén de Lima. La acompañaban su hijo Carlos y su sobrina María Luz Raygada. Echegaray.
La madre de María Luz falleció cuando ella tenía sólo ocho meses de nacida y mi abuelita, que era su madrina, la tomó a su cargo y la crió. Siempre fue muy bonita, algo mayor que yo, comenzando a ser inseparables al tener con quien jugar con mis innumerables muñecas y otros juegos de niñas. Mi hermana Beatriz, seis años menor que yo no podía compartir mis juguetes, guardados en innumerables cajas, a los que no le hacía caso porque prefería jugar con mis hermanos.
El tío Carlos Raygada, hermano de mamá, fue el único hombre de la familia. Era muy inteligente, culto, pintor, concertista de piano y colaboró como critico de arte para el diario “El Comercio” por largos años. Fue encargado de fundar la Orquesta Sinfónica Nacional, logro obtenido con éxito por la calidad de sus componentes, la mayoría solistas de varios países europeos. Su director fue el gran maestro austriaco Teodoro Buchkwall.
Con la ayuda de mi tío, tuve el placer de gozar de los mejores espectáculos ofrecidos en Lima y en el Teatro Municipal, como el inolvidable concierto para piano que ofreció el gran maestro chileno Claudio Arráu. Además también asistí a ballets, conciertos y muchos más. Varios años después pude estar junto con mis tías en la exhibición del programa presentado por la señora Rosa Mercedes Ayarza de Morales, en el Teatro Municipal, donde se estrenó la marinera de su inspiración llamada. “La Concheperla”. Además se presentaron famosos pregones de la “Lima Antigua” y la entronización de la música criolla en los salones de la sociedad limeña. Antes, este tipo de baile sólo se escuchaba y bailaba en los solares y callejones de la Vieja Lima.
Visitando la casa de la Mamama María un día, conocí a mi bisabuela Dominga Peñafiel de Raygada, acordándome de ella como una anciana jovial y cariñosa, muy trigueña, bajita, con bello pelo negro con el que se formaba un gran moño en la nuca. Dicen que había tenido carácter muy fuerte y como buena piurana se le veía muy saludable a pesar de su edad. La gozamos poco tiempo porque su muerte fue repentina. Había sido madre de once hijos.
El departamento de la abuelita estaba al fondo de una hermosa y amplia quinta con el suelo enlocetado. Al costado de ella, en un departamento contiguo, vivía la señora Isabel Ayarza, hermana el célebre Alejandro Ayarza “El Karamanduka”, perteneciente al recordado grupo de la Palizada. Era muy hermosa y se mantenía por ser viuda con su máquina de coser, habiendo tenido un solo hijo tan guapo como ella.
Cuando estaba en casa de la Mamama, me gustaba estar al lado de mi tío cuando realizaba sus trabajos artísticos, curioseando sus dibujos y admirando la diversidad de cajas de pintura al pastel, y los chisguetes para trabajar en óleo.
Pasando al acontecer del país, desgraciadamente para el Perú y sobre todo para los limeños, nos encontrábamos, sin sospecharlo, al borde del abismo por el que pronto se precipitaría la paz que habíamos disfrutado. En la ciudad de Arequipa se sublevó el general Luis M. Sánchez Cerro contra el régimen desprestigiado y deteriorado del Presidente Augusto B. Leguía, sacando la cara por su país, donde una gran mayoría estaba en desacuerdo con la política del gobierno. Después de laberintos y escaramuzas en toda la Nación, fue elegido como Presidente Constitucional del Perú. Lo recuerdo trigueño, de pobladas cejas negras y mirada oscura y aguda, viéndose en él al hombre decidido y valiente que quiso hacer mucho por su patria. Su plan de gobierno fue bien recibido por la mayoría de ciudadanos con la esperanza de que él mejoraría la situación de la clase media y el pueblo. Pero desgraciadamente había llegado al país Víctor Raúl Haya de la Torre trayendo las bases de una nueva doctrina conocida y aprendida en el extranjero, donde vivió algún tiempo por sus estudios superiores.
Este nuevo líder sembró su semilla y ésta germinó en otro grupo de ciudadanos que lo empezaron a seguir, lo que trajo por consecuencia que se armara la de San Quintín. Prácticamente el país se dividió en dos partes, estando de Lima al sur gobernada por Sánchez Cerro y el norte siguió a Haya de la Torre.
Como nos encontrábamos relativamente lejos de la capital, no sufrimos grandes cambios en nuestro rutinario vivir. Nos rodeaba un entorno placido y tranquilo que nos permitía salir con mamá todas las noches a la avenida Pardo, para esperar a papá, al que lo divisábamos antes que acercara en su pequeño carro, por el poco tránsito de la hermosa avenida Y digo hermosa, por que era así. Estaba flanqueada por enormes y frondosos ficus sembrados a los lados de la berma central, cuyo piso de tierra y ripio rojizo se mezclaba con los miles de semillas caídas de los árboles. Al centro se ubicaban los faroles de luz muy tenue y banquitas de hierro con asientos de madera. Los árboles eran tan coposos que sus ramas altas se entrecruzaban formando un techo redondeado por el que no penetraba el sol. ¡Era un placer caminar bajo esa maravillosa vegetación!
Esta avenida contaba con diez cuadras largas, en la que se encontraban hermosas mansiones que ocupaban una manzana de extensión cada una. Todas se encontraban al centro del terreno, rodeadas de árboles y jardines que competían en belleza y diversidad de flores aromáticas y multicolores, siendo una de las más bellas la ocupada por la familia Gutierrez, en la cuadra ocho, donde hoy se ubica la Embajada del Brasil, de clásico estilo italiano, con tres pisos y adornos en la parte superior. Pintada de color blanco, lucía en su coronación un cubículo con columnas y adornos de un acabado admirable.
Luego de ingresar por un enorme portón de fierro, como toda la reja cirdundante, se habría dos caminos para vehículos que subían hasta la puerta principal de la entrada a la casa. Al centro del florido jardín se podía admirar una pila con surtidor. Con motivo de alguna reunión familiar se realizó una brillante recepción donde pudimos admirar el lujo y la elegancia de los invitados.
Otra de las casonas, propiedad de la familia Osores, cuyo título en lo alto de la puerta de entrada ostentaba el nombre de “Mar del Plata”, debió ser muy hermosa, pero siempre permaneció abandonada. Entre las malezas que cubrían el jardín se veían estatuas de mármol y una gran fuente central. Todo el muro lo rodeaban numerosos eucaliptos y varios sauses tristones.
Pero la más renombrada fue la mansión de la familia Olchese en la esquina que hoy ocupa la firma Scala, por la razón de ofrecer a la admiración de todos el más bello y extenso jardín en el que se apreciaban muchas flores exóticas y desconocidas. Fue famoso su blanco camino de azucenas.
Volviendo atrás puedo contar que, así como mis tías prácticamente se recluyeron en nuestra nueva casa, muchas de las amigas y personas conocidas por ellas nos visitaron de vez en cuando, a excepción de algunas amistades que las unió el cariño profesado a mi familia mientras la vida se lo permitió. Entre ellas recuerdo a la señora Eloísa Chinchilla y su hija Luzmila quien llegó a ser mi amiga muy querida. Con ella compartí lindos momentos en mi niñez cuando jugábamos con muñecas y juegos de té. Era preciosa, de tez blanca y sonrosada, con sus grandes ojos claros y dorada abundante cabellera. Se peinaba con una gruesa trenza atada con lazos de color. Una terrible enfermedad se la llevó cuando sólo contaba 16 años de edad. Sentí mucha pena por ella y su ausencia me privó de su amigable compañía. La recordé por mucho tiempo luego de su eterna despedida.
Otra amiguita que tuve fue Colomba Dolci, hija de una comadre de mi tía Mercedes, la señora Elena Tirado, compartiendo muy poco su amistad, porque por razones que no conocí, ella y su mamá poco a poco fueron distanciando las visitas, hasta que desapareció para siempre de mi vida.
A pesar del caos que amenazaba al país, seguíamos viviendo tranquilamente y la situación familiar estaba al cubierto de situaciones inciertas. Papá le obsequió a mamá un bello y elegante automóvil Oclan alemán, que lo manejaba el Sr. Julio Prieto, todo un caballero, afable y correcto al que le tomamos afecto por la seguridad con que disfrutábamos saliendo con él al volante. Era relacionado de la familia.
Seguí saliendo con frecuencia con mi tía María Mercedes en sus visitas diarias a Lima, y más de una vez regresamos de noche. Por eso, una cuadra antes de llegar al Ovalo de Pardo, tomábamos la ruta de el jirón Ramón Zavala, por estar iluminado y ser más seguro, no por haber personas indeseables, si no por el trayecto entre las malezas y a oscuras por el otro lado.
Así comenzamos a conocer a las familias de ese jirón, las cuales en el verano acostumbraban sacar sus sillas en la vereda y sostener entre ellas amigable conversación. Existía parentesco entre todos, y como era una costumbre de cortesía, al pasar, mi tía saludaba a todos, mientras que los chicos jugaban en el centro de la calle aún sin pavimentar.
Otra visitante de la casa fue la señora Augusta Jeguer, que fue amiga de Mamita, y lo hacía con relativa frecuencia. De origen alemán, recuerdo sus blancos cabellos y sus ojos azules moviendo siempre sus manos de las que brotaban bellas blondas y encajes de malla. Cuando escuchábamos su voz pidiéndonos ayuda para ingresar a la casa: “¡Escondan a la bandida”, sabíamos de quien se trataba, por el espanto que le causaba la presencia de mi perra “Bruna”.
Me parece verla sentada en uno de los sillones de la salita de la casa, su lugar preferido, afanada en enseñarme los primores que con tanta facilidad tejía. Viendo el interés que mostraba cuando me sentaba a su lado para observarla, me enseñó como hacerlos, pero por no seguir practicando ese arte llegué a olvidarlo.
Siguieron pasando los meses de ese año 30, cuando notamos que se empezaba la construcción de otra casa cercana a nosotros. Se trataba de la mansión de la familia Gardini, de origen italiano, la que tenía amistad con la señora Jeguer. Para suerte nuestra, después de habernos presentado mutuante, se inició entre ambas familias una sincera y verdadera amistad.
Los padres ya ancianos formaban una admirable pareja, bellos y afables, llamados Federico Gardini y Angélica Muñiz de Gardini. Vivían con dos hijas solteras, con notable diferencia de edad entre ellas: Laura y Angélica, además de un sobrino que entonces tendría 12 años llamado Manuel Gardini Castellanos.
Llegamos a sentirnos estrechamente unidos con verdadero cariño a la familia Gardini, como si siempre nos hubiéramos conocido, y Manuel fue desde ese momento mi mejor amigo, compartiendo ambos nuestros juegos y entretenimientos. Lo quise como a un verdadero hermano. Y, si fuimos inseparables de chicos, compartimos vivencias inolvidables en nuestra adolescencia. Mucho significado tuvo esa amistad, sobre todo cuando en momentos difíciles compartieron con nosotros dificultades y problemas, brindándonos su generosa ayuda, y acompañándonos cuando más lo requerimos. Y fue así que con frecuencia los chicos pasábamos los días en una y otra casa.
Durante el resto del año siguieron los problemas en el ambiente político y en las familias también. Se comenzó a sentir temor estando en las calles, sobre todo en Lima, por los continuos choques entre las fuerzas del gobiernos y los apristas. Llegó la situación a tal punto que al temido grito de “¡Hay bullas¡” en todo Lima se cerraban las puertas de los establecimientos comerciales, sobre todo las del Centro, como por obra de encantamiento y el temor a los asaltos y saqueos. Si se tenía la mala suerte de encontrarse fuera de casa, había que encontrar refugio donde fuera para evitar el baleo y las cargas de la caballería sobre los revoltosos, las que ponían en riesgo a cualquier inocente que nada tenía que ver con el asunto.
En una oportunidad encontrándonos en la Iglesia de la Merced organizando un reparto de víveres para el día siguiente, empezó tal laberinto en el centro que el Padre Provincial nos aconsejó quedarnos toda la noche si era necesario, por ser muy grande el riesgo al salir. Pero la cosa no prosperó mucho tiempo y pudimos regresar, no sin haber gozado antes de una exquisita cena que me brindaron los padres mercedarios en el comedor de los sacerdotes.
En esa época me intrigaba el por qué la familia de mamá, los Raygada, no nos visitara y fuéramos nosotros los que nos acercábamos a su casa. Estas visitas ocasionales se realizaban en el cumpleaños de nuestra bisabuela Victoria Pardo Figueroa de Raygada, el 23 de diciembre, y en el cumpleaños de la tía María Esther, su hija, el día 7 de abril. Sólo en esas dos ocasiones nos reuníamos todos y era lógico que en cada una de ellas conociéramos a otros parientes o notáramos la ausencia de otros. Por este motivo, fuimos muy apegados a la familia de papá y sólo queríamos a la Mamama María, a los tíos y a María Luz. Después de haberles hablado de mi querido tío Carlos, el mayor de los hermanos de mamá, ahora voy a referirme a la persona de la tía Amalia.
Se puede decir que fue nuestro personaje inolvidable. Pasó por la vida sembrando amor, ternura, generosidad y dándonos ejemplo de valor y abnegación. Mis recuerdos sobre ella de niña se prolongan en la adolescencia y madurez, viéndola tal cual era, una mujer digna de haber tenido mejor suerte. La quisimos entrañablemente, siendo correspondidos en igual forma por ella. No tuvo hijos y fue por eso que nos prodigó toda su ternura llenando el vacío de su vida. En su lucha por alcanzar una vida mejor fue el mejor ejemplo de su temple, mereciendo por eso la admiración que le tuvimos.
¡La tía Amalia! Siendo la menor, se casó muy joven con Nicolás Sal y Rosas, pero fue un matrimonio desafortunado. Se vio en la necesidad de separarse del esposo, situación no aceptada en ese tiempo. Vivió sola y, mucho después, regresó al lado de su madre. A pesar de la vida que llevaba, no demostraba tristeza ni amargura, antes bien, su risa brotaba en ella con gran espontaneidad y su generosidad llegó al extremo de ayudar al que la necesitó, a pesar de no contar con grandes recursos. Siempre estaba en la sombra cuando había una reunión en la casa, tratando de no hacerse notar ante los familiares o amigos. El motivo de ese aislamiento recién lo conocí después de muchos años, relatándolo anteriormente.
Cada vez que nos visitaba, me parece verla sacar algo de su cartera para cada uno de nosotros, con su carita risueña, disfrutando de nuestro gozo y curiosidad, preguntándome más de una vez si esa cartera tuvo algo que ver con San Martín de Porres...
Al finalizar el año, nació mi hermano Carlos, el 6 de diciembre. Desde muy bebé fue bello como un muñequito, primoroso y tranquilo. Conforme fue creciendo se notó en él su precoz personalidad. Siempre se le veía de buen humor, reía con frecuencia y no nos fue difícil atenderlo y orientarlo por ser dócil y obediente. Aún sigue siendo para mí el hermanito a quien paseaba en cochecito, a quien quiero entrañablemente. Desde muy pequeño demostró una sensibilidad muy rara en un niño de su edad al gustarle la música, el canto y el baile para el que tenía un magnífico oído. Me sentía muy feliz gozando de sus risas y la forma de acariciarme con sus manitos. Siempre fue y es un hermano lindo, muy lindo para mí...
1931
Y llegué a este año 31, con muchos cambios en mi vida. En primer lugar ingresé al colegio junto con Lisandro y por saber leer y escribir, ambos fuimos matriculados en el Primer año de Primaria. Nuestro colegio era pequeño y se llamó “Colegio Santa Teresita del Niño Jesús”. Su directora y propietaria era la señorita Consuelo Orrego Ugás que junto con su hermana Elena, la sub-directora el colegio, demostraba gran eficiencia y buena disciplina.
Recuerdo nuestro primer día de clases como si fuera ayer. Por mi afán en aprender, que fue lo mejor que me pudo pasar. Aún percibo el olor de la tinta líquida y de la carpeta de cedro. Los bellos cuadernos fueron la base de nuestro aprendizaje y los libros que eran pocos, sólo los utilizábamos como guía y consulta.
Los cursos que empecé a preferir fueron la Historia del Perú, el de Lectura y sobre todo la Geografía. Luego las ciencias empezaron a serme muy atractivas por mi espíritu investigador y curioso. Fui destacándome poco a poco por eso apego al estudio que me ha durado toda la vida.
Tratando de acordarme de mis compañeros veo que casi los tengo presentes a todos: Paco Portugal, el más inquieto de la clase a pesar de ser cojito de una pierna, travieso y muy inteligente, corría mejor que los que las teníamos completas. Era muy querido por todos y nuestro mejor compañero de clase. Luego Rosita Cartagena, mi compañera de carpeta, Carmela Guerrero, sobrina de las directoras, Luz Balta, de hermosos cabellos y ojos negros, Guillermo Freundt, muy engreído y odioso, César Pizzarello“Quillo”, excelente amigo, después Carmen Ureta, Carmen Maltese, Rosa Merino, Eugenio Bertolotti (italiano), Ada Valcarcel, hija del gran historiador peruano, las hermanas Alicia y Delia Baella, Elvira Olaechea, muy bonita pero de carácter muy tímido, Dinora Codali, una chica un poco rara, Matilde Aservi, preciosa e inteligente, fue una de mis mejores amigas a través de los años que estudiamos juntas. Falleció casi una niña de una cruel enfermedad. Los hermanos Perla y Jorge Santa Cruz y Grimanesa Dapelo, otra italianita dulce y pecosita.
Por ser mixto hasta el tercer año, muchos de los ex-alumnos del colegio ocuparon cargos importantes o brillaron por su resaltante actuación en diferentes entidades políticas y privadas. Muchos de ellos se formaron desde que empezaron a estudiar desde sus primeras letras. Muchas vivencias de aquel primer año de colegiala aún las actualizo y son tantas que tendré que resumirlas en mis recuerdos.
En primer lugar, el local del colegio estaba situado en la segunda cuadra de la avenida Pardo, en una casona antigua, amplia y llena de luz. Vestíamos unos uniformes de blusa y falda tableada azul oscuro, correa roja en la cintura, cuello blanco tieso y duro en el cual se lucía una corbata de seda roja. Era incómodo por la dureza del cuello, pero al cabo de los años esta molestia se me ha agudizado, al extremo de no poder resistir nada que me sofoque al rededor del cuello. El horario de clases era partido: entrábamos a las 8:30 de la mañana saliendo a las 12 p.m., teniendo tiempo de almorzar en nuestras casas y luego regresar por la tarde de 2:00 a 5:00 p.m. Este sistema se acostumbró todo el tiempo que duró mi estadía en el colegio.
Lisandro y yo al principio compartíamos el mismo salón y la misma doble carpeta. Comencé a fijarme en mis desconocidos compañeros y vi reflejado en la mayoría el mismo sentimiento desconcertante, no exento de temor, al vernos en un lugar desconocido para todos y sentirnos separados de lo que formó nuestro mundo en el hogar. Además, tener que guardar desde el primer momento las reglas de disciplina y normas del colegio.
Menos mal que por ser pequeño el número de alumnos nos integramos pronto y formamos un grupo amigable pero con las características propias de cada niño. Lo que más me mortificaba era mi timidez, pero sin embargo fui siempre la primera alumna de la clase y lo digo sin ninguna jactancia, a pesar de sufrir cada vez que tenía que pararme al dar las lecciones y peor aún, al realizar mis ejercicios matemáticos escribiéndolos en el pizarrón.
Para mis ocho años era grande y robusta, muy ágil para las carreras, las que siempre ganaba. Me lucía en las clases de Educación Física y era toda una artista saltando el “Mundo”, original juego muy conocido en esa época. Uno de mis cursos favoritos, la Geografía, fue la que me enseño las maravillas en el mundo y sería después la causante de que en mis sueños volara sobre paisajes increíbles.
La Historia del Perú fue mi “fuerte” no así las Matemáticas ni el lenguaje, pero si me gustaba leer todo lo que tenía por delante, siempre y cuando fuera apto para mí. En las tardes generalmente teníamos las clases de dibujo y costura, pero la vida en el colegio desde un principio fue mi mundo preferido. Cuándo lo recuerdo ¡cómo lo añoro! Por el deseo de aprender y aprender cosas nuevas, cada día se me fueron abriendo nuevos horizontes, muchas veces con sorpresas insospechadas...
Ese año no se celebraron las Fiestas Patrias el 28 de julio, por la situación de enfrentamientos y revueltas que día a día aumentaban. Creaban zozobra y temor en los limeños, que no sabían cuándo terminaría ese caos. Pero a nuestro apacible Miraflores no llegaban todavía las consecuencias de la difícil situación por la que atravesaba el país, y en la Plaza Bolognesi de nuestra villa, cercana a nosotros, comenzaron las retretas animadas por las bandas de música de la Guardia Republicana. Era una reunió amena a la que asistían las familias de los contornos, mientras los menores nos divertíamos de lo lindo, corriendo por los jardines y escuchando a la vez tan alegre y variada música.
También los días domingo, después de la misa de 11 de la mañana celebrada en la iglesia Matriz del Parque Central, se acostumbraban estas retretas y en una de ellas, tuvimos la grata sorpresa al ver asistir al templo al Presidente Sánchez Cerro. Era un buen cristiano y no faltaba a la misa dominical. Llegaba acompañado por su Edecán y el chofer de su carro. Ocultando su mano en el kepí de su uniforme por tener un dedo mutilado, se sentaba al lado derecho de la iglesia en las primeras bancas como cualquier otro feligrés. Se acostumbraba que las damas se sentaran separadas de los caballeros. El presidente era muy correcto y saludaba con alegría y sencillez las muestras de afecto que recibía del público cuando salía del templo. Fue en una de esas oportunidades que un joven de apellido Melgar, militante aprista, le disparó dos tiros, hiriéndolo, sin respetar el lugar sagrado donde se encontraba. Así mismo, resultaron varias personas heridas por el tumulto que se formó y las balas de los policías que lograron atrapar al atacante. Nos salvamos de ese susto por habernos retrazado un poco al llegar. El templo fue cerrado por varios días para purificar el lugar donde se había derramado sangre humana en su interior.
1932
Poco a poco se fue poblando el rededor de nuestra casa y empezamos a tener amigos con quienes jugar. El barrio empezó a crecer y con él nuevas vivencias, sobre todo con los chicos con los que fuimos formando un grupo muy unido, y no conocíamos nada negativo que empañara nuestra cálida amistad. Además varios compañeros del colegio también nos fueron frecuentado, sobre todo cuando cumplí los nueve años, con la tradicional fiesta infantil.
Al lado izquierdo de nuestra casa se inició la construcción de una enorme mansión, que nos fue quitando buena parte del panorama preferido: el ver desde las ventanas del cuarto de costura de mamá el aterrizaje de los aviones o aeroplanos anaranjados de la compañía Faucett. Pero luego la curiosidad la desviamos hacia el mar, pues con gran asombro se perfilaron en él las siluetas de los barcos que navegaban para dirigirse o regresar del Sur.
Cuando empezó el verano iniciamos lo que sería nuestra diversión cotidiana: bajar a la playa que estaba a nuestro alcance. Un poco más allá se encontraba la playa “La Pampilla”, cuyo mar era extraordinariamente manso, justo lo que nos convenía para nuestra edad. Lo pesado era el regreso porque teníamos que subir por un sendero de tierra a pesar de que en algunos trechos habían escalinatas de piedra, hechas a propósito para dar mayor comodidad, por un señor japonés apellidado Tanaka, el cual era dueño de un inmenso jardín con su invernadero en el segundo óvalo de la avenida Pardo.
Los domingos se abrían sus puertas para que los vecinos pudiéramos disfrutar de las variadas y exóticas plantas ornamentales de flores multicolores, cactus, helechos y varios árboles frutales. Tenía caminitos y bancas para descansar. Este fue por mucho tiempo el paseo obligatorio de todos los vecinos del lugar.
La situación siguió cada vez peor por los tumultos y asaltos que exponían a quien se veía obligado a transitar por las calles, temiendo a cada momento ser alcanzados por una bala perdida. Estos líos se presentaban como el pan de cada día pero, a pesar de todo, la vida seguía adelante.
Un día de espantosos recuerdos fue el del levantamiento del sargento Huapaya, acantonado en el Cuartel de Santa Catalina en los BarriosAltos. Ese malhadado día se nos ocurrió, junto con mi tía Esther, visitar a mi Mamama María luego de salir del consultorio del dentista. Y cuando menos lo esperábamos un baleo espantoso no hizo saltar de susto. Primera vez que escuchaba el sonido de una bala tan cerca de mí y peor aún el sonido de las ametralladoras. Para “protegernos” María Luz y yo nos metimos bajo las camas de puro terror y como no se mostraba el término de ese infierno, pensamos que lo más prudente era quedarnos hasta el otro día.
Cuando nos trataban de acomodar lo mejor posible, una señora vecina le avisó a mi abuela que los apristas estaban saqueando e incendiando las residencias de las familias acomodadas. Al lado de la quinta se erguía el Edificio Wiese y como era de suponer, por temor a su cercanía, todas las familias residentes en el solar comenzaron a irse, por lo que mi abuelita llamó por teléfono a papá que felizmente ya se encontraba en casa y él nos avisó que lo esperáramos listas, que iba por nosotras. Mi padre tuvo a su lado al ángel de la guarda que lo protegió de todos los peligros a los que estuvo expuesto, sobre todo en las calles sembradas de tachuelas y vidrios pequeños. Cuando salimos, éstas ofrecían un espectáculo aterrador. María Luz y yo nos metimos dentro del asiento plegable del carro de papá y lo cerramos, mientras mi tía y mi abuela se acomodaron adelante, con bultos y paquetes junto a papá, y sólo pudimos respirar aire puro cuando nos encontramos fuera de Lima.
Ese año, al empezar el colegio, llegaron nuevos compañeros los que vienen a mi memoria al llamado del recuerdo. Nuestra profesora se llamaba María Marsano y entre los alumnos estoy recordando a los hermanos Hernán, Fernando y Eliana Vargas Caballero, que habían regresado de Australia, siendo los tres mis compañeros de clase, lo mismo que Angélica Melena, Dora Gordillo, Blanca Solimano y los hermanos Augusto, Alfonso y Fernando De las Casas Bermúdez. Los dos primeros estuvieron en mi clase y el menor Fernando, con mi hermano Raúl.
Ese año fue más fácil para mí, teníamos un magnífico sistema de enseñanza, las nuevas materias o cursos nos obligaban a estudiarlos con interés, porque luego, al tomarnos la lección, teníamos que responder las preguntas de pie. Además se iniciaron los ejercicios físicos y deportivos en un terreno cercano al colegio, lo que nos permitía correr o jugar volley según lo que escogiéramos. Como dije antes, yo era de contextura gruesa, pero muy veloz, por lo que llegaba primera en las carreras, con el consabido disgusto de los varones que no me podían ganar.
Además, empecé a tener amigas de clases superiores como la que fue compañera entrañable, Leonor Duthurburu, a quien cariñosamente se le decía “Mota”, continuando nuestra amistad por muchos años más. También conocí a Irma Santiváñez, hija del comandante Juan Pablo Santiváñez Túpac Yupanqui, propietario de la casa vecina recién ocupada y que con María Luz, las tres fuimos inseparables.
Para ese entonces mi Mamama María se había incorporado a nuestra familia, ocupando un dormitorio en el tercer piso, junto con mi tía “Mariala” Irma era muy inteligente y me ayudaba en mis temas y trabajos. También tomaba clases de inglés, siendo mi profesor su papá, el Comandante, y esa familia me guardó un profundo cariño que, lamentablemente, causas inesperadas me separaron de ella.
Por intermedio de Irma empecé a tener amistad con Lucrecia Mesinas, la que con su familia habían sido vecinos de la calle Ramón Zavala, y fue por esta amistad que me relacioné poco a poco con ellos que si imaginarlo en ningún momento, al cabo de los años uno de los hijos, Guillermo, terminaría casándose conmigo.
Como si fuera ayer tengo presente a la señora Hortencia Miles, madre de Lucrecia, fuerte y sana, con su cabellera pintando canas, de tez sonrosada y un moño sobre la nuca. Entró a la sala el día de su santo al que me había invitado Lucrecia, portando una jarrita de chicha morada y con una sonrisa encantadora, luego de las presentaciones, nos invitó un vaso de tan deliciosa chicha. Guillermo fue el último de los hermanos que conocí. Estando en la casa lo vi pasar a través de una ventana que daba al pasillo del costado, pero vagamente, y me enteré que era uno de los hermanos de Lucrecia.
Poco a poco el grupo de chicos del barrio siguió aumentando y nació entre nosotros un profundo sentimiento que nos hizo sentir cada vez más unidos e inseparables en nuestra amistad, la que nos unió para siempre. Puedo contar entre ellos a los hermanos Mesinas, los Dextre, los Succar, los Brindan, etc. Empezamos a ir juntos a todas partes y los domingos acudíamos al cine en compañía de la tía “Chana”, la que se brindaba a cuidar ese pequeño ejército al que se habían incorporado con mis hermanos, María Luz, Manuel Gardini y Samuel Cárdenas, mi pequeño tío. A veces también los primos hermanos César, Jaime y Victoria Cárdenas.
En aquella época existían tres salas de cine en Miraflores, siendo el más antiguo el “Exelsior”, ubicado en el jirón Bellavista, construido de madera y de un solo nivel. Sus asientos duros e incómodos colocados uno detrás de otro dificultaban ver las películas, viéndonos obligados, como la mayoría de los espectadores a estirar el cuello, llegando al final de la función todos adolorido.
En la Alameda Ricardo Palma, contigua a la avenida Pardo, se encontraba la sala “Mundial”, que cada vez que asistíamos a ella por sus buenas películas, rogaba interiormente que no se produjera un temblor, porque sólo se ingresaba a las bancas por un solo lado, estando el otro lado pegado a la pared.
El único de categoría era el “Teatro Marsano”, amplio, hermoso y elegante, con butacas forradas en terciopelo rojo. Además de la platea, estaban los palcos bajos, la galería y la cazuela. Llegó a ser el predilecto de la muchachada cuando exhibió por primera vez las famosas “seriales” por capítulos, lo que aseguraba la asistencia todos, los días domingo.
Empezando el año escolar sufrí un accidente que pudo serme fatal. Fue porque al recogernos del colegio una tarde del mes mayo el joven que nos llevaba a nuestra casa, conduciendo el carro Pontiac de papá, al dar la vuelta sin que yo me percatara, salí despedida al pavimento. Quiero explicar que por tener este carro un asiento plegadizo como ya lo he descrito, ese día viajaba en compañía de Lisandro en el dichoso asiento y tuve la peregrina idea de subirme arrodillada sobre el antepecho de la parte delantera, agarrándome del techo del carro. El joven llamado Abelardo, sin percatarse de mi imprudencia, volteó y yo, a mi vez estando desprevenida, por la fuerza de la curva, me solté y caí. Perdí el conocimiento y como entre nubes me sentí cargada por Abelardo y luego llegando a la casa.
Está por demás decir el alboroto que se formó en mi familia del que me enteré después. Estuve varios días en cama a consecuencia de una fuerte y delicada conmoción cerebral, además tenía un hematoma del tamaño de una manzana en el parietal derecho, lo que me produjo un terrible dolor de cabeza, dolor que me ha acompañado casi toda mi vida. Además desde entonces, con frecuencia, se me presentan lagunas en la memoria, lo que me mortifica bastante. Perdí un mes de colegio en el que luego no me forzaron en nada con los estudios, pero aún así, al mejorar, logré con mucho esfuerzo emparejarme con mis compañeros y aprobar el segundo año.
Siempre y en todo lugar existen personajes típicos o conocidos y lugares predilectos que se destacan y se hacen familiares. Nuestro Parque Central era el punto donde convergía todo lo que se realizaba en la villa, siendo el corazón del lugar. Los días domingo, después de terminar las misas de 11 y 12 se acostumbraba a dar un paseo por el parque, gozando de la música de las retretas que nos ofrecía la Guardia Republicana. En la última misa las personas lucían sus mejores galas con atuendos y alhajas de valor, sin temor a los asaltos que aún no se conocían.
Siendo golosos por contumacia, las tiendas de dulces y helados se encontraban siempre muy concurridas, sobre todo la de la firma D’Onofrio (que hasta ahora existe) en la calle Lima. Luego la gran bodega “Romano”, situada en la primera calle del jirón Larco, frente al parque, la cual ofrecía lo más variado y surtido en bocaditos, embutidos, pastas, helados y una gama completa de licores finos. En esta misma acera, una cuadra antes, en la diagonal que llegaba a la Alameda, era un lugar preferido para los chicos y jóvenes de entonces, la singular pastelería y bodeguita de “Paisa”, el dueño del local, un paisano alegre y bonachón del que no supimos su verdadero nombre. Este vendía unos budines que hicieron historia, medio chiclosos pero riquísimos y ni qué decir de los alfajores rellenos de manjar blanco, algo duros pero que eran la delicia de todos.
Los primeros vehículos urbanos del balneario, los típicos e inolvidables “urbanitos”, el Nº 1 y el Nº 2, recorrían por dos rutas dentro del lugar. Desde que nos servimos de ellos nos fueron muy familiares, trasladándonos de un sitio a otro por el precio de 5 centavos.
¡Quién no los recuerda! Eran pequeños como los micros de ahora, pero sería insultarlos al compararlos con ellos. En primer lugar, lucían impecables y cómodos. La primera línea iniciaba su recorrido desde el paradero del tranvía en la Alameda Palma, pasaba por el centro al lado del parque hasta la avenida 28 de Julio, arteria que ponía fin al límite de Miraflores por el sur. Se encontraba en la zona conocida como el “Leuro” y hermosa y amplia, situándose en sus dos flancos, las más amplias y lujosas residencias cubiertas por enredaderas y flores multicolores. Bordeando los barrancos o acantilados se extendía el Malecón de la Reserva.
La segunda línea, No 2, partía del mismo paradero pero tomaba la ruta de la Alameda y continuaba por la avenida. José Pardo hasta llegar al primer óvalo, al cual rodeaba para regresar por la misma avenida y por la pista del frente hasta su paradero, situado a un lado de los rieles del tranvía.
Estos “urbanitos” conectaban todo el balneario y sus choferes, correctos y honrados, eran conocidos por todo el público que los estimaba mucho. Puedo recordar al Sr. Corbella, blanco, ñato y sumamente educado y respetuoso. El Sr. Valenzuela, más bien era trigueño, de grandes bigotes bien cuidados, notándosele un aire de seriedad y respeto. Era el de más edad. Y el tercero, el gordito Carrillo, acholado y juguetón, buen criollo, gustaba hacer bromas y su sonrisa no le abandonaba los labios. Estos tres personajes llegaron a integrarse a las familias miraflorinas, pues nos conocíamos mutuamente y muchas veces, cuando se iba a bajar algún niño o una señora de edad, eran capaces de dejarlos en sus propias casas. Cuánto tendrían que aprender los choferes actuales de esos tres caballeros del volante.
Las fiestas religiosas se celebraban con integración y recogimiento de la feligresía. La principal se realizaba el día del “Corpus Christi”que casi siempre caía en el mes de junio. Era día de precepto con Misa de Fiesta en horas de la mañana, a la que asistían las autoridades, colegios en uniforme de gala, entidades religiosas y numerosos fieles. Por la tarde salía del templo principal la solemne procesión. con numeroso acompañamiento. La Sagrada Forma transportada en la dorada custodia por el padre párroco bajo el “palio”, recorría el contorno rodeando el Parque Principal. Acudían también cofradías del Divino Corazón de Jesús, damas y jóvenes pertenecientes a la Acción Católica y numerosos niños que, como acólitos, lucían albas de color celeste, con capas bordeadas de fina piel blanca. Portando en sus manos farolitos encendidos colgados de varas doradas, con las brigadas de Boy Scouts, escoltaban el “palio” y resguardaban el orden. Los cánticos y rezos, muchos de los cuales aún se escuchan en las celebraciones religiosas, los llevo grabados para siempre en el corazón.
El 27 de noviembre, día de la Santísima Virgen de la Medalla Milagrosa, patrona de Miraflores, también se reunía todo el pueblo alrededor del anda venerada. Igualmente se celebraba con gran unción y recogimiento, caminado a los lados de la imagen, muchos niños elegantemente vestidos.
Los cánticos a la Virgen María eran lindísimos y es penoso comprobar que ya casi no se recuerdan, como aquel que nos llenaba de un gozo espiritual cuando escuchábamos decir: “María blanca azucena, flor radiante del jardín de Nuestro Dios...”.
En nuestro viejo Miraflores también residían personajes muy típicos y conocidos, como es el caso del famoso heladero que en un principio tenía el mote de “Bigote de Palo” por tenerlo muy tupido y tieso”. Este amigo de los niños ha conocido diferentes promociones de todos los colegios del balneario, pues siempre se le veía rodeado de numerosos muchachitos con quienes jugaba a los dados o con su ruletita, y a pesar de conocerle muchas jugarretas, por ser tan querido, se las pasábamos por alto. Luego, al correr el tiempo, lo empezamos a llamar “Panchito”, y hasta hace pocos meses lo he visto nuevamente con su carreta de dulces y helados agitando su latita llena de piedritas, haciendo bulla para llamar la atención. No sé si aún existe porque calculo que debe de tener más de 90 años.
Y como él, otros personajes recorrían nuestras calles, como aquel enano, siempre elegante, que no dejaba el chaleco así se sintiera un calor sofocante. Usaba tongo y bastón y creo que vivía por el jirón Berlín. O aquella pareja de flacos, pobrecitos, pero cada cual era más feo que el otro. Siempre se estaban mirando lánguidamente; para ella quizá fue el príncipe azul con el que todas soñamos alguna vez. Me han contado que aún están vivos los dos.
Pasando a otra cosa relataré que nuestra vida apacible y tranquila comenzó a empañarse cuando el país se vio amenazado por el fantasma de la guerra con Colombia. La paz de la que disfrutábamos en este lugar apacible y tranquilo comenzó a perturbarse. El Presidente Luis M. Sánchez Cerro dispuso el llamamiento a los jóvenes que estuvieran en condición de defender al país y se formaron batallones de “Movilizables” a los que veíamos desde nuestras ventanas, cuando, en grupo, en un lugar cercano y descampado, diariamente, eran entrenados como futuros soldados de la patria.
Por otro lado la población se vio amenazada por las turbas que empezaron a surgir ante la difícil situación, y matones o salteadores que, sin importarle nada, empezaron a saquear e incendiar establecimientos comerciales cuando sus propietarios se oponían a proporcionarles lo que se les exigía, y era habitual que en el silencio de la noche, escucháramos los disparos de la policía que trataba de contener los desmanes. Y por eso, al salir acompañando a mi tía Ñaña los días sábados que no tenía clases del colegio, lo hacía con temor por el peligro que se podía encontrara al doblar cualquier esquina.
1933
En este año, al cumplir mis diez años, me celebraron mi cumpleaños en forma muy original.
Al finalizar el año escolar de 1932, y con ocasión de recibirse en el colegio la primera promoción de instrucción primaria, se organizó una velada musical y artística en el Teatro Marsano de Miraflores, en la que tomamos parte casi la totalidad del alumnado. Se presentaron numerosos bailes y números muy originales, logrando que fuera todo un éxito la representación. Por coincidencia, ese año, recién papá pudo terminar su carrera de Agronomía, y la fiesta se vio animada primero por algunos de los números musicales de la velada del colegio, por lo que la casa se llenó de chicos a los que mis tías se encargaron de vestir y maquillar. Yo también tomé parte del espectáculo, el que resulto muy bonito y entretenido. Este fue uno de los momentos más bellos de mi niñez.
Más tarde fue el agasajo a papá, al que asistieron varios compañeros de su promoción, que por supuesto eran menores que él. Recuerdo alguno de ellos con mucho agradecimiento y cariño, por dedicarse a enseñarme algunos de los bailes de moda. Sobre todo nunca olvidé al Ing. Pedro Cárpena por su ternura y delicadeza para conmigo y al Ing. Juan Fernández Stoll. A pesar de mi edad, ellos se encargaron de obsequiarme una noche inolvidable.
El día 19 de este mes, Lima fue sacudida por un fortísimo temblor, siendo para muchos una experiencia espantosa, ya que no se recordaba haberse sentido uno igual. Acabábamos de bajar del tranvía que nos traía de Lima y al subir al ómnibus urbano éste sufrió tremenda sacudida, pensando todos que se trataba de un choque, pero al bajar comprobamos que el suelo temblaba violentamente. Se apagaron las luces de la calle y las personas salían despavoridas de sus casas, algunas con ropas de dormir, arrodillándose en el suelo y pidiendo misericordia. No hubo desgracias personales pero sí muchos daños en casas y templos.
Siguieron pasando mis días entre el colegio, mi casa, mis amigos y las salidas con mi tía María Mercedes a la Iglesia de nuestra devoción. El 30 de abril de ese año, se iba a realizar el desfile de los voluntarios que irían al frente del conflicto con Colombia y la revista se realizaría en el Hipódromo de Santa Beatriz. Cuando el presidente se dirigía a ocupar su sitio en la tribuna oficial, de improviso, salió dentro del público un individuo que trepó rápidamente al estribo del carruaje del presidente disparándole varios tiros a quemarropa que le ocasionaron la muerte. Demás está decir la confusión que se armó por los gritos y atropellos de la gente aterrada que trataban de alejarse del lugar. Nosotros tuvimos la suerte de no estar entre el gran tumulto por habernos retrazado al llegar. Del asesino del presidente sólo quedó una masa informe, porque los soldados de la escolta lo destrozaron con su bayonetas.
En realidad esta fue una perdida irreparable porque el presidente Sánchez Cerro había elaborado un plan de gobierno muy bien encaminado para mejorar al país. Y quien sabe si la historia hubiera sido otra. Se sucedieron días angustiosos y de incertidumbre y recién pudimos gozar de paz y tranquilidad, cuando el general Alfredo Benavides subió al poder y logró controlar la situación.
Empecé a cursar el tercer año de primaria y conocí a nuevas compañeras. Además me sentía recuperada del accidente que tuve y estudié con ahínco para aprender lo máximo y obtener buenas notas de aplicación. Entre las nuevas chicas también llegué a tener amigas cuyo cariño y amistad ha perdurado a través de los años. Cada vez que me he encontrado con alguna de ellas después de haber salido del colegio, he tenido la sensación de que los años no han pasado, que nuestra amistad y compañerismo escolar no ha sufrido desmedro alguno. Nos hemos saludado con inmensa alegría compartiendo diálogos plenos de recuerdos y nostalgias.
Me parece estar viendo nuestro salón de clases y en él a las nuevas compañeras entre las que puedo nombrar a Catalina Rebatta, Antonieta Moscoso, Victoria Vargas, etc. Otras ya partieron para siempre como es el caso de Mercedes Cavasa, Eliana Vargas, María Luisa Guichard, Gaby Gonzales, Matilde Aservi, que se nos fue cuando tenía solo 15 años de edad. Y Olguita Cavassa. A otras no las he vuelto a ver más.
Siguiendo con los recuerdos, me veo en casa de los tíos Cárdenas donde conocí a uno de mis más queridos amigos, Carlitos Flores, amigo íntimo de mis primos César y Jaime. Desde el primer momento sentí por él una singular y desconocida atracción, dándome cuenta que a él le pasaba lo mismo. Nunca he podido olvidar sus ojos verdes transparentes y tiernos, la dulzura de su carácter y la bondad que emanaba de su persona; a pesar de ser chiquillos, se que nuestro cariño nos atrajo dulcemente cuando tuvimos la oportunidad de estar juntos. Se fue para siempre siendo muy joven por un fatal accidente, pero hasta hoy lo veo frente a mi, cuando escucho aquella bella canción: “Aquellos ojos verdes, serenos como un lago, en cuyas quietas aguas, un día me miré...” ¿Fue mi primer amor?...
En el mes de octubre, el día 3, fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús, patrona de nuestro colegio, recibí mi Primera Comunión. Nos habían preparado en el colegio y nuestro director espiritual, que a la vez nos enseñó los diferentes cánticos religiosos, fue el padre Lucho de la parroquia del parque.
Llegado tan ansiado día, todo estuvo cubierto bajo un manto de felicidad. La iglesia resplandecía colmada y adornada con las blancas margaritas que exhalaban su embriagador perfume. En nuestras manos llevábamos la vela con cinta blanca y una vara de margaritas.
En el limosnero se guardaban las estampas, el rosario y el libro. El basto templo estuvo colmado por los familiares y amigos, y al rememorar aquellos momentos colmados de fe, el entorno de la iglesia bellamente arreglada y mis amiguitos engalanados con el albor del ropaje y el perfume de las azucenas, me siento transportada a aquellos años de mi candorosa inocencia. Como siempre, con mucha ilusión para aquel día, las manos maravillosas de mis tías me bordaron el blanco velo de tul y la limosnera que era un primor de cintas y encajes valencianos. A toda la familia se les envió las estampas recordatorias dentro de sus respectivos sobres a sus direcciones.
Luego de la ceremonia saboreamos el delicioso desayuno y luego de repartir nuestras mutuas estampitas empezó mi largo recorrido. Primero la fotografía de estudio y luego a visitar a los mayores de la numerosa familia para recibir de ellos amor y buenos deseos de paz y felicidad. En la tarde se realizó una velada en el colegio que estuvo preciosa.
Al finalizar ese año escolar, y como en las anteriores ocasiones, me otorgaron la primera medalla con el diploma correspondiente por mi buen aprovechamiento y conducta.
Al llegar las vacaciones al fin de año, empezamos a ir a la playa diariamente al local de los nuevos baños municipales. El municipio estableció la costumbre de alegrar los días viernes con retretas amenizadas por las bandas del ejército y la aviación. El parque era el escenario de estas reuniones que atraían a grandes y a chicos, y mientras las niñas nos paseábamos por la vereda derecha, los chicos se colocaban a ambos lados de la misma, ocupando los mayores las numerosas bancas de los costados. El público miraflorino era infaltable a estas alegres y amenas reuniones del balneario.
Por otro lado, en el barrio, el conjunto de amigos había aumentado lo suficiente como para formar un grupo numeroso. Nos divertíamos sanamente, sobre todo en las noches de verano. Como aún seguía despoblado el descampado que existía al contorno de nuestra casa, la luz de la luna hacía brillar el suelo. Las paredes de la casa por ser blancas se veían increíblemente bellas. Nos poníamos a jugar a las prendas, a las escondidas o al ampay. ¿Se acuerdan los que quedamos de esa época invalorablemente recordada?
Nuestra generación ha tenido el privilegio de vivir intensamente cada etapa de nuestra vida. Cada una de ellas completamente identificada, sin existir la malicia ni la maldad. Los menores éramos respetados por los mayores y muchas personas, sin conocernos, al ser necesario, acudían para ayudarnos cuando la situación lo requería ¡Cuanto se ha perdido! Qué falta hace ahora esa libertad de la que gozábamos, por que al criarnos al aire libre, éramos sanos y fuertes. Nos sentíamos dueños del campo, de la vida y de la bondad de los mayores.
Siguiendo el hilo de esta historia, acabo de recordar los relatos espeluznantes que se contaban en los contornos. Uno de ellos era la histórica aparición del “Hombre Blanco” gigantesca figura que se aparecía por la “Siberia”, llamado así todo lo que hoy forma la urbanización Santa Cruz, y a la que solo los valientes se atrevían a cruzar por ella. Además se empezaban a notar varias personas sospechosas o de mal vivir.
En la tercera cuadra del hoy jirón La Mar, existía una quinta-huerta que antiguamente fue propiedad del presidente Leguía. Al dejar este el poder le fue confiscada, como todas las demás propiedades que tuvo. En esa quinta estuvo instalada la familia de mi primo Lucho Crespo. Habitaban una casa pequeña rodeada de extensos jardines y una pérgola, en cuyas ramadas se apreciaban hermosos viñedos que daban unos racimos gigantescos, colgando de las ramas. En el fondo del jardín se veía como un pequeño coso de pelea, rodeado de asientos, y el piso central de abundante arena. Me contaron que allí se realizaban antes peleas de gallos, como distracción predilecta del presidente Leguía y sus amigos.
Este basto lugar lo aprovechó Lucho para criar pollos utilizando los garajes para dos carros. Instaló las primera incubadora que se conoció y comenzó con la crianza de 2000 animalitos, cubriéndose el piso de ambos garajes por una alfombra amarilla, hermosa y sonora.
Una noche, muy oscura por cierto, al llegar a la casa mi primo Lucho, dobló por la calle del costado donde dejaba su carro y de pronto se le apreció aquella siniestra figura blanca que cuanto más se acercaba iba creciendo a un tamaño descomunal. Él se quedó paralizado por el espanto y sólo atinó después a salir corriendo del carro.
En otra oportunidad, un grupo de muchachos del barrio se aventuraron por esos lugares, los que siempre estaban oscuros y también se les apareció el espanto. Nos contaron que el terror les hizo salir alas en los pies, y no pararon de correr hasta llegar al óvalo que estaba iluminado.
Otras veces, varias personas que pasaban por la zona del malecón observaron a un gran toro que bufaba fuertemente y que aparecía por el filo de los barrancos que daban a la playa. Así también algunas veces, cuando íbamos a visitar a la familia Gardini, teníamos que atravesar una zona muy oscura y al pasar se veían varios conejos que desaparecían en un terreno que le llamábamos “el de los plátanos’, por las numerosas plantas que crecían ahí de tan rica fruta.
Cabe pensar que todas estas apariciones se proyectaban en ese lugar por haber existido antes huacas o entierros clandestinos en la época de la guerra con Chile. Esto se confirmó cuando, en una oportunidad que en nuestra casa se malogró una cañería y el maestro que fue a repararla fue uno de los que contrataron para construir la casona. Este le contó a mamá que al perforar el suelo para instalar los cimientos, hallaron restos humanos que el capataz ordeno que los enterraran más abajo.
Cuando estábamos viviendo allí, de vez en cuando sentíamos ruidos y lo atribuíamos al viento o a cualquier otra cosa. Pero, cuando la familia Santivañes se instaló en su nueva casa a nuestro lado, ahí si que fue el asunto más fuerte.
Una vez, estando las dos chicas, hijas del comandante, mi prima María Luz y yo, sentimos que abrían la puerta de entrada con una llave y pensamos que se trataba del papá que a esa hora llegaba casi siempre. Pero después, las cuatro vimos cuando se movió el picaporte de la puerta donde estábamos y la empujaron, pero no había nadie detrás. Estábamos las cuatro solas y al no contestar nadie nos helamos de terror, yo sentí que los pelos se me pararon y salimos como locas al jardín dando chillidos de espanto. Luego nos fuimos todas a mi casa a esperar que llegara su papá.
El día 31 de diciembre se celebraba el santo de mi primo Lucho y se aprovechó la ocasión para festejar esta fecha y luego recibir con ellos el Año Nuevo. Fue la primera vez que tomé parte de una fiesta de mayores. Luego, y por muchos años, se estableció esta costumbre y fue el motivo tradicional recibir el año reuniendo a toda la familia. Así comencé también a conocer al grupo de amigos de mis padres, los que se reunían casi todos los sábados en sus diversas casas, a jugar cartas, a conversar o pasar un momento ameno y agradable. Entre ellos se encontraba el Dr. Cesar Heraud, médico de la familia y padrino de mi hermano Raúl. Su esposa Clotilde Griva de Heraud fue para mí una de las personas más admirables que conocí, por su carácter, alegría y don de gente. Franca y leal como amiga fue una de las pocas que acompañaron a mamá en los momentos más difíciles. Sin equivocarme, puedo decir que esta señora fue para mí la primera consejera que tuve al entrar a mi pubertad.
1934
En este año se inició el principio de un cambio inexorable que nos trataría después injustamente... Empecé a notar que la bonanza de la familia iba cambiando y varios objetos de valor empezaron a desaparecer sin saber cómo siendo esto algo inexplicable para mí. No podía imaginar que era lo que pasaba.
Lo primero que no volvimos a ver fue el hermoso carro azul de mamá y las personas de servicio diminuyeron como el jardinero y nuestro fiel mayordomo Francisco. Ese año yo estudiaba el cuarto de primaria y sospechaba que algo andaba mal. Por desgracia, mi tía María Mercedes empezó a sentirse mal de salud, no le hizo caso en primer momento, pero si se preocupó al notar que perdía la vista con mucha rapidez. Cuando decidió ponerse en manos de un médico, su mal, de origen renal causado por la diabetes que entonces no era conocida, ya había avanzado, y poco a poco su salud fue decayendo hasta llegar el momento que tuvo que renunciar al cargo de camarera de la Virgen Mercedaria, por no poder cumplir su labor. Estoy segura que esa pena sin consuelo, aumentó más su estado crítico.
Ese año recibimos en la casa a la tía Mercedes de Cárdenas y toda su familia, en forma provisional, siendo alojados cómodamente en los hermosos cuartos del tercer piso. Mis primos César, Jaime y Victoria entraron a formar parte del grupo del barrio, pero por poco tiempo. Luego cambiaron de casa muy cerca de nosotros, en el jirón Jorge Chávez.
En el mes de octubre, un grupo de compañeros del colegio pensó organizar una fiesta para despedir el año escolar y le pidieron la casa a papá, pero conocedores de mi amor hacia mi tía Mercedes y encontrándose ésta tan enferma, decidieron no decirme nada. Sabían que no lo hubiera aceptado. A los chicos invitados se les dijo que era mi cumpleaños y se acordó realizarla el primero de noviembre. En realidad fue una verdadera sorpresa para mí, porque en ningún momento sospeché nada, a pesar de que ya me habían dicho en el colegio lo que iban a hacer, pero no les hice caso. Me mortifique en el primer momento cuando me enteré que era verdad pero cuando mi tía Quela me contó que mi Ñaña había sido la más entusiasta para que esta fiesta se realizara, acepté más tranquila, pero no sé hasta que punto eso fue cierto. Quien me iba a decir que sería la última vez que gozaría de una fiesta tan bonita y alegre como aquélla.
El día 29 de diciembre nació mi hermano José Armando y su gran tamaño fue para mamá un esfuerzo dramático y dañino por el parto tan difícil. Por este motivo quedó sumamente delicada y muy débil por la hemorragia que se le presentó. Yo estaba ya en condiciones de comprender que mi madre necesitaba de mí. Por eso tomé a mi hermano en brazos y lo llevé a su cunita. Le pedí a la Srta. Álvarez que atendió a mamá que me enseñara a bañarlo y a atenderlo y me hice cargo de su crianza. Solo se lo acercaba para que pudiera amamantarlo.
En las horas que me ausentaba para ir a estudiar mi abuelita y las tías se dedicaban a atenderlo. Esta experiencia me puso a prueba de la que saqué provecho para mi formación de mujer. Era serena y organizada y no tuve ningún problema en hacerme cargo de mi hermano menor. Seguí atenta en su crecimiento, otorgándole todo mi amor hasta que fue un hermoso muchachito grande, sano y hermoso.
Tiempo atrás, mi tía Ñaña, por su enfermedad, había quedado ciega y era un deber de reciprocidad hacia ella, para mí, el atenderla, después de todo lo que me había entregado de su vida. Y este cuidado hacia ella lo estaba realizando en los momentos que me permitía mi vida de colegiala desde hacía un tiempo atrás. Llegando del colegio la ayudaba a comer, y peinaba sus cabellos. Empecé a conocer lo que era el sufrimiento al verla en esas condiciones, sintiéndome impotente al no poderla aliviar. Entonces la vida me dio la oportunidad de compensar con mis cuidados, todo lo que mi tía amada me había entregado, todo lo que había hecho por mí y dediqué todo mi tiempo disponible a su persona. A pesar del celo con que le prodigaba mi ternura y el esfuerzo del médico que la atendía, se le complicó el corazón y se hinchó dé tal modo que ya sólo pudo dormir sentada. Como esta situación angustiante se prolongaba, para relajarme un poco de la tensión que me ahogaba, tomaba mi bicicleta que me habían obsequiado la navidad pasada. Al fin y al cabo, aún seguía siendo una niña y se me permitía esos pocos momentos propios de mi edad. Esa querida maquina me sirvió para hacerme sentir segura en medio de mi innata timidez, al ir adquiriendo poco a poco más confianza en mí y llegar a dominarla en gran parte pedaleando con gran seguridad por los senderos que había ido formando con su paso diario entre el follaje. Con ella llegué a marcar verdaderos senderos, desniveles y puentecillos de las acequias. Me sentía libre por momentos y soñaba y soñaba…
En varias ocasiones y en compañía de unas amigas comenzamos a alejarnos más cada día en nuestras bicicletas, hasta que logramos llegar a Magdalena por la ruta de la avenida del Ejército. Esta sólo estaba conformada por una sola vía empedrada y el camino para vehículos señalado por adoquines. Llegábamos a la casa de Blanca Solimano, compañera del colegio, que vivía faltando dos cuadras para llegar al final de la avenida Brasil.
La familia Gardini y nosotros nos visitábamos frecuentemente. Desde que nos conocimos nos unió un lazo de estrecha amistad. Me llegaron a tomar un gran cariño y fui ahijada de confirmación de Angélica, la menor de los hermanos. Manuel siempre me acompañaba en juegos y distracciones y fue el amigo fiel que tuve a mi lado en los momentos más difíciles y dolorosos que luego me tocó vivir. Encontré en el seno de esta familia comprensión y ayuda, alentándome y reconfortándome cuando me veían preocupada por la salud de mi tía.
Al frente de la casona se construyó una hermosa mansión de la familia de origen inglés, Valle Skyner, rodeada de un inmenso jardín. Tomás y Doris, los padres, y Tomy, Mary y Joe, los tres hijos. Mary llegó a ser otra amiga entrañable para mí, siendo yo la única que ella tenía en el barrio. De buena situación económica, gozaba en su compañía de muchas cosas que me llenaron la vida, como poder montar su caballito y pasearme con ella cuando iba al colegio. Era muy sencilla, inteligente e intrépida. Con su yegüita blanca y dócil corría y saltaba con gran soltura y me enseño a montarla pero no me atreví a saltar con ella. Además su compañía me fue muy valiosa porque me ayudó con su ejemplo a vencer el complejo de inferioridad que tanto daño me hacía. Desgraciadamente, cuando tuvimos que alejarnos y su papá murió, la señora Doris, su madre, vendió la casa, lo que fue motivo para que no nos viéramos nunca más. Me enteré que se casó varios años después.
Se terminaba el mes de diciembre y mi tía Mercedes empeoró rápidamente, ya no se podía echar y sufrió un infarto que la dejó muy delicada. Los míos veían que se acercaba lo peor. Su última alegría fue tener por breves momentos en sus brazos a mi hermano Pepe que a pesar de tener pocas horas de nacido, ella no pudo resistir el esfuerzo que le costó cargarlo.
1935
Recuerdo el día 2 de enero como si fuera ayer. Desde que amaneció mi Ñaña demostró una notable mejoría y fue así que me pidió llamar a las hermanas Gardini, y estuvo conversando con ellas hasta bien entrada la noche. Esa fue su despedida. Al amanecer del día 3 volvió a sufrir otro ataque a cardíaco y el Dr. Heraud, que fue su médico de cabecera, ya no se movió de su lado al comprobar que el final llegaría en cualquier momento.
Como a las 8 de la mañana, papá me despertó para decirme que mi tía estaba muy mal y a pesar de que me tiré de la cama, no pude llegar a su lado, ni tampoco darle el beso de despedida, pues llegando a la puerta sentí su gemido y descansó.
No puedo recordar con claridad si lloré. Sólo sé que me quedé clavada en el mismo sitio. Es que no podía aceptarlo ¡No podía¡ Mi amada tía, mi Ñaña, mi Nira, nos había dejado para siempre ¡Noooooooooo!
Luego ¿Qué fue lo que me rodeó?... Nada...
Junto con ella acababan de irse también mi infancia y niñez feliz. La vida con un cruel zarpazo, despiadadamente, me había enseñado su lado oscuro, despidiéndome de todo lo bello, claro y diáfano que me había tocado vivir antes... Todo era irreal, como en un sueño veía desfilar imágenes y personas.
La casa empezó a llenarse de gente, muchos me abrazaban y hablaban pero todo caía en un profundo vacío. La recuerdo dormida y en mi desesperación anhelaba que volviera a despertar. Un momento que me encontré sola con ella me incliné y la besé. El hielo que sintieron mis labios, espantoso, no se borró de ellos por mucho tiempo...
Cuando se la llevaron, me quedé sola, completamente sola. Nadie existía para mí, y era horrible estar rodeada de mucha gente y no sentir nada en el corazón, sino la tristeza infinita que envolvía mi alma. Horrenda. Sin consuelo. Recuerdo que tomé mi bicicleta y pedaleé hasta que no pude más. Alguien me llamó. Que más daba estar afuera o adentro.
En los días que siguieron me sentí sumergida en un oscuro y profundo pozo. ¿Cuánto estuve en él? No lo sé. Este dolor que por primera vez recibí en la vida me golpeó sin compasión. Mi risa se apagó y fue tal la indiferencia que demostré por todo, que empecé a preocupar a la familia, al refugiarme en mi terrible soledad…
Entre las tías que conocía de la familia Cárdenas, Angela y Susana, hijas del tío Luis y la tía Isabel de Cárdenas, fue casualmente Angelita, como le decíamos cariñosamente, la que se quedó por unos días acompañando a los míos. Estoy segura que no pudo sentirse indiferente ante mi tremenda pena. Siempre me envolvió su ternura, dulce y serena y fue la primera que intentó penetrar en mi mundo cerrado. Estaba en amores con un señor que no recuerdo su nombre, bueno y cariñoso, y fueron ellos los que me convencieron para salir y acompañarlos a los baños de Chorrillos.
Un día, si un día... bajando por la rampa de madera de la bajada, me encontré por primera vez con sus ojos...
Varios días siguió sucediendo lo mismo, pues nosotros bajábamos y "él" subía.
Poco a poco y sin darme cuenta empezó a nacer en mí un sentimiento completamente desconocido, algo muy lindo, que me cosquillaba el corazón. Conforme pasaban los días era cada vez más fuerte el deseo de encontrarme con sus ojos, y sin darme cuenta empecé a cambiar, a vencer mi postración. Esos ojos fueron para mí como el renacer a una nueva vida...
Me di cuenta que yo no le era indiferente y su expresión al mirarme reflejaba alegría por verme. No nos decíamos nada, pero era suficiente el mirarnos para comunicarnos mutuamente. ¡Quién me iba a decir lo que él significaría para mí!
Un domingo, algo más animada en medio de mi tristeza, empecé también a salir con mis hermanos y amigos y lo encontré en una función en el Teatro Marsano. Y desde ese momento, lo que ambos sentíamos ya se manifestó con más fuerza y claridad, y ese cariño que empezó tierno, dulce e inocente, se fue transformando en algo muy profundo, llegando a ser la razón de mi vivir.
Ambos éramos muy jóvenes, yo 13 y él 15 años, pero nos compenetrábamos admirablemente, era bueno, sano y respetuoso. Nació para nosotros el verdadero amor que supo enfrentar muchas dificultades, entre ellas, cuando no me volvieron a dejar salir sola a ninguna parte ¡Y la primera vez se presentó!
Un día regresando de un paseo que tuve con las compañeras de colegio, al llegar, le avisé por medio de una compañera que lo esperaba y así pudimos encontrarnos a solas cumpliéndose para los dos un deseo acariciado por mucho tiempo. Ambos nos sentíamos tan felices gozando de nuestro cariño limpio y puro de adolescentes, y sin que nos diéramos cuenta pasó el tiempo, sin saber que toda la familia me buscaba. Luego, no llego a recordar o cómo me castigaron pero eso no me importó al estar ya estaba convencida que era correspondida por él.
Al empezar las clases, nuestro colegio se había mudado a la calle Shell, al costado del local del Centro Católico, lugar de reunión de todos los muchachos de Miraflores, sobre todo los alumnos del colegio Champagnat donde Lucho estudiaba. Además, todas las mañanas el chofer de papá nos dejaba a mi hermana y a mí en la esquina del parque y luego seguía llevando a los hermanos hombres al colegio San Agustín de Lima.
Cuando me acercaba a la dichosa esquina de nuestro diario encuentro, el corazón me empezaba a palpitar porque sabía que pronto lo vería. Efectivamente, en la primera banca de la vereda del parque se reunían los chicos del colegio esperando la hora de entrada y apenas Lucho me divisaba, cruzaba la calle y me acompañaba hasta la esquina de mi colegio. Se llamaba Luis Fábrega Sánchez Gutiérrez, de padre español y madre peruana. Había nacido en Barcelona, España, y tenía un hermano llamado Manuel.
Actualizando esos momentos, vuelvo a sentir eso tan lindo que brotaba dentro de mí cada vez que lo veía. El tiempo se ha detenido evocándolo. Pero bien es cierto que el primer amor que nunca se olvida... es ese amor idealizado que se prolonga indefinidamente.
En ese año la fatalidad fue la causa de la caída vertiginosa de la bonanza de nuestra familia. Papá dejó él puesto que conservó por muchos años como Tesorero de la Cámara de Diputados y empezó a trabajar en la hacienda Santa Ana de propiedad del señor Rómulo Parodi, situada a pocos kilómetros de Chosica. Pero antes de esto, mi padre realizó un viaje a la montaña donde había adquirido unas tierras, en un lugar terriblemente lejano, en pleno Pajonal, donde no existían caminos y se tenía que viajar en mulos o a caballo. Esto le ocasionó un rotundo fracaso, primero por algo enredado sobre las tierras que nunca llegamos a saber como fue, pero lo peor de todo es que había solicitado un préstamo a un banco con la intención de devolverlo una vez que trabajara las tierras y con el producto de ellas, pero todo se complicó y solo obtuvo una perdida total. Y en nuestra casa, las cosas fueron empeorando cada día más.
Ese año 35, fue el de los contrastes en mi vida. Dolor, soledad, despertar al amor, empezar con dificultades económicas, pero también sucedieron hechos y cosas indelebles en el recuerdo de todos los que las disfrutamos.
Varios años antes de mi relato, los tíos Samuel y Ernestina de Cárdenas, hermanos de mi Mamita, se habían mudado a Chorrillos y vivían con sus hijos Samuel y Enrique, la tía Laura Rondón de Marsano, hermana de la tía Ernestina y sus dos hijos, Carmen (La Nena) y Pedro (Perico) en una casona a una cuadra del malecón, donde íbamos a visitarlos con frecuencia, sobre todo para las fechas de cumpleaños de la familia. Cuando los chicos en total nos juntábamos disfrutábamos de lo lindo durante las visitas a la casa de los tíos.
El día que esperábamos con gran expectativa para todos era el 29 de junio, fiesta de San Pedro y San Pablo, además del homenaje que se le rendía al héroe chorrillano Don José Olaya. Llegábamos temprano a Chorrillos para disfrutar de las fiestas, desde su comienzo. En el malecón se instalaban las vivanderas y los juegos mecánicos de los que gozábamos hasta cansarnos por ser todo muy barato y cómodo. Luego en la tarde se iniciaba la procesión del Santo Patrono hasta el malecón, donde se le embarcaba en la lancha asignada, completamente engalanada y empezaba el desfile por el mar para tirar las redes y sacar la mayor cantidad de peces. Algunos se le colgaban en la mano del santo. Era un verdadero desfile de lanchas las que seguían a la del Pescador, todas ellas colmadas de gente devota, no faltando hechos graciosos cuando se presentaba algún percance. Como el de una vez que la propia lancha que iniciaba la procesión se volcó, al estar cargada de devotos y desde el Santo, los acólitos y hasta el último invitado cayeron al mar, dándose un tremendo remojón en pleno invierno. Pero lo curioso y original de esta festividad se presentaba siempre, empezando a llover cuando se iniciaba la procesión del regreso al templo y al pobre santo lo llevaban a paso de polka hasta su Iglesia.
Las tías se esmeraban en su arte culinario, sobre todo en los famosos pastelillos de yuca de la tía Ernestina y el “sango” preparado por la tía Laura, que marcaron una época histórica en la familia. Esos lonches fueron inolvidables, deliciosos, ofreciéndonos en ellos unos famosos pancitos cuyo inigualable sabor los convertían en verdaderos manjares. Los compraba el tío Samuel, “Tío Chuzo”, como le decíamos cariñosamente, en una panadería famosa de un amigo, que se esmeraba en prepararlos para él.
En la noche funcionaban las tómbolas de la Compañía de Bomberos “Olaya”, quienes eran ayudados por todas las familias de Chorrillos, las que trataban de surtirlas con los mejores y más valiosos objetos para ser rifados. Todos los números eran premiados. Además era el paseo acostumbrado de todo el balneario, gozando de la belleza de su malecón.
Pasando a otra cosa, relato que papá era muy aficionado al deporte llegando a ser dirigente, por lo que siempre nos llevaba al Estadio Nacional para que presenciáramos las diferentes pruebas atléticas que él controlaba con su cronómetro. Así conocimos a famosos atletas que llegaron a ser campeones en sus diferentes especialidades. Entre ellos recuerdo a Brincas, campeón en salto triple, Narváez con la garrocha, y sobre todo la famosa velocista morena Julia Sánchez.
Ese mismo año también se organizó la Olimpiada en Berlín donde nuestro cuadros futbolístico, el famoso “Rodillo Negro” campeonó limpiamente, pero el jerarca nazi que ya estaba en el poder, por el racismo insano que lo consumía, y siendo la mayoría del equipo de raza negra, nos anuló el partido, razón por lo cual al no hacer nada la FIFA por nuestro justo reclamo, se retiró toda la delegación donde además, se habían ganado trofeos en las otras disciplinas.
En el mes de octubre se realizó el primer Congreso Eucarístico Nacional y para este gran acontecimiento se estuvo organizando todo con gran dedicación por las comisiones nombradas al respecto. Se presentaron concursos de coros escolares en las numerosas parroquias de Lima y se nos enseñó a cantar toda la misa en latín, de lo que ya sólo recuerdo pequeñas estrofas. Luego, como un adelanto a tan magna celebración, todos los colegios con sus respectivo coros, le dimos realce a las diversas misas celebradas en nuestras parroquias.
Una semana antes se preparó un ensayo general, realizándose la “Semana Eucarística” como un último esfuerzo para lograr una perfecta organización. Y gracias a Dios, así fue. El Campo Eucarístico estaba instalado entre las plazas 2 de Mayo y Bolognesi. En la primera se levantó la monumental cruz, profusamente iluminada, y las diferentes calles que convergían con la plaza se enumeraron, luciendo cada una distintivos de diferentes colores en los respectivos asientos. La distribución de los fieles estuvo a cargo de cada parroquia. Las ceremonias se dedicaron cada día a diferentes grupos, instituciones, colegios, damas, caballeros y laicos en general.
Al día de la inauguración asistió el Presidente de la República, General Oscar R. Benavides, con su gabinete en pleno, autoridades y distintas personalidades eclesiásticas y laicas.
El segundo día le correspondió a los escolares asistiendo con uniformes de gala y al frente el estandarte con el nombre del respectivo colegio. Y aquí voy a relatar una bella acción de la primera dama, la Sra. Paquita de Benavides: Por una equivocación involuntaria, al llegar al sitio que nos habían designado, lo encontramos ocupado por otro colegio. La señora Benavides, al darse cuenta de lo que sucedía, nos invitó a ocupar un puesto en la gran tribuna de honor, de la que disfrutamos en forma providencial de toda la ceremonia. La misa y comunión fueron inolvidables, lo mismo que el desfile de todos los colegios por la avenida Alfonso Ugarte, siendo muy aplaudidos durante el largo recorrido.
El día más importante fue el que le tocó al las fuerzas armadas, y el más emotivo el correspondiente a los hombres, el cual se realizó en la noche, viéndose innumerables caballeros que en filas de a ocho personas desfilaron hacia el Campo Eucarístico durante más de dos horas. Fue un espectáculo nunca visto antes y de gran emotividad. Además sucedieron hechos inesperados, como el de muchas personas que, hacía largo tiempo que ni siquiera se acercaban a una iglesia y que ni ellos mismos supieron explicar después a sus familiares y amigos como fue que sin pensarlo, se encontraron esperando ser confesados para poder comulgar esa noche. Hechos que nos dicen claramente que el corazón humano se inclina sin ser coaccionado cuando le llega la inspiración y el amor de Dios.
A pesar de tanta dificultad, ese año pudimos seguir estudiando, logrando al final recibir la primera medalla de oro como el Primer Premio de Excelencia, al terminar el quinto año de Primaria. Esto fue lo último que prácticamente pude ver realizado por mis esfuerzos y dedicación a los estudios. Siempre he sentido fascinación por saber más. El aprender ha sido para mí uno de los retos que he tratado de ganarle a la vida.
Nunca tuvieron que preocuparse por mi rendimiento escolar porque me sentía lo suficientemente responsable para no anteponer nada que me impidiera cumplir con mi deber. Antes de salir o hacer cualquiera otra diligencia, primero me encerraba en el escritorio de papá, dedicándome a trabajar en mis tareas o repasar las lecciones del día siguiente.
Los días domingo aún podíamos ir a la matiné del Teatro Marsano, no sólo nosotros, si no amigos o parientes, hermosa pandilla que era acompañada y controlada por mi tía Susana, la que se sentía feliz de estar rodeada de la bulla y las risas del numeroso grupo. Pero eso sí, todos éramos obedientes y respetuosos con ella. Recuerdo un día de Navidad que los dueños del teatro nos ofrecieron a los pequeños asistentes un hermoso árbol armado en el hall de entrada, colmado de regalos, los que nos podían tocar si el número de ellos coincidía con nuestro respectivo boleto de entrada ¡Como han cambiado los tiempos! ¡Que pena!
1936
Esas vacaciones las gocé con más libertad, la que fui adquiriendo poco a poco y con mis hermanos que me acompañaba a las fiestas, sobre todo con Lisandro. La cita del grupo en la casa de alguno de nosotros se realizaba con la contribución de todos. La mayoría eran amigos del barrio.
Los días domingo por la tarde nos poníamos a jugar partidos de volley en la puerta de la casa con suelo de tierra, no había aún pistas ni veredas. Usábamos como uno de los soportes el poste de alumbrado y, al otro lado, la net se sujetaba en una escalera de tijera. Lo increíble de estos partidos era que sólo teníamos pelota de fútbol y esto era una muestra de la necesidad colectiva. Pero al final de cada “encuentro” de los equipos mixtos, por causa del dichoso balón, eran las muñecas adoloridas y los dedos tronchados por el esfuerzo y el ardor del juego. Mi papá nos controlaba como árbitro, siempre y cuando no fuera temporada de toros.
Me dediqué también a cuidar el jardín. Me encantan las plantas por las que siento un tierno afecto. Son tan sutiles y sensitivas, y si no me creen, las que están cerca de la música o escuchan que se les habla con cariño crecen más y florean más. Siempre estaba ocupada en él., sobre todo por las mañanas, y como este era enorme, cada día lo dedicaba a un lado distinto. Mi desgracia era que los muchachos habían formado un equipo de fútbol y entre ellos algunos de potente patada ¡Pobres mis plantas! Muchas veces la pelota rebasaba la pared del costado donde había un terreno sin cercar que estos lo usaban como cancha. Cuando los pelotazos le rompían alguna rama de uno de mis tesoros, yo corría y me apoderaba de la pelota para luego esconderla. Me armaba de paciencia para soportar a los jugadores que se esmeraban para convencerme que la devolviera, los hacía sufrir un buen rato y previa promesa de tener más cuidado, se las devolvía, pero siempre era el mismo cuento.
El 20 de febrero se recordaba el cumpleaños de una de mis más queridas amigas, de Gaby Gonzales, compañera del colegio, a la que su papá solía celebrárselo con una hermosa fiesta, y como casi siempre esta fecha era cercana a los carnavales, en un momento dado, el dueño de casa se presentaba con todo tipo de artículos carnavalescos para jugar. El ambiente siempre estaba pleno de alegría y la orquesta tocaba excelente. Hasta los muebles parecían bailar cuando se llegaba al colmo del goce y la algarabía ¡Cómo he recordado siempre esa casa y a sus moradores! Y esa fecha no la olvido nunca. Gaby era hija única que vivía con sus padres y varias tías solteras. Ellos eran los más entusiastas pues, para darnos más espacio, todos los ambientes los convertían en pistas de baile. El comedor rebasaba de dulces, pastas deliciosas, y bebidas heladas y jugos de frutas. El grupo de amigos era siempre el mismo, lo que nos permitía pasar unas horas de alegre camaradería por ser un conjunto unido por nuestra gran amistad.
Todas las mañanas bajábamos a la playa un bulliciosos grupo de amigos bañistas del barrio, hasta el medio día. Atrás de la casa existía una bajada natural entre los acantilados, llegando a la playa llamada “El Hondo”, porque no existía piso desde la entrada y una vez de penetrar en el mar, había que conocer muy bien el momento preciso para salir, porque de lo contrario, los tumbos que traían una fuerte resaca, volvían a jalarte hacia adentro del mar. Las chicas que no nos arriesgábamos por ese sitio y nos bañábamos en otra playa muy cercana donde el mar era lleno pero de poco oleaje. Esta era nuestra conocida “La Punta”, porque formaba una pequeña ensenada.
Los chicos que nos acompañaban nos respetaban y cuidaban de algún extraño, eran incapaces de ofendernos o pasarse de vivos. El panorama se ofrecía a nuestros ojos alegre y encantador, contaba con innumerables chorrillos de agua que brotaban del cerro totalmente cubierto de verdes culantrillos que le daban belleza y frescor al lugar. El agua brotaba pura y cristalina por lo que muchas personas la llevaban en envases a sus casas. Había plantas y cañadas que nos servían de vestuarios para podernos cambiar antes de regresar a la casa. A un lado de la bajada caía un potente chorro de agua al que le habían colocado un trozo de canal de zinc para podernos enjuagar del agua del mar, formándose a sus pies una poza de agua cristalina.
Y llegó el día de volver al colegio. Empecé el año de estudios en el primero de media con gran entusiasmo y empeño. Mi mayor anhelo consistía en lograr ser una profesional de prestigio. Me mente estaba fija en el camino a seguir. Pero llegar a alcanzar estudios superiores y ser mujer en ese tiempo era un verdadero reto, ya que la mayoría de las chicas no podíamos aspirar más que prepararnos a ser amas de casa y esposas perfectas. Estas carreras de educación superior eran el privilegio de los hombres, por la costumbre establecida por el machismo existente en ese tiempo. (y ahora también), pero a través de los años se ha demostrado que muchas mujeres tenemos igual capacidad en cualquier rama de estudio o investigación que los hombres y cuántas otras han llegado a la fama mundial.
Ese año también ingresó al colegio mi hermana Beatriz, y para ahorrar en el pasaje, asistíamos al colegio caminando, costumbre adquirida en el lugar, pues siendo este relativamente pequeño se acostumbraba ir caminando a todas partes.
Entre las nuevas compañeras estaba Josefina Pujol, que vivía en el jirón Ramón Zavala, y con ella y Catalina Rebatta, íbamos y veníamos juntas. La poca propina que recibíamos de papá la empleábamos para comprar fruta o dulces que nos lo vendían por centavos.
Diariamente me seguía encontrando con Lucho, segura de que no se enterarían en la casa, ya que mi hermana no contaba nada. Yo temblaba cuando pensaba que mi mamá podía enterarse, pues por su manera de ser, no sabía cuál sería su reacción.
Este año 36 siguió con grandes dificultades económicas. Felizmente en el colegio se usaban muy pocos libros y el método de la enseñanza era de primera. Tuve grandes maestros a los que siempre recordé con respeto y cariño reconociendo su entrega al practicar su profesión. Me parece ver a la señorita Angélica Bravo de Rueda, nuestra querida profesora, menudita, muy hermosa y asombrosa en su enseñanza. Nos ayudaba como si fuéramos sus hijas y la llegamos a querer entrañablemente por su entrega y cariño hacia nosotras. Su curso especial eran las Historias pero también nos enseñaba Geografía y Ciencias.
En Matemáticas nos enseñaba la gran maestra Violeta Merk, muy distinta, enérgica, seca, exigente, pero a ella le debo, a pesar de no gustarme el tema, que mis notas fueran sobresalientes en esta materia. Años más tarde llegó a ser directora de la Unidad Escolar Teresa Gonzales de Fanning y luego recibió las Palmas magisteriales.
Y ni que decir de nuestra directora, la señorita Consuelo Orrego Ugáz, también baja de tamaño, pero su personalidad imponía respeto. El nombrarla era suficiente para que nos esmeráramos en cumplir las tareas del curso que nos enseñaba: Lenguaje. Sus explicaciones eran entendidas por todas por su estilo claro, diáfano y sencillo que nos ayudaba a comprender inmediatamente lo que nos trataba de enseñar.
Como estas profesoras debieron seguir siendo las que enseñaron en las siguientes, con la misma calidad profesional, igual a las de las que tuvimos la suerte de recibir sus enseñanzas. Fueron irremplazables. Antes de pensar en lo que podían ganar, que dicho sea de paso, recibían muy bajas remuneraciones, se entregaban en cuerpo y alma al alumnado. La prueba de esto que estoy recordando podemos dar fe los que no tuvimos la oportunidad de completar los estudios, como yo, que no nos fue difícil salir adelante por la base de nuestros conocimientos de una amplitud y profundidad inigualable.
Sigo con mis remembranzas: entre los muchachos del barrio llegué a conocer a Guillermo Mesinas, en una de las retretas del parque. Era delgado, tostado por el sol, tendría unos 15 años, y cuando empezamos a tratarnos, nació una corriente de simpatía entre nosotros. Era un muchacho sano y deportista, siendo sus mayores pasiones el fútbol y la playa. Estudiaba en el colegio de la Merced, y junto con los demás chicos comenzó a frecuentar mi casa. Nos hicimos muy buenos amigos.
Y ese año, por haberse declarado la guerra civil en España un año antes, muchos peruanos se vieron obligados a regresar como podían. Entre las numerosas familias que lo hicieron se encontraban los MacFarlane. Pasaron una verdadera odisea durante el largo viaje, realizándolo en condiciones muy penosas. En un principio llegó el primer grupo conformado por los padres y seis de sus hijos: David, Johnny, Alicia, Angela, Sixto y Teresita. Esta última en un grado tremendo de debilidad, reflejando todos en sus rostros la tragedia de su vida. Se instalaron cerca del barrio y pasaron a aumentar el grupo de amigos.
Aún recuerdo lo guapo que era David, fuerte y buen mozo, de buen carácter, muy pronto se ganó la amistad de todos, llegando a sentirnos tan unidos como si siempre nos hubiéramos conocido. Johnny era el más hablador y ocurrente, con su marcado acento español y sus famosos dichos, sumamente simpático y entretenido. Alicia dulce y pecosita, llegó a ser mi íntima amiga. La más triste era Angelita, porque había perdido a su novio en España, al que no volvió a ver más, sin saber siquiera si estaba vivo o murió en la guerra.
También los miembros de la familia Succar fueron para nosotros grandes amigos. Siendo de origen libanés, la más hermosa es Julia, de grandes ojos oscuros, y un hermoso cabello largo y rizado, trabajadora y generosa, y el brazo derecho de su madre. Vivían en una de las calles del barrio de Santa Cruz y llegó a ser compañera de colegio. Nos quisimos mucho, salíamos juntas a todas partes con las otras chicas, compartiendo ambas vivencias imborrables, pero pasó el tiempo y la vida nos separó perdiéndose para mí esa bella amistad. Actualmente no sé que será de ella.
La casa de la familia tenía una hermosa huerta donde se encontraban árboles frutales de manzanas, peras, membrillos y en las ramadas las parras con enormes y deliciosos racimos de uvas. Tenían una vaca Holstein grande y hermosa llamada Perla, que les proporcionaba abundante leche. Cuando gustábamos visitarlos nos atendían con gran cariño, ofreciéndonos manjares de su tierra y deliciosas frutas.
Como nos íbamos acercando al fin del año, luché como nunca para no dejarme arrebatar mi primer puesto y sobre todo logré excelentes trabajos en las tareas de Geografía, mi curso predilecto. Para el examen final presentamos unos mapas en relieve en donde se indicaban todos los accidentes geográficos de la región. Los que nos habían sido adjudicados mediante una selección entre el alumnado. Ese fin de año, como si presintiera que iba a ser el último, junto con mis compañeras, arreglamos el salón de clases con gran esmero, ofreciendo éste un aspecto muy atractivo por los mejores trabajos que exhibimos cada alumna.
El día de la clausura fue una ceremonia muy especial porque se despedía la primera promoción de Educación Media. El colegio nos obsequió unas bandas recordatorias con los colores celeste y blanco en honor a la Virgen Milagrosa. Durante la ceremonia me adjudicaron la primera Medalla de Honor junto a mi amiga entrañable Mercedes Cavaza, con quien habíamos logrado ese premio por nuestro esfuerzo y comportamiento.
Y llegó la Navidad. Esa Nochebuena no la he olvidado nunca por el extraño suceso que se presentó en el cielo. Días antes empezó a mostrarse una gran estrella, la cual estaba muy cerca de la tierra. La rodeaba un halo de luz de gran belleza. Tal es así que muchas personas la comparamos con la Estrella de Belén, y en la noche al ir a la misa de Gallo, junto con Lucho y los Succar, el cielo estaba clarísimo. Por un lado fulguraba la luna llena y por el otro, este astro misterioso que hizo sentir en mí algo desconocido profundamente espiritual. Nunca he podido borrar ese espectáculo de mi vida ¡Que cosa más inefable e impresionante!
Cada día Lucho y yo nos comprendíamos mejor y nuestro cariño se afirmaba más. Su familia me conocía y la Sra. Manuela de Fábrega, su mamá, a pesar de no haberla tratado personalmente, por cortedad, era muy amable conmigo cuando al llamar a su casa me contestaba el teléfono. Luego me tomó mucho cariño. Un día decidí que la familia fuera conociendo nuestra relación sentimental, porque no me gustaba estar viéndolo a escondidas o por ratitos. La primera que supo de mi decisión fue mi tía Raquel, la que después de mi Ñaña, poco a poco llegó a ocupar una parte en ese gran vacío que aún existía en mi corazón.
Fuimos juntas al cine y se lo presenté, agradándole su persona desde el primer momento. Le tomó gran simpatía y ofreció ayudarme para convencer a mamá que me dejara salir con él, lo que ella aceptó, siempre y cuando alguien me acompañara. Eso era de esperarse por la manera de ser de mamá, desconfiada y recelosa.
1937
Pasó el verano entre la playa, las retretas, los paseos y mis salidas con Lucho. Llegó el mes de abril y me enteré que ese año ya no podía seguir estudiando. En un momento no asimilé muy bien este hecho y hasta sentí alivio por el temor exacerbado que sentía por los exámenes, causado por mi innata timidez, pero después, al darme cuenta de la verdadera situación, sentí que se me derrumbaba el mundo ¡Adiós ilusiones y aspiraciones de llegar algún día a ser profesional!
Pero en ese entonces, para las chicas, no había otra opción que obedecer sin replicar. Yo me atreví a protestar, pero me hicieron ver que la situación de la casa no me lo permitía, ya que mis hermanos hombres eran los que tenían ese derecho. Acepté la decisión de mis padres sin demostrar mi desencanto, pero por dentro lloraba desconsoladamente.
Hasta ahora me sigo haciendo la misma pregunta: ¿por qué no me solicitaron una beca? No lo sé. Mis profesoras me querían por ser una buena alumna y la misma directora me apreciaba mucho. Sé que habrían aceptado, pero... es cuando sentí amargamente la ausencia de mi tía Mercedes. Ella no se hubiera resignado a esa situación, buscando y haciendo lo imposible por otorgarme lo que tanto anhelaba, mas nunca verme frustrada ante lo que tanto significaba para mí el seguir estudiando.
Luego, diariamente, al llevar a mis hermanos Beatriz y Carlitos al mismo colegio, fueron muchas las veces que las profesoras me hicieron seguir las clases junto a mis antiguas compañeras, comprendiendo quizás que en esa forma me ayudarían en lo posible a seguir aprendiendo. Estoy segura que para ellas también fue muy penoso que yo no pudiera terminar mi instrucción secundaria.
Ese año Lucho terminaba su educación en el colegio Champagnat y decidió seguir la carrera de Abogacía. Se preparó desde el comienzo del año para no tener tropiezos al presentarse a la universidad. Por otro lado, yo no me quise quedar así no más. Ya que no podía ir a un colegio, trataría de aprender por mi cuenta todo lo que me fuera posible y, aprovechando la magnífica biblioteca de papá, la que guardaba valiosas colecciones completas de diferente índole, empecé a leer diariamente todo lo que me era posible, tratando de asimilarlo. De esa manera me fui culturizando con más interés, al penetrar en el mundo maravilloso de las ciencias, el arte y la historia. Cada vez que descubría algo nuevo, seguía adelante, acumulando cada vez más mayores conocimientos. Llegué a obtener una ortografía magnífica, además de practicar mecanografía en la máquina de papá, en la que me fui como espuma y con mayor perfección. Muchas veces ayudé a mi padre a pasar en limpio los trabajos en borrador que él me confiaba.
Junto con mi tía Raquel decidimos tomar clases de corte y confección en la academia “Bien del Hogar” al que asistíamos tres veces por semana, aprendiendo ambas con gran rapidez. Confeccionaba diversos trabajos de costura, preparando un muestrario bien minucioso y al final del curso obtuve el primer premio y mi diploma por la presentación de los trabajos realizados con prolijidad y limpieza. Recuerdo que lo primero que me cosí fue un abrigo de corduroy en estilo princesa de ocho piezas. Nunca imaginé que la decisión que tuve de aprender costura me ayudaría en momentos muy difíciles muchos años después.
Además, no me gustaba perder el tiempo y fue por eso que logré matricularme en la Escuela de Bellas Artes por la afición que tenía por el dibujo y la pintura. Pero para ello tuve que esperar con paciencia por la dificultad en esos tiempos decadentes.
Mi tía Quela me enseñaba también a tocar el piano, pero a pesar de mis esfuerzos, no logré vencer a mi terrible enemigo: la timidez. Por lo que desistí muy a mi pesar.
Retrocediendo en el tiempo por haberme olvidado de algunos hechos interesantes, hago un paréntesis en mi narración.
En el año de 1936, con sus altibajos según por donde se le mire, mis tíos Pedro y Victoria Cárdenas Raygada se fueron a radicar al pueblito de Ricardo Palma, a cuatro kilómetros de Chosica. Pasé con ellos en la temporada de medio año un buen tiempo, por lo que me agradaba tanto el campo y el cariño que ellos me profesaban.
Retozaba con sus hijos, mis primos, por las huertas vecinas, cogiendo deliciosas manzanas regadas en el suelo, o nos paseábamos por la orilla del río cristalino y tranquilo, luego de cruzar por unas compuertas que lo desviaban. En ese lugar empezaba el río Rímac por la confluencia del San Mateo con el Santa Eulalia. Este río hacía funcionar la central eléctrica de Moyopampa. Las noches de luna llena eran verdaderamente de encanto y belleza.
En esa época de mi adolescencia llegaba a nuestra casa un personaje cuya apariencia calamitosa era impresionante y llamaba a compasión. Era un joven que pertenecía a una familia muy conocida de Lima. Alto y fornido, acusaba signos de retrazo mental. Había sido muy inteligente y por exigirse demasiado le sobrevino un “surmenage” tan terrible que enloqueció, aumentado por lo poco que la medicina de entonces lo podía ayudar. Se tuvo que decidir el “tranquilizarlo” y de ese modo su vida terminó sin futuro para él. Estimaba mucho a mi familia, sobre todo a papá, y cuando menos lo esperábamos, se nos presentaba en la casa, por ser el único lugar al que podía acudir por no tener a nadie que lo acompañara. Se acordaba de nosotros y se venía caminando desde Abajo el Puente hasta Miraflores. Llegaba casi desfallecido a nuestra casa, donde siempre encontró cobijo y amparo. Mi padre lo hacía asearse y lo vestía íntegramente, y era increíble como cambiaba su aspecto presentando una figura varonil y hermosa.
Era bueno y respetuoso, muy cariñoso con los chicos, estimando mucho a mi mamá. Trataba de servirnos cortando el césped o haciendo mandados, que muchas veces, a pesar de su buena voluntad, los hacía al revés. Después de algunos años se regresó a Lima por última vez y no volvimos a saber de él.
Tiempo después mis tíos regresaron a Lima y al vivir en nuestra casa, nuestro grupo del barrio creció con mis tres primos. Y los mayores, casi todos de la misma edad, decidieron formar un equipo de fútbol, fundándose el club “Atalanta”. Este club, con sus respectivos estatutos y sesiones acaloradas y bullangueras, tenía por local el hall de nuestra casa. Se inscribieron en la Federación de Fútbol y empezaron a realizar sus prácticas en el consabido terreno del costado de la casa, con los destrozos de mis pobres plantas. Mi papá fue el Presiente del Club y Federico Mesinas el Secretario.
En mis añoranzas, desfilan ante mí los rostros muy queridos y recordados de los amigos entrañables que pasaron por nuestro lado dejándonos recuerdos imperecederos. Ese numeroso grupo estaba integrado además de mis hermanos y primos, por excelentes y hermanados amigos. Entre ellos recuerdo a una persona que nos fue inolvidable: Lucho Dextre (el Mono), un joven incomparable por su corrección y lealtad. Se ganó el corazón de todos los que lo conocimos. De alma transparente, gran personalidad, bondad y rectitud moral, para él la amistad fue lo más sagrado. Formaba parte del equipo de fútbol del barrio, y un día, pateando un tiro libre, la fuerza de su pierna aventó la pelota contra la ventana del cuarto de mi tía Susana a la que yo acompañaba, sentadas ambas en su cama. El balón pasó entre las dos ocasionándonos un susto mayúsculo.
Cuando nos fuimos del barrio, fue otro querido amigo al que no vi más. Tiempo después me enteré de su temprana muerte, lo que me ocasionó una tierna y honda tristeza..
También fue para nosotros muy valiosa la amistad con la familia Mesinas. Por ese entonces, Guillermo y sus hermanos frecuentaban muestra casa y éste trataba de ayudarnos en todo lo que le era posible. Mi mamá le llegó a tener mucha confianza, tal es así que en una oportunidad le pidió que me acompañara para salir con él. Con Lucrecia, su hermana y Erlinda Brindani., las tres llegamos a ser amigas inseparables.
No puedo dejar de nombrar al flaco Saco, a César Geldres, los hermanos Felipe y Fina Podestá, Olguita Luque, Esperanza y Jorge Cossu, Alfredo Gandolfo, el “Arquero” Celi y junto con este grupo de muchachos la compañía invalorable de don Manuel Contretras, todo un caballero, que nos acompañaba en todas las andanzas y a quien se le quería mucho por ser un amigo y protector de la muchachada del barrio.
Mis tíos Pedro y Victoria vivían en Miraflores, y en su casa conocimos a otro nuevo amigo, el “Cholo Rueda” (Eduardo) íntimo de mis primos César y Jaime. Era muy peculiar. Cetrino, bajo y algo tímido, cantaba muy bien, y cada vez que se ofrecía la ocasión de reunirnos en la casa, con el acompañamiento al piano de mi tía Quela, empezamos a formar lo que sería hoy una peña criolla. Se cantaba de todo y Rueda no se hacía de rogar para deleitarnos con su voz. Usaba unos sombreros increíbles, pues a veces llevaba uno que le tapaba hasta las cejas y otra vez otro que le quedaba en la coronilla. Viajó a los estados Unidos y le perdimos el rastro.
Desde los primeros días de enero, viví envuelta en una ilusión. Cumplía los 15 años y en aquella época el llegar a esa edad significaba un cambio positivo en la vida de las chicas adolescentes como yo. Empezábamos a sentirnos mujercitas, por muchos motivos, entre ellos que se nos permitiera usar zapatos con taquitos, arreglarnos el rostro mesuradamente y pensar en la fiesta que nos ofrecían nuestros padres por tal acontecimiento. Pero en mi caso, lo que me hacía sentir entre nubes era el momento esperado con tanta ansiedad al permitírsele a Lucho entrar a la casa. No se como se las arreglaron, pero no me tomé el trabajo de pensarlo. Sólo primaba en mí el encanto de la maravillosa noche que iría a pasar con él…
Desde que falleció mi tía Mercedes, nunca más quise saber de mi cumpleaños, pero en esa ocasión sería ver realizado el anhelo largamente esperado. Hasta ahora, después de tantos años aún siento el latir de mi corazón al igual que los momentos previos que tuve que aguardar con impaciencia para recibirlo en mi casa.
La fiesta resultó preciosa y fue la última que celebré. A partir de ese momento la vida cambió para mí y a pesar de que día a día nos sumergíamos en una situación agobiante, me bastaba tenerlo a mi lado sin sustos y con el beneplácito de la familia (que la mayoría lo aceptó gustosamente), para que la dura realidad de nuestra situación no me hiciera daño.
Por esta circunstancia me sentí feliz, pero algo me sobrecogía y no llegaba a comprender que me pasaba. Desde niña he tenido experiencias extrañas, como premoniciones o telepatías con personas allegadas a mí, y a pesar de estar segura del amor de Lucho, tenía a veces la sensación sin fundamento de un terror que me presagiaba algo. Que lo perdería.
Por eso fue que un día conversando con él sobre su esperado ingreso a la Universidad, recuerdo que le dije: “Debes tratar de ingresar este año a la Universidad, porque presiento que si no lo haces, me vas a perder”. Recuerdo que él protestó y me aseguró que eso no pasaría nunca, que más bien avanzando un poco el tiempo me ofrecía algo más serio entre nosotros... Coincidente con esta circunstancia llegó un tío de España que era pariente de su papá.
Festejando los Carnavales, decidimos formar una comparsa a la que asistiríamos disfrazados de cocineros. Después de grandes preparativos, logramos alquilar un camión al que previamente Lucho Dextre y no sé cuál de mis hermanos habían subido un tonel al que lo llenaron de agua. Llevaron aserrín y nos armamos de cucharones, sartenes y ollas viejas, y, muy alegres, emprendimos el “viaje” para asistir al gran Corso de Lima. Durante el recorrido empezaron a arrojarnos agua y los ánimos se enardecieron.
Con el aserrín mojado formábamos unas tortas a las que también les agregábamos unos frutos de palmera de la casa de los Balestra. Esas tortillas las arrojamos ágil y mil y después no sé quien tuvo la peregrina idea de ir al Callao y eso si que fue una hecatombe.
Por las calles que pasamos nos arrojaron tal cantidad de suciedades que todos terminamos vestidos dentro del mar de la Perla, porque no podíamos soportar nuestra pestilencia. Nos contaron en casa que nuestro regreso fue desastroso por la facha que teníamos comparada a la de los que partimos orgullosamente albos y felices., para gozar del gran Corso de Lima.
Al día siguiente nos olvidamos de este percance en una inolvidable fiesta de disfraces realizada en mi casa, y a pesar del daño que me hizo el remojón marítimo, no dejé de bailar, e inclusive me eligieron reina de la fiesta.
La casa estaba sumamente engalanada para esta fiesta y el adorno original que se le ocurrió a Guillermo fue la gigantesca araña que colgaba de la baranda central del hall de la casa, cuyo cuerpo estaba representado por un inmenso globo negro, las patas de papel de lustre también negro y la telaraña de serpentinas entremezcladas. Daba temor mirar hacia arriba y ver la gigantesca araña. Fiesta inolvidable que fue para mí la despedida de mis alegrías por los momentos ingratos que me tocó sufrir después.
Días atrás también nos habíamos reunido en la casa de Mota (Leonor) Duthurburu, también festejando el carnaval, de la que conservo una foto que me recuerda a la mayoría de amigos que ya no están con nosotros. También entre ellos se encuentra Manuel Soberón, entrañable pareja de baile en las reuniones de mi casa, afable y correcto, eximio bailarín y amigo muy querido por mí. Con él pasé gratos momentos de diálogos positivos y sanos en los que salían a relucir sus valores morales que, como la mayoría de los muchachos, habíamos sido formados en nosotros en verdaderos hogares cristianos. Me acabo de enterar de su muerte, lo que me ha ocasionado una profunda pena.
La situación mejoró en casa por el nuevo empleo de papá en la Dirección General de Tránsito, y las reuniones familiares se sucedían diariamente, en las que los mayores se dedicaban a jugar a las cartas o al dominó, contándose entre ellos a papá, mi tío Pedro, Luis Eguren, amigo de la familia, mamá y otras personas. Los muchachos nos poníamos a conversar o a jugar, si no había mucho frío en el jardín, a las prendas o a otras diversiones. Siempre con mi Lucho haciendo planes para el futuro.
Llegó a la parroquia de la Virgen en el parque, el nuevo Párroco, el Padre Amelio Placencia., sacerdote español de una gran simpatía, agradable y de dulce semblante el que reflejaba la bondad que lo investía. Fue para muchos el enviado de Dios que mitigó penas y pobrezas. Era enérgico, infatigable, muy justo y severo a la vez. A él se le debe fundación del tempo de San Vicente de Paul en Surquillo, barrio que fue su predilección.
También del colegio parroquial para niños pobres, así como la iniciación de un numeroso grupo que trabajaba con ahínco, dirigido por el inigualable párroco que tuvimos en Miraflores. A él se le debe la terminación de las obras de la Parroquia de la Virgen Milagrosa. Cada Homilía dominical era un mensaje de amor y enseñanza.
Creó también el grupo de obreros del Sagrado Corazón y el de las Esposas y Madres Cristianas. Impulsó el funcionamiento del Centro Católico para jóvenes y muchas señoras y señoritas de la Acción Católica enseñaron a los analfabetos y también labores domésticas.
Este sacerdote, en medio de su grandeza como religioso, fue muy humilde en su persona y, sintiéndose muy cercano a su fin, dejó establecido que lo enterraran después de su muerte en el Cementerio de Surquillo, muy cerca de sus pobres a los que amó tanto. Como homenaje a su labor cristiana y misionera se le ha erigido un busto recordatorio frente al Templo, en el Parque Central.
Volviendo a mis recuerdos…
Cuando menos esperaba, el tío de Lucho que llegó de España, comenzó a salir con él, y este individuo, sin importarle el daño que le hacía, se dedicó a influenciarlo con ideas negativas. Como yo se lo había vaticinado, por más que se esforzó, perdió la oportunidad de ingresar a la universidad, y poco a poco comenzó a cambiar tan lindo muchacho, orgullo de sus padres, muy conocido en el ambiente miraflorino por su infatigable labor secundando a nuestro párroco en toda clase de obras sociales.
Junto con el tío, empezó a frecuentar lugares nada recomendables y se fue aficionando a la bebida, hasta el punto de hacerse famoso en todas las cantinas de Surquillo, barrio en el que vivía con su familia. Yo estaba ignorante de todo esto, pero mis padres, al enterarse de lo que estaba pasando y sin darme ninguna explicación, me obligaron a decirle que no volviera más por la casa. No lo podía aceptar ¿Qué habría pasado? Me propuse a seguirlo viendo como fuera. Mi tía Esther fue la única que se brindó a acompañarme cuando quería salir y ella me permitía encontrarme con él. No le notaba nada, pero un día que estaba de visita donde una amiga en Surquillo, Margarita Alva, lo vi parado en la esquina, y a pesar de que salí para hablarle, me sorprendí al notar que no hacía nada por acercarse a donde mí.
Sentí como un desgarrón en el alma porque su actitud decía mucho sobre la veracidad de lo que se estaba diciendo sobre él...y fue así que cuando me contaron sobre la verdad de la vida que estaba llevando, me era muy difícil aceptarlo. No podía creer que hubiera cambiado tanto, pues para mí seguía siendo mi todo, el muchacho en quien tenía cifradas todas mis esperanzas con todo mi amor, ese amor sin límites...
Una aciaga mañana lo llamé como lo hacía diariamente y al contestarme una voz desconocida que me sacudió despiadadamente, soez, insultante, hirió profundamente mi dignidad de mujer. Estaba ebrio...
¡Ese no podía ser mi Lucho! No podía ser él ¡Mi amor! ¡No!
No recuerdo que le dije, pero si tomé la decisión de no verlo más. Primero era yo, y no aceptaba ser tratada de esa manera y tratando de disimular la desesperación que me ahogaba, le contesté decidida que en ese mismo momento todo terminaba entre nosotros. Pudo haberse disculpado o pedirme que lo perdonara, no lo sé, pero si así hubiera sido, todo hubiera sido inútil.
Cogí nuevamente el teléfono y hablé con su mamá, a la que le conté lo que acababa de suceder. La noté muy triste cuando me dijo que sentía muchísimo lo que había pasado entre nosotros, puesto que ella, sin haberme tratado personalmente, me había llegado a tener un gran cariño y no comprendía cómo su hijo no había sabido valorarme al perderme de esa manera.
Bueno, luego… nuevamente tinieblas...
¿Qué pasó con nuestro amor? Él lo quiso así. Yo no tuve la culpa que se destruyera todo lo que ambos habíamos logrado construir en medio de nuestros sueños, nuestras quimeras. Esa felicidad soñada que esperábamos alcanzar poco tiempo después. Todas sus promesas de un amor profundo y sincero que muchas veces pronunciaron sus labios, quedaron flotando para siempre en el viento de mi desencanto, indeleblemente marcadas en mi corazón. “Sarita, te amaré toda mi vida” ¡¡Qué ironía!!
Lo amé tanto que a través de los años he idealizado ese sentimiento, no me avergüenzo al decirlo, como algo tan mío que sólo desaparecerá su recuerdo cuando no sea capaz de sentir nada más... después del adiós definitivo.
Cuantas noches las pasé mirando el techo y el amanecer me encontraba con los ojos secos, sin lágrimas por habérseme agotado de tanto llorar. Pero me dolía demasiado mi dignidad herida, mi amor desplazado por un vicio, y luché valientemente contra mis propios deseos de coger nuevamente el teléfono para oír nuevamente su voz...
¿Por qué? Me he preguntado muchas veces, la vida se ha ensañado conmigo, haciéndome beber el trago amargo de las frustraciones, cuando sólo quise para mí acunar mis ideales y sueños entre los pliegues de mis sentimientos más puros, y pasar por ella, sin dañar a nadie, entregándome abiertamente a todos los que necesitaron de mi ayuda y que me quisieron a su manera, pero que yo nunca los defraudé.
No quise salir por muchos días a ninguna parte, hasta que mi amiga Mota me habló con claridad y me hizo ver que ese muchacho ya no merecía que siguiera sufriendo por él. “Trata de seguir tu vida normal”,me aconsejó con su mejor intención, valiéndose del cariño que ambas nos profesábamos desde años atrás. Esta entrañable amiga me conocía lo suficiente como para tener la seguridad de que sería capaz de sobrellevar esa tremenda desilusión.
Y siguiendo su consejo, un viernes de retreta me atreví a salir con ella, y antes de lo que me imaginaba, lo primero que vi al llegar al parque, fue su persona con un grupo de amigos. Sentí que las piernas se me doblaban, pero Mota me sostuvo y me obligó a pasar de frente sin mirarlo. Me hace mucho daño recordar esos momento aciagos de mi vida, pero es necesario demostrarse a una misma, que una no de debe dejarse vencer por los golpes que nos da la vida, yo, más que nadie, por conocerme, estaba preparándome para afrontar lo que me podría pasar después. Aprender a luchar, caer y levantarse por más terrible que fuera la dura realidad.
Lentamente fui recobrándome y traté de llenar mis horas del día con alguna labor que me impidiera pensar en él y comencé nuevamente a visitar a los tíos que tanto quería, lo que ayudó mucho a mi recuperación. Además una llamita de esperanza me iluminó cuando me enteré que un hermanito estaba en camino. Y así fue. El 4 de octubre nació “Paquito”, Oscar Francisco y mi hermana Beatriz y yo nos dedicamos a criarlo. Me parece verlo pequeño, gordito y muy amoroso, dulce y bueno, que no nos dio ningún trabajo criarlo, nos quería muchísimo y fue nuestro muñequito en el que volcamos toda nuestra ternura y cuidado.
Lentamente y sin darme cuenta me fui acercando a Guillermo, seguramente porque era el que más me comprendía sin saber que ya él había puesto sus ojos en mí. A pesar de que aún me duraba el recelo y la pena, sin darme cuenta, acepté su cariño fácilmente, como si lo hubiera estado esperando.
Llegó la Navidad penosa y oscura. Los problemas aumentaban en la casa, pues papá se había quedado nuevamente sin trabajo y éramos tantos en la familia, que entonces sí que se nos puso muy difícil nuestro diario vivir. Guillermo, al que cariñosamente le decíamos “El Flaco”, por lo delgado que era, siempre estaba en casa y, conociendo las dificultades por las estábamos pasando, trataba de ayudarnos en lo que podía.
1939
Pasaron los días y el verano se lucía en todo su esplendor. Con los amigos del barrio salíamos a pasear por la avenida Pardo, y fue entonces que descubrimos que la ya inaugurada estación de Radio Miraflores. Ocupaba un local en la cuadra siete de la avenida y en uno de los programas a los que habíamos asistido fue que conocimos a la que sería la gran Chabuca Granda. Ella conducía un programa de aficionados al canto y acompañada de su guitarra presentaba a los diferentes aspirantes al programa. Se había puesto ella misma el mote de “Conchita Cuello Largo” y con su innata sencillez, amable y risueña, se fue ganando la simpatía y el cariño de todos. Nos iba conociendo por acercarnos todos los días al dichoso programa, al que lo fue ampliando con otras amenidades en las que otorgaba premios, haciéndonos concursar algunas veces.
En la cuadra diez de esta avenida nos llegamos a juntar un numeroso grupo de amigos entre los que recuerdo a César Elejalde, quien, con los años, llegó a ser el Fiscal de la Nación. Éramos unos treinta muchachos alegres y palomillosos, pero sanos y respetuosos. Y en el carnaval de ese año el “Mozo Valderrama”, uno de los más ocurrentes por sus travesuras en medio del juego con agua, nos embadurnó la cara a las chicas con un tinte para cuero que no salía con nada, y a la noche que se realizaba el baile en el Parque de Barranco, asistimos con las caras echas trizas. Felizmente por las caretas pasamos desapercibidas.
Ese año, como mamá no sabía lo que ya existía entre Guillermo y yo, me dejó ir tranquila a la fiesta con toda mi pandilla. Pasamos una noche maravillosa porque no paramos de bailar hasta que la orquesta dejó de tocar. Nunca he olvidado el fondo del parque iluminado por un maravilloso amanecer. Ese amanecer que me llenaba el corazón.
Uno de los pocos vecinos que vivía cerca de nosotros fue Don Juan de Dios Salazar y Oyarzábal, relacionado de mamá por sus bisabuelos Raygada y Oyarzábal. Con su esposa eran muy amigos de mis padres y tenían una familia numerosa de siete hombres y una mujer, todos muy bonitos y de facciones finas. A su vez, dos de sus hermanos menores vivían en un departamento de la misma casona y Lily, hermosa chica de pelo y ojos muy negros, llegó a ser mi amiga de toda la vida. Un poco mayor que yo, en ese tiempo, llenaba el vacío de una hermana que fuera mi confidente, por lo que ambas compartimos momentos y problemas propios de nuestra edad. Muy inteligente, estaba estudiando Derecho y se enamoró de un muchacho que podría decirse que era su alma gemela, correcto, tierno, muy buen mozo. Pertenecía a una familia muy conocida de Lima: José Villarán Duany. Después de un corto tiempo se casaron y él, de buena posición social y económica, supo hacerla feliz. Se alejó de mí, pero a través de los años se conservó intacta nuestra amistad.
Con el verano empezamos a ir a los baños de Miraflores, en los cuales se había inaugurado un local moderno que se hizo el preferido de mucha gente. Se ingresaba por la terraza superior después de bajar un largo camino y en su interior constaba de tres plantas, siendo la última el lugar donde se hallaban los numerosos cuartos de vestir.
En el segundo piso se encontraba un enorme hall en el que estaba instalado el maestro y compositor limeño con su famoso piano, el admirado y apreciado Laureano Martínez, el que alegraba los días domingo a la numerosa y alegre concurrencia de la mayoría de muchachos del balneario. Bailábamos hasta las dos de la tarde, gozando de la frescura de la brisa marina que penetraba por los grandes ventanales que daban a la playa… Inolvidables momentos de aquella adolescencia sana, amiga, correcta y respetuosa que desgraciadamente desapareció con el tiempo...
Una tarde que nos animamos a bajar a la playa de la “Pampilla”,cercana a nuestra casa, un grupo de chicas amigas y mi prima María Luz, ya estábamos regresando por la ranfla de tierra pegada a los barrancos, cuando empezó a temblar la tierra y una lluvia de piedras se nos vinieron encima. Corrimos hacia la playa y para mi desgracia se me atracó un pie y me fui de bruces, doblándome dolorosamente los dos tobillos. Cuando terminó el temblor me ayudaron a subir casi a rastras porque no podía afianzar los pies, quedándome por consecuencia y desde entonces, en los años de vida que tengo, que las caídas fueron para mí como la salida diaria del sol.
Siguieron los temblores con los consabidos sustos, pero nunca pudimos imaginar que ellos eran el principio de lo que se vendría después.
Nuevamente la situación se agudizó en la familia y empezamos a conocer lo que sería la terrible experiencia que nos conduciría a un estado de falencia completa, de hambre y necesidad. Mi mamá, aprovechando la estadía de mis tíos en Ricardo Palma en Chosica, donde, después de abandonar nuestra casa, se habían radicado, se fue para allá llevándose a mis dos hermanos menores que eran los más amenazados de sufrir por la necesidad. Los más grandes incluyendo a Beatriz y Carlitos, nos quedamos junto a la Mamita María y las tías.
Jamás imaginé vivir una situación tan espantosa en aquellos días en que despertábamos con el estómago vacío y sin un centavo en la casa, ni para comprar pan. Pero mi fe profunda me ayudaba a confiar que el cielo no nos abandonaría y no sabía del milagro que se realizaba diariamente para tener siquiera papas que calmaran nuestra hambre. Hasta que una mañana descubrí la salida de mi abuelita o alguna de mis tías, que luego, diariamente, hacían confiadas en la misericordia de Dios, buscando el sustento que, a pesar de tan tremenda situación, poco o mucho no nos faltó.
No puedo dejar de relatar que muchas personas amigas enteradas de nuestra situación, nos brindaron su ayuda generosa, hasta el punto de ayudar a mis hermanos a seguir con sus estudios. Nos cortaron la luz y las tinieblas nos acrecentaban la deprimente situación de aquellas interminables noches de prueba.
Un día decidí empezar a coser para ayudar en la casa. Lo que ganaba por el pago de mis trabajos, me permitía comprarle algo a mis hermanos, motivos de mi mayor preocupación. Por las noches, trataba de hacer más llevadera la oscura situación y me entretenía escuchando la música que tanto me gustaba en los numerosos discos de papá, los que poco a poco fueron disminuyendo, sin yo saber cómo. Además, lo que si me dolió en el alma fue la ausencia definitiva de las colecciones literarias de nuestra valiosa biblioteca.
Papá empezó nuevamente a trabajar y nos sentimos algo mas aliviados, pero la casa estaba hipotecada y eso era grave por el peligro que se cernía sobre nosotros al no poder cumplir con los pagos.
Llegó la Navidad rodeada de tristeza y sin nada interesante que contar, sólo que tratamos de armar el nacimiento entre Guillermo y yo y luego... no recuerdo...
1940
Empezamos el año luchando por el diario subsistir. Seguía cosiendo y ayudando en la crianza de mis hermanos menores, además de los trabajos domésticos repartidos entre todas las mujeres de la familia. En medio de todo esto, la presencia diaria de Guillermo, por el que sentía cada día más cariño, me hacía más llevadera la carencia de alegrías y distracciones propias de mi edad, pero desgraciadamente, otra vez la vida me pondría a prueba por la intervención en ella de personas que sin ningún derecho, sin tener ninguna razón para hacerlo sino el chisme y la mentira, volvieron a empañar mis ilusiones y esperanzas.
Muchas veces, y no sé por qué, me vi obligada a aceptar que los demás intervinieran en mi vida, sintiendo en mi ser una rebeldía interior por frustrárseme los ideales que me había trazado para el futuro. Desde niña: no terminé el colegio por causa de la situación económica, que me impidió concretar lo que más anhelaba, que era el llegar a ser profesional. Luego la gran desilusión por la traición de Lucho que me hirió hasta el fondo del alma, apareciendo el tío que nos separó. Empecé a estudiar piano por la atracción maravillosa de la música y se me truncó esto también debido a mi timidez, que nunca me ayudaron a vencerla, que me impidió ser concertista. Empieza a nacer en mí una nueva ilusión, un nuevo amor, y es cuando los entrometidos y mal intencionados empiezan a influenciar a papá y mamá para convencerlos que no me convenía la relación con Guillermo, por ser un muchacho pobre que recién luchaba por salir adelante, por lo que no era “un partido conveniente” para mí y sin ninguna otra razón, sin explicación alguna como siempre, me prohibieron que lo volviera a ver y menos que tuviera la osadía de acercarse por la casa ¡Con qué derecho tuvieron que intervenir en mi vida! Nunca lo comprendí ni hallé la respuesta adecuada.
En una sociedad machista y prepotente donde la mujer no tenía alternativa sino obedecer, aunque por dentro nos rebeláramos ante esta injusticia, me vi encerrada en la casa, saliendo solo a misa o alguna que otra visita, siempre acompañada por alguien de la familia, como si hubiera sido un delito tratar de ver a Guillermo… Pero a pesar de tanta rigidez y vigilancia, me ayudaron mis hermanos y muy pocas personas que se anteponían ante todo por lo mucho que me querían y que no aceptaban verme sufrir injustamente. Nos consolábamos viéndonos desde lejos por una de las ventanas del tercer piso de la casa.
Pero un día Lily Salazar, mi amiga del alma, me invitó a su casa, y en lugar de hacerme entrar, me dejó en la esquina para que me pudiera encontrar con mi flaco, mientras ella vigilaba para avisarme si alguien salía de mi casa. Sólo por breves pero maravillosos minutos pude tener el consuelo de estar a su lado.
Llegando las fiestas de los Carnavales, no me hice ninguna idea de poder ir juntos al Baile Tradicional de Barranco, al cual iban a asistir todos lo chicos del grupo, y así me privé de gozar de esa fiesta, que como los años siguientes, fue siempre inolvidable por su calidad, la buena música y la alegría sana del grupo selecto que asistía. Y por primera y única vez estuve en el Club Regatas de Chorrillos, pasando una noche aburrida a pesar de que mi pareja era un buen amigo, Oscar Erausquin, quien se esforzó por hacerme llevadera la fiesta, estando bien enterado de lo que me pasaba.
Cansado de tan agobiante situación, Guillermo se vio obligado a trabajar en Ica, como secretario de la Prefectura. A pesar de que me sentía muy apenada por saberlo tan lejos y que me iba a ser muy difícil no verlo, pensé que era lo mejor, por el bien de los dos. Y el 9 de mayo partió temprano, no sin antes despedirnos a través de la reja de la casa.
Pasaron varios días y sentí una gran alegría cuando recibí su primera carta, la cual me envió a la casa de mi amiga Erlinda que, con su familia, vivía también en la calle Ramón Zavala. En ella me incluía unas fotos tomadas en la laguna de Huacachina y en la plaza principal de Ica.
Y llegó el día 24 que amaneció sereno, sin frío y nos calentaba un solcito otoñal. Recuerdo que me encontraba en el cuarto de mi mamita junto con ella, mi tía Esther y mi hermano Paquito, que sólo tenía dos años. A las 11 y media empezamos a escuchar un ruido sordo, y luego llegó el sacudón que nos hizo volar hacia la puerta. Hasta ese momento, cada vez que sentía un temblor me salían alas en los pies y no me importaba nada, sólo salir hasta la calle conforme estuviera. Pero en esa oportunidad alcancé a ver a mi abuelita que trataba de cargar a mi hermano que era bien gordito y por primera vez, venciendo mi terror, regresé y cogí a mi hermano bajando con ellas la escalera.
En ese preciso instante mi tía Susana, que se encontraba en el tercer piso arreglando el dormitorio de mis hermanos, pasó como un celaje ganándome la delantera, cuando el terremoto arreció, meciéndonos con tal furia que nos sacudía dando tumbos sin poder mantener el equilibrio. Llegamos al primer piso, pero al querer abrir la puerta del hall de la entrada, ésta se atascó, y con la ayuda de mamá que llegó de no sé dónde pudimos salir a la pampa de enfrente a la casa, donde mi tía Chana se desmayó.
En el suelo se veían como ondas movedizas, y mirando a la casa me paralicé de terror al contemplar como se movía, a la par que las hojas de las ventanas se abrían y cerraban solas. Tuve la impresión de que un gigante enorme la mecía por dentro, como si fuera un juguete.
Un obrero que estaba trabajando en la casa vecina acudió a auxiliar a mi tía Chana y, a pesar del movimiento que seguía, penetró en el jardín y trajo un poco de agua para reanimarla.
Más nos espantamos cuando sentimos que nos ahogaba una nube de tierra rojiza que subía de todos los barrancos de la playa. Tuvimos que taparnos la cara con nuestros propios vestidos para poder respirar y ayudar a Paquito que, aterrado, lloraba aferrado a mi cuello.
Luego que calmó el terremoto, ingresamos a la casa con mucho temor, pero nos fuimos tranquilizando al comprobar que no había sufrido daño alguno, ni siquiera la más pequeña rajadura. Recostamos a mi tía en un sillón y me prendí del teléfono con la intención de comunicarme con papá que estaba en su oficina del centro de Lima, pero la línea estaba cortada. Y ahí empezó nuestra agonía, ya que todos los demás de la familia estaban lejos y en distintos lugares, por lo que sólo nos quedó rezar por ellos y esperar que estuvieran sanos y salvos. La primera en llegar fue mi hermana, que por estar en el colegio de La Reparación, era la más cercana a la casa. Y luego, lentamente uno a uno empezaron a hacerlo los demás, reflejando en sus rostros la terrible experiencia vivida momentos antes.
En el transcurso de este siglo, ese fue el sismo más fuerte y destructor. Hubo innumerables víctimas de las cuales nunca se dijo la cifra exacta. Cayeron casas, colegios, edificios e iglesias en donde murió mucha gente. Los lugares más castigados fueron Chorrillos y el Callao. En el primero se agrietaron las calles y el jirón Lima quedó cortado, derrumbándose muchas casas que terminaron en la playa. En este jirón se encontraban las más hermosas residencias y lo más probable es que con ellas cayeron muchos de sus moradores. Todo se destruyó, lo mismo que el puerto, donde la destrucción fue atroz y la mortandad pagó un alto precio. En los Barrios Altos muchos angostos callejones se destruyeron, atrapando a las personas que trataban de salir, al juntarse las paredes y sepultarlos.
Empezaron a sacudirnos muchas réplicas, sobre todo una a las 5 de la tarde. Y esa noche llegaron a nuestra casa el tío Samuel Cárdenas y mis dos primos, buscando nuestra ayuda por haber perdido casi toda la casa en Chorrillos. Por supuesto que durante la noche nadie durmió y en todas las casas la gente amaneció vestida y con las puertas abiertas por temor a una repetición. A los chicos los acomodamos en colchones sobre el suelo.
Después de pasar tremendo momentos y sobresaltos por las continuas réplicas, empezamos a tener noticias de la magnitud del sismo y las terribles consecuencias del mismo. Según nos enteramos, fue de una magnitud de 8 grados.
Al salir a las calles, impresionaba ver las paredes de muchas casas con tremendas rajaduras, si no otras en el suelo. Por largo tiempo hubo que apuntalar las que quedaban en pie hasta poderlas arreglar.
Como Chorrillos y Barranco fueron muy afectados, las familias de este lugar tuvieron que ir acomodándose donde parientes y amigos, y fue así que las tías Ernestina y Laura, que esperaban quedarse en casa de unos parientes en Miraflores, al día siguiente llamaron a la casa desesperadas porque muchos familiares desamparados habían hecho lo mismo y no había espacio para ellas por quedar la casa de los primos muy estrecha.
En nuestro tercer piso se acomodó toda la familia con los pocos muebles y enseres que lograron salvar y, desde esos días en los cuales lentamente nos fuimos recuperando, empezó para ellos y nosotros una época que ha sido imborrable para todos. Además el tío Samuel nos ayudó a aliviar nuestra alicaída situación y esta vivencia fue tan rica en integración y verdadera comunión de mutuos sentimientos entre ambas familias que la recordaremos siempre, por haber disfrutado del calor humano que nos unió como un don inapreciable del amor de Dios.
Las amadas tías que guardaban en su interior las virtudes y cualidades que las adornaban, eran todo corazón, incluyendo al tío Samuel que, a pesar de su seriedad, llegó a convertirse en nuestro más querido personaje y de él escuchábamos relatos y anécdotas familiares con gran atención y curiosidad. Al querido “Tío Chuzo”, como cariñosamente lo llamábamos, lo quisimos entrañablemente por las muestras de afecto y gran ternura que demostró siempre hacia nosotros.
Samuel, Enrique, la Nena (Carmen) y nosotros llegamos a convertirnos en un todo ¡Qué no hicimos! Alegrábamos a los mayores con nuestras ocurrencias, sobre todo Ninín (Samuel) y Raúl. La hora del almuerzo, donde nos reuníamos toda la familia, parecía la sala de alguna entidad pública. La mesa de los mayores era tan larga, que papá, sentado a la cabecera, no se podía comunicar con mi mamita, que lo hacía al otro extremo.
Teníamos que hablar por grupos y es de imaginar el barullo general, aumentado con el alboroto de la mesa de los chicos al extremo del comedor, en la cual la tía Susana hacía lo indecible para mantenerlos quietos siquiera cuando comían.
Para mi mala suerte, a los dos lados se sentaban los terribles del grupo, Ninín y Raúl, los que más de una vez me hicieron sorber la sopa por la nariz al pasarse algo delante de mí en el momento que me llevaba la cuchara a la boca. Al frente mío, la tía Laura y la Nena trataban de hacerse entender con mis otras tías, pero la mayoría de las veces era un esfuerzo estéril. Cuando llegaba el cumpleaños de alguien, ese par de ocurrentes, en complicidad con los demás, se encargaban de “arreglar” el sitio del agasajado para lo cual se le ponía en una fuente un hermoso pato de peluche, juguete de mi hermano Pepe y la silla la decoraban con geranios y ramas de hierba luisa como si fuera un trono.
Todo era jolgorio, risas y alegría. A veces sentíamos el ruido de un tambor, latas y cantos que se trataba de la “petición unánime” del grupo por una torta o postre, para lo cual el “batallón” se dedicaba a recoger los óbolos “voluntarios” para sufragar los gastos del manjar.
En una oportunidad se le ocurrió a la tía Laura preparar un sanguito de pasas, uno de los postres favoritos de ella y de todos, para lo cual se le encargó a mi hermano Jorge que le comprara harina de maíz y éste se equivocó y le trajo harina de polenta. La tía no se dio cuenta de cambio y empezó a elaborar su manjar, pero veía con asombro que este aumentaba cada vez más y hubo que ayudarla a removerlo porque se le acalambró el brazo por el esfuerzo. Le salió delicioso pero era todo menos “sango”. Felizmente lo tomó con resignación, algo no visto así nomás en ella que era muy buena, pero era una dama de aguantar “pocas pulgas”.
Mi primo Pedro (Perico) se hallaba en el norte formando parte de la guarnición de Zarumilla, y con motivo del conflicto con el Ecuador, se vio obligado a tomar parte en la contienda, pero fue herido en un ojo por unas esquirlas y se regresó a Lima con descanso médico. Además necesitaba ese merecido descanso por el dilatado tiempo que había estado en el frente. Ya mejor, aumentó con su presencia las filas de los revoltosos de las familias y sus ocurrencias eran únicas. Nos queríamos mas que si fuéramos hermanos, habíamos crecido juntos y, en más de una oportunidad en la que me privaban de salir a causa de haber llegado Guillermo, él se encargaba de obtener el permiso de mi mamá para salir conmigo y luego, en la calle, cada cual se iba por su lado, previo arreglo del lugar donde nos encontraríamos para regresar juntos.
Cuando acabó el conflicto, varios de sus compañeros de armas empezaron a frecuentar la casa y se convirtieron en asiduos amigos de la familia, asistiendo con ellos a fiestas y reuniones. Uno de los más íntimos era Augusto Mattos, de ojos claros, super alegre y bailarín, lo mismo que Condado Vega, chatito e incomparable amigo. Fuimos muy felices rodeados de tantos amigos y compartiendo momentos de grata y añorada recordación.
Mi prima estaba enamorada de un oficial de caballería, Oscar Gonzáles, acantonado en el cuartel San Martín en la avenida del Ejército, y se propuso enseñarme a motar a caballo. Me llevó una yegua pequeña y mansa en la que poco a poco fui tomando confianza y como ella ya me conocía, realizábamos largos paseos por todos los potreros colindantes a mi casa. Ya para ese entonces se estaba poblando el lugar y nuevas casas surgieron rompiendo el bello y espectacular panorama del verdor de nuestro campo, al que tanto quería.
Las manos hábiles de las tías Rondón empezaron a enseñarme nuevas cosas, sumándose a las que ya sabía, y diariamente las acompañaba al cuarto de la tía Ernestina, observando lo que estaba haciendo. Esta habitación tenía grandes ventanas por las que se apreciaba una vista encantadora del mar. Eran muy laboriosas y todo el día se entretenían con los quehaceres y sus obras de arte. Les gustaba mucho oírme cantar, lo que yo hacía con el mayor gusto y no había canción de la que no supiera la letra, por lo que animaba las tardes bordando o tejiendo y cantando cada día de un autor distinto.
Siguió pasando el tiempo y la vida en casa era tranquila, alegre y amena, con muchas cosas que recuerdo y que serían innumerables de contar. Mi papá se fue de viaje a la selva y, al retornar, se cayó del caballo y ese golpe, con el tiempo, empezó a causarle grandes molestias, hasta el punto que, años después, tuvieron que operarlo y de esta intervención no quedó bien.
1941
Mis tíos Cárdenas poco a poco habían estado adquiriendo lo que perdieron en el terremoto y decidieron tomar una casa para seguir su vida interrumpida por la catástrofe, pero esa decisión tuvo un efecto altamente negativo para nosotros, que ya nos habíamos acostumbrado a vivir con ellos como si fuéramos una sola familia. Muy a pesar nuestro llegó el día en que tuvieron que partir. Nuevas tristezas, y a empezar a aceptar que la vida es así. Y así también me fui haciendo mujer. Ya no era la niña desorientada de antes y me interesaba saber sobre la verdadera situación de mi familia, pero antes se acostumbraba a que sólo el padre manejara todo lo referente al la marcha del hogar. La esposa y los hijos no estaban al tanto de los intereses y trabajos del papá. Además los hijos no podíamos intervenir ni opinar hasta ser mayores de edad, es decir 18 0 21 años de edad. Por todas estas costumbres tan absurdas no podíamos imaginar que pronto perderíamos nuestra amada casona. El factor principal fue la hipoteca que no se pudo pagar y otro que la municipalidad cursó unos avisos notificándo a los propietarios de las viviendas que tenían que pagar una cantidad determinada según el área del terreno para los gastos de pavimentación y veredas, además de los postes de alumbrado público. Como nuestra casa tenía tres frentes, la cantidad correspondiente fue muy elevada y papá tenía que pagar los intereses de la hipoteca.
Por causa de muchos problemas económicos, no pudo cancelar esa deuda, agregada al pago del municipio que trajo por consecuencia que se perdiera la propiedad y nos viéramos en la necesidad de separarnos para siempre de nuestra casa. Nuevamente decir adiós y dejar nuestras vivencias en cada rincón de aquellos cuartos, pasillos y jardines que quedaron impregnados de nuestras voces, risas y lágrimas...
Nos mudamos a una casa del Malecón Balta, grande y cómoda, pero al llegar la sentimos muy fría, como sin alma, y con lo poco que recibió papá por el remate de la Villa Sara, pudimos sostenernos hasta poder alcanzar otro nivel de vida.
Me matriculé en la escuela de Bellas Artes en la que la educación era gratuita. Solo pagué la matrícula para aprender dibujo y pintura. En el examen de ingreso era necesario presentar un dibujo creativo y tomé como modelo el paisaje que se me ofrecía desde la ventana de mi dormitorio. Dibujé las escalinatas y parte del malecón de la bajada de los baños. Me valió al extremo de exonerarme del año preparatorio.
Empecé a vivir nuevas alegrías al pertenecer al grupo de alumnos de la gran maestra Julia Codesido, considerada como una de las mejores profesoras, y en este curso fue que conocí a Victor Humareda, el futuro gran maestro, que por ese entonces sólo era un muchachito humilde, tímido y muy introvertido, pero desde que empezó a trazar las primera líneas de los bodegones de modelo, demostró lo que encerraba dentro de sí en su arte alegre y expresivo. Decía que amaba lo bello, y así empezó a ser conocido. Era generoso y buen amigo y nos demostró rápidamente un potencial artístico de gran creatividad, dejándonos atrás a los mejores alumnos de la clase.
Empecé a salir con mi hermana y un grupo de amigas cuando tenía deseo de disiparme un poco. La pena de estar lejos de Guillermo me deprimía y no tenía interés en hacerlo con frecuencia. Sólo me animé algo más cuando se puso de moda el paseo juvenil por el malecón 28 de Julio al frente casi de nuestra casa. Además estaba el Club de Tennis “Las Terrazas”, al principio de la bajada, y en su cancha principal se realizaban campeonatos de este deporte. Cada vez que se realizaba un partido todos los muchachos tratábamos de encontrar los mejores sitios desde el malecón o entre los pasillos de plantas para poder gozar del espectáculo. Por esta causa pude ver jugar a los mejores tenistas de esa época.
En las mañanas, era cada vez más numeroso el grupo de amigos que bajábamos a la playa. Recién se empezaba a crear el club Waikiki, cuyos miembros eran grandes nadadores, surgiendo entre ellos el pionero de la tabla hawaiana, Carlos Dogní Larco, que dicho sea de paso tenía un porte atlético impresionante, buen mozo pero algo “sobrado”. Otros muchachos empezaron a secundarlo y fue así que poco a poco se logró que fueran adquiriendo experiencia en ese deporte, hasta lograr los primeros puestos en competencias internacionales como Pomar, Rospigliosi, Barreda y otros más.
Seguí mis estudios en Bellas Artes, pero ese invierno fue muy crudo y sufrí bastante para poder dibujar por la rigidez de mis dedos. Aún así mis trabajos fueron mejorando día a día y llegué a alcanzar uno de los mejores puestos de mi clase.
Por unos malos entendidos con Guillermo, dejamos de escribirnos un largo tiempo y para entretenerme después de terminar mis quehaceres en la casa, salía por las noches para reunirme con el grupo del barrio, que por entonces éramos más de 30 muchachos, recordando también a Agusto Moral Silva, el gordito Gandolfo, los hermanos Villa García y otros más. Pero como pasa siempre, con el tiempo se fueron ausentando varios de ellos a los que nunca más volví a ver.
Mis otras salidas las hacía acompañada de Lucrecia y Mota, mis más intimas amigas, con las que nos paseábamos por todas partes, íbamos al cine o a la playa. Fuimos inseparables, pero en esos meses conocí a un chico con el que empecé a salir pues estando sola y sin haber amistado con Guillermo, me sentía bien en su compañía.
1942
Celebrándose los carnavales, me comprometí para ir al baile con él. Y como lo hacíamos cada año, anticipadamente nos dedicábamos a confeccionar nuestros mejores disfraces. Éramos infaltables al Baile Tradicional del Parque de Barranco, y en esta reunión de gente sana y selecta, las entradas solo se vendían a quienes presentaban una invitación de la Municipalidad, pero como conocía a una prima de las hermanas Gardini que trabajaba en ese Municipio, ella me entregaba la invitación con la que comprábamos las entradas para todo el grupo de amigos.
Yo no sabía que Guillermo había llegado, y como es de suponer, él estaba seguro que yo no faltaría a esa fiesta. Se me adelantó y me esperó casi en la entrada. Cuando llegué con todo el grupo, verlo y olvidarme del otro fue decisión de pocos segundos. Esa noche no dejamos de bailar hasta que amaneció, la felicidad que me envolvió fue indescriptible, sobre todo cuando al despedirse la orquesta, tocó El Danubio Azul, maravilloso vals que ambos bailamos con vertiginosas vueltas a todo lo ancho del bello parque. Quedaba poca gente por lo que aprovechamos de hacerlo al estilo vienés teniendo como fondo el color rosado del amanecer. Recuerdo con deleite que me sentía entre nubes sobre todo por la felicidad de haber vuelto con él.
Cuando terminó la fiesta, con todo el grupo que nos acompañaba, empezamos a caminar por las calles de Barranco realizando travesuras, hasta esperar el primer tranvía que nos regresaría a Miraflores y después, a caminar se ha dicho, desde el paradero de la alameda Ricardo Palma hasta nuestras casas. Por supuesto que la mayoría de las chicas llegamos con los zapatos en la mano.
Al día siguiente me encerraron como que ya era una costumbre cada vez que en casa se enteraban de la presencia de Guillermo, y así siguió transcurriendo mi vida. Entre las lecciones en la escuela y las encerronas, fueron pasando los meses. Al llegar las Fiestas Patrias, al terminar el desfile escolar, pude estar con mi flaco por pocos momentos durante el trayecto de Lima a la casa. En ese año lo habían trasladado a la subprefectura de Nazca.
Luego, seguir esperando en mi soledad...
Al término de ese año en la escuela exhibieron dos de mis mejores trabajos, los cuales me quedaron excelentes, sobre todo un bodegón en el cual los objetos que lo conformaban se notaban con una realidad que yo misma me sorprendí cuando terminé mi trabajo, porque parecían reales y no dibujados. Al final no recuerdo cómo pase la Navidad y el Año Nuevo.
1943
En enero cumplí mis veinte años y decidí que en mi vida se debía realizarse un cambio, el que me permitiría no ser ya objeto de desconfianza; que era tiempo de hacerme oír, orientarme hacia los derroteros que siempre había tenido que postergar o aceptar lo contrario a mis anhelos. Fui cambiando poco a poco. Me fui imponiendo para que me tomaran en cuenta, sin permitir que me fueran postergando como lo habían hecho antes. Y sin levantar la voz empecé a salir sola, dando cualquier pretexto, pues estaba ganando la batalla que siempre tuve con mi timidez. Además, me sentía con el valor suficiente para evitar cualquier castigo que no mereciera. Por otro lado también ayudaba a vestir a mis hermanos con mi trabajo de costura y no necesitaba pedir nada para mí, porque ya podía comprarme lo poco que necesitara.
Como mi hermana Beatriz ya tenía catorce años, se enamoró de un chico buenísimo, Humberto Páez, y salíamos juntas con él y con Guillermo. Ese chico llegó a tenerle a Beatriz una verdadera devoción que, desgraciadamente por la inmadurez de mi hermana, no supo apreciar lo que valía. Era correcto, inteligente, respetuoso y veía por sus ojos. Hasta que un día todo terminó entre ellos.
Guillermo había regresado del todo de Nazca y los días domingo, cuando salíamos a pasear por las tardes, muchas veces llegábamos a la casa de sus padres, los que me recibían con mucho cariño. Su hermana Marina, que era la mayor, ya se había casado con Carlos Beleván y vivían al costado de la casa de la familia. Con ellos siempre nos llevábamos muy bien y los visitaba con frecuencia. Ese año organizamos la fiesta del carnaval en su casa, fijando la cuota por persona en tres soles, con lo que tuvimos un bar muy bien surtido y las bebidas suficientes como para jaranearnos dos días seguidos.
La economía se había estabilizado y se vivía sin sobresaltos. Se podía planificar el presupuesto familiar por la estabilidad monetaria, lo que nos permitió vivir con más tranquilidad. Un primo de Guillermo, el Oficial de Marina Alfredo Freyre, le consiguió un empleo en el Ministerio del ramo y empezó a trabajar como simple “furriel”, pero no le importó aceptarlo, porque su gran capacidad para realizar cual labor que se le presentara, poco a poco, le valió que se fuera dando a conocer y esto le permitió un traslado a una oficina de más categoría.
Empecé a estudiar el tercer año en la Escuela de Bellas Artes con mucho entusiasmo. Tenía como profesor a Enrique Camino Brent, un magnifico pintor, por lo que me sentí muy contenta sabiendo que lograría aprender mucho más con él. Su amabilidad y delicadeza en el trato y las acertadas indicaciones que nos hacía lograron que empezáramos a dibujar cada día mejor. Ya teníamos modelos vivos que me ayudaron a crear mis dibujos con más habilidad. Sobre todo recuerdo uno que para mí fue el mejor, en el que logré expresar todo mi arte en el rostro de un moreno que parecía hablar.
Durante mis recorridos diarios a la Escuela, por la que existían muchas casonas antiguas, comencé a admirar la belleza de los balcones y portadas, patios y rejas de las hermosas mansiones de antes. El local estaba situado en la calle Colegio Real de los Barrios Altos y era una construcción de estilo gótico con arcadas muy hermosas en su interior. En sus jardines interiores nos inspirábamos muchas veces para realizar nuestros dibujos.
Para llegar a la escuela me bajaba del tranvía en la esquina de la Iglesia de San Francisco y era muy interesante todo lo que podía ver. Sobre todo “La Casa de Pilatos”, un lugar lúgubre y terrorífico que a pesar de pasar por ahí en la mañana, me cruzaba a la vereda del frente, casi sin mirarlo.
Día adía iba adquiriendo más seguridad al caminar sola por las calles. Me ayudaba mucho el sentido de orientación que siempre he tenido, lo que evitaba que me perdiera por lugares que recorría por primera vez.
Un día me sucedió algo increíble. Entonces gobernaba el país el presidente Manuel Prado y me encontraba parada en la Plaza de Armas frente a Palacio de Gobierno, en un paradero del tranvía. Cuando vi abrirse la puerta del Palacio y salir un carro negro con el Presidente y éste pasó delante de mí quitándose el sombrero con gran cortesía. Yo le respondí con una inclinación de cabeza esperando que alguien más estuviera detrás de mí, pero no fue así… y fue entonces que una ola de rubor me encendió las mejillas por la gran emoción que sentí.
Y recordando a los tranvías, rememoro a los que transitaban desde Chorrillo a Lima. Para ir a estudiar, tomaba uno de ellos en el paradero de la avenida. 28 de Julio, que, dicho sea de paso, era el límite de la población con el campo, donde los cultivos de diversas tonalidades le daban a ese lugar un toque de belleza natural.
Luego, cómodamente sentada en uno de estos vehículos con los demás pasajeros, nos íbamos adormeciendo por el rítmico vaivén en su andar, que nos mecía dulcemente. Nos despertábamos al llegar a los pocos paraderos que existían hasta la Plaza México, que era el primero de Lima. Por supuesto que no existía el Palacio de Justicia ni el Paseo de la República y llegábamos hasta el último paradero que estaba situado en La Colmena a la izquierda, al costado de la Plaza San Martín. De allí nos conectábamos con el urbanito que llegaba al centro de Lima y luego hasta Abajo el Puente.
Nunca imaginé llegar a ver el cambio por el progreso de las poblaciones. Desde la ventana del tranvía me extasiaba contemplando el verdor de los campos extenderse hasta los cerros, y hacia el lado izquierdo, atravesando también el verdor, se veía a lo lejos el trazo de la avenida Arequipa con los pocos vehículos que por entonces transitaban por ella. Qué bien me sentía en ese trayecto, donde dejaba volar mi imaginación, aspirando el aire puro por la ventanilla del tranvía y admirando lo que para mí era como un tesoro invalorable, el ancho y hermoso campo. Luego, no mucho tiempo después, poco a poco fue desapareciendo toda esa belleza, naciendo lentamente otro bosque, pero éste sólo era un bloque de cemento conformado por las construcciones modernas que lo fueron desplazando. Me fue muy difícil adaptarme a ese cambio inexorable por consecuencia del desarrollo urbano y, peor aún, era y soy amante de la naturaleza y la realidad de no tener más el espectáculo que admirar diariamente la tuve que aceptar a la fuerza.
Seguía estudiando contenta y feliz al ver mis progresos en los dibujos. Ya podía realizar mis obras con más seguridad y destreza y con modelos diferentes. Sobre todo me esmeré cuando tuvimos que dibujar a una señora muy linda de bellos ojos claros que un día posó para mí. La retraté sintiendo por ella una ternura desconocida, no sé si fue por el contraste de su belleza con la pobreza de su vestido: tenía un abrigo muy gastado que decía lo mucho que había sido usado y el resultado fue una de las mas bellas obras que plasmaron mis manos, al sentir a flor de piel la tristeza de su mirada, dulce y tímida.
Una mañana al llegar a la Escuela encontré en ella un gran revuelo. Se trataba de la imposición de algunos profesores sobre los alumnos para que firmáramos una petición pidiendo la restitución del director Sabogal, que había sido suspendido de su cargo. Como muchos se negaron ha hacerlo, se suspendieron las clases y la escuela entró en receso, y ese fue el fin de mis aspiraciones de lograr alcanzar la experiencia necesaria y realizarme, aprendiendo a pintar al óleo como lo deseaba… y esta fue otra frustración en mi vida.
Antes de seguir con esta historia quiero rectificarme al haber postergado en mis recuerdos a una persona a quien quise mucho y que fue mi padrino Enrique Casterot. Recuerdo su cumpleaños que fue un 31 de Mayo. Delgado, fino, culto inteligente y afable en su trato, fue muy cariñoso conmigo y nunca dejaba de saludarme por mi cumpleaños, aunque fuera por teléfono. Trabajaba como corrector del diario El Comercio y cada noche se amanecía en su labor. Con mi familia tenía amistad desde su juventud, porque formaba parte del grupo íntimo de papá y mis tías. Fue el único de todos esos amigos que no dejó de visitar la casa y con frecuencia llegaba hasta Miraflores para sostener largas conversaciones con ellos. Era de temperamento nervioso y sufría mucho al conversar, pues parece que la confusión que sentía por ese nerviosismo, le hacía olvidar lo que quería decir y se esforzaba hasta retomar lo olvidado. Por el cariño que le tenía me apenaba verlo así , hasta que enfermó gravemente y sólo la muerte le impidió seguir cultivando esa bella amistad con nosotros.
Y llegó el momento tan esperado por mí, cuando con Guillermo decidimos casarnos. Reconozco que fuimos muy valientes porque sabíamos que tendríamos que afrontar serios problemas, pero más pudo el amor que nos teníamos y después de conversarlo con mamá, hablamos luego con papá. Tenía veinte años y era lo suficiente madura como para saber de lo que era capaz. No me asustaba el porvenir. Estaba segura del amor sincero y leal de Guillermo y a pesar de que la mayoría de mi familia no estaba de acuerdo con nuestra decisión, nada nos hizo cambiar.
Durante la conversación que tuvimos con papá, y como él le preguntara a Guillermo que era lo que le prometía con respecto a nuestro futuro, sólo le contestó: “Señor Lisandro, el tiempo lo dirá”, y, efectivamente, el tiempo le dio la razón...
Nunca me arrepentí de esta decisión que tomé en mi vida y que fue el inicio de nuestra felicidad, esa felicidad que nos permitió, por muchísimos años, formar el hogar que ambicionamos y planeamos en nuestros sueños de juventud.
Mamá aceptó con tranquilidad lo acordado y a pesar de todo lo que le contaron por maldad, más pudo en ella el cariño que le tuvo al “Flaco”, y gustosa me acompañó a organizar los preparativos y a escoger lo necesario para mi boda.
Desgraciadamente, poco tiempo antes de la ceremonia, falleció mi bisabuela materna, lo que trajo por consecuencia que esta se realizara en estricto privado. Personalmente fuimos invitando a las personas más queridas y allegadas a nosotros, y amigos muy íntimos.
Mi tía Susana Cárdenas, prima de papá, quien me quería entrañablemente, me ofreció como regalo de matrimonio la confección de mi vestido de novia., que quedó primorosamente bello, confeccionado en seda y encaje. Aún me parece verla llegar aquella mañana sosteniéndolo entre sus brazos, presurosa y radiante de alegría, colocarlo cuidadosamente sobre la cama de mamá y luego, cual fue su deseo, vestirme y arreglarme con un maquillaje muy sobrio por que colores no me faltaron nunca en la cara. Me adornó luego la frente con el precioso tocado de flores que me obsequió una de mis tías.
Nos casamos el día 30 de octubre de 1943 y recuerdo ese día como si se hubiera detenido en el tiempo. Amaneció claro y luminoso y la ansiedad me despertó con el alba. Muy temprano empezaron los trajines en la casa ya que la ceremonia se realizaría a las 12 del mediodía. Era sábado y entonces no se acostumbraba oficiar misa de esponsales.
Cuando llegué a la puerta del templo de la Virgen Milagrosa, del brazo de papá, y escuché los primeros acordes de la marcha nupcial, toda la tranquilidad que mantuve hasta ese momento se derrumbo. Mis piernas se negaban a seguir adelante y papá me alentó cariñosamente a ir avanzando paso a paso, acercándome al altar, al que lo veía inalcanzable, donde me esperaba Guillermo con su mamá, la señora Hortencia. Me sentía rodeada por las personas que tanto amé, que fueron pocas, pero no necesité más que su cariño entrañable como el fiel testigo expectante de mi gran felicidad. Ellas, con su ternura, llenaron ampliamente la nave del hermoso templo.
Luego en la casa, después del almuerzo, veo los rostros queridos de la mayoría que ya han partido para siempre. Después de hacerles firmar en mi álbum del recuerdo, partí con mi amado esposo a iniciar la vida que nos prometía el subir por la escala proyectada hacia el futuro.
Y escribiendo estas añoranzas deseo hacer un retroceso en el tiempo para llegar a una conversación que tuve con mi inolvidable Ñaña muchos años atrás…
Un día conversábamos las dos de muchas cosas y de pronto ella me miró y me dijo lo siguiente: “Mi chola, estoy segura que llegaré a verte casada y con tus hijos”. No sabré, quien sabe, si fue una ilusión lo que la impulsó a decirme aquello que nunca olvidé ¿Sería acaso que deseó que la vida le permitiera ver realizado en mí lo que a ella le falto? ¿Que la felicidad que no conoció me otorgara a mi vez la dicha futura de ser esposa y madre? Pero el tiempo nos reserva incógnitas sorprendentes y no podemos predecir si nuestros sueños o esperazas se lleguen a cumplir, y en su caso, esta vida no le permitió ver realizado ese sueño. Se me fue mucho antes de lo que ambas pudimos imaginar.
Yo sé que me escuchará desde el más allá y al lado de Dios, lo que le voy a responder a esa inquietud que no se le cristalizó como era su ferviente esperanza: “Mi Ñaña adorada, yo no te pude defraudar. Tú siempre deseaste lo mejor para mí, por lo mucho que me querías, y por eso puedo contestarte desde el fondo de mi alma que te ofrezco mi felicidad como un tributo a tu gran cariño. La vida me ha premiado al sentirme profundamente feliz junto al hombre bueno y tiernamente amado, que sabe en todo momento poner al lado de mi corazón su amor inacabable... infinito… y haberme dado a mis amados e invalorables hijos”.
Hijos:
Ahora sólo me queda conversar con ustedes. Han sido muchos los años que han pasado desde aquél día en que decidimos, su padre y yo, iniciar esta encantadora aventura que nos llevaría a formar la familia que siempre soñamos. Coronando la felicidad que he encontrado a su lado, he tenido la dicha infinita de ser madre, cada vez que los fui recibiendo uno a uno recién nacidos, para estrecharlos junto a mi corazón... no cabe repetir los recuerdos que todos hemos compartido juntos, nada más que disfrutar de los momentos que ahora estamos viviendo. No quiero mirar hacia atrás, lo que me haría mucho daño, ustedes lo comprenden ¿verdad?
Cuando llegó el momento de estar en condiciones de decidir, cada uno fue eligiendo el camino a seguir. Estaban formados dentro de las cualidades morales que les supimos inculcar con amor y dedicación, además de darles el ejemplo de lo que significa vivir en un hogar unido y cristiano. Así fueron abandonando este hogar, iniciando cada uno el camino que decidieron elegir y enfrentaron con valor y responsabilidad sus deberes de personas de bien. El vacío que fueron dejando, luego de un corto tiempo, se fue convirtiendo en la multiplicidad de nuevos amores, cuando empezaron a llegar los nietos, como bendición de Dios, y mi corazón tuvo que crecer para poder albergar en él el inmenso caudal de ternura que fue el nuevo sentimiento que experimenté, cuando pude acunar en mis cansados brazos a cada uno de aquellos pedacitos del alma, que son la continuidad de mi ser... este es el mayor tesoro que la vida me ha ofrendado, como una “disculpa” por todo lo que me impidió realizar, cuando, ilusionada, esperaba de ella los logros ambicionados. Tengo los hijos que soñé y las nuevas hijas que llegaron después han acrecentado su valor.
Actualmente mi mayor felicidad es sentirme junto a mi viejo, rodeada de la bulliciosa algarabía que nos alegra la vida, cada vez que nos acompañan en los días más significativos y las adorables cabecitas de nuestros nietos y bisnietos aumentan nuestra dicha cuando, como ramitas de olivo, rodean nuestra mesa ofrendándonos la bendición del cielo...
Los amo con todo mi corazón,
Cucha
Marzo de 1990.
Han transcurrido catorce años desde que decidí terminar mi autobiografía, y en estos años son tantas las vivencias por relatar que no sé como empezar… como un vertiginoso carrusel me llegan los recuerdos uno a uno tratando de ordenarlos para hacer coherente esta historia.
Como una paradoja, el final del relato anterior dice mucho de la felicidad que me rodeaba en aquellos años, sin imaginarme que sería el final del dorado sueño que me envolvió desde que conocí el amor apasionado y maravilloso que me hizo tan feliz al lado de mi amado viejo. Es increíble como la vida juega con nosotros, sobre todo al querer alcanzar de ella lo que más anhelamos. En mi caso, me hacía muchas ilusiones cuando pensaba que al quedarnos solos Guillermo y yo, podríamos disfrutar ampliamente nuestra felicidad como pareja. Habiendo cumplido nuestro deber de padres, llegaría para nosotros la hora de recorrer el futuro cogidos de la mano, como lo hacíamos antes, con la misma ilusión que siempre nos acompañó...
Nuestro cariño no había variado, más aún, con la madurez, se había acentuado y unido a la convivencia serena de ambos, esto nos permitiría apoyarnos el uno en el otro.
Un día la vida dio un vuelco inesperado para los dos. Empezó nuestro declive que, aunque lentamente, nos fue separando sin sentirlo. Lentamente también, ese ser amado por mí se fue alejando y me fue dejando sumida en el desencanto y la impotencia de no poderlo evitar. La terrible enfermedad que se había incubado en él fue trasformando su inigualable personalidad, al extremo de desaparecer completamente.
No quiero entrar en más detalles que todos ustedes conocen y que los vivieron conmigo, pero el día que se nos fue para siempre, en mí sólo existió un profundo alivio por el descanso de su inmenso sufrir. Esto pasó el 25 de mayo de 1992, sólo dos años después de haber terminado de relatar esta historia como un legado para ustedes.
El tiempo es el único que nos trae paz y consuelo, pero olvido no. Y así vi pasar los días, adaptándome lentamente a mi soledad... me ayudó mucho mi fe en Dios y me refugié en ella para buscar la tranquilidad que requería.
Pero también con el pasar del tiempo sí que empecé a extrañarlo más cada día. Con decirles que los tres primeros años después de su muerte, diariamente soñaba con él, era como si tuviera doble vida, y en más de una ocasión al despertar tenía la sensación de que su abrazo era real y verdadero. Aún ahora que han pasado once años que se fue, lo sigo extrañando y tengo recuerdos muy vivos de sus ocurrencias, de su ternura y de sus ojos tristes cuando ya no podía volver atrás...
Ustedes, hijos, son mi apoyo y mi alegría. Y saben lo que yo también tuve que enfrentar para tratar de salir de la situación deprimente de estar en una silla de ruedas. Pero antes de esto tuve la satisfacción de realizar el viaje inolvidable a Tierra Santa, gracias a los esfuerzos y el interés por sacarme de esa situación que pude lograrlo gracias a ti, hijo mío, mi amado sacerdote.
Regresé renovada y pude a soportar el tiempo que tuve que esperar, hasta lograr que, al operarme, recuperara la salud. Después renací a la vida. Valoricé lo que me rodeaba como nunca lo había hecho antes, y desde entonces he tratado de no mirar atrás sino cuando es necesario para mejorar, nunca empeorar. Vivir y disfrutar el presente.
Es increíble como se repite la historia.
He contado que cuando pequeña mi vida transcurría entre la casa, el colegio y la Iglesia de la Merced, un tiempo que me fue invalorable por el cariño y la ternura de muchos seres queridos que me acompañaron en ese entonces. Con el pasar de los años, ellos también han tomado el camino sin regreso y uno a uno se nos han ido para siempre. Padres, abuelos, tíos, amigos, y muchos más que en algún momento compartieron mi vida. Y hoy he quedado como la mayor de nuestro tronco directo familiar. Pero ahora mi descendencia es mayor que la familia que conocí. Hijos nietos y biznietos conforman mi inmensa e invalorable familia que me colman de felicidad y de alegría. Hay varios pequeñitos que son mis “remolinos” cuando me viene a visitar. Y como lo decía antes, si bien es cierto que mi infancia transcurrió muy cerca de la iglesia, desde hace varios años atrás estoy viviendo en compañía de mi hijo César en las casas parroquiales de la Virgen de Guadalupe, primero, y ahora en la de la Virgen del Carmen, en San Miguel. Además, algo que no se concretó en mi juventud se ha cristalizado en mi vejez: he realizado varios viajes que me han permitido gozar de un sueño que me acompañó toda la vida. Conocer otros mundos es invalorable y mirar a través de la ventanilla a de un avión la maravilla indescriptible de las alturas es cuando se puede afirmar la existencia de Dios, que para mí tiene un valor incalculable.
Mi vida ahora es apacible. Estoy rodeada de cariño, tanto por los míos cuanto por las personas de esta comunidad. No tengo obligaciones que cumplir. Puedo planificar mis días, salgo, visito a las personas que quiero. He llegado a comunicarme por el Internet, me siento más joven de lo que soy y aprecio cada día dándole gracias a Dios cuando me permite recibir cada amanecer. Pero por lo tanto que él me ha dado y me da, quiero devolver en algo a su infinita misericordia, mi trabajo parroquial por extender su reino y ayudar a las personas que necesiten de mí en lo poco o mucho que pueda hacer por ellas.
A pesar de los años, sigo añorando la presencia de mi viejo. Lo extraño y lo recuerdo con la dulce sensación que me permitió gozar de su persona y haber vivido con él y para él, agradeciéndole desde el fondo de mi alma los hijos que me ha dejado como el más valioso apoyo, como compañía y alegría en mi existir.
Quiero terminar este relato agradeciéndole a Dios que me permite vivir mis 81 años con salud y bienestar, y la seguridad de saber que podré alcanzar algún día, cercano o aún lejano, la paz que hoy me inunda el corazón y que la pueda seguir disfrutando con la presencia eterna de Dios…
Los amo,
Cucha
Febrero 22 del 2004
¿Mi primer recuerdo? -No sé que tiempo tendría de nacida- era muy pequeña y me tenía en sus brazos la tía Raquel, una de las hermanas de papá. También se encontraba a nuestro lado la tía Esther, su hermana, a la que vi agacharse para recoger mi chupón que se me había caído al suelo.
Luego, más adelante -como entre brumas– me veo rodeada por muchas personas. Hay un fondo claro atrás y luego una luz muy fuerte que me asusta y me hace llorar. Mi tía Raquel me calmó, no sé cómo, pero lograron tomarme la foto del recuerdo al cumplir mi primer año de vida.
Nací el 16 de enero de 1923, a las10:30p.m. de una calurosa noche de verano. Me enteré, años después, que mi nacimiento le costó mucho sufrimiento a mamá. Fui la hija primogénita de mis padres Lisandro de la Puente Cárdenas y Sara Raygada Peñafiel.
Me rodeó lo mejor que puede aspirar una niña al nacer: Me acompañaron muchos seres amados de mi numerosa familia y recibí amor y ternura sin límites. Con alegría e ilusión confeccionaron y bordaron para mí, cálidas y hábiles manos, el ajuar que luego usé, con el arte que las caracterizaba.
En la limeñísima calle La Condesa Nº 166 –hoy jirón Virú– de Abajo el Puente, está situada la vieja casona donde abrí los ojos por primera vez y en la que transcurrieron los seis primero años de mi niñez. Me bautizaron el 19 de marzo del mismo año, siendo mis padrinos mi abuela materna María Peñafiel de Raygada y Enrique Casterot Arroyo, un íntimo amigo de la familia. La ceremonia se realizó en la Iglesia de San Lázaro del mismo lugar.
¿Qué signifiqué para cada uno de los miembros de la familia que esperó que yo naciera? Me refiero a mis padres, abuelos y tíos. Para mis padres, debí ser el fuerte lazo que los uniría aún más en su vida matrimonial, pero en verdad no sé si fue así. Hubo causas que determinaron que, como todo matrimonio joven que necesita adecuarse a la vida en común, debieron empezar en la intimidad de su hogar.
Pero para ellos eso no ocurrió por la circunstancia de tener que convivir con la familia paterna. Por la falta del padre, papá tenía que sostener a su mamá y a sus hermanas, por eso al casarse con mamá tuvo que quedarse a vivir junto a la familia. Esto lo fui comprendiendo conforme pasaron los años y pude asomarme a ese pasado, imaginando quizá lo que pudo haber acontecido en ese entonces.
Mi abuela paterna María Cárdenas de de la Puente fue mi “Mamita adorable” , que al nacer en su casa, le traje el rayito de luz que alumbró su noche y su amargura. Había sufrido mucho al perder a mi abuelo en forma repentina e inesperada, quedando desconsoladamente sola con siete pequeños hijos, de los que mi padre fue el último, contando muy pocos años. El mayor, Oswaldo, sólo tenía 15 años de edad y tuvo que hacerse cargo de su familia, ocupando el puesto vacío que dejó el padre...
Mi abuelita tuvo una hermana, la tía Leonor “Zita”, de quien no supe nada de su pasado, sólo, que vivió sentimentalmente sola. Desde pequeña vivió al lado de su hermana María, dejando con ella el terruño de Tarma para acompañarla junto con su familia, cuando el abuelo por, ser militar y Secretario particular de don Andrés A. Cáceres, se vi obligado a regresar a Lima por imponérselo el deber. La tía “Zita”, siempre al lado de su inseparable hermana, fue el soporte que la sostuvo en los aciagos momentos de su vida. En una carta del abuelo refiriéndose a ella, le dice más o menos, con todo su reconocimiento y cariño: “Ñatita, nunca dejaré de reconocer lo que tú has significado para nosotros. Gracias hermanita querida...”.
Fue la tía abuela a quien quisimos entrañablemente; su cariño escondido y callado nos acompañó siempre sin que nos diéramos cuenta de ello. Desde el momento en que empezamos a nacer comenzó para ella un renacer a la vida. Con nuestros juegos y alegrías iluminamos su existencia gris y monótona.
Las hermanas de papá, las tías dulcemente amorosas a las que les debo en gran parte lo que soy, las veo rodeando mi cuna, contemplándome muy pequeña, al alcance de sus manos, estrechándome junto a sus corazones.
Cuando fuimos naciendo mis hermanos y yo, cambió para ellas su triste existencia. Renació en ellas el amor maternal, ese amor guardado por largos años, desconocido y anhelado. Y es así como empezaron a depositar en nosotros sus nuevas esperanzas, viviendo solo para dedicarnos su ternura y su amor. Fuimos para ellas la razón de su existencia, dejando atrás la tristeza, el dolor y el desencanto.
No comprendo por qué no llegaron a alcanzar la felicidad. Fue muy poco lo que pude saber. No quise afligirlas con mis preguntas, pero para mi y mis hermanos fueron las tías que cual ángeles protectores, se fueron brindando a cada uno de nosotros, para ofrecernos, su sapiencia y sus cuidados.
Las conocí profundamente a cada una de ellas en su distinta personalidad. Finas, cultísimas, inteligentes, femeninas, tiernas y mujeres de hogar. No conocieron la grandeza del don de la maternidad, al que toda mujer aspira, pero que desgraciadamente con ellas no fue así. La vida las privó de acunar en sus brazos a los hijos que soñaron y anhelaron. Por eso se refugiaron en el amor de los sobrinos cuando uno a uno llegamos a su lado, acompañándolas en su soledad y su desesperanza...
Empiezo a recordar con más nitidez el entorno que me rodeó en ese entonces. Me parece ver el dormitorio de mis padres, en el que se encontraba mi cuna y una hermosa cama dorada en el centro. La ventana de reja que daba hacia la calle y la puerta que comunicaba con una salita de estar. (Lugar de mi primer recuerdo.)
1924
Nació mi hermano Lisandro el 23 de septiembre. De él no puedo contar nada cuando estuvo recién nacido. De papá y mamá, menos, pero me parece verme muy pequeña al lado de mamá en ese rincón del pasado… tiempo después…
1926
Este año me permite recordar algo más. Ya veo a mi hermosa mamá, acunando a mi hermano Raúl quien nació el 24 de junio. Aun no se me presenta la figura de papá. Supe después que en ese tiempo la vida era muy austera y se acostumbraba que la mujer permaneciera en casa que para eso se les formaba desde pequeña y el esposo entre el trabajo y otras obligaciones permanecía casi todo el día en la calle. Por otro lado, si no los veo juntos en mis recuerdos, es posible que esto fuera así, por la absurda costumbre adoptada en las familias de creer que era falta de respeto el demostrar a los demás las muestras de cariño entre los esposos... era mal visto... menos aún delante de extraños.
No llegaba a comprender por qué no era la engreída de mis padres. Si ellos esperaban un varón como primogénito, no tuve la culpa de nacer mujer y romper los esquemas establecidas. Me apena mucho el no recordar una caricia de papá. Sé que era muy bueno, pero vivía muy alejado de mí.... Después, con el tiempo, una de mis tías me contó que siempre procuraba que no me faltara nada, pero... me faltó su persona... Aún así, llegué a quererlo mucho, a respetarlo y admirarlo. Sobre todo después que me enteré del motivo de llevarnos a vivir a Miraflores. También lo hizo por mí. Desgraciadamente me enteré muy tarde y mi padre ya no estaba con nosotros, viéndome así privada de demostrarle mi gratitud...
A pesar de lo negativo de mi vida que les he relatado, fui una niña feliz. Esa falta de cariño me lo entregó mi tía María Mercedes, a la que le decía mi “Ñaña”. Ella era la hermana mayor de papá y su amor hacia mí fue inmenso y definitivo. Este cariño que me profesaba la convirtió en mi “todo”, en mi mundo. Y yo, su pequeña inseparable, llegué para llenarle con mi amor su vida solitaria... Nos identificamos tanto que no necesitaba hablarle para que entendiera lo que le quería pedir. Llegué a sentir por ella un amor tan intenso que sólo me bastaba tenerla a mi lado para sentirme completamente dichosa. Pasaron los años y luego de su partida definitiva la extrañe tanto, que me hacía falta el latir de su corazón, su generoso corazón sobre el cual tantas veces me apoyé para recibir de ella un aliento o un consuelo...
Más adelante, conforme pasaba el tiempo, llegué a conocer el amor de mi “Mamita” y el de mis tías Rebeca, Raquel, Esther y Susana, que en mis recuerdos las veo reflejándose nítidamente cada una de ellas. Esa casa, sacudida muchas veces por el dolor, la muerte y la desesperación, poco a poco fue despertando a la vida, al embrujo encantador de nuestras risas infantiles, como un bálsamo que curó sus heridos corazones, llevándolos a un renacer de alegrías casi olvidadas por ellas.
Antes de cumplir mis tres años me atacó una fuerte infección renal, completamente desconocida en ese tiempo. Me puse muy mal, causándoles honda preocupación a mi familia. Al frente de nuestra casa vivía la familia Malatesta, muy amiga de la mía y en ese entonces el hermano menor, Alberto, que había terminado su carrera de Medicina, acudió a mi lado y se hizo cargo de mi tratamiento. A pesar de estar recientemente graduado, luchó con denuedo investigando la causa de mi mal, logrando después de muchos esfuerzos, controlarlo completamente. Por esta dolencia quedé muy débil y el doctor recomendó, para ayudar a mi recuperación, que me llevaran a vivir por un tiempo cerca al mar. Por lo que mamá, mi tía Susana, Lisandro y yo, nos fuimos a vivir a Barranco.
La casa que ocupamos estaba en el malecón y sólo recuerdo de ella la reja de madera oscura y una gran enredadera. Más adelante, los paseos diarios por el parque. También cuando nos dirigíamos al paradero del tranvía para esperar a mi Mamita, que llegaba diariamente, cargando frutas y dulces para nosotros. En los brazos llevaba a mi muñeco de celuloide que quería entrañablemente, y que no lo soltaba ni para dormir. Mi inolvidable “Chalaco”.
Después de unos meses regresamos a la casona de Abajo el Puente, la que nos esperó acogedora como siempre. Sus ambientes interiores en los cuales pasé mis primeros años los veo también claramente, pudiendo señalarnos y recorrerlos con el recuerdo como si aún estuviera viviendo en ellos. Años más tarde, por causa desconocida para mí en ese entonces, la amistad que unía a la familia Samamé con la mía se acabó. A pesar del tiempo, a ese médico maravilloso que me salvó la vida, le he guardado eterna gratitud.
Recorriendo mi casona bajopontina, está primero el gran portón de madrea que daba a la calle, el cual casi no se abría. Para el diario trajín se utilizaba una puerta más pequeña, o postigo, como se le llamaba. Cruzándola, se encontraba el patio de entrada, techado hasta la mitad con su camino de losetas blancas. Se llegaba luego a un porche con barandas de madera. La puerta de la sala, ubicada al centro, tenía vidrios cuadrados de color azul y blanco.
Al abrir la puerta se ingresaba al bello salón el cual era muy amplio y luminoso, luciendo bellos muebles de negro ébano forrados en brocado color oro. En sus paredes, además de varios cuadros colgaban, uno frente al otro, dos bellísimos espejos biselados. Al centro, una primorosa mesita con algunos adornos muy antiguos.
Hacia el lado derecho se encontraba el maravilloso piano de concierto también de ébano de mi tía Raquel. Siendo ella concertista graduada, tocaba y cuidaba a ese piano como a la niña de sus ojos. De color negro, ofrecía un brillo de majestuosidad, como sintiéndose orgulloso de “su fina estampa”. Compañero fiel de mi tía Raquel, cuando ella posaba sus pequeñas manos en el blanco teclado, esas manos volaban sobre él con maestría asombrosa, pareciéndose a blancas palomas, batiendo sus alas... Además su sonoridad bella y profunda de la que percibo su maravilloso encanto... me parece aún escucharla como en aquellos momentos tan lejanos del pasado.
A pesar de mi corta edad, me encantaba estar al lado de mi tía cuando tocaba sus piezas preferidas. Sentía algo desconocido y grato dentro de mí. Debido a mi precoz sensibilidad musical, es posible que esa precocidad me haya permitido que, a través del tiempo, sienta vibrar mi corazón cuando escucho la maravillosa magia de la música clásica, que desde ese ayer me sedujo para siempre.
Aún más para mi provecho, en la sala se encontraba una variada y valiosa discoteca de los mejores autores del mundo. Viviendo en ese ambiente puedo recordar los conciertos de piano, violín y canto que con frecuencia se organizaban en el salón de la casa, ofrecidos por mis tías y su grupo de amigos que más tarde fueron artistas de renombre.
Siguiendo el hilo de mi relato, recuerdo que junto a mi dormitorio se encontraba una salita de estar con sus muebles oscuros, una sombrerera y el maravilloso mueble llamado “chinero”. Este bello mueble forrado en terciopelo azul estaba rodeado de lunas labradas y guardaba en su interior un sin número de figuras y dijes de fina loza Sevrés y bibelots franceses. También figuras de marfil y de finísimo cristal. Diariamente me paraba delante de esa obra de arte por la atracción que ejercía a mis ojos admirados de tantas maravillas. Me quedaba fascinada sin que el tiempo pasara para mí. No sé a quien se lo entregaron cuando cambiamos de casa... Muchos años después, tuve en mis manos las facturas de su venta y del magnífico piano de mi tía Raquel, el que hubiera sido el complemento perfecto en la nueva casa del balneario de Miraflores.
Después del salón, se ingresaba al bello y luminoso comedor, con muebles muy antiguos, sobre todo el “aparador” de tres cuerpos con bellezas en su interior. Veo claramente los finos cubiertos de plata y el “poronguito” de agua cristalina en el centro de la mesa en la que lucia tentador un frutero colmados de frutas de la estación. Luego el gran patio de adoquines y una hermosa enredadera al costado. Los dormitorios se encontraban al lado derecho de la casa.
Rememorando otros momentos del pasado y tratando de hilvanar los recuerdos con los seres queridos que tuve a mi lado, aparece la figura de mi tía Rebeca, fina y delicada, con sus ojos tristes y a llenos de amor. Tengo latente en mis oídos el tono cascadito y algo ronco de su voz. Esa voz suave y cargada de melancolía.
Para ella mi hermano Lisandro fue motivo de alegría y llenó el vacío de su corazón tan anhelante de amor. Como era peloncito le empezó a decir mi “Coquito” y Lisandro con ese sobrenombre se quedó. Los que la trataron en sus mejores momentos de brillante inteligencia, me contaron que su atractivo estaba en la gran personalidad que poseía. Lo injusto es que a ella también el desengaño truncó sus ideales y fantasías, hirió sus íntimos sentimientos al perder al único hombre a quien amo con locura, sumiéndola en una eterna y oscura soledad. La gocé muy poco pero aún la veo claramente sentada frente a mí, dándole de comer sus papillas a mi hermano menor. Enfermó gravemente y se fue a gozar de la paz de Dios, la que en el mundo no pudo conseguir. Falleció en el año 1927.
Día a día iba descubriendo muchas cosas nuevas, iba conociendo uno a uno a los seres queridos que no había visto antes. Mis tíos, mi abuela materna y otros más. Empecé a fijarme primero en los lindísimos ojos celeste grisáceos de mi “Mamita”, mi amada viejita. Ellos que reflejaban la honda tristeza que enlutaba su vida, me han acompañado toda la vida.... ¡Cuánto habrán llorado esos ojos!
Había perdido a su amado esposo, al que le había consagrado su vida, en forma inesperada y este dolor la sacudió despiadadamente. Como habrá sido para ella tan terrible sufrimiento. Cuantas privaciones habrá tenido que soportar teniendo que luchar para mantener y cuidar a sus pequeños hijos, siendo el menor mi padre de sólo 6 años.
Antes había soportados largas separaciones de mi abuelo Lisandro al que amaba con toda su alma. Ostentaba él el grado militar de Coronel, además de ser el secretario particular de Don Andrés Avelino Cáceres, con el que lucho durante toda la “Campaña de la Breña”.
La única ayuda que la sostenía y que aliviaba su dura realidad la encontró en el hijo mayor, Oswaldo, de tan solo 15 años, el que pasó a ocupar él puesto vacante que dejó su padre al fallecer. Sola y con sus hijos pequeños, recibió el amparo y la compañía invalorables de su hermana, la tía Leonor.
Después de algunos años, también se le fue este hijo amado en forma repentina, debido a un ataque cerebral cuando regresaba a la casa en un tranvía. Con el amor que acostumbraba desdoblarle el cubre cama antes de que él se acostara, lo hizo también esa noche y el hijo esperado nunca volvió.
Pero a pesar de tantas pruebas, su fe en Dios no decayó. Fue estoica y valiente, nunca la escuché quejarse de la dureza de su vida y, más bien, se le oía muy quedamente, nombrar a la Santísima Virgen como pidiéndole que viniera en su auxilio, esperando de ella fuerza y valor para seguir adelante. Fue por eso que al cabo de los años la vida le devolvió esperanzas y alegrías cuando, al ir naciendo sus nietos, con nuestras risas y travesuras le dimos otro motivo para vivir. Fuimos el consuelo en su tristeza y el apoyo amoroso de su vejez.
Lo que hubiera completado la felicidad de mi niñez hubiera sido el conocer a mis abuelos. Ambos partieron antes que yo naciera. ¡Cómo no llegué a gozarlos! Al abuelo Lisandro lo fui conociendo poco apoco cuando tuve en mis manos, años atrás, los objetos personales que me permitieron ingresar a su mundo, retrocediendo en su pasado. Lo he admirado leyendo sus cartas y versos maravillosos, llenos de un lirismo asombroso, de amor y ternura incomparables, tanto las que le enviaba a mi abuelita como una, tiernamente escrita, enviada a sus hijos, en respuesta de la que recibió de ellos.
Estas cartas me reflejaron la grandeza de su alma, sus profundos sentimientos, recuerdos cargados de infinita tristeza y añoranza. Leyéndolas una a una me llegó a doler tanto el corazón, que no pude evitar que las lagrimas acudieran a mis ojos.
Me parecía verlo sentado, con la cabeza inclinada sobre una hoja de papel, empapando más de una vez con su llanto, las palabras escritas en él. Eran trozos del corazón que trataba de hacerlos llegar a sus seres queridos, a los que tanto amó.
Se trasluce con transparente nitidez que fue adorable, espiritual, hogareño y sobre todo un tierno amante de su esposa y padre ejemplar de sus hijos. En los retratos que guardo con amor, se le ve muy buen mozo y con una chispa de travesura en su sonrisa. Además fue escritor, poeta, dibujante y guerrero. Pero, sobre todo, su mundo interior lo guardó sólo para su familia.
A través de sus cartas me veo identificada con mi abuelo, queriéndolo profundamente a pesar de no haberlo conocido. Me gusta el canto y la música como me dijeron que a él también le gustaba. Soy amante de la literatura y me gusta escribir. Mi temperamento es romántico como fue el suyo. Yo también he sabido amar intensamente y he luchado desesperadamente cuando la vida me probó como a él con toda su despiadada crueldad. Y por último, a mí amado abuelo Lisandro y a mí, Dios nos entregó el tesoro valiosísimo que pudimos ambicionar: nuestra maravillosa e invalorable familia.
De mi abuelo Carlos, desgraciadamente, sé muy poco. No tuve la alegría de conocerlo, no guardo ninguna vivencia de su persona. Lo poco que he sabido de su vida es por relatos de mamá y luego más tarde por mi abuela María. Por lo que supe de él, tenía un fuerte carácter ocasionado por una dolencia crónica que lo martirizó y le amargó la vida. Además en su eterno viajar, fue nombrado muchas veces como Capitán de Puerto acompañado por su familia y se vio en la necesidad de vivir en lugares muy primitivos y desolados. Posiblemente eso apuró su muerte siendo aún un hombre joven, mucho antes que yo naciera.
1926
En este año nació mi hermano Raúl, el día 24 de junio. Fue un niño robusto y sano y como sucedió con Lisandro y conmigo, al igual que las veces anteriores, una de mis tías, Susana, fue la que volcó en él toda su ternura, queriéndolo entrañablemente con un amor maternal que no disminuyó en ningún momento de su vida. Lo engreía tanto que mostraba su paciencia parchándole el chupón desgastado y roto, para evitar que le diera una pataleta cada vez que se le obligaba a aceptar uno nuevo, terminado siempre en tragedia familiar.
A mi hermano lo engrieron demasiado y el resultado fue que no supo valorar el amor desinteresado y profundo que le brindaba sin condiciones la tía Susana. Pero luego, muchos años después, casi una vida, el tiempo le dio la oportunidad de ratificar su equivocado proceder y ese amor que le profesaba mi tía recibió su compensación cuando, por razones de salud, necesitó del cariño y los cuidados que mi hermano le supo brindar, permaneciendo atento y a su lado en los momentos más dolorosos de su postrera enfermedad...
Apartándome momentáneamente de los recuerdos amados familiares, paso a contar lo que me rodeó, el entorno de ese tiempo que me tocó conocer y vivir.
Años antes, el día del bautizo de Raúl, se realizó en casa la primera fiesta que me despertó de mi sueño. Este fue interrumpido por la música y la bulla de las personas que se encontraban en el salón. Desperté a Lisandro y ambos nos subimos a un banquito nuestro, tratando de ver lo que sucedía a través de los visillos de la puerta de la salita de estar que daba al gran salón.
Nos pusimos a mirar la fiesta con curiosidad, pero no nos duró mucho la diversión, por que nuestras risas provocaron mucha bulla al ver cómo bailaban el nuevo ritmo llamado “One Step”. Nos descubrieron y... volvimos a la cama.
En esa fiesta se estrenaba este nuevo ritmo musical de origen norteamericano que al bailarlo, las parejas lo hacían en fila india hasta llegar a la pared de enfrente y daban la vuelta sin despegar los pies del suelo. Este roce contra el suelo de decenas de zapatos, producía el famoso Shi, Shi, Shi, original ruido que fue el causante de nuestro jolgorio.
La música que se escuchaba en aquellas ocasiones provenía de discos grabados, los cuales se colocaban en las “vitrolas”, dichosos aparatos cuadrados de madera que funcionaban por un sistema de cuerdas. Estas vitrolas tenían a un lado una gran corneta por la que salía el sonido y cuando la persona encargada de poner los discos se olvidaba de dar la cuerda al curioso aparato, la música se iba escuchando desafinada, languidecente y al final, las parejas terminaban bailando en cámara lenta. También se estrenó el Fox-trot, un ritmo más animado, también de origen norteamericano.
Luego apareció el Charleston francés, que pronto se hizo famoso por sus pasos y figuras originales. Las damas que usaban unos largos collares de dos vueltas al cuello, al bailar siguiendo el ritmo, los agitaban al compás de la música.
Entre los años 20 al 30 las limeñas comenzaron a vestir la moda europea, sobre todo la francesa, notándose más esta línea, en el peinado. Las damas cifraban su orgullo en lucir hermosas trenzas acomodadas también en forma de moño en la parte de la nuca, pero, por el nuevo estilo llamado “a lo Garzón” que se trataba de usar el cabello muy corto sobre todo en la parte de atrás, muchas cabelleras terminaron en las santas cabezas de muchas vírgenes de los altares de las iglesias de Lima.
Además, el estilo de los “elegantes” vestidos, fue el uso del talle largo y la falda muy corta o con el filo cortado en varios niveles de puntas. Casualmente en la foto de mi bautizo, mi mamá está luciendo uno de estos últimos modelos, completando su atuendo con zapatos y medias de color champagne o blancas.
Para adornarse en algo la cara, se dejaban unas patillitas largas a los costados y un mechoncillo sobre la frente, los cuales eran encrespados para darles la forma de unos pequeños resortes llamados “roba corazones”. Estos pequeños rizos servían para darles mejor apariencia a las damas, cuando se encasquetaban unos sombreros hasta las cejas que no me explico cómo les podía gustar, siendo nada hermosos y en algunos casos, horribles. Los he conocido bien al mirar las fotos antiguas de las damas de la familia.
Mi tía Susana fue una de las pocas que no aceptó cortarse su bella cabellera que, cuando se la soltaba, le llegaba hasta las corvas. Era bellísima y su pelo de color oscuro reluciente.
Los caballeros usaban pantalones apretados, sacos cortos, chalecos, escarpines en los pies, plomos o amarillos y los zapatos en verano de color blanco con negro. ¡Por Dios! Usaban tongos redondos con una pequeña alita en el invierno y para el verano existían las famosas “saritas”, sombreros tejidos de paja dura, también de ala corta, amén de los “claps”, de felpa que se aplastaban y terminaban como unos discos planos.
A las niñas nos ponían unos tremendos sombreros de paja, los cuales, en la delantera, estando ésta algo inclinada hacia atrás, se encontraba colmada de un almacigo de diversas flores, llamadas “pastoras” y para completar la elegancia, unas cintas nos colgaban por la espalda. No podíamos ni ir a la esquina sin usar semejantes mamarrachos.
Para asistir a los templos las mujeres estábamos obligadas a tener la cabeza cubierta. Las mayores usaban hermosas mantillas cuadradas o en punta de encaje valenciano. De verdad eran muy bellas. A las niñas nos colocaban velos blancos con filos bordados. Estos dichosos velos nos envolvían la cabeza y a los costados remataban en una especie de moñas, las cuales se sujetaban con un sinfín de horquillas.
Hasta ahora recuerdo el haberme sentado inmóvil en las bancas para evitar que estas se movieran y me hincaran la cabeza. Pero, pensándolo bien, las personas que nos arreglaban debían tener una “santa paciencia”.
Siguió pasando el tiempo y fui creciendo al lado de mi Ñaña. Mi vida fue transcurriendo en nuevos horizontes. A pesar de que mi tía María Mercedes había sufrido una injusta decepción en su juventud, fue una mujer de mucho carácter. No conocía el rencor ni el resentimiento, era sumamente generosa sin importarle a quien le extendía la mano. Trataba a sus semejantes con dulzura y desinterés, virtudes que me inculcó desde muy niña haciéndome ver que todos éramos iguales ya que estábamos creados a imagen y semejanza de Dios, por lo que merecíamos amor y respeto, cualquiera fuera nuestra condición social. Muchas veces el amanecer la encontró al lado de un enfermo que necesitó de su ayuda incondicional.
Muy devota de la Virgen de las Mercedes, fue su camarera por largos años y, junto a ella, comencé a conocer la verdadera fe cristiana, por lo que desde muy pequeña aprendí a amar a Dios sobre todas las cosas. No aceptaba quedarme sin acompañarla diariamente a la iglesia de la Merced, donde era la mimada de las damas amigas de mi tía y de las señoras que formaban los diferentes grupos religiosos. Fui creciendo a su lado hasta que la vida me lo permitió.
Mi Ñaña era querida y admirada por todo el que la conocía, sobre todo por las cualidades profundamente cristianas que la adornaban. Muchos creían que yo era su hija por el parecido de ambas, de lo que sentía feliz y orgullosa. Mis pequeños pasos recorrieron con ella todos los rincones de Lima y de esta manera fue que conocí a connotadas familias de la capital y personas de la más alta sociedad, muchas de ellas sus compañeras de estudios. También tuve la oportunidad de ir frecuentando a nuevos familiares y a muchas personas con las que tenía una profunda amistad.
Por ese tiempo, el templo de Nuestra Señora de las Mercedes era majestuoso, sus altares bellísimos, ricamente adornados con oro y plata y al lado de hermosos arreglos florales que hacían de este conjunto una verdadera joya de arte. Mis ojos la conocieron así, y me quedé prendada mirando absorta las lámparas relucientes de finos prismas de cristal. Para mí era enorme y no me cansaba de ir descubriendo todos sus rincones.
Nació en mí un verdadero cariño por ese templo, del cual recuerdo con gratitud los gratos momentos que viví en él. En las grandes celebraciones, confundida entre las señoras de La Tercera Orden Mercedaria que rodeaban la mesa de la entrada, gocé del esplendor de las misas de fiesta, sobre todo la de la Santísima Patrona de las Fuerzas Armadas, el día 24 de septiembre. Nunca las olvidaré.
También aún resuena en mis oídos el melodioso dúo de las voces de los reverendos padres Melecio Santos y Armando Bonifaz, como el mejor corolario en homenaje a nuestra Madre Celestial. Ambos se colocaban al costado del altar mayor y no hubieran necesitado de ayuda por la potencia de su canto.
No necesité mucho tiempo para llegar a ser la pequeña mimada de las amigas de mi Ñaña, recordándolas con mucho cariño, sobre todo a la señorita Mercedes Paz Soldán, su más íntima amiga. Esta dama, también compañera del colegio, pertenecía a una de las mejore familias de Lima. Sin embargo era dulce y sencilla, me acariciaba con mucha ternura, de suaves modales y muy caritativa. Se expresaba en voz muy bajita, dulce y expresiva cuando se dirigía a mí.
Tenía una mansión inmensa en pleno centro de Lima, en la calle Boza, a la que al entrar a ella diariamente con mi tía, me sentía perdida entre las maravillas que adornaban el salón principal. La alfombra roja y extensa cubría mis pies. Enormes espejos colgaban de sus paredes con marcos dorados junto a finos cuadros al óleo, jarrones de porcelana más altos que yo… en fin, todo lo más bello que uno puede imaginar. No pasaba mucho tiempo sin que me ofreciera bombones y masitas deliciosas de los que disfrutaba plenamente, siempre acompañados por frescos y deliciosos jugos de frutas.
Otras familias en las que siempre encontré cariño fueron las Forero y Clavero, de las damas María Ramírez y Manuela Torres Balcázar, que formaron para mí un grupo acogedor e inolvidable que merece evocarlo con nostálgica ternura. Yo también llegué a ser para ellas la pequeña mimada, por ser damas solteras.
Las “tertulias limeñas”, amenas reuniones que empezaban al atardecer en la clásica “hora del té”, reunían a las familias acompañadas de amigos íntimos y compadres, intercambiándose entre ellos diálogos amenos, en los cuales se cambiaban opiniones o se comentaban los últimos acontecimientos de la ciudad. Además eran amenizadas por el melodioso toque del piano de alguna de las hijas, las que también ofrecían bellos poemas o canciones seleccionadas.
Como siempre me llevaban a estas reuniones, a pesar de mi edad, me gustaba escuchar los relatos de los mayores de los que se me iban quedando poco a poco los pasajes de las costumbres o las historias de la familia. Debido a este don que Dios me ha dado, captaba con facilidad todo lo que oía y desde ahí nació mi curiosidad por saber como fueron mis ancestros familiares.
Estas sanas costumbres hogareñas fueron desapareciendo poco a poco con la llegada del primer cinema o de 1os primero receptores de la radio, perdiéndose en el tiempo como muchas otras tradicionales costumbres en la vida de nuestra vieja ciudad.
En esta historia personal tengo que ir y venir hurgando en mi pasado para poder relatar con más claridad como se fue desenvolviendo mi vida en el ámbito familiar, por lo que me veo obligada a relatarla en esta forma.
Aparecen ante mis ojos los queridos rostros de los tíos Cárdenas, familiares de mi Mamita. ¡Cómo no recordarlos cuando ellos significaron tanto en mi vida! Samuel Cárdenas Iglesias fue el último hermano de mi abuela Maria y con su esposa la tía Ernestina Rondón de Cárdenas, vivían muy cerca de nosotros en la calle Matamoros, al costado de la Iglesia de San Lázaro. Por la cercanía de nuestros hogares, continuamente nos frecuentábamos, compartiendo nuestros juegos con sus hijos Samuel y Enrique.
Estos “tíos”, que fueron hijos del hermano de mi abuelita, no los considerábamos como tales, por ser los cinco casi de la misma edad (mis hermanos Lisandro y Raúl, ellos y yo), llegando a querernos como primos inseparables. Por encontrarse la tía Ernestina delicada de salud después de sus partos, nuestra madre se dio el gusto de amamantarnos a todos, motivo que nos convirtió en “hermanos de leche”, y así como hermanos crecimos juntos.
Muy cerca de ellos vivía Laura Rondón Vda. de Marsano, hermana de la tía Ernestina, acompañada de sus hijos Luis, Pedro y Carmen, con los que también formamos este grupo familiar. Unidos con entrañable cariño fraternal, ellos también fueron para nosotros, junto a la familia del tío Samuel, una sola razón de nuestro existir.
La amistad que creció día a día nos ha permitido que nunca fuera desvalorizada a través de los años, más bien cada día se acrecentó más. Los mutuos recuerdos que tenemos de momentos maravillosos nos acompañarán siempre a través del tiempo y la distancia eterna...
Me parece ver ese rincón bajopontino, en el que en la calle Matamoros, existía el cuartel del mismo nombre en el que se albergaba a los efectivos de la escolta del Palacio de Gobierno. Todos los días al primer retumbar del bombo de la banda de músicos del cuartel, todos los chicos corríamos a la esquina para verlos desfilar marcialmente con gallardía luciendo vistosos uniformes.
De ese grupo de chicos del barrio, entre los cuales existía una gran amistad, recuerdo con cariño a tres de mis mejores amigos: Blanquita Tapia y su prima Dora García, sobrinas de la familia Malatesta, amiga de mi familia, y a mi inolvidable amigo “Coco” simplemente así, porque fue el amiguito inseparable de todos mis juegos. Vivía en la misma cuadra pero nunca supe su nombre. No nos hacia falta.
Por esos años, se presentó el Fenómeno del Niño y el río Rímac creció en forma alarmante. Sobrepasó los muros del Malecón Leguía, al lado del puente de piedra, el que contaba con juegos mecánicos para los niños. Las familias frecuentaban este lugar para que los pequeños nos divirtiéramos sanamente.
Esa noche el agua llegó casi al filo del muro donde estábamos parados los chicos en brazos de los mayores y envueltos con frazadas, junto a numerosos vecinos que habían sido advertidos por el toque de las campanas de los templos. Nunca he podido olvidar esa noche por el terror que sentí al ver tan cerca el furor del río que traía sus aguas oscuras por el fango. Felizmente todo no fue sino un soberanos susto.
No sé por qué, con un criterio equivocado, se acostumbraba asustar a los chicos con cosas absurdas. Si nos portábamos mal, nos decían que íbamos a ir al cuarto oscuro donde estaba el “cuco”, personaje que nunca supimos de qué e se trataba. Además para evitar la vanidad en las niñas nos aconsejaban que no nos miráramos mucho en el espejo porque veríamos al diablo y a “la mano peluda”. El resultado de estos sustos fue el temor que empezamos a sentir y conocer lo que era contraproducente para nuestras mentes infantiles. Desde ahí me volví muy medroza, tímida y dependiente, siendo estos problemas los que me ocasionaron muchos sinsabores tiempo después.
En estos primeros años de vida yo era tranquila, de carácter alegre, obediente y respetuosa, por lo que no fue difícil orientarme y formar mi personalidad. Siempre sentí un cariño muy especial por los mayores y me sentí feliz cuando me quería todo el que me conocía. No tuve apego al dinero ni a los lujos, ni tomé en cuenta las maravillas que me rodeaban, menos aún, el usar ropa fina en cada salida. Tenía gran cantidad de juguetes y bellas muñecas, a la vez que saboreaba dulces y golosinas, sobre todo sabrosos chocolates que consumía como el pan de cada día.
Los “nacimientos” se armaban al llegar la Navidad. En una esquina de la sala de estar de la casa se admiraba un hermoso pesebre, en el cual las figuras de la Sagrada Familia con los reyes y los dos animales, vaca y burrito, eran de mármol blanco. Se adornaban con profusión de carneritos, pastores y un sinfín de atractivos adornos. Delante del Niño Dios se colocaban unos diminutos candelabros con sus respectivas velitas las que se prendían diariamente durante la adoración de Jesús recién nacido. También se usaba colocar macetitas sembradas de trigos y lentejitas cuyo verdor aumentaban el encanto que veían nuestros ojos. Entonábamos bellos villancicos enseñados previamente, acompañados por toda la familia, la que seguía el compás con cascabeles o panderetas.
En medio de nuestra inocencia creíamos que el Niño era el portador de los regalos que nos llegaban luego de recibir nuestras cartitas, para lo cual, poníamos nuestros zapatos en la puerta del dormitorio en la noche del 24 de diciembre. Es verdad que esa ilusión iluminaba nuestra niñez, transparente y diáfana, orlando nuestra infancia de bellos sentimientos.
El día 6 de enero se recordaba la llegada de los Reyes Magos, y era también una costumbre limeña organizar para ese día fiestas familiares a las cuales asistían compadres y amigos. Era llamada esta reunión “La Baja de Reyes”, por lo que cada asistente iba sacando del cerro armado anteriormente, uno a uno los animalitos que ahí reposaban, dejando también sus ofrendas personales.
Pasando a otra cosa y esforzándome por recordar, poco a poco se me dibuja la persona de papá con más claridad, al llevarnos a Lisandro y a mí a la Plaza de Acho para asistir a las corridas de toros. Nos acompañaban su amigo el señor García, y el esposo de la tía Amalia, hermana de mamá, Don Nicolás Sal y Rosas.
Nunca me gustó ir a ese espectáculo, no me divertía y muy por el contrario rechazaba lo que veían mis ojos. ¡Cómo hacían sufrir a tan bellos animales! A los que después de darles la estocada final, eran arrastrados sobre la arena de la plaza. Además sentía un tremendo terror cada vez que el toro se acercaba a nuestro tendido, por hallarse éste muy cerca del suelo, escondiéndome para que el animal “no me viera”.
Pero en un día de espanto para mí, el toro le desgarró el vientre al caballo del picador y lo destripó. Bueno, nunca más quise regresar y de seguro al otro domingo debí tener la primera pataleta de mi vida por la cual papá desistió de llevarme una vez más.
Los domingos, las familias asistíamos al Parque de la Exposición, situado en el Paseo Colón. En él estaba instalado el gran zoológico de la ciudad. En este parque extenso y bello con grandes árboles y jardines multicolores, se encontraban colocadas las jaulas de los diversos animales existentes, aves bellísimas y gran cantidad de pajaritos y mariposas.
En el centro se encontraba la hermosa laguna donde nadaban los cisnes y diversos botecitos paseaban a los visitantes, sobre todo a los niños. El animal de más tamaño era el elefante”Pancho”, querido por todos por su mansedumbre y docilidad, solía acercarse al público pidiendo maní y golosinas, que recibía en su trompa.
Pero un día me llevé el susto de mi vida, al ser atraída a los barrotes de la jaula de los monos. Me había acercado para ofrecerles algo de comer y no me fijé en un monito que me cogió por el cuello de mi abrigo y me jaló. Casi me muero del susto, pero como buena golosa, este se me pasó cuando me compraron las famosas rosquitas de manteca, ensartadas en un cordoncito, que vendían en ese lugar, las cuales eran sabrosísimas y crocantes.
Estos bellos momentos que guardo de aquellos paseos dominicales fueron imborrables para mí. Al asistir cotidianamente a ellos, fui conociendo a la naturaleza y distinguiendo las diferentes variedades de animales y plantas. Además no sólo para nosotros sino para los demás niños, con los que nos divertíamos sanamente, pues corríamos sin descanso por los anchos espacios sin ningún peligro, nos hacía mucho bien, ya que el aire que respirábamos en es tiempo era puro y libre de miasmas dañinos.
Las fiestas del carnaval se celebraban con gran pompa y esplendor. Gobernaba el país don Augusto B.Leguía, el creador de la alegría y la ilusión de los tres días en los que nos divertíamos grandes y chicos. En ellos no se trabajaba y era por eso que todos salíamos a pasear por las calles completamente disfrazados. Se iniciaban el sábado por la tarde día del Rey Momo, con la entrada de “Ño Carnavalón” representado por un gran muñeco que iba invitando a la ciudad a celebrar estas fiestas.
El desfile empezaba encabezado por los miembros de la banda de la guardia republicana, vestidos también con coloridos disfraces y montando a caballo, que lanzaban sus estridentes toque de cornetas al compás de huaynos y marineras.. Luego seguía una variedad de “Gigantes y Cabezudos”, grotescas y graciosas figuras que llevaban en su interior a los que las transportaban, algunos trepados en zancos de madera, que era el delirio sobre todos de los pequeños. La gente que se trasladaba en los tranvías, también disfrazada, compartía el juego con los transeúntes con serpentinas y picapica de variados colores. Cada día se lucía un distinto y original disfraz.
El juego con agua dentro de las casas empezaba con un almuerzo al que habían sido invitados familiares y amigos. Terminando éste, se comenzaban a tirar pedacitos de fruta o los pequeños fondos de vino de las copas y luego se iniciaba la batalla campal, con agua, betún pinturas, etc. Al final, todas las niñas terminaban dentro de las tinas llenas de agua.
El último domingo se realizaba el “Corzo Carnavalesco”. Para este día ya se habían elegido las correspondientes reinas. Entre las señoritas de la sociedad de Lima se elegía a la Reina del Carnaval. Luego la Reina del Comercio y la Industria y la Del Trabajo. Además se presentaban las reinas de los distintos distritos de clubes de la ciudad. Este desfile colorido y bullicioso presentaba diversidad de vistosos carros alegóricos de firmas y empresas de renombre de Lima.
Ese día el público colmaba las calles o avenidas por donde iba a pasar el corzo, provistos de serpentinas y chisguetes de éter perfumado para el juego en las calles. Si éste último nos caía a los ojos, el ardor era insoportable. Generalmente asistíamos con mamá y las tías y otras veces nos invitaba nuestra bisabuela Victoria de Raygada a su casa situada en la Plaza Bolognesi. Instalados cómodamente en sus amplios balcones, gozábamos ampliamente del vistoso espectáculo.
Después bajábamos a participar del juego en el Paseo Colón y a la luz dorada del atardecer se mezclaba el colorido maravilloso de los disfraces y de las serpentinas que colgaban de balcones y cables de los postes de luz. En fin, ¡algo inolvidable!
Aprovechando el verano, visitábamos a una de las amigas de mi Ñaña, la señorita María Ramírez, a quien ya he mencionado antes. Su casa, era una mansión muy hermosa, situada también en el Paseo Colón, donde ella misma nos recibía con grandes muestras de afecto. Era muy amable, de finos modales, a la que servían dos fieles morenas, las cuales se esmeraban en atendernos con dulces y refrescos.
La casona ofrecía amplios ambientes, adornados por bellezas de fina losa, y macetones de helechos en los anchos pasillos. Nos sentíamos muy bien en su compañía por el cariño que nos demostraba. Años más tarde fue una lástima que tan bella dama tuviera un horroroso final. Aquejada de una grave dolencia que la obligaba a permanecer en cama, por un descuido, cayó sobre ella la velita encendida de su mesita de noche prendiéndose íntegramente. Sufrió quemaduras mortales. Fue muy sentida su desaparición en la sociedad de Lima.
Luego de pasar veinte días de las fiestas de carnaval, se acostumbraba celebrar “El Día de la Vieja” (ignoro su significado) mortificando a las señoras de edad cuando regresaban de la misa mañanera. Al pasar se les rascaba el suelo con una lata o algo que produjera bulla, por lo que varias veces tuvimos que correr para librarnos de los bastonazos. Por las noches se bailaba en clubes y casas luciendo nuevamente vistosos disfraces.
Tomando nuevamente el hilo de los recuerdos, reviven en mí las noches del verano bajopontino. Diariamente, por las tardes, nos llevaban a jugar a la Alameda de los Descalzos, cargando muñecas, pelotas o los aros de madera que hacíamos correr empujándolos con una larga varita de caña. Esta linda alameda con sus estatuas de fino mármol blanco, bancas espaciosas y bellas del mismo material, era el punto de reunión de grandes y chicos. Mientras los adultos reposaban y charlaban sentados en las bancas, nosotros gozábamos con los demás niños que llenaban la vereda central de la alameda.
Cando regresábamos a la casa, pasábamos por la tiendita de una señora que la atendía, siendo muy conocida por la excelencia de sus golosinas de las que disfrutábamos diariamente. Como siempre me gustaron los dulces, ya conocía también otras tiendas donde encontraba mis preferencias como la bodega del italiano de la esquina, por sus deliciosos chocolatitos en forma de peritas envueltos en platina, mi manjar preferido que los saboreaba como el pan de cada día.
Otro lugar que me atraía era la dulcería “La Genovesa”en la calle La Virreina, por sus inigualables helados y peziduris de siete sabores. Las famosas elenas preparadas con bizcochos cubiertos de dulce de claras de huevo y almíbar adornándolos con esta preparación y colocando sobre el biscocho diversas frutas de merengue coloreadas artísticamente. Pero los “churros” de la calle Palacio, eran los preferidos. Hasta hoy a pesar de los años transcurridos, sucumbo ante la tentación de una buena dosis de helados y de un “churro” de vez en cuando.
Cuando llegaba el invierno nos era muy familiar escuchar el pregón melodioso y nostálgico del moreno que, con su costalillo a la espalda y su farol en la mano, entonaba esta atractiva canción: “Revolución caliente/ música para los dientes/ azúcar clavo y canela/ para rechinar las muelas/ Por una calle me voy/ por la otra me doy la vuelta/ y el que me quiera comprar/ que me deje la puerta abierta/ Revolucióoooon/ caliennneteeeeeeeee” y a la voz de este cantar se abrían como un conjuro todas las puertas de las casas de la cuadra. Lo que ofrecía en su dulce carga eran unos biscochitos bien calientitos, de forma cuadrada, crocantes y deliciosos, con sabor a azúcar y canela.
Otros de estos pregones eran los del tamalero, con sus humitas de manjar blanco, el del turronero, quien portaba sobre su cabeza la tabla llena de exquisitos turrones y las inigualables melcochas a dos centavos la porción. Por último, recuerdo al chinito manicero ofreciendo los paquetitos de maníes tostados y calientitos.
El amanecer lo anunciaban los cientos de gallos de los numerosos corrales que nos circundaban, incluyendo el nuestro. Por la noche, mirando por la ventana del dormitorio que daba a la calle, veíamos pasar el ganado que conducían al camal para ser sacrificado. Otras veces nos despertábamos por el ruido de la carreta que con ruedas de madera, era jalada por mulas, y conduciendo diferente tipo de carga o mercadería.
En muchas ocasiones éramos sorprendidos por la clásica música de los organillos, desarreglada y repetitiva, y un monito trepado encima bailaba siguiendo el compás. Por una monedita nos sacaba el papelito de la suerte o del futuro donde nunca faltaba el consabido augurio de la verdadera felicidad o el viaje que como yo, y muchos más no hemos realizado hasta ahora.
Una noche se formó un verdadero barullo en la calle y la causa no era otra que el anuncio del estreno, para esa noche, del primer cine del barrio llamado “El Gomón”, donde empezaron a proyectar las primeras películas mudas. Se cortaban las escenas para incluir la leyenda y hacer conocer el diálogo entre los artistas de la obra. Hubo también funciones para niños y, si no me equivoco, la primera cinta que vi fue una obra de Charles Chaplin. Para acompañar la función, un pianista ejecutaba piezas bailables de la época.
Poco tiempo después se presentó otra novedad: se trataba del primer aparato de radio que llevó papá a la casa. Este tenía la forma de una caja negra grande y opaca de metal, tenía varias perillas y botones plateados brillantes, funcionaba a galena y se escuchaban sonidos metálicos y extraños en sus melodías, pero eran agradables.
Como los días amanecían ya claros y soleados, empezamos a ir a la playa para tomar baños de mar. Esto significaba una aventura, ya que para viajar sólo se podía utilizar el tren, que partía de la estación de Los Desamparados (nombre que según supe después se tomó del Hospital que hubo en ese lugar). Este era un enorme recinto en el cual era preciso bajar por larga escalera hasta el lugar de espera donde se encontraban bancas de madera utilizadas para los viajeros que esperaban la salida del tren.
Al sonido de una campana se abrían las grandes puertas del recinto y abordábamos por unos escalones los vagones del ferrocarril pintados de verde oscuro, grandes y cómodos, y luego de un chirriar de ruedas y escape de vapor, sonaba nuevamente la campana y arrancaba el tren para realizar nuestro viaje hasta el puerto del Callao.
Al llegar, nos dirigíamos a los Baños de la Salud, para luego podernos instalar en la playa de piedras y gozar del sol y el mar. Este era en ese lugar muy manso, y lo original y gracioso era contemplar a los veraneantes por su vestimenta: las damas se sentían muy elegantes usando conjuntos de pantalones largos hasta los tobillos, de colores oscuros adornados con blondas blancas y blusas de manga larga. Se cubrían la cabeza con sombreros de paja y una cinta se los sujetaba debajo de la barba. Y como punto final usaban zapatillas de soga y paja. Los hombres se ponían unos enterizos de punto a rayas horizontales, de colores, bien ceñidos al cuerpo, parecidos a los mamelucos. Imagínense las fachas, sobre todo con tanto peso, no sé cómo podrían nadar. A nosotros los niños nos vestían casi igual. Ciertas señoras que no sabían ni “flotar”, utilizaban los servicios de los jóvenes llamados “bañadores” que las sujetaban y ayudaban.
Otra costumbre: si no me equivoco, en el mes de marzo se realizaba la fiesta de la “Virgen del Perpetuo Socorro” en el templo de San Pablo del jirón Malambo (hoy Francisco Pizarro). Esta fiesta se celebraba con gran solemnidad y desde muy temprano se daban cita todas las devotas quienes, pertenecientes a distintas cofradías, portaba cada una de ellas su respectivo estandarte ricamente bordado con hilos de oro y pedrería.
Luego de la Misa de Comunión que terminaba a las 9 de la mañana, la concurrencia se trasladaba a las diferentes ramadas instaladas al frente de la iglesia, atendidas por morenas de albos delantales y gorros blancos, para deleitarse con el sabroso desayuno consistente en grandes tazas de café con leche, panes con chicharrón y camotes fritos y tamales de chancho y de gallina. Así fortalecidas con tan suculento desayuno, se iniciaba la charla entre las numerosa familias que esperaban de esta manera que llegara la hora de la Misa de Fiesta que se celebraba a las 12 del día.
Por la tarde sacaban en andas a la santísima Virgen en procesión, precedida por la cruz alta. Luego seguían los grupos de las distintas cofradías y luego los angelitos donde no faltaba mi presencia. Llevábamos vestidos largos muy adornados y nos colocaban unas alas con armazón de alambre completamente cubiertas de plumas, que dicho sea de paso, eran una verdadera obra de arte y paciencia. Nos ponían coronitas de flores y colgadas del cuello portábamos canastitas primorosamente arregladas llenas de pétalos de flores que íbamos arrojando al suelo para el paso de la Virgen María. Cuando terminaba la procesión ingresábamos a la iglesia que lucía sus galas con un sinfín de arañas de luces encendidas y arreglos florales.
Escribiendo estos recuerdos siento mucha pena al comprobar cómo se va el tiempo sin que nos demos cuenta. No es que quiera retornar a mi vieja casona bajopontina, porque eso es pedir lo imposible, pero sí, quisiera vivir la inocencia de los días de mi niñez, reír y gozar de la vida sin preocupaciones, plena y enriquecida por el amor de los míos que por quererlos tanto estaba segura que me acompañarían siempre, que no se irían de mi lado como poco a poco fue sucediendo. Se dice que soñar no cuesta nada, pero un sueño que nunca termine en dolor y remembranzas...
En algunas oportunidades escuché a los mayores hablar sobre ese barrio de Malambo y supe que fue el lugar que habitaron las familias de los esclavos libertos. Eran personas de buenas costumbres, respetuosas y amables. Más de una de las jóvenes de esos grupos fueron a trabajar a las casas de la sociedad de Lima; otras como amas de leche, que con el transcurso del tiempo llegaron a formar parte de la familia. Se les llamaba “nanas”. Tuve la suerte de conocer a una de ellas a quien quise mucho “La Negra Peta”, más oscura que la noche, de blanquísimos dientes y un corazón grande y generoso, como un símbolo de amor hacia los pequeños que ella cuidaba y criaba.
Esta señora entró a trabajar desde muy joven donde la familia Olcese, como ama de la menor de los hermanos. La familia era muy amiga de la nuestra desde muchos atrás. La mayor de los hijos se llamaba Herminia, casada con el señor Adolfo Gagliardo, una persona muy afable y cariñosa que llegó a quererme mucho. Chocheaba conmigo como si fuera su hija, por que ellos no tuvieron la dicha de ser padres. Vivían a pocas cuadras de la casa y tenían una perra negra preciosa, que a pesar de ser muy brava jugaba conmigo. La hermana menor se llamaba Elena, siendo mucho más joven, era la princesa de Peta, a quien ella adoraba más que si hubiera sido su propia hija.
1927
Este año llegó Jorge, el cuarto hijo, el día 22 de septiembre, al año y tres meses de Raúl. Fue la razón de ser de la tía Esther, hermana de papá, y ella volcó en él toda la inmensa ternura de su corazón. Pero además de ese gran amor que sentía por mi hermano, también fue para nosotros la tía increíble, amorosa, tierna, inigualable. Además de los dotes que la adornaban, era de una pureza que la acercaba más al cielo que a la tierra, dulce y generosa, para quien no existía el mal. Parecía un cristal transparente y frágil. La venerada tía “Tete”. Siempre fue un ejemplo de bondad, humildad y entrega a Dios y a todos los demás, siendo ejemplo vivo para todos los que tuvimos la dicha de compartir su vida.
La tía Raquel, también hermana de papá. La amada tía “Quela” como la llamábamos, fue inolvidable para nosotros. Además, en lo que a mí se refiere, ella siempre estuvo también a mi lado desde muy pequeña, viéndome siempre en sus brazos desde la primera foto de mi primer año de vida. De ella recibí también enseñanzas que fueron modelando mi personalidad, espiritual y material, y otras de gran valor, refiriéndome a la cultura y el saber. Ella y la tía “Tete” fueron nuestras primeras maestras que a Lisandro y a mí nos enseñaron a leer a escribir.
Todas las noches, acabando de cenar y al acostarnos, se sentaban a nuestro lado y nos dormíamos en un mundo de fantasías, de hadas y enanitos, enormes ogros y princesas encantadas a quienes sólo las despertaba el beso tierno del enamorado galán. Y a través de estos cuentos, las tías iban inculcando en nosotros sabias enseñanzas sobre la lucha del bien contra el mal, donde este era derrotado por el candor, la pureza o la justicia. No he olvidado las más bellas de estas narraciones o nombres de algunos maravillosos cuentos. Ya más grandes nos fueron ayudando a descubrir las maravillas del mundo cuando, con mucha dedicación, nos mostraban las láminas y narraciones de la valiosa colección “El tesoro de la Juventud”.
Ese gran amor que sentí por mis tías se lo transmití a mis hijos, anidando en ellos muy hondo en sus tiernos corazones y esto permitió a su vez, que cada una de ellas pudiera enriquecer sus sentimientos de amor en la prolongación de mis pequeños, los que las admiraron y quisieron entrañablemente, y ya adultos, mimaron y acompañaron hasta que, por consecuencia lógica del tiempo y la edad, nos fueron abandonando una a una... y poco a poco...
Otras remembranzas: la cercanía de mi cumpleaños ponía en movimiento a toda la familia. Lo primero era decidir cómo debía lucir ese día y además se organizaba un verdadero programa. Manos hábiles y experimentadas se esmeraban en confeccionarme el vestido y los arreglos que debía ponerme, empezando por mi Ñaña. Luego se dedicaban a las sorpresas y gorros de papel crepé en las formas más originales. La mesa se llenaba por un sin fin de bocaditos y dulces, todos preparados en casa, tras dos días de labor, más las copas de gelatina muy provocativas y la hermosa torta con sus velitas. Llegado el día tan esperado por mí, al despertar, corría a la cama de mis padres, los que siempre eran los primeros en entregarme sus regalos. Luego empezaba el desfile de todos y cada uno de mis seres queridos, portando su respectivo obsequio. Poco a poco la cama se iba cubriendo de bellos y hermosos juguetes y cajas de bombones y chocolates.
En la tarde se reunían los niños invitados, primos y hermanos, además de las personas mayores que formaban mi numerosa familia. Nadie faltaba y los presentes que me obsequiaban llenaban no sólo mi camita sino también la de papá y mamá. Llegaron a mis manos dos lindísimas muñecas que fueron por muchos años mis compañeras preferidas. Una rubia, bella, de azules ojos de nombre “Olga” que al voltearla me decía “mamá” y la otra una negrita, de rostro encantador, labios rojos y carnosos, cabello muy negro y ensortijado y blanquísimos dientecitos. Se llamó “Negrita” siendo ambas de fina losa de biscuí francesa.
Las guardé con celo cuando pasó mi niñez y muchos años después desaparecieron sin saber quien fue la persona que se las llevó.
Yo creía, por mi corta edad, que se vivía en perfecta paz y armonía, pero eso no era así. Estaba enraizado el “machismo” y todos los hogares se regían por el mismo sistema donde el jefe de la casa era el padre o el hermano mayor. Estos caballeros hacían de su vida lo que les diera en gana y lo más natural en las mujeres era aceptar las órdenes impuestas sin tener ni la más ligera esperanza de protestar. Las esposas se pasaban el día en el cuarto de los hijos cuando los tenían, o aceptando el entorno del hogar, siendo las solteras o niñas de la familia las que tenían que aprender toda clase de labores, tocar el piano u otro instrumento, coser, bordar, etc. El trabajo del mantenimiento de la casa lo realizaban las empleadas o “sirvientas”.
Otra costumbre que formaba parte de la “vida hogareña”, era rezar el Ángelus a las 6 de la tarde y luego el rosario con la familia en pleno presidiéndolo la persona de mayor edad o rango. En nuestra casa ese privilegio lo tenía la tía Margrita Elguero de Lequerica, prima hermana de la Mamita María. Me parece verla menuda, trigueña de blancos cabellos, cubierta por fina mantilla de encaje. Nos quería mucho y nosotros también. Este rezo del rosario se hacía eterno por las invocaciones y jaculatorias que se agregaban a través del recorrer de sus cuentas o decenas.
Tendría casi cuatros años de edad cuando fui damita de honor de Virginia Quintanilla, prima hermana de mi mamá, junto con mi hermano Lisandro. De esa ceremonia sólo recuerdo la escalera de los altos de la casa y de la música que se tocó en la celebración. Se acostumbraba elegir a niñas para que ellas levantaran el final de la cola de las novias de esa época, las cuales lucían vestidos cortos y el tocado consistía en un gorro de tul forrándole la cabeza, de la que sólo asomaban los “roba corazones” , y sobre ella una corona de azahares cual misma “crucificada”. Del casquete de tul salía la larguísima desabrida y estrecha cola.
A la segunda novia que acompañé fue esta vez una prima de papá, Angelita Iglesias, y luego a Estela Paredes, amiga intima de mamá. Un tiempo después fue Martha Goyburu Ezeta, prima de la familia, la que me eligió como damita de honor. Lo anecdótico de este último matrimonio fue que la tía Martha contrajo enlace con Carlos Augusto Mesinas y al cabo de muchos años yo me casé también con un miembro de la familia Mesinas. Más aún, que ambas tengamos en la actualidad hijas de la misma edad, por haberle nacido a mi tía una hija a los 14 años de su segundo hijo Carlos; llamada Rosario y yo la segunda hija cuyo nombre es Sara María.
1928
Cumplí cinco años y no sabía lo que estaba pasando en la familia. Pero dos de mis tías cercanas se encontraban enfermas de gravedad. Fue así que primero falleció la tía Rebeca, hermana de papá, y a los pocos meses a tía Hortencia, a su vez, hermana de mamá. Ambas sufrieron larga enfermedad, más como la tía Rebeca padecía por causa de una diabetes, que era un mal desconocido en ese entonces, no la pudieron salvar y no he podido olvidar sus quejidos de dolor al habérsele comprometido el mal.
No supe entonces el dolor de la despedida, primero por ser aún muy pequeña y, por otro lado, por que nos llevaron fuera de casa al realizarse en ella el velatorio. Sólo recuerdo un ambiente de tristeza y dolor y el silencio prolongado al acostumbrarse en ese tiempo no escuchar música los primeros meses de duelo. El color negro era lo que más me impresionaba en las personas, sobre todo por el tiempo tan largo en guardar el luto.
La tía “Zita” empieza a dibujarse en mis recuerdos. La hermana inseparable de Mamita vivió junto a nosotros entregándose con amor. Calladita casi siempre, era como nuestro ángel protector. No se casó y nunca supe el motivo. Pero ella a su vez, como con las otras tías, su chochera y cuidados no nos faltaban. Ella se encargaba de servir el almuerzo y la comida. Tenía un sentido de cálculo increíble y a pesar de ser muchos los comensales todo lo distribuía con exactitud matemática.
Qué hermoso era nuestro comedor, grande y luminoso con una gran puerta que daba al traspatio en el que se encontraba la cocina, también espaciosa. Y el corral con aves de toda especie, al lado derecho. En este comedor había antiguos muebles finos como el gran aparador en el que se lucían cristales y adornos muy bellos. En nuestra mesa amplia y cuadrada no faltaba el blanco mantel delicadamente bordado. Al centro de ella me parece ver el botijoncito de barro que la Mamita llenaba diariamente con agua pura y cristalina que recogía de un gran filtro rodeado de culantrillos.
El gran frutero rebozaba de deliciosas frutas de la estación. Cada uno de nosotros ocupaba su lugar en la mesa en cuya cabecera se sentaba la Mamita María durante el almuerzo y en la cena sólo se nos permitía acompañar a los grandes a Lisandro y a mí estando papá con nosotros.
La sopa era traída a la mesa en las hermosas y clásicas soperas de losa y los demás alimentos en fuentes por la persona del servicio y mi tía Zita nos servía. Además, el complemento de la sabrosa comida, eran los pancitos deliciosos llamados “pingajillos” y luego el postre de cada día. El diario vivir era tranquilo y apacible, enriquecido por un misticismo muy arraigado en los hogares cristianos, en los que, desde muy pequeños, recibíamos una profunda enseñanza al amor a Dios y a la santísima Virgen.
Iba creciendo y, más conciente de lo que me rodeaba, empiezo a recordar el ambiente de la vieja casona, y en ella los personajes familiares más cercanos que acudían con frecuencia., como los tíos Cárdenas hermanos de Mamita ¿Cómo olvidar la dulzura de la tía Carmen? Tan parecida a su hermana María que parecían gemelas, lo mismo que a su hija la tía Zoilita Romero. Nos visitaban un día a la semana compartiendo su cariño con nosotros. Para los cumpleaños eran las primeras en llegar desde temprano. La tía estuvo casada con el señor Juan Romero, español y comerciante, pero enviudó muchos años atrás, viniéndose a Lima desde Tarma junto con su hija Zoila. La tía Camelita o Camicha, como la llamábamos, era muy devota de la Virgen María y nos quería entrañablemente, siendo correspondida por nosotros por su caudal de ternura.
Con gran nostalgia me parece ver a los que fueron mis tíos Luis e Isabel Cárdenas, mis tíos amados, también hermanos de mi abuelita, siendo la tía Isabel esposa de mi tío Lucho. Con sus hijos Luis, Ángela, Susana y Ernesto formaron una adorable familia que me querían muchísimo. Cada vez que visitaba su casa con alguna de mis tías, me recibían con grandes muestras de alegría. Mi persona era siempre algo muy especial para ellos.
A pesar de mis cinco años ¡qué a gusto me encontraba en ese hogar! Siendo su primera casa la que visité en el balneario de San Miguel cuando se radicaron en Lima. De ella veo solamente la reja de oscura madera y los inolvidables geranios rojos y perfumados que por primera vez conocía, sembrados en su jardincito delantero. Mi tío Lucho lucía unos hermosos bigotes que me cosquilleaban cada vez que me besaba con su ternura infinita, y a la vez me daba apretones cariñosos en mis cachetes coloreados con grandes chapas rojas.
Otra familia que me trae queridos recuerdos fue la de mis tíos Pedro y Mercedes de Cárdenas, que vivían en la calle de las Nazarenas, casi frente a la iglesia. Con ellos vivía su hijo Pedro, casado con la tía Victoria, hermana de mamá, y mis primos César, Jaime y Victoria Eugenia cuyos apodos eran “Cotico”, “Chino” y “Cholita”, respectivamente, además de la tía Merceditas, hija de los tíos. Esa casa me era muy familiar por la frecuencia de nuestras visitas, sobre todo en octubre, el “mes morado”para gozar desde sus balcones de las procesiones del “Señor de los Milagros”. Por esos días gocé del placer de saborear los famosos “Turrones de Doña Pepa”, los que probaba por primera vez, además de los anticuchos y picarones que ofrecían las vivanderas que se instalaban en los alrededores del templo.
Una de las hermanas de mi abuelo llamada Adela de la Puente, fue monjita nazarena que pasó toda su vida tras los muros del convento, llegando a celebras sus “Bodas de Oro” de religiosa. La visitábamos con regularidad pero sólo escuchábamos su voz a través del torno que hacíamos girar. En él aparecían muchas veces deliciosos manjares preparados por las monjitas, mensajes y recuerdos. La única vez que le permitieron ser vista por toda su familia fue con motivo de esa gran celebración. El Señor se la llevó dos años después y descansa en paz en el jardín interior del monasterio.
Lima fue guardiana de sus tradiciones y una de ellas era la Semana Santa que se veneraba con gran recogimiento. El día jueves, se revivían los siete lugares que tuvo que recorrer el Señor en su larga agonía antes de ser sentenciado. Este recorrido se hacía visitando siete iglesias, acompañándolo en su pasión, en las siete estaciones que recorríamos a pie. En las iglesias se levantaban los solemnes y preciosos “monumentos” con hermosos arreglos de luces y flores, colocándose en el centro el Sagrario que guardaba en él la “Hostia Consagrada”.
Generalmente el día viernes amanecía frío con lloviznas y el ambiente gris aumentaba la tristeza y el recogimiento de todas las personas. Era un día silencioso, escuchándose solamente los rezos en casa y templos. Se acostumbraba como hace años atrás escuchar el “Sermón de las Tres Horas”, recordando la pasión y muerte de Jesús. A los niños nos enseñaban a respetar ese día evitando risas y travesuras y la gente mayor recordaba que en años anteriores, cuando sólo transitaban por las calles las calesas jaladas por caballos, a estos se les envolvían los cascos con paños gruesos para aminorar el ruido. En puertas y ventanas de las casas se colgaban cintas y crespones negros.
Otras festividades muy distintas eran las que se realizaban en la tradicional fiesta de San Juan, coincidente con el “Día del Indio”, el 24 de junio. Esta celebración daba lugar a que todo el público se trasladara a la “Pampa de los Amancáes”, un lugar amplio y rodeado de cerros situado al norte de la ciudad. Lo clásico de esta fiesta era acudir en grupos familiares con guitarra y cajón, llevando viandas y abundante vino, para pasar en ella todo el día. Luego de gran diversión, al regreso, se recogían los amancáes , frescas y delicadas flores amarillas que venían adornando los coches y caballos, en cabelleras y sombreros.
Para ir a este lugar se tenía que transitar por la famosa “Alameda de los Bobos” llamada así por ser el paseo y reunión de la gente noble, donde los caballeros lucían en el pecho y en el borde de las mangas blondas y encajes formando vistoso bobos. Aún me parece ver a los árboles altos y frondosos mecidos por el viento de ese hermoso paseo situado al lado de la Alameda de los Descalzos. Hoy, como todo lo que mis ojos contemplaron en ese entonces, solo es un imborrable recuerdo...
Pocos niños conocen ahora las santa rositas o golondrinas que anidaban en los techos y zaguanes de las casas o los repugnantes gallinazos que a pesar de su fealdad eran útiles para ayudar a limpiar las calles de carroña y basura. Tampoco se ven lechuzas y murciélagos escondidos en las torres de las iglesias. Mucha gente creía erróneamente que las brujas convivían con estos animales de las cuales se tejían historias macabras y espeluznantes.
Era muy corriente escuchar narraciones de penas y aparecidos de los que más de una persona aseguraba haberse encontrado con seres sobrenaturales que se paseaban sin tocar el suelo con los pies o los que no tenían cabeza. Según se contaba eran almas en pena porque antes de morir habían dejado enterrados tesoros de valores dentro de sus casas o podían ser restos humanos que pedían descansar en suelo bendito. Lo cierto es que por esas narraciones, unidas a la costumbre de asustarnos, yo le tenía espanto a la oscuridad, le temía a la casa por las noches y no me quedaba sola en lugar por nada del mundo. Y el resultado de esto junto a mi timidez y a lo poco que sabía de la vida que por ser niña pequeña no se me enseñaba, se me fue formando un complejo de inferioridad que desgraciadamente no se me tomó en cuenta y que, más adelante, en muchas oportunidades, me ocasionó momentos de tremenda incertidumbre.
Lo que me ocasionó más daño por esa timidez fue la cortedad a realizar preguntas o recibir una orientación sobre problemas o situaciones que no comprendía y no me aventuraba a confiarme a mamá. Solo sabía lo que mi Ñaña se atrevía a enseñarme y en realidad era muy poco, por evitar que los niños no se adelantaran a ciertos conocimientos íntimos, sobre todo a las mujercitas.
A través de mis tías fui aprendiendo menesteres caseros. Sobre todo mi Ñaña no quería que, por el amor inmenso que me tenía, se le criticara la forma de engreírme y menos aún hacer de mí una niña inútil. Su mayor aspiración era verme convertida en una verdadera mujercita en mi vida futura. No sé cómo presintió que esa decisión que tomó, con el transcurso del tiempo, me iba a favorecer después. En muchas ocasiones y debido a la sólida formación moral que recibí en mis primeros años, me ayudó a enfrentarme a la adversidad.
Más de una vez la he tenido junto a mí. Sus manos gorditas y pequeñas eran habilísimas, ya sea preparando un postre o delicioso potaje, bordando delicadas prendas, creando flores de papel en las más bellas y originales formas, sobre todo cuando se trataba de cambiar los ramos del altar de la Virgen de la Merced al celebrarse su día patronal. Me enseñaron a formar ramitos primorosos y a bordar los escapularios mercedarios que se repartían el día de la misa solemne.
Nunca podré agradecerles a mis inolvidables tías todo lo que de ellas aprendí y los sentimientos positivos que sembraron en mí corazón. Mi tía María Mercedes fue como mi verdadera madre, el amor que me tuvo la ayudó a vivir, teniéndome como una fuerza espiritual en su vida para luchar contra su desilusión y su amargura. La rectitud de conciencia, la fuerza espiritual, el celo por la justicia, y su profundo amor por los demás, modelaron mi personalidad, dándome la fuerza y la fe cristiana que tanto me han servido para sobreponerme en momentos de intenso dolor... ¡Nadie imaginará cómo las quise!
Mamá, desgraciadamente, no pudo dedicarme mucho de su tiempo. Siempre atareada en diversos menesteres, poco fue lo que pudo ofrecerme en mi niñez. La recuerdo con amor pero muy lejana, no sé que era lo que me impedía acercarme a su lado con naturalidad cuando fui pequeña. Sólo al cabo del paso de los años, esa actitud cambió totalmente y pude comprenderla y admirarla en los momentos cruciales de su vida...
En realidad, nunca sabré cual fue su posición en casa de la Mamita. Qué problemas habrá tenido que resolver estando recién casada en un hogar extraño, además de tratar de congeniar con dispares caracteres y distintas personalidades. Debe haber sido muy difícil para ella...
1929
El día 13 de enero, nació mi única hermana, Beatriz, como una linda y viva muñeca a la que recibí con amor, como un maravilloso presente que me enviaba el cielo. Desde muy pequeña fue mi engreída y mi felicidad hubiera sido completa si la diferencia de seis años no me hubiera privado de compartir íntimamente con ella, como era mi deseo. La llamamos “Nena” por ser dócil, amorosa y alegre, de un candor admirable. Fue la engreída de la tía Zita convirtiéndose en la razón de su vida, amor que sólo terminó cuando ella se nos fue muchos años después.
Siguiendo con mis recuerdos, el día 16 se presentó en la casa Don Domingo Buitrón, leal y caballeroso moreno que fue compadre de papá. Trabajaba como chofer y era bueno como pocos. En sus manos traía un montoncito de pelos blancos con manchas algo oscuras y algo cabenzoncita. Fue una de mis mascotas predilectas, mi perra San Bernardo, un hermoso animal a quien le tenía un amor entrañable. Se llamaba “Bruna” y era fiel defensora de la familia. Me la ofreció muy pequeñita como regalo de mi cumpleaños. Ésta creció tanto que nos servía de montura cuando jugábamos con ella paseándonos por toda la casa. Era incapaz de hacernos daño, adoraba a papá, pero con los extraños su agresividad se manifestaba con furor, siendo el motivo de muchas quejas de los vecinos cuando, al asomar su hocico por la puerta, mordía a quien se le pusiera por delante. Para ese entonces su tamaño era mayor que el mío.
El tiempo fue pasando y un día supimos que papá estaba haciendo construir una casa para nosotros en Miraflores. Grande fue nuestra sorpresa y sentimos mucha curiosidad por conocerla. Nos llevaron a ver la construcción que ya demostraba su belleza, rodeada por espacios considerables que serían los jardines y la huerta. Para nosotros fue como un cuento de hadas al imaginarnos que íbamos a vivir en ella, tan amplia, de rojo techo y con sólo verdor a su alrededor. Esa ilusión nos llenó de impaciencia y no veíamos la hora de mudarnos para radicarnos en ella.
No podíamos imaginar, sobre todo yo, que fue construida para resguardar mi salud, que eran muy distintos los sentimientos que agobiaban el corazón de la Mamita y las tías. Para ellas fue algo inesperado y muy difícil de aceptar. Se resistían al tener que apartarse de aquélla vieja casona donde habían transcurrido muchos años de sus vidas. Entre sus paredes estaban latentes vivencias inolvidables, risas juveniles, amores, desilusiones, dolorosas ausencias definitivas, desencantos y el eco de muchas voces amigas que compartieron con ellas momentos inolvidables.
A pesar de que la casa aparentaba tranquilidad, día a día crecía la ilusión por irnos a vivir al lugar que era nuestra atracción infantil. Un día le pregunte en mi curiosidad y en forma natural a la tía “Quela”: ¿Dime, cuándo nos iremos a la casa nueva? Y ella, con un acento que me conmovió profundamente por su latente dolor me contestó: ¡Por favor cholita, no lo digas! En esa respuesta se encerraba desesperación, rebeldía, tristeza, impotencia, qué se yo. Fue un grito desgarrador ante lo inevitable que en esos momentos, por mis pocos años, no logré comprender. Hace poco he recordado ese momento y como muchos antes, me he sentido identificada con ellas. Lo que para nosotros era como ver realizado uno de los cuentos escuchados en la infancia, para ellas era el dolor de dejar para siempre todo lo que sucedió entre las paredes de la vieja y amada casona. Nunca me he atrevido siquiera a imaginar cómo habrá sido el adiós...
Hace poco con mi hermana y mi sobrina Rosa María, su hija, hemos visitado nuestra vieja casa la que aún permanece firme, desafiando al tiempo, conservando su primitivo pasillo central embaldosado de la entrada, las lunas azules de su puerta principal de ingreso al salón, las que se encuentran intactas. Es un milagro que esté resistiendo tanto tiempo. ¿No será que sus cuartos vacíos nos esperan inútilmente, sin abandonar la esperanza de escuchar nuestros pasos, que al entrar, le devuelvan la vida que a ella también se la quitaron sin remedio? ¿Estará resignada?...
Los últimos recuerdos que tengo de ella es que, en la calle, empezaban los trabajos de pavimentación y era grande nuestra curiosidad al ver los tremendos cilindros llenos de brea calentándose sobre las fogatas de leña preparadas en la esquina. Después de todo, de ese trabajo no llegamos a alcanzar a ver el final…
Se ve que en la casa se han realizado reformas, pero al ingresar a ese patio que fue testigo de nuestros juegos y travesuras, con juguetes y amiguitos del barrio, sentí una opresión en el corazón. Por otro lado deseaba anhelantemente escuchar las voces queridas o ver los rostros que me sonrieron, sobre todo de las personas que tanto amé. Fue como una visión fugaz que me lleno los ojos de invalorables recuerdos. No es posible revivir lo que se fue con el tiempo... sin retorno... ¡se siente tanta impotencia!
Y... llegó el día de apartarnos para siempre de nuestra casa de Abajo el Puente, donde nacimos los primeros cinco hermanos, para vivir en Miraflores, una mañana de octubre de 1929.
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Miraflores
1929
Nos sacaron a los chicos temprano, y me veo viajando en el carro de papá a un lugar muy lejano. Llegamos a la nueva casa y sólo nos bastó mirarla para confundirla con un maravilloso sueño. Era grande, lindísima, de tres pisos, con sus paredes exteriores de color blanco cruzadas por listones de madera marrón oscuro. El techo de tejas rojas, a dos aguas. Sus numerosas ventanas con persianas también marrones y una hermosa terraza al centro en el segundo piso, situada sobre el porche de entrada al que se llegaba por un ancho pasillo, que, partiendo de la puerta de calle, llegaba a cuatro escalones de acceso. En un lado de la entrada lucía el nombre de: “Villa Sara”. Solo de recordar ese día, no sé como empezar esta nueva etapa de mi historia personal.
Esforzándome por actualizar aquel cambio radical en toda la familia, deseo describir primero la ubicación de la casa: estaba situada frente al mar. Tenía dos puertas de acceso, estando la delantera hacia lo que es hoy la avenida de la Aviación, y la posterior al hoy Malecón Cisneros. Al legar al porche después de cruzar el pasillo enlocetado, se podía apreciar la original construcción de este lugar: era de ladrillo con columnas casi cuadradas y dos barandas adosadas a ambos lados. Cruzando la obra de arte en madera, que así se le puede denominar a la puerta de entrada, se llegaba a un hermoso y amplio hall, también de finas losetas en el que se encontraba un juego de muebles severos y finos.
La escalera que empezaba al lado derecho, de cedro, ancha y cómoda, con dos descansos, estaba flanqueada por una baranda de fino acabado, con anchos barrotes de forma caprichosa. Al costado sobre esta escalera se apreciaba un ventanal de tres cuerpos que comenzando a la altura del primer descanso y se prolongaba hasta el techo del tercer piso. Por las noches, al encenderla en medio de la oscuridad del lugar, permitió que se le llamara “La Casa del Bosque”, por los pocos vecinos que nos circundaban.
Todo el interior de la casa era muy bello, desde las amplias y luminosas habitaciones, hasta los muebles finos confeccionados por una empresa alemana de gran prestigio. En todas partes estaban los adornos. Todo era nuevo, sin estrenar, hasta las ropas de cama que encontramos tendidas y encima de cada una de ellas ropa y zapatos para toda la familia.
El comedor se encontraba al frente de la entrada. Grande y hermoso, nos cobijaba a todos con gran comodidad. El zócalo que rodeaba sus paredes de madera tallada tenía encima de la parte superior una repisa que se usaba para colocar bellos y originales adornos. La mesa larguísima, de cuatro tableros adicionales. Dos sillones y 12 sillas de madera de cedro estaban tapizadas en cuero, completaban este moblaje un gran aparador con adornos enchapados en las dos puertas laterales y otro más pequeño del mismo estilo. Pero lo más bello era la vitrina, un encanto de cedro, como todos los muebles de la mansión, con lunas biseladas, y en cuyo interior se veían adornos de plaqué de diversas formas que tenían por objeto colocar en ellos bocaditos y dulces para las ocasiones especiales.
Al fondo estaban situados grandes ventanales, colocados en forma circular en la pared que daba a la pérgola que rodeaba toda la parte posterior de la casa. En la parte baja de este ventanal se encontraba el asiento empotrado en la pared, también tapizado, pero de verde, terminando este bello rincón con una mesa redonda colocada frente al asiento. En este sitio generalmente nos sentábamos los chicos.
A un lado del comedor se encontraba una puerta que comunicaba con la pérgola. Y en la misma pared otra puerta para llegar al repostero donde mamá hizo instalar al fondo una alacena donde se guardaban los víveres, estando cerrada con un candado del que ella guardaba la llave.
Siguiendo con mi recorrido, a la derecha del hall se ubicaba el escritorio de papá y formando un ángulo hacia su izquierda, el amplísimo salón en el que cabían dos juegos de distinto y elegante moblaje. En el mueble escritorio de papá de madera negra, muy antiguo, del que se bajaba una gruesa tapa delantera, forrada en paño color verde, fue por varios años donde realicé, cómodamente sentada, mis trabajos de colegiala. Era uno de mis sitios predilectos donde transcurrieron muchas horas de mi niñez y adolescencia.
A los dos lados del arco que lo separaba del salón, empotrados en las esquinas, estaban los inmensos libreros en forma de V, con diferentes divisiones que guardaban colecciones enteras de libros de diversa índole, como obras científicas, atlas de todo el mundo, obras literarias y de aventura, las que leía con deleite sin fijarme que el tiempo pasaba. Era este recinto sobrio y elegante arreglado con mucho gusto.
Separados de la casa, después de salir por un pasillo lateral, estaban la cocina, el cuarto de servicio y un baño. Al lado de éste se ingresaba a la gran lavandería con tendales y una ducha al lado del lavadero, que colindaba con cuatro gallineros construidos de ladrillo, techo de tejas y medio suelo de cemento. Contenían comederos y soportes de madera para más comodidad de los variados animales que criaba mamá, disfrutando con sus gallinas de varias razas y coloridos plumajes, a las que atendía con esmero. Colocaba los huevos en varios nidos acondicionados con destreza por ella por lo que siempre lograba empollar toda una nidada cuando era la época del enclueque.
Me gustaba ayudarla porque también me entretenía con los animales, sobre todo, que al incubar los huevos, ofrecían un lindo espectáculo verlas caminar orondas y orgullosas, seguidas de un ejército de pompones amarillos, jaspeados, marrones, etc. Ni que decir de los patos, ganso y pavos, a la par que conejos, palomas, canarios, cuatro o cinco perros y una gata. Ese era el pequeño zoológico de nuestra casa.
En las mañanas, gozaba recolectando huevos, muchos de ellos aún calientitos, con los cuales se rellenaban cajas con fondo de aserrín, y sus respetivas fechas para usar los más antiguos.
Como la casa se ubicaba al centro del terreno, estaba rodeada por jardines multicolores, hallándose en la parte trasera una huerta con verduras y árboles frutales. Papá sembró esos árboles como la higuera o breva de frutos enormes, viñedos cuyos zarcillos fueron traídos desde Huacho por el Ing. Carlos Luna, compañero de estudios de papá y constructor de nuestra casa. Recuerdo con deleite al melocotonero injertado con abridor, cuyos frutos eran jugosos y deliciosos, y sobre todo a las parras que descansaban sobre la ramada de la ancha pérgola y en otras más pequeñas en los jardines delanteros.
Nuestra casa en ese entonces era la única del lugar, estando rodeada de pastizales y potreros que hasta llegar al ovalo de la avenida Pardo donde todo era verdor. Nos vimos obligados a trazar un camino atravesando malezas para podernos desplazar. Aún me parece aspirar el olor del cercano mar, al que lo gozábamos en todo su esplendor desde Chorrillos hasta el Callao, cuando nos asomábamos a la terraza del cuarto de nuestros padres situado en la parte alta y al fondo con vista al mar.
En el segundo piso de la casa se llegaba a un hall espacioso a cuyo alrededor se ubicaban cinco dormitorios y un gran baño, siendo el cuarto más grande de mis padres, situado justo sobre el comedor, que también tenía comunicación con el dormitorio que compartía con mi hermana. Cada una de estas dos habitaciones tenía su respectivo vestuario con closets.
En las noches era apasionante admirar el oscuro cielo sembrado de miles de estrellas, que en medio de mis sueños, y al contemplarlas, las veía tan cercanas que sentía la tentación de extender mis brazos para tocarlas. Cuando salía la luna y había cierta nubosidad, me entretenía tratando de hallar alguna forma en sus dimensiones, pero cuando estaba el cielo diáfano y tranquilo la estela de plata reflejada por la luz de la luna era incomparable.
De la ventana de mi dormitorio me extasiaba, soñadora, ante ese bello espectáculo, contemplando el mar inmenso y azul y parte de la bahía donde se veían a lo lejos Barranco y Chorrillos. Al filo de los acantilados que daban a la playa se distinguían numerosas casas que parecían colgadas de las rocas, cual nidos de pajaritos, rodeadas del verdor de los culantrillos y helechos que crecían espontáneamente debido a las filtraciones de numerosas acequias vecinas. Casi al frente estaba situado el hermoso Morro Solar, en cuya falda, lánguidamente recostado descansaba el balneario de Chorrillos.
Y los atardeceres del verano, ni que decir. El más famoso pintor del mundo no hubiera podido copiar en sus lienzos tanta belleza. La diversidad de colores se entremezclaba para hacernos partícipes de la maravillosa Naturaleza.
Muchas familias acaudaladas de Lima habían construido hermosos chalets de verano en el balneario de Miraflores y en Chorrillos, sobre todo en la calle Lima cuando este lugar fue el centro de reunión de la aristocracia limeña, lo mismo que altos jefes militares y más de un presidente, continuando de la prolongación del malecón chorrillano. Todas eran amplias y hermosas y la que menos tenía su propia bajada hacia la playa.
En una de ellas vivía la tía Aurora Vázques de Velazco de Jiménez, relacionada de mis dos familias, a la que siempre visitábamos durante el verano. Y fue allí donde conocí a la tía abuela Adelaida Cárdenas, hermana de la Mamita a quien todos llamamos cariñosamente “Mama Yaya”. Ella padecía de osteoporosis por lo que caminaba dobladita hacia delante. Era muy bonita, a pesar de los años, con unos hermoso ojos verdes. Un día rodó, por desgracia, las escaleras de la casa y quedó inválida por las fracturas que sufrió. Conmovía verla sentada mirándonos tristemente y tratando de comunicarse con nosotros, porque también la aquejó un problema cerebral. Y así, en esta condición, vivió por muchos años más.
1930
Llegamos a este año acostumbrándonos a vivir en Miraflores. Poco a poco comenzamos a descubrir un mundo nuevo y sus misterios, ya que alrededor de la casa pasaban ovejitas, cabras y recuas de burros con dos alforjas colgando a sus costados, los que transportaban adobes o piedritas para con ellos, levantar los muros delineantes de los primeros terrenos. Veíamos por primera vez innumerables pájaros e insectos desconocidos, los panales de abejas y mariposas multicolores. Un día, con tremendo susto descubrimos una lagartija. Cuando por casualidad se le partió la colita, salimos despavoridos creyendo ver al diablo cuando ésta continuó moviéndose con rapidez.
Me gustaba levantarme temprano, y por ser verano, me tendía en el césped mirando el cielo, siguiendo el vuelo de las mariposas y el triste y melodioso canto de los gorriones que abundaban en los huertos vecinos, los que me hacen recordar, cuando ahora los escucho, aquellos años felices y mi amado jardín... Igualmente saludaban al nuevo día el alegre canto de los gallos y el cacareo de las numerosas gallinas de los corrales de la casa.
Las costumbres de nuestra familia se tuvieron que adecuar al nuevo hogar. No era fácil salir por la distancia que nos separaba, de los ómnibus que usábamos para ir al centro del balneario o para dirigirnos a Lima, sobre todo para mi tía María Mercedes que por el cargo que tenía en la iglesia de la Merced, se veía obligada a viajar diariamente. En cambio mis otras tías casi no salían y por la tarde se dedicaban a labores manuales, siendo así que me fueron enseñando mis primeras puntadas guiada por ellas.
Aprendí a conocer poco a poco la historia de la familia cuando, sentada al lado de la tía Chana, cuando me enseñaba los primeros puntos del tejido, me iba refiriendo el pasado de los abuelos, la elevada posición económica de la familia Cárdenas en Tarma, como haciendas, inmuebles, etc. No sólo en ese lugar si no también en Chanchamayo y la Merced. Me contó que mi abuelita era la compañera del bisabuelo Pedro Cárdenas, cuando salía de caza, alcanzando una puntería perfecta. Intrépida y valerosa, montaba perfectamente a caballo en los largos paseos que realizaba con su padre. Era de firme carácter a pesar de su trato suave y tranquilo.
Día a día esperaba con impaciencia la tranquilidad de la tarde para ir penetrando a ese mundo del que conocía más cada día, además escuchaba las sabias respuestas de mi tía cuando le hacía innumerables preguntas sobre ese ayer que me apasionaba, aprendiendo a descifrar el misterio de las interrogantes que, por estar creciendo, me intrigaban.
La puerta trasera daba al malecón aún sin construir, bordeado por un muro de adobe. El jardín de esa zona estaba cuajado de flores, sobre todo las delicadas dalias, fragantes crisantemos y las enredaderas de los “tacones”, de delicioso aroma, los que ya no se encuentran en ninguna parte. Además, a lo largo de las rejas de ambos lados del jardín, crecían los esbeltos álamos, bellos y delicados. Cerca de la puerta se erguía un “pacae” frondoso y cargado de vainas llenas de copos blancos y dulces.
Para el mantenimiento de la casa teníamos varios empleados de servicio, por ser grande y difícil de limpiar, hallándonos en pleno campo. El primer mayordomo que trajimos de Lima era un joven blanco y de buenas facciones, educado y eficiente, que trabajo para nosotros con suma habilidad. Lo malo para él fue que, una muchacha que cuidaba a mi hermano, se enamoró de él sin ser correspondida y un día, con gran espanto de todos, le arrojó agua hirviendo quemándolo malamente. Fue una experiencia muy penosa porque el chico tuvo que estar mucho tiempo hospitalizado.
Luego ingresó a nuestro servicio el fiel Francisco, hombre honrado y trabajador que nos quiso muchísimo. En una oportunidad, en un acto de valentía, salvó a mamá que se había quedado encerrada en la cocina en llamas, pues al derramarse el kerosene y sin fijarse de lo que pasaba, había prendido un fósforo que provocó el incendio. Jamás olvidamos esa muestra de fidelidad de nuestro valeroso servidor. Le guardamos un gran respeto y eterna gratitud.
La vieja Melchora fue nuestra cocinera, y como buena arequipeña, guisaba maravillosamente. Era una mujer madura, de contextura fuerte y sana. Diariamente llegaba del mercado cargando en el hombro un costalillo lleno de víveres como sí fuera de plumas. Me gustaba acompañarla, ayudándola a pelar alverjitas o espulgar el arroz y ella me fue enseñando muchos y deliciosos potajes. Algo que recuerdo con fidelidad de ella, es la respuesta que medió un día que me quejé de sentirme cansada: “¡Todo cansa en la vida, niñita!” Y cuanta razón tuvo al dirigirme tan sabio consejo.
Los primeros vecinos que tuvimos fue un modesto matrimonio con varios hijos: Francisco y Lastenia Aguirre. Gente buena y sencilla que llegó a nuestra casa ofreciéndonos sus servicios. Llegaron a ser nuestros protectores cuando, como cachorros sueltos, corríamos por todas partes. “Don Pancho” era magnifico carpintero y fueron muchos los muebles que nos hizo, sobre todo la cómoda de cedro con su espejo que me regaló mamá. La conservé por muchos años y la obsequié intacta.
En estos primeros años de la década del 30 nuestro querido Miraflores era un tranquilo y bello balneario que le hacía eco a su nombre por la diversidad de jardines particulares, como calles y avenidas que presentaban un colorido casi irreal. Su Parque Principal era prácticamente el corazón de la villa, el que tenía una forma rectangular. Al fondo estaba presidiéndolo la Iglesia Matriz aún sin terminar, la cual era amplia y hermosa, con mucha luz por sus grandes ventanales. Estaba consagrada a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa de la congregación de sacerdotes pasionistas que la tenían a su cargo. El lado derecho del parque estaba flanqueado por el jirón Lima, en el cual se encontraban casonas antiguas de armoniosa arquitectura, las cuales tenían en su fachada bellas rejas de fierro.
Terminando la primera cuadra, que empezaba en la primera de la Avenida José Pardo, existía un pequeño parque y en él una bellísima mansión de puro estilo italiano, que era la atracción de propios y extraños. Adornaba en la parte superior de la coronación, la palabra “Belvedere”. Nombre correspondiente al origen de su propietario. Tenía como adornos numerosas columnas de fino y blanco mármol.
Al lado derecho había un callejón cuyo nombre peculiar fue el de “La Calle del Eco”, por la resonancia que ahí se sentía. Desembocaba en el Jirón Mártir Olaya al otro extremo, donde se encuentra hasta hoy el Colegio Champagnat, el de primera categoría del lugar para alumnos varones. Había otros más, particulares y fiscales.
Siguiendo con el parque, al lado izquierdo, se situaba el Jirón Larco, igual al Jirón Lima, pero en este existían desniveles en sus veredas y casas. En una de sus cuadras se situaba el conocido local del colegio de la señorita Baroni y en la esquina con la calle Cantuarias estaba la pintoresca placita, alumbrada por un farol con el que formaba un conjunto muy vistoso por su diversidad de flores.
A un lado de la placita, el bazar Haybara era muy conocido en el lugar, por su amplia y variada mercadería. Su propietario, un señor japonés y su esposa, atendían amablemente a la numerosa clientela, siendo ambos estimados por todo el público. Como atendía domingos y feriados era muy requerido por las personas que salían de las diferentes misas de la Iglesia.
Volviendo a la familia y mis recuerdos, ese año de 1930 significó en nuestra vida el inicio de un declive inexorable que lentamente nos llegaría, truncando nuestro bienestar. Quien nos iba a decir que sucesos ajenos a nosotros jugarían un papel preponderante en nuestro futuro. Mas adelante iré relatando como sucedió lo inevitable.
El cumpleaños de mis siete años lo celebraron a lo grande y los pequeños parientes y amiguitos se divirtieron como nunca y yo con ellos, en nuestros bien cuidados jardines. Tuve numerosos obsequios, cada cual más original y valioso. La larga mesa del comedor estaba cubierta por golosinas, bocaditos, alfajorcitos de manjar blanco y sobre todo las sabrosas copas de champagne rellenas de deliciosas gelatinas. La casa estaba adornada con motivos alusivos a la fiesta y fueron muchas las sorpresas que se les obsequiaron a mis pequeños invitados.
Ese año no pude ingresar todavía al colegio, aunque ya leía y sabía escribir y contar, y seguí siendo la “colita” de mi Ñaña, transcurriendo mi vida como antes, entre la iglesia y la casa. Fue así como en una las visitas al templo entré a la sacristía con mi tía y mientras ella conversaba con una señora, comencé a curiosear en todos los rincones que circundaban la escalera del camerino de la Santísima Virgen., y me paré a leer aún con dificultad, unas placas de mármol pegadas en las paredes. Cuando me di cuenta de lo que decían sobre restos de prelados que reposaban bajo mis pies, salí despavorida en busca de mi tía. Esto me curó de la curiosidad y aunque no lo crean, no más he tenido ese defecto.
Recién en este año pude conocer a mi abuela materna, la Mamama María Peñafiel de Raygada. Antes vivía muy lejos en Chosica y no había llegado a visitarla. Habían pasado varios meses de la muerte de la tía Hortensia, la que estuvo un largo tiempo muy delicada de salud, por lo que mi Mamama no pudo apartarse de su lado. A su fallecimiento, se regresó a Lima empezando a vivir en un departamento de una quinta para viudas, de propiedad de la familia Wiese, en la calle Belén de Lima. La acompañaban su hijo Carlos y su sobrina María Luz Raygada. Echegaray.
La madre de María Luz falleció cuando ella tenía sólo ocho meses de nacida y mi abuelita, que era su madrina, la tomó a su cargo y la crió. Siempre fue muy bonita, algo mayor que yo, comenzando a ser inseparables al tener con quien jugar con mis innumerables muñecas y otros juegos de niñas. Mi hermana Beatriz, seis años menor que yo no podía compartir mis juguetes, guardados en innumerables cajas, a los que no le hacía caso porque prefería jugar con mis hermanos.
El tío Carlos Raygada, hermano de mamá, fue el único hombre de la familia. Era muy inteligente, culto, pintor, concertista de piano y colaboró como critico de arte para el diario “El Comercio” por largos años. Fue encargado de fundar la Orquesta Sinfónica Nacional, logro obtenido con éxito por la calidad de sus componentes, la mayoría solistas de varios países europeos. Su director fue el gran maestro austriaco Teodoro Buchkwall.
Con la ayuda de mi tío, tuve el placer de gozar de los mejores espectáculos ofrecidos en Lima y en el Teatro Municipal, como el inolvidable concierto para piano que ofreció el gran maestro chileno Claudio Arráu. Además también asistí a ballets, conciertos y muchos más. Varios años después pude estar junto con mis tías en la exhibición del programa presentado por la señora Rosa Mercedes Ayarza de Morales, en el Teatro Municipal, donde se estrenó la marinera de su inspiración llamada. “La Concheperla”. Además se presentaron famosos pregones de la “Lima Antigua” y la entronización de la música criolla en los salones de la sociedad limeña. Antes, este tipo de baile sólo se escuchaba y bailaba en los solares y callejones de la Vieja Lima.
Visitando la casa de la Mamama María un día, conocí a mi bisabuela Dominga Peñafiel de Raygada, acordándome de ella como una anciana jovial y cariñosa, muy trigueña, bajita, con bello pelo negro con el que se formaba un gran moño en la nuca. Dicen que había tenido carácter muy fuerte y como buena piurana se le veía muy saludable a pesar de su edad. La gozamos poco tiempo porque su muerte fue repentina. Había sido madre de once hijos.
El departamento de la abuelita estaba al fondo de una hermosa y amplia quinta con el suelo enlocetado. Al costado de ella, en un departamento contiguo, vivía la señora Isabel Ayarza, hermana el célebre Alejandro Ayarza “El Karamanduka”, perteneciente al recordado grupo de la Palizada. Era muy hermosa y se mantenía por ser viuda con su máquina de coser, habiendo tenido un solo hijo tan guapo como ella.
Cuando estaba en casa de la Mamama, me gustaba estar al lado de mi tío cuando realizaba sus trabajos artísticos, curioseando sus dibujos y admirando la diversidad de cajas de pintura al pastel, y los chisguetes para trabajar en óleo.
Pasando al acontecer del país, desgraciadamente para el Perú y sobre todo para los limeños, nos encontrábamos, sin sospecharlo, al borde del abismo por el que pronto se precipitaría la paz que habíamos disfrutado. En la ciudad de Arequipa se sublevó el general Luis M. Sánchez Cerro contra el régimen desprestigiado y deteriorado del Presidente Augusto B. Leguía, sacando la cara por su país, donde una gran mayoría estaba en desacuerdo con la política del gobierno. Después de laberintos y escaramuzas en toda la Nación, fue elegido como Presidente Constitucional del Perú. Lo recuerdo trigueño, de pobladas cejas negras y mirada oscura y aguda, viéndose en él al hombre decidido y valiente que quiso hacer mucho por su patria. Su plan de gobierno fue bien recibido por la mayoría de ciudadanos con la esperanza de que él mejoraría la situación de la clase media y el pueblo. Pero desgraciadamente había llegado al país Víctor Raúl Haya de la Torre trayendo las bases de una nueva doctrina conocida y aprendida en el extranjero, donde vivió algún tiempo por sus estudios superiores.
Este nuevo líder sembró su semilla y ésta germinó en otro grupo de ciudadanos que lo empezaron a seguir, lo que trajo por consecuencia que se armara la de San Quintín. Prácticamente el país se dividió en dos partes, estando de Lima al sur gobernada por Sánchez Cerro y el norte siguió a Haya de la Torre.
Como nos encontrábamos relativamente lejos de la capital, no sufrimos grandes cambios en nuestro rutinario vivir. Nos rodeaba un entorno placido y tranquilo que nos permitía salir con mamá todas las noches a la avenida Pardo, para esperar a papá, al que lo divisábamos antes que acercara en su pequeño carro, por el poco tránsito de la hermosa avenida Y digo hermosa, por que era así. Estaba flanqueada por enormes y frondosos ficus sembrados a los lados de la berma central, cuyo piso de tierra y ripio rojizo se mezclaba con los miles de semillas caídas de los árboles. Al centro se ubicaban los faroles de luz muy tenue y banquitas de hierro con asientos de madera. Los árboles eran tan coposos que sus ramas altas se entrecruzaban formando un techo redondeado por el que no penetraba el sol. ¡Era un placer caminar bajo esa maravillosa vegetación!
Esta avenida contaba con diez cuadras largas, en la que se encontraban hermosas mansiones que ocupaban una manzana de extensión cada una. Todas se encontraban al centro del terreno, rodeadas de árboles y jardines que competían en belleza y diversidad de flores aromáticas y multicolores, siendo una de las más bellas la ocupada por la familia Gutierrez, en la cuadra ocho, donde hoy se ubica la Embajada del Brasil, de clásico estilo italiano, con tres pisos y adornos en la parte superior. Pintada de color blanco, lucía en su coronación un cubículo con columnas y adornos de un acabado admirable.
Luego de ingresar por un enorme portón de fierro, como toda la reja cirdundante, se habría dos caminos para vehículos que subían hasta la puerta principal de la entrada a la casa. Al centro del florido jardín se podía admirar una pila con surtidor. Con motivo de alguna reunión familiar se realizó una brillante recepción donde pudimos admirar el lujo y la elegancia de los invitados.
Otra de las casonas, propiedad de la familia Osores, cuyo título en lo alto de la puerta de entrada ostentaba el nombre de “Mar del Plata”, debió ser muy hermosa, pero siempre permaneció abandonada. Entre las malezas que cubrían el jardín se veían estatuas de mármol y una gran fuente central. Todo el muro lo rodeaban numerosos eucaliptos y varios sauses tristones.
Pero la más renombrada fue la mansión de la familia Olchese en la esquina que hoy ocupa la firma Scala, por la razón de ofrecer a la admiración de todos el más bello y extenso jardín en el que se apreciaban muchas flores exóticas y desconocidas. Fue famoso su blanco camino de azucenas.
Volviendo atrás puedo contar que, así como mis tías prácticamente se recluyeron en nuestra nueva casa, muchas de las amigas y personas conocidas por ellas nos visitaron de vez en cuando, a excepción de algunas amistades que las unió el cariño profesado a mi familia mientras la vida se lo permitió. Entre ellas recuerdo a la señora Eloísa Chinchilla y su hija Luzmila quien llegó a ser mi amiga muy querida. Con ella compartí lindos momentos en mi niñez cuando jugábamos con muñecas y juegos de té. Era preciosa, de tez blanca y sonrosada, con sus grandes ojos claros y dorada abundante cabellera. Se peinaba con una gruesa trenza atada con lazos de color. Una terrible enfermedad se la llevó cuando sólo contaba 16 años de edad. Sentí mucha pena por ella y su ausencia me privó de su amigable compañía. La recordé por mucho tiempo luego de su eterna despedida.
Otra amiguita que tuve fue Colomba Dolci, hija de una comadre de mi tía Mercedes, la señora Elena Tirado, compartiendo muy poco su amistad, porque por razones que no conocí, ella y su mamá poco a poco fueron distanciando las visitas, hasta que desapareció para siempre de mi vida.
A pesar del caos que amenazaba al país, seguíamos viviendo tranquilamente y la situación familiar estaba al cubierto de situaciones inciertas. Papá le obsequió a mamá un bello y elegante automóvil Oclan alemán, que lo manejaba el Sr. Julio Prieto, todo un caballero, afable y correcto al que le tomamos afecto por la seguridad con que disfrutábamos saliendo con él al volante. Era relacionado de la familia.
Seguí saliendo con frecuencia con mi tía María Mercedes en sus visitas diarias a Lima, y más de una vez regresamos de noche. Por eso, una cuadra antes de llegar al Ovalo de Pardo, tomábamos la ruta de el jirón Ramón Zavala, por estar iluminado y ser más seguro, no por haber personas indeseables, si no por el trayecto entre las malezas y a oscuras por el otro lado.
Así comenzamos a conocer a las familias de ese jirón, las cuales en el verano acostumbraban sacar sus sillas en la vereda y sostener entre ellas amigable conversación. Existía parentesco entre todos, y como era una costumbre de cortesía, al pasar, mi tía saludaba a todos, mientras que los chicos jugaban en el centro de la calle aún sin pavimentar.
Otra visitante de la casa fue la señora Augusta Jeguer, que fue amiga de Mamita, y lo hacía con relativa frecuencia. De origen alemán, recuerdo sus blancos cabellos y sus ojos azules moviendo siempre sus manos de las que brotaban bellas blondas y encajes de malla. Cuando escuchábamos su voz pidiéndonos ayuda para ingresar a la casa: “¡Escondan a la bandida”, sabíamos de quien se trataba, por el espanto que le causaba la presencia de mi perra “Bruna”.
Me parece verla sentada en uno de los sillones de la salita de la casa, su lugar preferido, afanada en enseñarme los primores que con tanta facilidad tejía. Viendo el interés que mostraba cuando me sentaba a su lado para observarla, me enseñó como hacerlos, pero por no seguir practicando ese arte llegué a olvidarlo.
Siguieron pasando los meses de ese año 30, cuando notamos que se empezaba la construcción de otra casa cercana a nosotros. Se trataba de la mansión de la familia Gardini, de origen italiano, la que tenía amistad con la señora Jeguer. Para suerte nuestra, después de habernos presentado mutuante, se inició entre ambas familias una sincera y verdadera amistad.
Los padres ya ancianos formaban una admirable pareja, bellos y afables, llamados Federico Gardini y Angélica Muñiz de Gardini. Vivían con dos hijas solteras, con notable diferencia de edad entre ellas: Laura y Angélica, además de un sobrino que entonces tendría 12 años llamado Manuel Gardini Castellanos.
Llegamos a sentirnos estrechamente unidos con verdadero cariño a la familia Gardini, como si siempre nos hubiéramos conocido, y Manuel fue desde ese momento mi mejor amigo, compartiendo ambos nuestros juegos y entretenimientos. Lo quise como a un verdadero hermano. Y, si fuimos inseparables de chicos, compartimos vivencias inolvidables en nuestra adolescencia. Mucho significado tuvo esa amistad, sobre todo cuando en momentos difíciles compartieron con nosotros dificultades y problemas, brindándonos su generosa ayuda, y acompañándonos cuando más lo requerimos. Y fue así que con frecuencia los chicos pasábamos los días en una y otra casa.
Durante el resto del año siguieron los problemas en el ambiente político y en las familias también. Se comenzó a sentir temor estando en las calles, sobre todo en Lima, por los continuos choques entre las fuerzas del gobiernos y los apristas. Llegó la situación a tal punto que al temido grito de “¡Hay bullas¡” en todo Lima se cerraban las puertas de los establecimientos comerciales, sobre todo las del Centro, como por obra de encantamiento y el temor a los asaltos y saqueos. Si se tenía la mala suerte de encontrarse fuera de casa, había que encontrar refugio donde fuera para evitar el baleo y las cargas de la caballería sobre los revoltosos, las que ponían en riesgo a cualquier inocente que nada tenía que ver con el asunto.
En una oportunidad encontrándonos en la Iglesia de la Merced organizando un reparto de víveres para el día siguiente, empezó tal laberinto en el centro que el Padre Provincial nos aconsejó quedarnos toda la noche si era necesario, por ser muy grande el riesgo al salir. Pero la cosa no prosperó mucho tiempo y pudimos regresar, no sin haber gozado antes de una exquisita cena que me brindaron los padres mercedarios en el comedor de los sacerdotes.
En esa época me intrigaba el por qué la familia de mamá, los Raygada, no nos visitara y fuéramos nosotros los que nos acercábamos a su casa. Estas visitas ocasionales se realizaban en el cumpleaños de nuestra bisabuela Victoria Pardo Figueroa de Raygada, el 23 de diciembre, y en el cumpleaños de la tía María Esther, su hija, el día 7 de abril. Sólo en esas dos ocasiones nos reuníamos todos y era lógico que en cada una de ellas conociéramos a otros parientes o notáramos la ausencia de otros. Por este motivo, fuimos muy apegados a la familia de papá y sólo queríamos a la Mamama María, a los tíos y a María Luz. Después de haberles hablado de mi querido tío Carlos, el mayor de los hermanos de mamá, ahora voy a referirme a la persona de la tía Amalia.
Se puede decir que fue nuestro personaje inolvidable. Pasó por la vida sembrando amor, ternura, generosidad y dándonos ejemplo de valor y abnegación. Mis recuerdos sobre ella de niña se prolongan en la adolescencia y madurez, viéndola tal cual era, una mujer digna de haber tenido mejor suerte. La quisimos entrañablemente, siendo correspondidos en igual forma por ella. No tuvo hijos y fue por eso que nos prodigó toda su ternura llenando el vacío de su vida. En su lucha por alcanzar una vida mejor fue el mejor ejemplo de su temple, mereciendo por eso la admiración que le tuvimos.
¡La tía Amalia! Siendo la menor, se casó muy joven con Nicolás Sal y Rosas, pero fue un matrimonio desafortunado. Se vio en la necesidad de separarse del esposo, situación no aceptada en ese tiempo. Vivió sola y, mucho después, regresó al lado de su madre. A pesar de la vida que llevaba, no demostraba tristeza ni amargura, antes bien, su risa brotaba en ella con gran espontaneidad y su generosidad llegó al extremo de ayudar al que la necesitó, a pesar de no contar con grandes recursos. Siempre estaba en la sombra cuando había una reunión en la casa, tratando de no hacerse notar ante los familiares o amigos. El motivo de ese aislamiento recién lo conocí después de muchos años, relatándolo anteriormente.
Cada vez que nos visitaba, me parece verla sacar algo de su cartera para cada uno de nosotros, con su carita risueña, disfrutando de nuestro gozo y curiosidad, preguntándome más de una vez si esa cartera tuvo algo que ver con San Martín de Porres...
Al finalizar el año, nació mi hermano Carlos, el 6 de diciembre. Desde muy bebé fue bello como un muñequito, primoroso y tranquilo. Conforme fue creciendo se notó en él su precoz personalidad. Siempre se le veía de buen humor, reía con frecuencia y no nos fue difícil atenderlo y orientarlo por ser dócil y obediente. Aún sigue siendo para mí el hermanito a quien paseaba en cochecito, a quien quiero entrañablemente. Desde muy pequeño demostró una sensibilidad muy rara en un niño de su edad al gustarle la música, el canto y el baile para el que tenía un magnífico oído. Me sentía muy feliz gozando de sus risas y la forma de acariciarme con sus manitos. Siempre fue y es un hermano lindo, muy lindo para mí...
1931
Y llegué a este año 31, con muchos cambios en mi vida. En primer lugar ingresé al colegio junto con Lisandro y por saber leer y escribir, ambos fuimos matriculados en el Primer año de Primaria. Nuestro colegio era pequeño y se llamó “Colegio Santa Teresita del Niño Jesús”. Su directora y propietaria era la señorita Consuelo Orrego Ugás que junto con su hermana Elena, la sub-directora el colegio, demostraba gran eficiencia y buena disciplina.
Recuerdo nuestro primer día de clases como si fuera ayer. Por mi afán en aprender, que fue lo mejor que me pudo pasar. Aún percibo el olor de la tinta líquida y de la carpeta de cedro. Los bellos cuadernos fueron la base de nuestro aprendizaje y los libros que eran pocos, sólo los utilizábamos como guía y consulta.
Los cursos que empecé a preferir fueron la Historia del Perú, el de Lectura y sobre todo la Geografía. Luego las ciencias empezaron a serme muy atractivas por mi espíritu investigador y curioso. Fui destacándome poco a poco por eso apego al estudio que me ha durado toda la vida.
Tratando de acordarme de mis compañeros veo que casi los tengo presentes a todos: Paco Portugal, el más inquieto de la clase a pesar de ser cojito de una pierna, travieso y muy inteligente, corría mejor que los que las teníamos completas. Era muy querido por todos y nuestro mejor compañero de clase. Luego Rosita Cartagena, mi compañera de carpeta, Carmela Guerrero, sobrina de las directoras, Luz Balta, de hermosos cabellos y ojos negros, Guillermo Freundt, muy engreído y odioso, César Pizzarello“Quillo”, excelente amigo, después Carmen Ureta, Carmen Maltese, Rosa Merino, Eugenio Bertolotti (italiano), Ada Valcarcel, hija del gran historiador peruano, las hermanas Alicia y Delia Baella, Elvira Olaechea, muy bonita pero de carácter muy tímido, Dinora Codali, una chica un poco rara, Matilde Aservi, preciosa e inteligente, fue una de mis mejores amigas a través de los años que estudiamos juntas. Falleció casi una niña de una cruel enfermedad. Los hermanos Perla y Jorge Santa Cruz y Grimanesa Dapelo, otra italianita dulce y pecosita.
Por ser mixto hasta el tercer año, muchos de los ex-alumnos del colegio ocuparon cargos importantes o brillaron por su resaltante actuación en diferentes entidades políticas y privadas. Muchos de ellos se formaron desde que empezaron a estudiar desde sus primeras letras. Muchas vivencias de aquel primer año de colegiala aún las actualizo y son tantas que tendré que resumirlas en mis recuerdos.
En primer lugar, el local del colegio estaba situado en la segunda cuadra de la avenida Pardo, en una casona antigua, amplia y llena de luz. Vestíamos unos uniformes de blusa y falda tableada azul oscuro, correa roja en la cintura, cuello blanco tieso y duro en el cual se lucía una corbata de seda roja. Era incómodo por la dureza del cuello, pero al cabo de los años esta molestia se me ha agudizado, al extremo de no poder resistir nada que me sofoque al rededor del cuello. El horario de clases era partido: entrábamos a las 8:30 de la mañana saliendo a las 12 p.m., teniendo tiempo de almorzar en nuestras casas y luego regresar por la tarde de 2:00 a 5:00 p.m. Este sistema se acostumbró todo el tiempo que duró mi estadía en el colegio.
Lisandro y yo al principio compartíamos el mismo salón y la misma doble carpeta. Comencé a fijarme en mis desconocidos compañeros y vi reflejado en la mayoría el mismo sentimiento desconcertante, no exento de temor, al vernos en un lugar desconocido para todos y sentirnos separados de lo que formó nuestro mundo en el hogar. Además, tener que guardar desde el primer momento las reglas de disciplina y normas del colegio.
Menos mal que por ser pequeño el número de alumnos nos integramos pronto y formamos un grupo amigable pero con las características propias de cada niño. Lo que más me mortificaba era mi timidez, pero sin embargo fui siempre la primera alumna de la clase y lo digo sin ninguna jactancia, a pesar de sufrir cada vez que tenía que pararme al dar las lecciones y peor aún, al realizar mis ejercicios matemáticos escribiéndolos en el pizarrón.
Para mis ocho años era grande y robusta, muy ágil para las carreras, las que siempre ganaba. Me lucía en las clases de Educación Física y era toda una artista saltando el “Mundo”, original juego muy conocido en esa época. Uno de mis cursos favoritos, la Geografía, fue la que me enseño las maravillas en el mundo y sería después la causante de que en mis sueños volara sobre paisajes increíbles.
La Historia del Perú fue mi “fuerte” no así las Matemáticas ni el lenguaje, pero si me gustaba leer todo lo que tenía por delante, siempre y cuando fuera apto para mí. En las tardes generalmente teníamos las clases de dibujo y costura, pero la vida en el colegio desde un principio fue mi mundo preferido. Cuándo lo recuerdo ¡cómo lo añoro! Por el deseo de aprender y aprender cosas nuevas, cada día se me fueron abriendo nuevos horizontes, muchas veces con sorpresas insospechadas...
Ese año no se celebraron las Fiestas Patrias el 28 de julio, por la situación de enfrentamientos y revueltas que día a día aumentaban. Creaban zozobra y temor en los limeños, que no sabían cuándo terminaría ese caos. Pero a nuestro apacible Miraflores no llegaban todavía las consecuencias de la difícil situación por la que atravesaba el país, y en la Plaza Bolognesi de nuestra villa, cercana a nosotros, comenzaron las retretas animadas por las bandas de música de la Guardia Republicana. Era una reunió amena a la que asistían las familias de los contornos, mientras los menores nos divertíamos de lo lindo, corriendo por los jardines y escuchando a la vez tan alegre y variada música.
También los días domingo, después de la misa de 11 de la mañana celebrada en la iglesia Matriz del Parque Central, se acostumbraban estas retretas y en una de ellas, tuvimos la grata sorpresa al ver asistir al templo al Presidente Sánchez Cerro. Era un buen cristiano y no faltaba a la misa dominical. Llegaba acompañado por su Edecán y el chofer de su carro. Ocultando su mano en el kepí de su uniforme por tener un dedo mutilado, se sentaba al lado derecho de la iglesia en las primeras bancas como cualquier otro feligrés. Se acostumbraba que las damas se sentaran separadas de los caballeros. El presidente era muy correcto y saludaba con alegría y sencillez las muestras de afecto que recibía del público cuando salía del templo. Fue en una de esas oportunidades que un joven de apellido Melgar, militante aprista, le disparó dos tiros, hiriéndolo, sin respetar el lugar sagrado donde se encontraba. Así mismo, resultaron varias personas heridas por el tumulto que se formó y las balas de los policías que lograron atrapar al atacante. Nos salvamos de ese susto por habernos retrazado un poco al llegar. El templo fue cerrado por varios días para purificar el lugar donde se había derramado sangre humana en su interior.
1932
Poco a poco se fue poblando el rededor de nuestra casa y empezamos a tener amigos con quienes jugar. El barrio empezó a crecer y con él nuevas vivencias, sobre todo con los chicos con los que fuimos formando un grupo muy unido, y no conocíamos nada negativo que empañara nuestra cálida amistad. Además varios compañeros del colegio también nos fueron frecuentado, sobre todo cuando cumplí los nueve años, con la tradicional fiesta infantil.
Al lado izquierdo de nuestra casa se inició la construcción de una enorme mansión, que nos fue quitando buena parte del panorama preferido: el ver desde las ventanas del cuarto de costura de mamá el aterrizaje de los aviones o aeroplanos anaranjados de la compañía Faucett. Pero luego la curiosidad la desviamos hacia el mar, pues con gran asombro se perfilaron en él las siluetas de los barcos que navegaban para dirigirse o regresar del Sur.
Cuando empezó el verano iniciamos lo que sería nuestra diversión cotidiana: bajar a la playa que estaba a nuestro alcance. Un poco más allá se encontraba la playa “La Pampilla”, cuyo mar era extraordinariamente manso, justo lo que nos convenía para nuestra edad. Lo pesado era el regreso porque teníamos que subir por un sendero de tierra a pesar de que en algunos trechos habían escalinatas de piedra, hechas a propósito para dar mayor comodidad, por un señor japonés apellidado Tanaka, el cual era dueño de un inmenso jardín con su invernadero en el segundo óvalo de la avenida Pardo.
Los domingos se abrían sus puertas para que los vecinos pudiéramos disfrutar de las variadas y exóticas plantas ornamentales de flores multicolores, cactus, helechos y varios árboles frutales. Tenía caminitos y bancas para descansar. Este fue por mucho tiempo el paseo obligatorio de todos los vecinos del lugar.
La situación siguió cada vez peor por los tumultos y asaltos que exponían a quien se veía obligado a transitar por las calles, temiendo a cada momento ser alcanzados por una bala perdida. Estos líos se presentaban como el pan de cada día pero, a pesar de todo, la vida seguía adelante.
Un día de espantosos recuerdos fue el del levantamiento del sargento Huapaya, acantonado en el Cuartel de Santa Catalina en los BarriosAltos. Ese malhadado día se nos ocurrió, junto con mi tía Esther, visitar a mi Mamama María luego de salir del consultorio del dentista. Y cuando menos lo esperábamos un baleo espantoso no hizo saltar de susto. Primera vez que escuchaba el sonido de una bala tan cerca de mí y peor aún el sonido de las ametralladoras. Para “protegernos” María Luz y yo nos metimos bajo las camas de puro terror y como no se mostraba el término de ese infierno, pensamos que lo más prudente era quedarnos hasta el otro día.
Cuando nos trataban de acomodar lo mejor posible, una señora vecina le avisó a mi abuela que los apristas estaban saqueando e incendiando las residencias de las familias acomodadas. Al lado de la quinta se erguía el Edificio Wiese y como era de suponer, por temor a su cercanía, todas las familias residentes en el solar comenzaron a irse, por lo que mi abuelita llamó por teléfono a papá que felizmente ya se encontraba en casa y él nos avisó que lo esperáramos listas, que iba por nosotras. Mi padre tuvo a su lado al ángel de la guarda que lo protegió de todos los peligros a los que estuvo expuesto, sobre todo en las calles sembradas de tachuelas y vidrios pequeños. Cuando salimos, éstas ofrecían un espectáculo aterrador. María Luz y yo nos metimos dentro del asiento plegable del carro de papá y lo cerramos, mientras mi tía y mi abuela se acomodaron adelante, con bultos y paquetes junto a papá, y sólo pudimos respirar aire puro cuando nos encontramos fuera de Lima.
Ese año, al empezar el colegio, llegaron nuevos compañeros los que vienen a mi memoria al llamado del recuerdo. Nuestra profesora se llamaba María Marsano y entre los alumnos estoy recordando a los hermanos Hernán, Fernando y Eliana Vargas Caballero, que habían regresado de Australia, siendo los tres mis compañeros de clase, lo mismo que Angélica Melena, Dora Gordillo, Blanca Solimano y los hermanos Augusto, Alfonso y Fernando De las Casas Bermúdez. Los dos primeros estuvieron en mi clase y el menor Fernando, con mi hermano Raúl.
Ese año fue más fácil para mí, teníamos un magnífico sistema de enseñanza, las nuevas materias o cursos nos obligaban a estudiarlos con interés, porque luego, al tomarnos la lección, teníamos que responder las preguntas de pie. Además se iniciaron los ejercicios físicos y deportivos en un terreno cercano al colegio, lo que nos permitía correr o jugar volley según lo que escogiéramos. Como dije antes, yo era de contextura gruesa, pero muy veloz, por lo que llegaba primera en las carreras, con el consabido disgusto de los varones que no me podían ganar.
Además, empecé a tener amigas de clases superiores como la que fue compañera entrañable, Leonor Duthurburu, a quien cariñosamente se le decía “Mota”, continuando nuestra amistad por muchos años más. También conocí a Irma Santiváñez, hija del comandante Juan Pablo Santiváñez Túpac Yupanqui, propietario de la casa vecina recién ocupada y que con María Luz, las tres fuimos inseparables.
Para ese entonces mi Mamama María se había incorporado a nuestra familia, ocupando un dormitorio en el tercer piso, junto con mi tía “Mariala” Irma era muy inteligente y me ayudaba en mis temas y trabajos. También tomaba clases de inglés, siendo mi profesor su papá, el Comandante, y esa familia me guardó un profundo cariño que, lamentablemente, causas inesperadas me separaron de ella.
Por intermedio de Irma empecé a tener amistad con Lucrecia Mesinas, la que con su familia habían sido vecinos de la calle Ramón Zavala, y fue por esta amistad que me relacioné poco a poco con ellos que si imaginarlo en ningún momento, al cabo de los años uno de los hijos, Guillermo, terminaría casándose conmigo.
Como si fuera ayer tengo presente a la señora Hortencia Miles, madre de Lucrecia, fuerte y sana, con su cabellera pintando canas, de tez sonrosada y un moño sobre la nuca. Entró a la sala el día de su santo al que me había invitado Lucrecia, portando una jarrita de chicha morada y con una sonrisa encantadora, luego de las presentaciones, nos invitó un vaso de tan deliciosa chicha. Guillermo fue el último de los hermanos que conocí. Estando en la casa lo vi pasar a través de una ventana que daba al pasillo del costado, pero vagamente, y me enteré que era uno de los hermanos de Lucrecia.
Poco a poco el grupo de chicos del barrio siguió aumentando y nació entre nosotros un profundo sentimiento que nos hizo sentir cada vez más unidos e inseparables en nuestra amistad, la que nos unió para siempre. Puedo contar entre ellos a los hermanos Mesinas, los Dextre, los Succar, los Brindan, etc. Empezamos a ir juntos a todas partes y los domingos acudíamos al cine en compañía de la tía “Chana”, la que se brindaba a cuidar ese pequeño ejército al que se habían incorporado con mis hermanos, María Luz, Manuel Gardini y Samuel Cárdenas, mi pequeño tío. A veces también los primos hermanos César, Jaime y Victoria Cárdenas.
En aquella época existían tres salas de cine en Miraflores, siendo el más antiguo el “Exelsior”, ubicado en el jirón Bellavista, construido de madera y de un solo nivel. Sus asientos duros e incómodos colocados uno detrás de otro dificultaban ver las películas, viéndonos obligados, como la mayoría de los espectadores a estirar el cuello, llegando al final de la función todos adolorido.
En la Alameda Ricardo Palma, contigua a la avenida Pardo, se encontraba la sala “Mundial”, que cada vez que asistíamos a ella por sus buenas películas, rogaba interiormente que no se produjera un temblor, porque sólo se ingresaba a las bancas por un solo lado, estando el otro lado pegado a la pared.
El único de categoría era el “Teatro Marsano”, amplio, hermoso y elegante, con butacas forradas en terciopelo rojo. Además de la platea, estaban los palcos bajos, la galería y la cazuela. Llegó a ser el predilecto de la muchachada cuando exhibió por primera vez las famosas “seriales” por capítulos, lo que aseguraba la asistencia todos, los días domingo.
Empezando el año escolar sufrí un accidente que pudo serme fatal. Fue porque al recogernos del colegio una tarde del mes mayo el joven que nos llevaba a nuestra casa, conduciendo el carro Pontiac de papá, al dar la vuelta sin que yo me percatara, salí despedida al pavimento. Quiero explicar que por tener este carro un asiento plegadizo como ya lo he descrito, ese día viajaba en compañía de Lisandro en el dichoso asiento y tuve la peregrina idea de subirme arrodillada sobre el antepecho de la parte delantera, agarrándome del techo del carro. El joven llamado Abelardo, sin percatarse de mi imprudencia, volteó y yo, a mi vez estando desprevenida, por la fuerza de la curva, me solté y caí. Perdí el conocimiento y como entre nubes me sentí cargada por Abelardo y luego llegando a la casa.
Está por demás decir el alboroto que se formó en mi familia del que me enteré después. Estuve varios días en cama a consecuencia de una fuerte y delicada conmoción cerebral, además tenía un hematoma del tamaño de una manzana en el parietal derecho, lo que me produjo un terrible dolor de cabeza, dolor que me ha acompañado casi toda mi vida. Además desde entonces, con frecuencia, se me presentan lagunas en la memoria, lo que me mortifica bastante. Perdí un mes de colegio en el que luego no me forzaron en nada con los estudios, pero aún así, al mejorar, logré con mucho esfuerzo emparejarme con mis compañeros y aprobar el segundo año.
Siempre y en todo lugar existen personajes típicos o conocidos y lugares predilectos que se destacan y se hacen familiares. Nuestro Parque Central era el punto donde convergía todo lo que se realizaba en la villa, siendo el corazón del lugar. Los días domingo, después de terminar las misas de 11 y 12 se acostumbraba a dar un paseo por el parque, gozando de la música de las retretas que nos ofrecía la Guardia Republicana. En la última misa las personas lucían sus mejores galas con atuendos y alhajas de valor, sin temor a los asaltos que aún no se conocían.
Siendo golosos por contumacia, las tiendas de dulces y helados se encontraban siempre muy concurridas, sobre todo la de la firma D’Onofrio (que hasta ahora existe) en la calle Lima. Luego la gran bodega “Romano”, situada en la primera calle del jirón Larco, frente al parque, la cual ofrecía lo más variado y surtido en bocaditos, embutidos, pastas, helados y una gama completa de licores finos. En esta misma acera, una cuadra antes, en la diagonal que llegaba a la Alameda, era un lugar preferido para los chicos y jóvenes de entonces, la singular pastelería y bodeguita de “Paisa”, el dueño del local, un paisano alegre y bonachón del que no supimos su verdadero nombre. Este vendía unos budines que hicieron historia, medio chiclosos pero riquísimos y ni qué decir de los alfajores rellenos de manjar blanco, algo duros pero que eran la delicia de todos.
Los primeros vehículos urbanos del balneario, los típicos e inolvidables “urbanitos”, el Nº 1 y el Nº 2, recorrían por dos rutas dentro del lugar. Desde que nos servimos de ellos nos fueron muy familiares, trasladándonos de un sitio a otro por el precio de 5 centavos.
¡Quién no los recuerda! Eran pequeños como los micros de ahora, pero sería insultarlos al compararlos con ellos. En primer lugar, lucían impecables y cómodos. La primera línea iniciaba su recorrido desde el paradero del tranvía en la Alameda Palma, pasaba por el centro al lado del parque hasta la avenida 28 de Julio, arteria que ponía fin al límite de Miraflores por el sur. Se encontraba en la zona conocida como el “Leuro” y hermosa y amplia, situándose en sus dos flancos, las más amplias y lujosas residencias cubiertas por enredaderas y flores multicolores. Bordeando los barrancos o acantilados se extendía el Malecón de la Reserva.
La segunda línea, No 2, partía del mismo paradero pero tomaba la ruta de la Alameda y continuaba por la avenida. José Pardo hasta llegar al primer óvalo, al cual rodeaba para regresar por la misma avenida y por la pista del frente hasta su paradero, situado a un lado de los rieles del tranvía.
Estos “urbanitos” conectaban todo el balneario y sus choferes, correctos y honrados, eran conocidos por todo el público que los estimaba mucho. Puedo recordar al Sr. Corbella, blanco, ñato y sumamente educado y respetuoso. El Sr. Valenzuela, más bien era trigueño, de grandes bigotes bien cuidados, notándosele un aire de seriedad y respeto. Era el de más edad. Y el tercero, el gordito Carrillo, acholado y juguetón, buen criollo, gustaba hacer bromas y su sonrisa no le abandonaba los labios. Estos tres personajes llegaron a integrarse a las familias miraflorinas, pues nos conocíamos mutuamente y muchas veces, cuando se iba a bajar algún niño o una señora de edad, eran capaces de dejarlos en sus propias casas. Cuánto tendrían que aprender los choferes actuales de esos tres caballeros del volante.
Las fiestas religiosas se celebraban con integración y recogimiento de la feligresía. La principal se realizaba el día del “Corpus Christi”que casi siempre caía en el mes de junio. Era día de precepto con Misa de Fiesta en horas de la mañana, a la que asistían las autoridades, colegios en uniforme de gala, entidades religiosas y numerosos fieles. Por la tarde salía del templo principal la solemne procesión. con numeroso acompañamiento. La Sagrada Forma transportada en la dorada custodia por el padre párroco bajo el “palio”, recorría el contorno rodeando el Parque Principal. Acudían también cofradías del Divino Corazón de Jesús, damas y jóvenes pertenecientes a la Acción Católica y numerosos niños que, como acólitos, lucían albas de color celeste, con capas bordeadas de fina piel blanca. Portando en sus manos farolitos encendidos colgados de varas doradas, con las brigadas de Boy Scouts, escoltaban el “palio” y resguardaban el orden. Los cánticos y rezos, muchos de los cuales aún se escuchan en las celebraciones religiosas, los llevo grabados para siempre en el corazón.
El 27 de noviembre, día de la Santísima Virgen de la Medalla Milagrosa, patrona de Miraflores, también se reunía todo el pueblo alrededor del anda venerada. Igualmente se celebraba con gran unción y recogimiento, caminado a los lados de la imagen, muchos niños elegantemente vestidos.
Los cánticos a la Virgen María eran lindísimos y es penoso comprobar que ya casi no se recuerdan, como aquel que nos llenaba de un gozo espiritual cuando escuchábamos decir: “María blanca azucena, flor radiante del jardín de Nuestro Dios...”.
En nuestro viejo Miraflores también residían personajes muy típicos y conocidos, como es el caso del famoso heladero que en un principio tenía el mote de “Bigote de Palo” por tenerlo muy tupido y tieso”. Este amigo de los niños ha conocido diferentes promociones de todos los colegios del balneario, pues siempre se le veía rodeado de numerosos muchachitos con quienes jugaba a los dados o con su ruletita, y a pesar de conocerle muchas jugarretas, por ser tan querido, se las pasábamos por alto. Luego, al correr el tiempo, lo empezamos a llamar “Panchito”, y hasta hace pocos meses lo he visto nuevamente con su carreta de dulces y helados agitando su latita llena de piedritas, haciendo bulla para llamar la atención. No sé si aún existe porque calculo que debe de tener más de 90 años.
Y como él, otros personajes recorrían nuestras calles, como aquel enano, siempre elegante, que no dejaba el chaleco así se sintiera un calor sofocante. Usaba tongo y bastón y creo que vivía por el jirón Berlín. O aquella pareja de flacos, pobrecitos, pero cada cual era más feo que el otro. Siempre se estaban mirando lánguidamente; para ella quizá fue el príncipe azul con el que todas soñamos alguna vez. Me han contado que aún están vivos los dos.
Pasando a otra cosa relataré que nuestra vida apacible y tranquila comenzó a empañarse cuando el país se vio amenazado por el fantasma de la guerra con Colombia. La paz de la que disfrutábamos en este lugar apacible y tranquilo comenzó a perturbarse. El Presidente Luis M. Sánchez Cerro dispuso el llamamiento a los jóvenes que estuvieran en condición de defender al país y se formaron batallones de “Movilizables” a los que veíamos desde nuestras ventanas, cuando, en grupo, en un lugar cercano y descampado, diariamente, eran entrenados como futuros soldados de la patria.
Por otro lado la población se vio amenazada por las turbas que empezaron a surgir ante la difícil situación, y matones o salteadores que, sin importarle nada, empezaron a saquear e incendiar establecimientos comerciales cuando sus propietarios se oponían a proporcionarles lo que se les exigía, y era habitual que en el silencio de la noche, escucháramos los disparos de la policía que trataba de contener los desmanes. Y por eso, al salir acompañando a mi tía Ñaña los días sábados que no tenía clases del colegio, lo hacía con temor por el peligro que se podía encontrara al doblar cualquier esquina.
1933
En este año, al cumplir mis diez años, me celebraron mi cumpleaños en forma muy original.
Al finalizar el año escolar de 1932, y con ocasión de recibirse en el colegio la primera promoción de instrucción primaria, se organizó una velada musical y artística en el Teatro Marsano de Miraflores, en la que tomamos parte casi la totalidad del alumnado. Se presentaron numerosos bailes y números muy originales, logrando que fuera todo un éxito la representación. Por coincidencia, ese año, recién papá pudo terminar su carrera de Agronomía, y la fiesta se vio animada primero por algunos de los números musicales de la velada del colegio, por lo que la casa se llenó de chicos a los que mis tías se encargaron de vestir y maquillar. Yo también tomé parte del espectáculo, el que resulto muy bonito y entretenido. Este fue uno de los momentos más bellos de mi niñez.
Más tarde fue el agasajo a papá, al que asistieron varios compañeros de su promoción, que por supuesto eran menores que él. Recuerdo alguno de ellos con mucho agradecimiento y cariño, por dedicarse a enseñarme algunos de los bailes de moda. Sobre todo nunca olvidé al Ing. Pedro Cárpena por su ternura y delicadeza para conmigo y al Ing. Juan Fernández Stoll. A pesar de mi edad, ellos se encargaron de obsequiarme una noche inolvidable.
El día 19 de este mes, Lima fue sacudida por un fortísimo temblor, siendo para muchos una experiencia espantosa, ya que no se recordaba haberse sentido uno igual. Acabábamos de bajar del tranvía que nos traía de Lima y al subir al ómnibus urbano éste sufrió tremenda sacudida, pensando todos que se trataba de un choque, pero al bajar comprobamos que el suelo temblaba violentamente. Se apagaron las luces de la calle y las personas salían despavoridas de sus casas, algunas con ropas de dormir, arrodillándose en el suelo y pidiendo misericordia. No hubo desgracias personales pero sí muchos daños en casas y templos.
Siguieron pasando mis días entre el colegio, mi casa, mis amigos y las salidas con mi tía María Mercedes a la Iglesia de nuestra devoción. El 30 de abril de ese año, se iba a realizar el desfile de los voluntarios que irían al frente del conflicto con Colombia y la revista se realizaría en el Hipódromo de Santa Beatriz. Cuando el presidente se dirigía a ocupar su sitio en la tribuna oficial, de improviso, salió dentro del público un individuo que trepó rápidamente al estribo del carruaje del presidente disparándole varios tiros a quemarropa que le ocasionaron la muerte. Demás está decir la confusión que se armó por los gritos y atropellos de la gente aterrada que trataban de alejarse del lugar. Nosotros tuvimos la suerte de no estar entre el gran tumulto por habernos retrazado al llegar. Del asesino del presidente sólo quedó una masa informe, porque los soldados de la escolta lo destrozaron con su bayonetas.
En realidad esta fue una perdida irreparable porque el presidente Sánchez Cerro había elaborado un plan de gobierno muy bien encaminado para mejorar al país. Y quien sabe si la historia hubiera sido otra. Se sucedieron días angustiosos y de incertidumbre y recién pudimos gozar de paz y tranquilidad, cuando el general Alfredo Benavides subió al poder y logró controlar la situación.
Empecé a cursar el tercer año de primaria y conocí a nuevas compañeras. Además me sentía recuperada del accidente que tuve y estudié con ahínco para aprender lo máximo y obtener buenas notas de aplicación. Entre las nuevas chicas también llegué a tener amigas cuyo cariño y amistad ha perdurado a través de los años. Cada vez que me he encontrado con alguna de ellas después de haber salido del colegio, he tenido la sensación de que los años no han pasado, que nuestra amistad y compañerismo escolar no ha sufrido desmedro alguno. Nos hemos saludado con inmensa alegría compartiendo diálogos plenos de recuerdos y nostalgias.
Me parece estar viendo nuestro salón de clases y en él a las nuevas compañeras entre las que puedo nombrar a Catalina Rebatta, Antonieta Moscoso, Victoria Vargas, etc. Otras ya partieron para siempre como es el caso de Mercedes Cavasa, Eliana Vargas, María Luisa Guichard, Gaby Gonzales, Matilde Aservi, que se nos fue cuando tenía solo 15 años de edad. Y Olguita Cavassa. A otras no las he vuelto a ver más.
Siguiendo con los recuerdos, me veo en casa de los tíos Cárdenas donde conocí a uno de mis más queridos amigos, Carlitos Flores, amigo íntimo de mis primos César y Jaime. Desde el primer momento sentí por él una singular y desconocida atracción, dándome cuenta que a él le pasaba lo mismo. Nunca he podido olvidar sus ojos verdes transparentes y tiernos, la dulzura de su carácter y la bondad que emanaba de su persona; a pesar de ser chiquillos, se que nuestro cariño nos atrajo dulcemente cuando tuvimos la oportunidad de estar juntos. Se fue para siempre siendo muy joven por un fatal accidente, pero hasta hoy lo veo frente a mi, cuando escucho aquella bella canción: “Aquellos ojos verdes, serenos como un lago, en cuyas quietas aguas, un día me miré...” ¿Fue mi primer amor?...
En el mes de octubre, el día 3, fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús, patrona de nuestro colegio, recibí mi Primera Comunión. Nos habían preparado en el colegio y nuestro director espiritual, que a la vez nos enseñó los diferentes cánticos religiosos, fue el padre Lucho de la parroquia del parque.
Llegado tan ansiado día, todo estuvo cubierto bajo un manto de felicidad. La iglesia resplandecía colmada y adornada con las blancas margaritas que exhalaban su embriagador perfume. En nuestras manos llevábamos la vela con cinta blanca y una vara de margaritas.
En el limosnero se guardaban las estampas, el rosario y el libro. El basto templo estuvo colmado por los familiares y amigos, y al rememorar aquellos momentos colmados de fe, el entorno de la iglesia bellamente arreglada y mis amiguitos engalanados con el albor del ropaje y el perfume de las azucenas, me siento transportada a aquellos años de mi candorosa inocencia. Como siempre, con mucha ilusión para aquel día, las manos maravillosas de mis tías me bordaron el blanco velo de tul y la limosnera que era un primor de cintas y encajes valencianos. A toda la familia se les envió las estampas recordatorias dentro de sus respectivos sobres a sus direcciones.
Luego de la ceremonia saboreamos el delicioso desayuno y luego de repartir nuestras mutuas estampitas empezó mi largo recorrido. Primero la fotografía de estudio y luego a visitar a los mayores de la numerosa familia para recibir de ellos amor y buenos deseos de paz y felicidad. En la tarde se realizó una velada en el colegio que estuvo preciosa.
Al finalizar ese año escolar, y como en las anteriores ocasiones, me otorgaron la primera medalla con el diploma correspondiente por mi buen aprovechamiento y conducta.
Al llegar las vacaciones al fin de año, empezamos a ir a la playa diariamente al local de los nuevos baños municipales. El municipio estableció la costumbre de alegrar los días viernes con retretas amenizadas por las bandas del ejército y la aviación. El parque era el escenario de estas reuniones que atraían a grandes y a chicos, y mientras las niñas nos paseábamos por la vereda derecha, los chicos se colocaban a ambos lados de la misma, ocupando los mayores las numerosas bancas de los costados. El público miraflorino era infaltable a estas alegres y amenas reuniones del balneario.
Por otro lado, en el barrio, el conjunto de amigos había aumentado lo suficiente como para formar un grupo numeroso. Nos divertíamos sanamente, sobre todo en las noches de verano. Como aún seguía despoblado el descampado que existía al contorno de nuestra casa, la luz de la luna hacía brillar el suelo. Las paredes de la casa por ser blancas se veían increíblemente bellas. Nos poníamos a jugar a las prendas, a las escondidas o al ampay. ¿Se acuerdan los que quedamos de esa época invalorablemente recordada?
Nuestra generación ha tenido el privilegio de vivir intensamente cada etapa de nuestra vida. Cada una de ellas completamente identificada, sin existir la malicia ni la maldad. Los menores éramos respetados por los mayores y muchas personas, sin conocernos, al ser necesario, acudían para ayudarnos cuando la situación lo requería ¡Cuanto se ha perdido! Qué falta hace ahora esa libertad de la que gozábamos, por que al criarnos al aire libre, éramos sanos y fuertes. Nos sentíamos dueños del campo, de la vida y de la bondad de los mayores.
Siguiendo el hilo de esta historia, acabo de recordar los relatos espeluznantes que se contaban en los contornos. Uno de ellos era la histórica aparición del “Hombre Blanco” gigantesca figura que se aparecía por la “Siberia”, llamado así todo lo que hoy forma la urbanización Santa Cruz, y a la que solo los valientes se atrevían a cruzar por ella. Además se empezaban a notar varias personas sospechosas o de mal vivir.
En la tercera cuadra del hoy jirón La Mar, existía una quinta-huerta que antiguamente fue propiedad del presidente Leguía. Al dejar este el poder le fue confiscada, como todas las demás propiedades que tuvo. En esa quinta estuvo instalada la familia de mi primo Lucho Crespo. Habitaban una casa pequeña rodeada de extensos jardines y una pérgola, en cuyas ramadas se apreciaban hermosos viñedos que daban unos racimos gigantescos, colgando de las ramas. En el fondo del jardín se veía como un pequeño coso de pelea, rodeado de asientos, y el piso central de abundante arena. Me contaron que allí se realizaban antes peleas de gallos, como distracción predilecta del presidente Leguía y sus amigos.
Este basto lugar lo aprovechó Lucho para criar pollos utilizando los garajes para dos carros. Instaló las primera incubadora que se conoció y comenzó con la crianza de 2000 animalitos, cubriéndose el piso de ambos garajes por una alfombra amarilla, hermosa y sonora.
Una noche, muy oscura por cierto, al llegar a la casa mi primo Lucho, dobló por la calle del costado donde dejaba su carro y de pronto se le apreció aquella siniestra figura blanca que cuanto más se acercaba iba creciendo a un tamaño descomunal. Él se quedó paralizado por el espanto y sólo atinó después a salir corriendo del carro.
En otra oportunidad, un grupo de muchachos del barrio se aventuraron por esos lugares, los que siempre estaban oscuros y también se les apareció el espanto. Nos contaron que el terror les hizo salir alas en los pies, y no pararon de correr hasta llegar al óvalo que estaba iluminado.
Otras veces, varias personas que pasaban por la zona del malecón observaron a un gran toro que bufaba fuertemente y que aparecía por el filo de los barrancos que daban a la playa. Así también algunas veces, cuando íbamos a visitar a la familia Gardini, teníamos que atravesar una zona muy oscura y al pasar se veían varios conejos que desaparecían en un terreno que le llamábamos “el de los plátanos’, por las numerosas plantas que crecían ahí de tan rica fruta.
Cabe pensar que todas estas apariciones se proyectaban en ese lugar por haber existido antes huacas o entierros clandestinos en la época de la guerra con Chile. Esto se confirmó cuando, en una oportunidad que en nuestra casa se malogró una cañería y el maestro que fue a repararla fue uno de los que contrataron para construir la casona. Este le contó a mamá que al perforar el suelo para instalar los cimientos, hallaron restos humanos que el capataz ordeno que los enterraran más abajo.
Cuando estábamos viviendo allí, de vez en cuando sentíamos ruidos y lo atribuíamos al viento o a cualquier otra cosa. Pero, cuando la familia Santivañes se instaló en su nueva casa a nuestro lado, ahí si que fue el asunto más fuerte.
Una vez, estando las dos chicas, hijas del comandante, mi prima María Luz y yo, sentimos que abrían la puerta de entrada con una llave y pensamos que se trataba del papá que a esa hora llegaba casi siempre. Pero después, las cuatro vimos cuando se movió el picaporte de la puerta donde estábamos y la empujaron, pero no había nadie detrás. Estábamos las cuatro solas y al no contestar nadie nos helamos de terror, yo sentí que los pelos se me pararon y salimos como locas al jardín dando chillidos de espanto. Luego nos fuimos todas a mi casa a esperar que llegara su papá.
El día 31 de diciembre se celebraba el santo de mi primo Lucho y se aprovechó la ocasión para festejar esta fecha y luego recibir con ellos el Año Nuevo. Fue la primera vez que tomé parte de una fiesta de mayores. Luego, y por muchos años, se estableció esta costumbre y fue el motivo tradicional recibir el año reuniendo a toda la familia. Así comencé también a conocer al grupo de amigos de mis padres, los que se reunían casi todos los sábados en sus diversas casas, a jugar cartas, a conversar o pasar un momento ameno y agradable. Entre ellos se encontraba el Dr. Cesar Heraud, médico de la familia y padrino de mi hermano Raúl. Su esposa Clotilde Griva de Heraud fue para mí una de las personas más admirables que conocí, por su carácter, alegría y don de gente. Franca y leal como amiga fue una de las pocas que acompañaron a mamá en los momentos más difíciles. Sin equivocarme, puedo decir que esta señora fue para mí la primera consejera que tuve al entrar a mi pubertad.
1934
En este año se inició el principio de un cambio inexorable que nos trataría después injustamente... Empecé a notar que la bonanza de la familia iba cambiando y varios objetos de valor empezaron a desaparecer sin saber cómo siendo esto algo inexplicable para mí. No podía imaginar que era lo que pasaba.
Lo primero que no volvimos a ver fue el hermoso carro azul de mamá y las personas de servicio diminuyeron como el jardinero y nuestro fiel mayordomo Francisco. Ese año yo estudiaba el cuarto de primaria y sospechaba que algo andaba mal. Por desgracia, mi tía María Mercedes empezó a sentirse mal de salud, no le hizo caso en primer momento, pero si se preocupó al notar que perdía la vista con mucha rapidez. Cuando decidió ponerse en manos de un médico, su mal, de origen renal causado por la diabetes que entonces no era conocida, ya había avanzado, y poco a poco su salud fue decayendo hasta llegar el momento que tuvo que renunciar al cargo de camarera de la Virgen Mercedaria, por no poder cumplir su labor. Estoy segura que esa pena sin consuelo, aumentó más su estado crítico.
Ese año recibimos en la casa a la tía Mercedes de Cárdenas y toda su familia, en forma provisional, siendo alojados cómodamente en los hermosos cuartos del tercer piso. Mis primos César, Jaime y Victoria entraron a formar parte del grupo del barrio, pero por poco tiempo. Luego cambiaron de casa muy cerca de nosotros, en el jirón Jorge Chávez.
En el mes de octubre, un grupo de compañeros del colegio pensó organizar una fiesta para despedir el año escolar y le pidieron la casa a papá, pero conocedores de mi amor hacia mi tía Mercedes y encontrándose ésta tan enferma, decidieron no decirme nada. Sabían que no lo hubiera aceptado. A los chicos invitados se les dijo que era mi cumpleaños y se acordó realizarla el primero de noviembre. En realidad fue una verdadera sorpresa para mí, porque en ningún momento sospeché nada, a pesar de que ya me habían dicho en el colegio lo que iban a hacer, pero no les hice caso. Me mortifique en el primer momento cuando me enteré que era verdad pero cuando mi tía Quela me contó que mi Ñaña había sido la más entusiasta para que esta fiesta se realizara, acepté más tranquila, pero no sé hasta que punto eso fue cierto. Quien me iba a decir que sería la última vez que gozaría de una fiesta tan bonita y alegre como aquélla.
El día 29 de diciembre nació mi hermano José Armando y su gran tamaño fue para mamá un esfuerzo dramático y dañino por el parto tan difícil. Por este motivo quedó sumamente delicada y muy débil por la hemorragia que se le presentó. Yo estaba ya en condiciones de comprender que mi madre necesitaba de mí. Por eso tomé a mi hermano en brazos y lo llevé a su cunita. Le pedí a la Srta. Álvarez que atendió a mamá que me enseñara a bañarlo y a atenderlo y me hice cargo de su crianza. Solo se lo acercaba para que pudiera amamantarlo.
En las horas que me ausentaba para ir a estudiar mi abuelita y las tías se dedicaban a atenderlo. Esta experiencia me puso a prueba de la que saqué provecho para mi formación de mujer. Era serena y organizada y no tuve ningún problema en hacerme cargo de mi hermano menor. Seguí atenta en su crecimiento, otorgándole todo mi amor hasta que fue un hermoso muchachito grande, sano y hermoso.
Tiempo atrás, mi tía Ñaña, por su enfermedad, había quedado ciega y era un deber de reciprocidad hacia ella, para mí, el atenderla, después de todo lo que me había entregado de su vida. Y este cuidado hacia ella lo estaba realizando en los momentos que me permitía mi vida de colegiala desde hacía un tiempo atrás. Llegando del colegio la ayudaba a comer, y peinaba sus cabellos. Empecé a conocer lo que era el sufrimiento al verla en esas condiciones, sintiéndome impotente al no poderla aliviar. Entonces la vida me dio la oportunidad de compensar con mis cuidados, todo lo que mi tía amada me había entregado, todo lo que había hecho por mí y dediqué todo mi tiempo disponible a su persona. A pesar del celo con que le prodigaba mi ternura y el esfuerzo del médico que la atendía, se le complicó el corazón y se hinchó dé tal modo que ya sólo pudo dormir sentada. Como esta situación angustiante se prolongaba, para relajarme un poco de la tensión que me ahogaba, tomaba mi bicicleta que me habían obsequiado la navidad pasada. Al fin y al cabo, aún seguía siendo una niña y se me permitía esos pocos momentos propios de mi edad. Esa querida maquina me sirvió para hacerme sentir segura en medio de mi innata timidez, al ir adquiriendo poco a poco más confianza en mí y llegar a dominarla en gran parte pedaleando con gran seguridad por los senderos que había ido formando con su paso diario entre el follaje. Con ella llegué a marcar verdaderos senderos, desniveles y puentecillos de las acequias. Me sentía libre por momentos y soñaba y soñaba…
En varias ocasiones y en compañía de unas amigas comenzamos a alejarnos más cada día en nuestras bicicletas, hasta que logramos llegar a Magdalena por la ruta de la avenida del Ejército. Esta sólo estaba conformada por una sola vía empedrada y el camino para vehículos señalado por adoquines. Llegábamos a la casa de Blanca Solimano, compañera del colegio, que vivía faltando dos cuadras para llegar al final de la avenida Brasil.
La familia Gardini y nosotros nos visitábamos frecuentemente. Desde que nos conocimos nos unió un lazo de estrecha amistad. Me llegaron a tomar un gran cariño y fui ahijada de confirmación de Angélica, la menor de los hermanos. Manuel siempre me acompañaba en juegos y distracciones y fue el amigo fiel que tuve a mi lado en los momentos más difíciles y dolorosos que luego me tocó vivir. Encontré en el seno de esta familia comprensión y ayuda, alentándome y reconfortándome cuando me veían preocupada por la salud de mi tía.
Al frente de la casona se construyó una hermosa mansión de la familia de origen inglés, Valle Skyner, rodeada de un inmenso jardín. Tomás y Doris, los padres, y Tomy, Mary y Joe, los tres hijos. Mary llegó a ser otra amiga entrañable para mí, siendo yo la única que ella tenía en el barrio. De buena situación económica, gozaba en su compañía de muchas cosas que me llenaron la vida, como poder montar su caballito y pasearme con ella cuando iba al colegio. Era muy sencilla, inteligente e intrépida. Con su yegüita blanca y dócil corría y saltaba con gran soltura y me enseño a montarla pero no me atreví a saltar con ella. Además su compañía me fue muy valiosa porque me ayudó con su ejemplo a vencer el complejo de inferioridad que tanto daño me hacía. Desgraciadamente, cuando tuvimos que alejarnos y su papá murió, la señora Doris, su madre, vendió la casa, lo que fue motivo para que no nos viéramos nunca más. Me enteré que se casó varios años después.
Se terminaba el mes de diciembre y mi tía Mercedes empeoró rápidamente, ya no se podía echar y sufrió un infarto que la dejó muy delicada. Los míos veían que se acercaba lo peor. Su última alegría fue tener por breves momentos en sus brazos a mi hermano Pepe que a pesar de tener pocas horas de nacido, ella no pudo resistir el esfuerzo que le costó cargarlo.
1935
Recuerdo el día 2 de enero como si fuera ayer. Desde que amaneció mi Ñaña demostró una notable mejoría y fue así que me pidió llamar a las hermanas Gardini, y estuvo conversando con ellas hasta bien entrada la noche. Esa fue su despedida. Al amanecer del día 3 volvió a sufrir otro ataque a cardíaco y el Dr. Heraud, que fue su médico de cabecera, ya no se movió de su lado al comprobar que el final llegaría en cualquier momento.
Como a las 8 de la mañana, papá me despertó para decirme que mi tía estaba muy mal y a pesar de que me tiré de la cama, no pude llegar a su lado, ni tampoco darle el beso de despedida, pues llegando a la puerta sentí su gemido y descansó.
No puedo recordar con claridad si lloré. Sólo sé que me quedé clavada en el mismo sitio. Es que no podía aceptarlo ¡No podía¡ Mi amada tía, mi Ñaña, mi Nira, nos había dejado para siempre ¡Noooooooooo!
Luego ¿Qué fue lo que me rodeó?... Nada...
Junto con ella acababan de irse también mi infancia y niñez feliz. La vida con un cruel zarpazo, despiadadamente, me había enseñado su lado oscuro, despidiéndome de todo lo bello, claro y diáfano que me había tocado vivir antes... Todo era irreal, como en un sueño veía desfilar imágenes y personas.
La casa empezó a llenarse de gente, muchos me abrazaban y hablaban pero todo caía en un profundo vacío. La recuerdo dormida y en mi desesperación anhelaba que volviera a despertar. Un momento que me encontré sola con ella me incliné y la besé. El hielo que sintieron mis labios, espantoso, no se borró de ellos por mucho tiempo...
Cuando se la llevaron, me quedé sola, completamente sola. Nadie existía para mí, y era horrible estar rodeada de mucha gente y no sentir nada en el corazón, sino la tristeza infinita que envolvía mi alma. Horrenda. Sin consuelo. Recuerdo que tomé mi bicicleta y pedaleé hasta que no pude más. Alguien me llamó. Que más daba estar afuera o adentro.
En los días que siguieron me sentí sumergida en un oscuro y profundo pozo. ¿Cuánto estuve en él? No lo sé. Este dolor que por primera vez recibí en la vida me golpeó sin compasión. Mi risa se apagó y fue tal la indiferencia que demostré por todo, que empecé a preocupar a la familia, al refugiarme en mi terrible soledad…
Entre las tías que conocía de la familia Cárdenas, Angela y Susana, hijas del tío Luis y la tía Isabel de Cárdenas, fue casualmente Angelita, como le decíamos cariñosamente, la que se quedó por unos días acompañando a los míos. Estoy segura que no pudo sentirse indiferente ante mi tremenda pena. Siempre me envolvió su ternura, dulce y serena y fue la primera que intentó penetrar en mi mundo cerrado. Estaba en amores con un señor que no recuerdo su nombre, bueno y cariñoso, y fueron ellos los que me convencieron para salir y acompañarlos a los baños de Chorrillos.
Un día, si un día... bajando por la rampa de madera de la bajada, me encontré por primera vez con sus ojos...
Varios días siguió sucediendo lo mismo, pues nosotros bajábamos y "él" subía.
Poco a poco y sin darme cuenta empezó a nacer en mí un sentimiento completamente desconocido, algo muy lindo, que me cosquillaba el corazón. Conforme pasaban los días era cada vez más fuerte el deseo de encontrarme con sus ojos, y sin darme cuenta empecé a cambiar, a vencer mi postración. Esos ojos fueron para mí como el renacer a una nueva vida...
Me di cuenta que yo no le era indiferente y su expresión al mirarme reflejaba alegría por verme. No nos decíamos nada, pero era suficiente el mirarnos para comunicarnos mutuamente. ¡Quién me iba a decir lo que él significaría para mí!
Un domingo, algo más animada en medio de mi tristeza, empecé también a salir con mis hermanos y amigos y lo encontré en una función en el Teatro Marsano. Y desde ese momento, lo que ambos sentíamos ya se manifestó con más fuerza y claridad, y ese cariño que empezó tierno, dulce e inocente, se fue transformando en algo muy profundo, llegando a ser la razón de mi vivir.
Ambos éramos muy jóvenes, yo 13 y él 15 años, pero nos compenetrábamos admirablemente, era bueno, sano y respetuoso. Nació para nosotros el verdadero amor que supo enfrentar muchas dificultades, entre ellas, cuando no me volvieron a dejar salir sola a ninguna parte ¡Y la primera vez se presentó!
Un día regresando de un paseo que tuve con las compañeras de colegio, al llegar, le avisé por medio de una compañera que lo esperaba y así pudimos encontrarnos a solas cumpliéndose para los dos un deseo acariciado por mucho tiempo. Ambos nos sentíamos tan felices gozando de nuestro cariño limpio y puro de adolescentes, y sin que nos diéramos cuenta pasó el tiempo, sin saber que toda la familia me buscaba. Luego, no llego a recordar o cómo me castigaron pero eso no me importó al estar ya estaba convencida que era correspondida por él.
Al empezar las clases, nuestro colegio se había mudado a la calle Shell, al costado del local del Centro Católico, lugar de reunión de todos los muchachos de Miraflores, sobre todo los alumnos del colegio Champagnat donde Lucho estudiaba. Además, todas las mañanas el chofer de papá nos dejaba a mi hermana y a mí en la esquina del parque y luego seguía llevando a los hermanos hombres al colegio San Agustín de Lima.
Cuando me acercaba a la dichosa esquina de nuestro diario encuentro, el corazón me empezaba a palpitar porque sabía que pronto lo vería. Efectivamente, en la primera banca de la vereda del parque se reunían los chicos del colegio esperando la hora de entrada y apenas Lucho me divisaba, cruzaba la calle y me acompañaba hasta la esquina de mi colegio. Se llamaba Luis Fábrega Sánchez Gutiérrez, de padre español y madre peruana. Había nacido en Barcelona, España, y tenía un hermano llamado Manuel.
Actualizando esos momentos, vuelvo a sentir eso tan lindo que brotaba dentro de mí cada vez que lo veía. El tiempo se ha detenido evocándolo. Pero bien es cierto que el primer amor que nunca se olvida... es ese amor idealizado que se prolonga indefinidamente.
En ese año la fatalidad fue la causa de la caída vertiginosa de la bonanza de nuestra familia. Papá dejó él puesto que conservó por muchos años como Tesorero de la Cámara de Diputados y empezó a trabajar en la hacienda Santa Ana de propiedad del señor Rómulo Parodi, situada a pocos kilómetros de Chosica. Pero antes de esto, mi padre realizó un viaje a la montaña donde había adquirido unas tierras, en un lugar terriblemente lejano, en pleno Pajonal, donde no existían caminos y se tenía que viajar en mulos o a caballo. Esto le ocasionó un rotundo fracaso, primero por algo enredado sobre las tierras que nunca llegamos a saber como fue, pero lo peor de todo es que había solicitado un préstamo a un banco con la intención de devolverlo una vez que trabajara las tierras y con el producto de ellas, pero todo se complicó y solo obtuvo una perdida total. Y en nuestra casa, las cosas fueron empeorando cada día más.
Ese año 35, fue el de los contrastes en mi vida. Dolor, soledad, despertar al amor, empezar con dificultades económicas, pero también sucedieron hechos y cosas indelebles en el recuerdo de todos los que las disfrutamos.
Varios años antes de mi relato, los tíos Samuel y Ernestina de Cárdenas, hermanos de mi Mamita, se habían mudado a Chorrillos y vivían con sus hijos Samuel y Enrique, la tía Laura Rondón de Marsano, hermana de la tía Ernestina y sus dos hijos, Carmen (La Nena) y Pedro (Perico) en una casona a una cuadra del malecón, donde íbamos a visitarlos con frecuencia, sobre todo para las fechas de cumpleaños de la familia. Cuando los chicos en total nos juntábamos disfrutábamos de lo lindo durante las visitas a la casa de los tíos.
El día que esperábamos con gran expectativa para todos era el 29 de junio, fiesta de San Pedro y San Pablo, además del homenaje que se le rendía al héroe chorrillano Don José Olaya. Llegábamos temprano a Chorrillos para disfrutar de las fiestas, desde su comienzo. En el malecón se instalaban las vivanderas y los juegos mecánicos de los que gozábamos hasta cansarnos por ser todo muy barato y cómodo. Luego en la tarde se iniciaba la procesión del Santo Patrono hasta el malecón, donde se le embarcaba en la lancha asignada, completamente engalanada y empezaba el desfile por el mar para tirar las redes y sacar la mayor cantidad de peces. Algunos se le colgaban en la mano del santo. Era un verdadero desfile de lanchas las que seguían a la del Pescador, todas ellas colmadas de gente devota, no faltando hechos graciosos cuando se presentaba algún percance. Como el de una vez que la propia lancha que iniciaba la procesión se volcó, al estar cargada de devotos y desde el Santo, los acólitos y hasta el último invitado cayeron al mar, dándose un tremendo remojón en pleno invierno. Pero lo curioso y original de esta festividad se presentaba siempre, empezando a llover cuando se iniciaba la procesión del regreso al templo y al pobre santo lo llevaban a paso de polka hasta su Iglesia.
Las tías se esmeraban en su arte culinario, sobre todo en los famosos pastelillos de yuca de la tía Ernestina y el “sango” preparado por la tía Laura, que marcaron una época histórica en la familia. Esos lonches fueron inolvidables, deliciosos, ofreciéndonos en ellos unos famosos pancitos cuyo inigualable sabor los convertían en verdaderos manjares. Los compraba el tío Samuel, “Tío Chuzo”, como le decíamos cariñosamente, en una panadería famosa de un amigo, que se esmeraba en prepararlos para él.
En la noche funcionaban las tómbolas de la Compañía de Bomberos “Olaya”, quienes eran ayudados por todas las familias de Chorrillos, las que trataban de surtirlas con los mejores y más valiosos objetos para ser rifados. Todos los números eran premiados. Además era el paseo acostumbrado de todo el balneario, gozando de la belleza de su malecón.
Pasando a otra cosa, relato que papá era muy aficionado al deporte llegando a ser dirigente, por lo que siempre nos llevaba al Estadio Nacional para que presenciáramos las diferentes pruebas atléticas que él controlaba con su cronómetro. Así conocimos a famosos atletas que llegaron a ser campeones en sus diferentes especialidades. Entre ellos recuerdo a Brincas, campeón en salto triple, Narváez con la garrocha, y sobre todo la famosa velocista morena Julia Sánchez.
Ese mismo año también se organizó la Olimpiada en Berlín donde nuestro cuadros futbolístico, el famoso “Rodillo Negro” campeonó limpiamente, pero el jerarca nazi que ya estaba en el poder, por el racismo insano que lo consumía, y siendo la mayoría del equipo de raza negra, nos anuló el partido, razón por lo cual al no hacer nada la FIFA por nuestro justo reclamo, se retiró toda la delegación donde además, se habían ganado trofeos en las otras disciplinas.
En el mes de octubre se realizó el primer Congreso Eucarístico Nacional y para este gran acontecimiento se estuvo organizando todo con gran dedicación por las comisiones nombradas al respecto. Se presentaron concursos de coros escolares en las numerosas parroquias de Lima y se nos enseñó a cantar toda la misa en latín, de lo que ya sólo recuerdo pequeñas estrofas. Luego, como un adelanto a tan magna celebración, todos los colegios con sus respectivo coros, le dimos realce a las diversas misas celebradas en nuestras parroquias.
Una semana antes se preparó un ensayo general, realizándose la “Semana Eucarística” como un último esfuerzo para lograr una perfecta organización. Y gracias a Dios, así fue. El Campo Eucarístico estaba instalado entre las plazas 2 de Mayo y Bolognesi. En la primera se levantó la monumental cruz, profusamente iluminada, y las diferentes calles que convergían con la plaza se enumeraron, luciendo cada una distintivos de diferentes colores en los respectivos asientos. La distribución de los fieles estuvo a cargo de cada parroquia. Las ceremonias se dedicaron cada día a diferentes grupos, instituciones, colegios, damas, caballeros y laicos en general.
Al día de la inauguración asistió el Presidente de la República, General Oscar R. Benavides, con su gabinete en pleno, autoridades y distintas personalidades eclesiásticas y laicas.
El segundo día le correspondió a los escolares asistiendo con uniformes de gala y al frente el estandarte con el nombre del respectivo colegio. Y aquí voy a relatar una bella acción de la primera dama, la Sra. Paquita de Benavides: Por una equivocación involuntaria, al llegar al sitio que nos habían designado, lo encontramos ocupado por otro colegio. La señora Benavides, al darse cuenta de lo que sucedía, nos invitó a ocupar un puesto en la gran tribuna de honor, de la que disfrutamos en forma providencial de toda la ceremonia. La misa y comunión fueron inolvidables, lo mismo que el desfile de todos los colegios por la avenida Alfonso Ugarte, siendo muy aplaudidos durante el largo recorrido.
El día más importante fue el que le tocó al las fuerzas armadas, y el más emotivo el correspondiente a los hombres, el cual se realizó en la noche, viéndose innumerables caballeros que en filas de a ocho personas desfilaron hacia el Campo Eucarístico durante más de dos horas. Fue un espectáculo nunca visto antes y de gran emotividad. Además sucedieron hechos inesperados, como el de muchas personas que, hacía largo tiempo que ni siquiera se acercaban a una iglesia y que ni ellos mismos supieron explicar después a sus familiares y amigos como fue que sin pensarlo, se encontraron esperando ser confesados para poder comulgar esa noche. Hechos que nos dicen claramente que el corazón humano se inclina sin ser coaccionado cuando le llega la inspiración y el amor de Dios.
A pesar de tanta dificultad, ese año pudimos seguir estudiando, logrando al final recibir la primera medalla de oro como el Primer Premio de Excelencia, al terminar el quinto año de Primaria. Esto fue lo último que prácticamente pude ver realizado por mis esfuerzos y dedicación a los estudios. Siempre he sentido fascinación por saber más. El aprender ha sido para mí uno de los retos que he tratado de ganarle a la vida.
Nunca tuvieron que preocuparse por mi rendimiento escolar porque me sentía lo suficientemente responsable para no anteponer nada que me impidiera cumplir con mi deber. Antes de salir o hacer cualquiera otra diligencia, primero me encerraba en el escritorio de papá, dedicándome a trabajar en mis tareas o repasar las lecciones del día siguiente.
Los días domingo aún podíamos ir a la matiné del Teatro Marsano, no sólo nosotros, si no amigos o parientes, hermosa pandilla que era acompañada y controlada por mi tía Susana, la que se sentía feliz de estar rodeada de la bulla y las risas del numeroso grupo. Pero eso sí, todos éramos obedientes y respetuosos con ella. Recuerdo un día de Navidad que los dueños del teatro nos ofrecieron a los pequeños asistentes un hermoso árbol armado en el hall de entrada, colmado de regalos, los que nos podían tocar si el número de ellos coincidía con nuestro respectivo boleto de entrada ¡Como han cambiado los tiempos! ¡Que pena!
1936
Esas vacaciones las gocé con más libertad, la que fui adquiriendo poco a poco y con mis hermanos que me acompañaba a las fiestas, sobre todo con Lisandro. La cita del grupo en la casa de alguno de nosotros se realizaba con la contribución de todos. La mayoría eran amigos del barrio.
Los días domingo por la tarde nos poníamos a jugar partidos de volley en la puerta de la casa con suelo de tierra, no había aún pistas ni veredas. Usábamos como uno de los soportes el poste de alumbrado y, al otro lado, la net se sujetaba en una escalera de tijera. Lo increíble de estos partidos era que sólo teníamos pelota de fútbol y esto era una muestra de la necesidad colectiva. Pero al final de cada “encuentro” de los equipos mixtos, por causa del dichoso balón, eran las muñecas adoloridas y los dedos tronchados por el esfuerzo y el ardor del juego. Mi papá nos controlaba como árbitro, siempre y cuando no fuera temporada de toros.
Me dediqué también a cuidar el jardín. Me encantan las plantas por las que siento un tierno afecto. Son tan sutiles y sensitivas, y si no me creen, las que están cerca de la música o escuchan que se les habla con cariño crecen más y florean más. Siempre estaba ocupada en él., sobre todo por las mañanas, y como este era enorme, cada día lo dedicaba a un lado distinto. Mi desgracia era que los muchachos habían formado un equipo de fútbol y entre ellos algunos de potente patada ¡Pobres mis plantas! Muchas veces la pelota rebasaba la pared del costado donde había un terreno sin cercar que estos lo usaban como cancha. Cuando los pelotazos le rompían alguna rama de uno de mis tesoros, yo corría y me apoderaba de la pelota para luego esconderla. Me armaba de paciencia para soportar a los jugadores que se esmeraban para convencerme que la devolviera, los hacía sufrir un buen rato y previa promesa de tener más cuidado, se las devolvía, pero siempre era el mismo cuento.
El 20 de febrero se recordaba el cumpleaños de una de mis más queridas amigas, de Gaby Gonzales, compañera del colegio, a la que su papá solía celebrárselo con una hermosa fiesta, y como casi siempre esta fecha era cercana a los carnavales, en un momento dado, el dueño de casa se presentaba con todo tipo de artículos carnavalescos para jugar. El ambiente siempre estaba pleno de alegría y la orquesta tocaba excelente. Hasta los muebles parecían bailar cuando se llegaba al colmo del goce y la algarabía ¡Cómo he recordado siempre esa casa y a sus moradores! Y esa fecha no la olvido nunca. Gaby era hija única que vivía con sus padres y varias tías solteras. Ellos eran los más entusiastas pues, para darnos más espacio, todos los ambientes los convertían en pistas de baile. El comedor rebasaba de dulces, pastas deliciosas, y bebidas heladas y jugos de frutas. El grupo de amigos era siempre el mismo, lo que nos permitía pasar unas horas de alegre camaradería por ser un conjunto unido por nuestra gran amistad.
Todas las mañanas bajábamos a la playa un bulliciosos grupo de amigos bañistas del barrio, hasta el medio día. Atrás de la casa existía una bajada natural entre los acantilados, llegando a la playa llamada “El Hondo”, porque no existía piso desde la entrada y una vez de penetrar en el mar, había que conocer muy bien el momento preciso para salir, porque de lo contrario, los tumbos que traían una fuerte resaca, volvían a jalarte hacia adentro del mar. Las chicas que no nos arriesgábamos por ese sitio y nos bañábamos en otra playa muy cercana donde el mar era lleno pero de poco oleaje. Esta era nuestra conocida “La Punta”, porque formaba una pequeña ensenada.
Los chicos que nos acompañaban nos respetaban y cuidaban de algún extraño, eran incapaces de ofendernos o pasarse de vivos. El panorama se ofrecía a nuestros ojos alegre y encantador, contaba con innumerables chorrillos de agua que brotaban del cerro totalmente cubierto de verdes culantrillos que le daban belleza y frescor al lugar. El agua brotaba pura y cristalina por lo que muchas personas la llevaban en envases a sus casas. Había plantas y cañadas que nos servían de vestuarios para podernos cambiar antes de regresar a la casa. A un lado de la bajada caía un potente chorro de agua al que le habían colocado un trozo de canal de zinc para podernos enjuagar del agua del mar, formándose a sus pies una poza de agua cristalina.
Y llegó el día de volver al colegio. Empecé el año de estudios en el primero de media con gran entusiasmo y empeño. Mi mayor anhelo consistía en lograr ser una profesional de prestigio. Me mente estaba fija en el camino a seguir. Pero llegar a alcanzar estudios superiores y ser mujer en ese tiempo era un verdadero reto, ya que la mayoría de las chicas no podíamos aspirar más que prepararnos a ser amas de casa y esposas perfectas. Estas carreras de educación superior eran el privilegio de los hombres, por la costumbre establecida por el machismo existente en ese tiempo. (y ahora también), pero a través de los años se ha demostrado que muchas mujeres tenemos igual capacidad en cualquier rama de estudio o investigación que los hombres y cuántas otras han llegado a la fama mundial.
Ese año también ingresó al colegio mi hermana Beatriz, y para ahorrar en el pasaje, asistíamos al colegio caminando, costumbre adquirida en el lugar, pues siendo este relativamente pequeño se acostumbraba ir caminando a todas partes.
Entre las nuevas compañeras estaba Josefina Pujol, que vivía en el jirón Ramón Zavala, y con ella y Catalina Rebatta, íbamos y veníamos juntas. La poca propina que recibíamos de papá la empleábamos para comprar fruta o dulces que nos lo vendían por centavos.
Diariamente me seguía encontrando con Lucho, segura de que no se enterarían en la casa, ya que mi hermana no contaba nada. Yo temblaba cuando pensaba que mi mamá podía enterarse, pues por su manera de ser, no sabía cuál sería su reacción.
Este año 36 siguió con grandes dificultades económicas. Felizmente en el colegio se usaban muy pocos libros y el método de la enseñanza era de primera. Tuve grandes maestros a los que siempre recordé con respeto y cariño reconociendo su entrega al practicar su profesión. Me parece ver a la señorita Angélica Bravo de Rueda, nuestra querida profesora, menudita, muy hermosa y asombrosa en su enseñanza. Nos ayudaba como si fuéramos sus hijas y la llegamos a querer entrañablemente por su entrega y cariño hacia nosotras. Su curso especial eran las Historias pero también nos enseñaba Geografía y Ciencias.
En Matemáticas nos enseñaba la gran maestra Violeta Merk, muy distinta, enérgica, seca, exigente, pero a ella le debo, a pesar de no gustarme el tema, que mis notas fueran sobresalientes en esta materia. Años más tarde llegó a ser directora de la Unidad Escolar Teresa Gonzales de Fanning y luego recibió las Palmas magisteriales.
Y ni que decir de nuestra directora, la señorita Consuelo Orrego Ugáz, también baja de tamaño, pero su personalidad imponía respeto. El nombrarla era suficiente para que nos esmeráramos en cumplir las tareas del curso que nos enseñaba: Lenguaje. Sus explicaciones eran entendidas por todas por su estilo claro, diáfano y sencillo que nos ayudaba a comprender inmediatamente lo que nos trataba de enseñar.
Como estas profesoras debieron seguir siendo las que enseñaron en las siguientes, con la misma calidad profesional, igual a las de las que tuvimos la suerte de recibir sus enseñanzas. Fueron irremplazables. Antes de pensar en lo que podían ganar, que dicho sea de paso, recibían muy bajas remuneraciones, se entregaban en cuerpo y alma al alumnado. La prueba de esto que estoy recordando podemos dar fe los que no tuvimos la oportunidad de completar los estudios, como yo, que no nos fue difícil salir adelante por la base de nuestros conocimientos de una amplitud y profundidad inigualable.
Sigo con mis remembranzas: entre los muchachos del barrio llegué a conocer a Guillermo Mesinas, en una de las retretas del parque. Era delgado, tostado por el sol, tendría unos 15 años, y cuando empezamos a tratarnos, nació una corriente de simpatía entre nosotros. Era un muchacho sano y deportista, siendo sus mayores pasiones el fútbol y la playa. Estudiaba en el colegio de la Merced, y junto con los demás chicos comenzó a frecuentar mi casa. Nos hicimos muy buenos amigos.
Y ese año, por haberse declarado la guerra civil en España un año antes, muchos peruanos se vieron obligados a regresar como podían. Entre las numerosas familias que lo hicieron se encontraban los MacFarlane. Pasaron una verdadera odisea durante el largo viaje, realizándolo en condiciones muy penosas. En un principio llegó el primer grupo conformado por los padres y seis de sus hijos: David, Johnny, Alicia, Angela, Sixto y Teresita. Esta última en un grado tremendo de debilidad, reflejando todos en sus rostros la tragedia de su vida. Se instalaron cerca del barrio y pasaron a aumentar el grupo de amigos.
Aún recuerdo lo guapo que era David, fuerte y buen mozo, de buen carácter, muy pronto se ganó la amistad de todos, llegando a sentirnos tan unidos como si siempre nos hubiéramos conocido. Johnny era el más hablador y ocurrente, con su marcado acento español y sus famosos dichos, sumamente simpático y entretenido. Alicia dulce y pecosita, llegó a ser mi íntima amiga. La más triste era Angelita, porque había perdido a su novio en España, al que no volvió a ver más, sin saber siquiera si estaba vivo o murió en la guerra.
También los miembros de la familia Succar fueron para nosotros grandes amigos. Siendo de origen libanés, la más hermosa es Julia, de grandes ojos oscuros, y un hermoso cabello largo y rizado, trabajadora y generosa, y el brazo derecho de su madre. Vivían en una de las calles del barrio de Santa Cruz y llegó a ser compañera de colegio. Nos quisimos mucho, salíamos juntas a todas partes con las otras chicas, compartiendo ambas vivencias imborrables, pero pasó el tiempo y la vida nos separó perdiéndose para mí esa bella amistad. Actualmente no sé que será de ella.
La casa de la familia tenía una hermosa huerta donde se encontraban árboles frutales de manzanas, peras, membrillos y en las ramadas las parras con enormes y deliciosos racimos de uvas. Tenían una vaca Holstein grande y hermosa llamada Perla, que les proporcionaba abundante leche. Cuando gustábamos visitarlos nos atendían con gran cariño, ofreciéndonos manjares de su tierra y deliciosas frutas.
Como nos íbamos acercando al fin del año, luché como nunca para no dejarme arrebatar mi primer puesto y sobre todo logré excelentes trabajos en las tareas de Geografía, mi curso predilecto. Para el examen final presentamos unos mapas en relieve en donde se indicaban todos los accidentes geográficos de la región. Los que nos habían sido adjudicados mediante una selección entre el alumnado. Ese fin de año, como si presintiera que iba a ser el último, junto con mis compañeras, arreglamos el salón de clases con gran esmero, ofreciendo éste un aspecto muy atractivo por los mejores trabajos que exhibimos cada alumna.
El día de la clausura fue una ceremonia muy especial porque se despedía la primera promoción de Educación Media. El colegio nos obsequió unas bandas recordatorias con los colores celeste y blanco en honor a la Virgen Milagrosa. Durante la ceremonia me adjudicaron la primera Medalla de Honor junto a mi amiga entrañable Mercedes Cavaza, con quien habíamos logrado ese premio por nuestro esfuerzo y comportamiento.
Y llegó la Navidad. Esa Nochebuena no la he olvidado nunca por el extraño suceso que se presentó en el cielo. Días antes empezó a mostrarse una gran estrella, la cual estaba muy cerca de la tierra. La rodeaba un halo de luz de gran belleza. Tal es así que muchas personas la comparamos con la Estrella de Belén, y en la noche al ir a la misa de Gallo, junto con Lucho y los Succar, el cielo estaba clarísimo. Por un lado fulguraba la luna llena y por el otro, este astro misterioso que hizo sentir en mí algo desconocido profundamente espiritual. Nunca he podido borrar ese espectáculo de mi vida ¡Que cosa más inefable e impresionante!
Cada día Lucho y yo nos comprendíamos mejor y nuestro cariño se afirmaba más. Su familia me conocía y la Sra. Manuela de Fábrega, su mamá, a pesar de no haberla tratado personalmente, por cortedad, era muy amable conmigo cuando al llamar a su casa me contestaba el teléfono. Luego me tomó mucho cariño. Un día decidí que la familia fuera conociendo nuestra relación sentimental, porque no me gustaba estar viéndolo a escondidas o por ratitos. La primera que supo de mi decisión fue mi tía Raquel, la que después de mi Ñaña, poco a poco llegó a ocupar una parte en ese gran vacío que aún existía en mi corazón.
Fuimos juntas al cine y se lo presenté, agradándole su persona desde el primer momento. Le tomó gran simpatía y ofreció ayudarme para convencer a mamá que me dejara salir con él, lo que ella aceptó, siempre y cuando alguien me acompañara. Eso era de esperarse por la manera de ser de mamá, desconfiada y recelosa.
1937
Pasó el verano entre la playa, las retretas, los paseos y mis salidas con Lucho. Llegó el mes de abril y me enteré que ese año ya no podía seguir estudiando. En un momento no asimilé muy bien este hecho y hasta sentí alivio por el temor exacerbado que sentía por los exámenes, causado por mi innata timidez, pero después, al darme cuenta de la verdadera situación, sentí que se me derrumbaba el mundo ¡Adiós ilusiones y aspiraciones de llegar algún día a ser profesional!
Pero en ese entonces, para las chicas, no había otra opción que obedecer sin replicar. Yo me atreví a protestar, pero me hicieron ver que la situación de la casa no me lo permitía, ya que mis hermanos hombres eran los que tenían ese derecho. Acepté la decisión de mis padres sin demostrar mi desencanto, pero por dentro lloraba desconsoladamente.
Hasta ahora me sigo haciendo la misma pregunta: ¿por qué no me solicitaron una beca? No lo sé. Mis profesoras me querían por ser una buena alumna y la misma directora me apreciaba mucho. Sé que habrían aceptado, pero... es cuando sentí amargamente la ausencia de mi tía Mercedes. Ella no se hubiera resignado a esa situación, buscando y haciendo lo imposible por otorgarme lo que tanto anhelaba, mas nunca verme frustrada ante lo que tanto significaba para mí el seguir estudiando.
Luego, diariamente, al llevar a mis hermanos Beatriz y Carlitos al mismo colegio, fueron muchas las veces que las profesoras me hicieron seguir las clases junto a mis antiguas compañeras, comprendiendo quizás que en esa forma me ayudarían en lo posible a seguir aprendiendo. Estoy segura que para ellas también fue muy penoso que yo no pudiera terminar mi instrucción secundaria.
Ese año Lucho terminaba su educación en el colegio Champagnat y decidió seguir la carrera de Abogacía. Se preparó desde el comienzo del año para no tener tropiezos al presentarse a la universidad. Por otro lado, yo no me quise quedar así no más. Ya que no podía ir a un colegio, trataría de aprender por mi cuenta todo lo que me fuera posible y, aprovechando la magnífica biblioteca de papá, la que guardaba valiosas colecciones completas de diferente índole, empecé a leer diariamente todo lo que me era posible, tratando de asimilarlo. De esa manera me fui culturizando con más interés, al penetrar en el mundo maravilloso de las ciencias, el arte y la historia. Cada vez que descubría algo nuevo, seguía adelante, acumulando cada vez más mayores conocimientos. Llegué a obtener una ortografía magnífica, además de practicar mecanografía en la máquina de papá, en la que me fui como espuma y con mayor perfección. Muchas veces ayudé a mi padre a pasar en limpio los trabajos en borrador que él me confiaba.
Junto con mi tía Raquel decidimos tomar clases de corte y confección en la academia “Bien del Hogar” al que asistíamos tres veces por semana, aprendiendo ambas con gran rapidez. Confeccionaba diversos trabajos de costura, preparando un muestrario bien minucioso y al final del curso obtuve el primer premio y mi diploma por la presentación de los trabajos realizados con prolijidad y limpieza. Recuerdo que lo primero que me cosí fue un abrigo de corduroy en estilo princesa de ocho piezas. Nunca imaginé que la decisión que tuve de aprender costura me ayudaría en momentos muy difíciles muchos años después.
Además, no me gustaba perder el tiempo y fue por eso que logré matricularme en la Escuela de Bellas Artes por la afición que tenía por el dibujo y la pintura. Pero para ello tuve que esperar con paciencia por la dificultad en esos tiempos decadentes.
Mi tía Quela me enseñaba también a tocar el piano, pero a pesar de mis esfuerzos, no logré vencer a mi terrible enemigo: la timidez. Por lo que desistí muy a mi pesar.
Retrocediendo en el tiempo por haberme olvidado de algunos hechos interesantes, hago un paréntesis en mi narración.
En el año de 1936, con sus altibajos según por donde se le mire, mis tíos Pedro y Victoria Cárdenas Raygada se fueron a radicar al pueblito de Ricardo Palma, a cuatro kilómetros de Chosica. Pasé con ellos en la temporada de medio año un buen tiempo, por lo que me agradaba tanto el campo y el cariño que ellos me profesaban.
Retozaba con sus hijos, mis primos, por las huertas vecinas, cogiendo deliciosas manzanas regadas en el suelo, o nos paseábamos por la orilla del río cristalino y tranquilo, luego de cruzar por unas compuertas que lo desviaban. En ese lugar empezaba el río Rímac por la confluencia del San Mateo con el Santa Eulalia. Este río hacía funcionar la central eléctrica de Moyopampa. Las noches de luna llena eran verdaderamente de encanto y belleza.
En esa época de mi adolescencia llegaba a nuestra casa un personaje cuya apariencia calamitosa era impresionante y llamaba a compasión. Era un joven que pertenecía a una familia muy conocida de Lima. Alto y fornido, acusaba signos de retrazo mental. Había sido muy inteligente y por exigirse demasiado le sobrevino un “surmenage” tan terrible que enloqueció, aumentado por lo poco que la medicina de entonces lo podía ayudar. Se tuvo que decidir el “tranquilizarlo” y de ese modo su vida terminó sin futuro para él. Estimaba mucho a mi familia, sobre todo a papá, y cuando menos lo esperábamos, se nos presentaba en la casa, por ser el único lugar al que podía acudir por no tener a nadie que lo acompañara. Se acordaba de nosotros y se venía caminando desde Abajo el Puente hasta Miraflores. Llegaba casi desfallecido a nuestra casa, donde siempre encontró cobijo y amparo. Mi padre lo hacía asearse y lo vestía íntegramente, y era increíble como cambiaba su aspecto presentando una figura varonil y hermosa.
Era bueno y respetuoso, muy cariñoso con los chicos, estimando mucho a mi mamá. Trataba de servirnos cortando el césped o haciendo mandados, que muchas veces, a pesar de su buena voluntad, los hacía al revés. Después de algunos años se regresó a Lima por última vez y no volvimos a saber de él.
Tiempo después mis tíos regresaron a Lima y al vivir en nuestra casa, nuestro grupo del barrio creció con mis tres primos. Y los mayores, casi todos de la misma edad, decidieron formar un equipo de fútbol, fundándose el club “Atalanta”. Este club, con sus respectivos estatutos y sesiones acaloradas y bullangueras, tenía por local el hall de nuestra casa. Se inscribieron en la Federación de Fútbol y empezaron a realizar sus prácticas en el consabido terreno del costado de la casa, con los destrozos de mis pobres plantas. Mi papá fue el Presiente del Club y Federico Mesinas el Secretario.
En mis añoranzas, desfilan ante mí los rostros muy queridos y recordados de los amigos entrañables que pasaron por nuestro lado dejándonos recuerdos imperecederos. Ese numeroso grupo estaba integrado además de mis hermanos y primos, por excelentes y hermanados amigos. Entre ellos recuerdo a una persona que nos fue inolvidable: Lucho Dextre (el Mono), un joven incomparable por su corrección y lealtad. Se ganó el corazón de todos los que lo conocimos. De alma transparente, gran personalidad, bondad y rectitud moral, para él la amistad fue lo más sagrado. Formaba parte del equipo de fútbol del barrio, y un día, pateando un tiro libre, la fuerza de su pierna aventó la pelota contra la ventana del cuarto de mi tía Susana a la que yo acompañaba, sentadas ambas en su cama. El balón pasó entre las dos ocasionándonos un susto mayúsculo.
Cuando nos fuimos del barrio, fue otro querido amigo al que no vi más. Tiempo después me enteré de su temprana muerte, lo que me ocasionó una tierna y honda tristeza..
También fue para nosotros muy valiosa la amistad con la familia Mesinas. Por ese entonces, Guillermo y sus hermanos frecuentaban muestra casa y éste trataba de ayudarnos en todo lo que le era posible. Mi mamá le llegó a tener mucha confianza, tal es así que en una oportunidad le pidió que me acompañara para salir con él. Con Lucrecia, su hermana y Erlinda Brindani., las tres llegamos a ser amigas inseparables.
No puedo dejar de nombrar al flaco Saco, a César Geldres, los hermanos Felipe y Fina Podestá, Olguita Luque, Esperanza y Jorge Cossu, Alfredo Gandolfo, el “Arquero” Celi y junto con este grupo de muchachos la compañía invalorable de don Manuel Contretras, todo un caballero, que nos acompañaba en todas las andanzas y a quien se le quería mucho por ser un amigo y protector de la muchachada del barrio.
Mis tíos Pedro y Victoria vivían en Miraflores, y en su casa conocimos a otro nuevo amigo, el “Cholo Rueda” (Eduardo) íntimo de mis primos César y Jaime. Era muy peculiar. Cetrino, bajo y algo tímido, cantaba muy bien, y cada vez que se ofrecía la ocasión de reunirnos en la casa, con el acompañamiento al piano de mi tía Quela, empezamos a formar lo que sería hoy una peña criolla. Se cantaba de todo y Rueda no se hacía de rogar para deleitarnos con su voz. Usaba unos sombreros increíbles, pues a veces llevaba uno que le tapaba hasta las cejas y otra vez otro que le quedaba en la coronilla. Viajó a los estados Unidos y le perdimos el rastro.
Desde los primeros días de enero, viví envuelta en una ilusión. Cumplía los 15 años y en aquella época el llegar a esa edad significaba un cambio positivo en la vida de las chicas adolescentes como yo. Empezábamos a sentirnos mujercitas, por muchos motivos, entre ellos que se nos permitiera usar zapatos con taquitos, arreglarnos el rostro mesuradamente y pensar en la fiesta que nos ofrecían nuestros padres por tal acontecimiento. Pero en mi caso, lo que me hacía sentir entre nubes era el momento esperado con tanta ansiedad al permitírsele a Lucho entrar a la casa. No se como se las arreglaron, pero no me tomé el trabajo de pensarlo. Sólo primaba en mí el encanto de la maravillosa noche que iría a pasar con él…
Desde que falleció mi tía Mercedes, nunca más quise saber de mi cumpleaños, pero en esa ocasión sería ver realizado el anhelo largamente esperado. Hasta ahora, después de tantos años aún siento el latir de mi corazón al igual que los momentos previos que tuve que aguardar con impaciencia para recibirlo en mi casa.
La fiesta resultó preciosa y fue la última que celebré. A partir de ese momento la vida cambió para mí y a pesar de que día a día nos sumergíamos en una situación agobiante, me bastaba tenerlo a mi lado sin sustos y con el beneplácito de la familia (que la mayoría lo aceptó gustosamente), para que la dura realidad de nuestra situación no me hiciera daño.
Por esta circunstancia me sentí feliz, pero algo me sobrecogía y no llegaba a comprender que me pasaba. Desde niña he tenido experiencias extrañas, como premoniciones o telepatías con personas allegadas a mí, y a pesar de estar segura del amor de Lucho, tenía a veces la sensación sin fundamento de un terror que me presagiaba algo. Que lo perdería.
Por eso fue que un día conversando con él sobre su esperado ingreso a la Universidad, recuerdo que le dije: “Debes tratar de ingresar este año a la Universidad, porque presiento que si no lo haces, me vas a perder”. Recuerdo que él protestó y me aseguró que eso no pasaría nunca, que más bien avanzando un poco el tiempo me ofrecía algo más serio entre nosotros... Coincidente con esta circunstancia llegó un tío de España que era pariente de su papá.
Festejando los Carnavales, decidimos formar una comparsa a la que asistiríamos disfrazados de cocineros. Después de grandes preparativos, logramos alquilar un camión al que previamente Lucho Dextre y no sé cuál de mis hermanos habían subido un tonel al que lo llenaron de agua. Llevaron aserrín y nos armamos de cucharones, sartenes y ollas viejas, y, muy alegres, emprendimos el “viaje” para asistir al gran Corso de Lima. Durante el recorrido empezaron a arrojarnos agua y los ánimos se enardecieron.
Con el aserrín mojado formábamos unas tortas a las que también les agregábamos unos frutos de palmera de la casa de los Balestra. Esas tortillas las arrojamos ágil y mil y después no sé quien tuvo la peregrina idea de ir al Callao y eso si que fue una hecatombe.
Por las calles que pasamos nos arrojaron tal cantidad de suciedades que todos terminamos vestidos dentro del mar de la Perla, porque no podíamos soportar nuestra pestilencia. Nos contaron en casa que nuestro regreso fue desastroso por la facha que teníamos comparada a la de los que partimos orgullosamente albos y felices., para gozar del gran Corso de Lima.
Al día siguiente nos olvidamos de este percance en una inolvidable fiesta de disfraces realizada en mi casa, y a pesar del daño que me hizo el remojón marítimo, no dejé de bailar, e inclusive me eligieron reina de la fiesta.
La casa estaba sumamente engalanada para esta fiesta y el adorno original que se le ocurrió a Guillermo fue la gigantesca araña que colgaba de la baranda central del hall de la casa, cuyo cuerpo estaba representado por un inmenso globo negro, las patas de papel de lustre también negro y la telaraña de serpentinas entremezcladas. Daba temor mirar hacia arriba y ver la gigantesca araña. Fiesta inolvidable que fue para mí la despedida de mis alegrías por los momentos ingratos que me tocó sufrir después.
Días atrás también nos habíamos reunido en la casa de Mota (Leonor) Duthurburu, también festejando el carnaval, de la que conservo una foto que me recuerda a la mayoría de amigos que ya no están con nosotros. También entre ellos se encuentra Manuel Soberón, entrañable pareja de baile en las reuniones de mi casa, afable y correcto, eximio bailarín y amigo muy querido por mí. Con él pasé gratos momentos de diálogos positivos y sanos en los que salían a relucir sus valores morales que, como la mayoría de los muchachos, habíamos sido formados en nosotros en verdaderos hogares cristianos. Me acabo de enterar de su muerte, lo que me ha ocasionado una profunda pena.
La situación mejoró en casa por el nuevo empleo de papá en la Dirección General de Tránsito, y las reuniones familiares se sucedían diariamente, en las que los mayores se dedicaban a jugar a las cartas o al dominó, contándose entre ellos a papá, mi tío Pedro, Luis Eguren, amigo de la familia, mamá y otras personas. Los muchachos nos poníamos a conversar o a jugar, si no había mucho frío en el jardín, a las prendas o a otras diversiones. Siempre con mi Lucho haciendo planes para el futuro.
Llegó a la parroquia de la Virgen en el parque, el nuevo Párroco, el Padre Amelio Placencia., sacerdote español de una gran simpatía, agradable y de dulce semblante el que reflejaba la bondad que lo investía. Fue para muchos el enviado de Dios que mitigó penas y pobrezas. Era enérgico, infatigable, muy justo y severo a la vez. A él se le debe fundación del tempo de San Vicente de Paul en Surquillo, barrio que fue su predilección.
También del colegio parroquial para niños pobres, así como la iniciación de un numeroso grupo que trabajaba con ahínco, dirigido por el inigualable párroco que tuvimos en Miraflores. A él se le debe la terminación de las obras de la Parroquia de la Virgen Milagrosa. Cada Homilía dominical era un mensaje de amor y enseñanza.
Creó también el grupo de obreros del Sagrado Corazón y el de las Esposas y Madres Cristianas. Impulsó el funcionamiento del Centro Católico para jóvenes y muchas señoras y señoritas de la Acción Católica enseñaron a los analfabetos y también labores domésticas.
Este sacerdote, en medio de su grandeza como religioso, fue muy humilde en su persona y, sintiéndose muy cercano a su fin, dejó establecido que lo enterraran después de su muerte en el Cementerio de Surquillo, muy cerca de sus pobres a los que amó tanto. Como homenaje a su labor cristiana y misionera se le ha erigido un busto recordatorio frente al Templo, en el Parque Central.
Volviendo a mis recuerdos…
Cuando menos esperaba, el tío de Lucho que llegó de España, comenzó a salir con él, y este individuo, sin importarle el daño que le hacía, se dedicó a influenciarlo con ideas negativas. Como yo se lo había vaticinado, por más que se esforzó, perdió la oportunidad de ingresar a la universidad, y poco a poco comenzó a cambiar tan lindo muchacho, orgullo de sus padres, muy conocido en el ambiente miraflorino por su infatigable labor secundando a nuestro párroco en toda clase de obras sociales.
Junto con el tío, empezó a frecuentar lugares nada recomendables y se fue aficionando a la bebida, hasta el punto de hacerse famoso en todas las cantinas de Surquillo, barrio en el que vivía con su familia. Yo estaba ignorante de todo esto, pero mis padres, al enterarse de lo que estaba pasando y sin darme ninguna explicación, me obligaron a decirle que no volviera más por la casa. No lo podía aceptar ¿Qué habría pasado? Me propuse a seguirlo viendo como fuera. Mi tía Esther fue la única que se brindó a acompañarme cuando quería salir y ella me permitía encontrarme con él. No le notaba nada, pero un día que estaba de visita donde una amiga en Surquillo, Margarita Alva, lo vi parado en la esquina, y a pesar de que salí para hablarle, me sorprendí al notar que no hacía nada por acercarse a donde mí.
Sentí como un desgarrón en el alma porque su actitud decía mucho sobre la veracidad de lo que se estaba diciendo sobre él...y fue así que cuando me contaron sobre la verdad de la vida que estaba llevando, me era muy difícil aceptarlo. No podía creer que hubiera cambiado tanto, pues para mí seguía siendo mi todo, el muchacho en quien tenía cifradas todas mis esperanzas con todo mi amor, ese amor sin límites...
Una aciaga mañana lo llamé como lo hacía diariamente y al contestarme una voz desconocida que me sacudió despiadadamente, soez, insultante, hirió profundamente mi dignidad de mujer. Estaba ebrio...
¡Ese no podía ser mi Lucho! No podía ser él ¡Mi amor! ¡No!
No recuerdo que le dije, pero si tomé la decisión de no verlo más. Primero era yo, y no aceptaba ser tratada de esa manera y tratando de disimular la desesperación que me ahogaba, le contesté decidida que en ese mismo momento todo terminaba entre nosotros. Pudo haberse disculpado o pedirme que lo perdonara, no lo sé, pero si así hubiera sido, todo hubiera sido inútil.
Cogí nuevamente el teléfono y hablé con su mamá, a la que le conté lo que acababa de suceder. La noté muy triste cuando me dijo que sentía muchísimo lo que había pasado entre nosotros, puesto que ella, sin haberme tratado personalmente, me había llegado a tener un gran cariño y no comprendía cómo su hijo no había sabido valorarme al perderme de esa manera.
Bueno, luego… nuevamente tinieblas...
¿Qué pasó con nuestro amor? Él lo quiso así. Yo no tuve la culpa que se destruyera todo lo que ambos habíamos logrado construir en medio de nuestros sueños, nuestras quimeras. Esa felicidad soñada que esperábamos alcanzar poco tiempo después. Todas sus promesas de un amor profundo y sincero que muchas veces pronunciaron sus labios, quedaron flotando para siempre en el viento de mi desencanto, indeleblemente marcadas en mi corazón. “Sarita, te amaré toda mi vida” ¡¡Qué ironía!!
Lo amé tanto que a través de los años he idealizado ese sentimiento, no me avergüenzo al decirlo, como algo tan mío que sólo desaparecerá su recuerdo cuando no sea capaz de sentir nada más... después del adiós definitivo.
Cuantas noches las pasé mirando el techo y el amanecer me encontraba con los ojos secos, sin lágrimas por habérseme agotado de tanto llorar. Pero me dolía demasiado mi dignidad herida, mi amor desplazado por un vicio, y luché valientemente contra mis propios deseos de coger nuevamente el teléfono para oír nuevamente su voz...
¿Por qué? Me he preguntado muchas veces, la vida se ha ensañado conmigo, haciéndome beber el trago amargo de las frustraciones, cuando sólo quise para mí acunar mis ideales y sueños entre los pliegues de mis sentimientos más puros, y pasar por ella, sin dañar a nadie, entregándome abiertamente a todos los que necesitaron de mi ayuda y que me quisieron a su manera, pero que yo nunca los defraudé.
No quise salir por muchos días a ninguna parte, hasta que mi amiga Mota me habló con claridad y me hizo ver que ese muchacho ya no merecía que siguiera sufriendo por él. “Trata de seguir tu vida normal”,me aconsejó con su mejor intención, valiéndose del cariño que ambas nos profesábamos desde años atrás. Esta entrañable amiga me conocía lo suficiente como para tener la seguridad de que sería capaz de sobrellevar esa tremenda desilusión.
Y siguiendo su consejo, un viernes de retreta me atreví a salir con ella, y antes de lo que me imaginaba, lo primero que vi al llegar al parque, fue su persona con un grupo de amigos. Sentí que las piernas se me doblaban, pero Mota me sostuvo y me obligó a pasar de frente sin mirarlo. Me hace mucho daño recordar esos momento aciagos de mi vida, pero es necesario demostrarse a una misma, que una no de debe dejarse vencer por los golpes que nos da la vida, yo, más que nadie, por conocerme, estaba preparándome para afrontar lo que me podría pasar después. Aprender a luchar, caer y levantarse por más terrible que fuera la dura realidad.
Lentamente fui recobrándome y traté de llenar mis horas del día con alguna labor que me impidiera pensar en él y comencé nuevamente a visitar a los tíos que tanto quería, lo que ayudó mucho a mi recuperación. Además una llamita de esperanza me iluminó cuando me enteré que un hermanito estaba en camino. Y así fue. El 4 de octubre nació “Paquito”, Oscar Francisco y mi hermana Beatriz y yo nos dedicamos a criarlo. Me parece verlo pequeño, gordito y muy amoroso, dulce y bueno, que no nos dio ningún trabajo criarlo, nos quería muchísimo y fue nuestro muñequito en el que volcamos toda nuestra ternura y cuidado.
Lentamente y sin darme cuenta me fui acercando a Guillermo, seguramente porque era el que más me comprendía sin saber que ya él había puesto sus ojos en mí. A pesar de que aún me duraba el recelo y la pena, sin darme cuenta, acepté su cariño fácilmente, como si lo hubiera estado esperando.
Llegó la Navidad penosa y oscura. Los problemas aumentaban en la casa, pues papá se había quedado nuevamente sin trabajo y éramos tantos en la familia, que entonces sí que se nos puso muy difícil nuestro diario vivir. Guillermo, al que cariñosamente le decíamos “El Flaco”, por lo delgado que era, siempre estaba en casa y, conociendo las dificultades por las estábamos pasando, trataba de ayudarnos en lo que podía.
1939
Pasaron los días y el verano se lucía en todo su esplendor. Con los amigos del barrio salíamos a pasear por la avenida Pardo, y fue entonces que descubrimos que la ya inaugurada estación de Radio Miraflores. Ocupaba un local en la cuadra siete de la avenida y en uno de los programas a los que habíamos asistido fue que conocimos a la que sería la gran Chabuca Granda. Ella conducía un programa de aficionados al canto y acompañada de su guitarra presentaba a los diferentes aspirantes al programa. Se había puesto ella misma el mote de “Conchita Cuello Largo” y con su innata sencillez, amable y risueña, se fue ganando la simpatía y el cariño de todos. Nos iba conociendo por acercarnos todos los días al dichoso programa, al que lo fue ampliando con otras amenidades en las que otorgaba premios, haciéndonos concursar algunas veces.
En la cuadra diez de esta avenida nos llegamos a juntar un numeroso grupo de amigos entre los que recuerdo a César Elejalde, quien, con los años, llegó a ser el Fiscal de la Nación. Éramos unos treinta muchachos alegres y palomillosos, pero sanos y respetuosos. Y en el carnaval de ese año el “Mozo Valderrama”, uno de los más ocurrentes por sus travesuras en medio del juego con agua, nos embadurnó la cara a las chicas con un tinte para cuero que no salía con nada, y a la noche que se realizaba el baile en el Parque de Barranco, asistimos con las caras echas trizas. Felizmente por las caretas pasamos desapercibidas.
Ese año, como mamá no sabía lo que ya existía entre Guillermo y yo, me dejó ir tranquila a la fiesta con toda mi pandilla. Pasamos una noche maravillosa porque no paramos de bailar hasta que la orquesta dejó de tocar. Nunca he olvidado el fondo del parque iluminado por un maravilloso amanecer. Ese amanecer que me llenaba el corazón.
Uno de los pocos vecinos que vivía cerca de nosotros fue Don Juan de Dios Salazar y Oyarzábal, relacionado de mamá por sus bisabuelos Raygada y Oyarzábal. Con su esposa eran muy amigos de mis padres y tenían una familia numerosa de siete hombres y una mujer, todos muy bonitos y de facciones finas. A su vez, dos de sus hermanos menores vivían en un departamento de la misma casona y Lily, hermosa chica de pelo y ojos muy negros, llegó a ser mi amiga de toda la vida. Un poco mayor que yo, en ese tiempo, llenaba el vacío de una hermana que fuera mi confidente, por lo que ambas compartimos momentos y problemas propios de nuestra edad. Muy inteligente, estaba estudiando Derecho y se enamoró de un muchacho que podría decirse que era su alma gemela, correcto, tierno, muy buen mozo. Pertenecía a una familia muy conocida de Lima: José Villarán Duany. Después de un corto tiempo se casaron y él, de buena posición social y económica, supo hacerla feliz. Se alejó de mí, pero a través de los años se conservó intacta nuestra amistad.
Con el verano empezamos a ir a los baños de Miraflores, en los cuales se había inaugurado un local moderno que se hizo el preferido de mucha gente. Se ingresaba por la terraza superior después de bajar un largo camino y en su interior constaba de tres plantas, siendo la última el lugar donde se hallaban los numerosos cuartos de vestir.
En el segundo piso se encontraba un enorme hall en el que estaba instalado el maestro y compositor limeño con su famoso piano, el admirado y apreciado Laureano Martínez, el que alegraba los días domingo a la numerosa y alegre concurrencia de la mayoría de muchachos del balneario. Bailábamos hasta las dos de la tarde, gozando de la frescura de la brisa marina que penetraba por los grandes ventanales que daban a la playa… Inolvidables momentos de aquella adolescencia sana, amiga, correcta y respetuosa que desgraciadamente desapareció con el tiempo...
Una tarde que nos animamos a bajar a la playa de la “Pampilla”,cercana a nuestra casa, un grupo de chicas amigas y mi prima María Luz, ya estábamos regresando por la ranfla de tierra pegada a los barrancos, cuando empezó a temblar la tierra y una lluvia de piedras se nos vinieron encima. Corrimos hacia la playa y para mi desgracia se me atracó un pie y me fui de bruces, doblándome dolorosamente los dos tobillos. Cuando terminó el temblor me ayudaron a subir casi a rastras porque no podía afianzar los pies, quedándome por consecuencia y desde entonces, en los años de vida que tengo, que las caídas fueron para mí como la salida diaria del sol.
Siguieron los temblores con los consabidos sustos, pero nunca pudimos imaginar que ellos eran el principio de lo que se vendría después.
Nuevamente la situación se agudizó en la familia y empezamos a conocer lo que sería la terrible experiencia que nos conduciría a un estado de falencia completa, de hambre y necesidad. Mi mamá, aprovechando la estadía de mis tíos en Ricardo Palma en Chosica, donde, después de abandonar nuestra casa, se habían radicado, se fue para allá llevándose a mis dos hermanos menores que eran los más amenazados de sufrir por la necesidad. Los más grandes incluyendo a Beatriz y Carlitos, nos quedamos junto a la Mamita María y las tías.
Jamás imaginé vivir una situación tan espantosa en aquellos días en que despertábamos con el estómago vacío y sin un centavo en la casa, ni para comprar pan. Pero mi fe profunda me ayudaba a confiar que el cielo no nos abandonaría y no sabía del milagro que se realizaba diariamente para tener siquiera papas que calmaran nuestra hambre. Hasta que una mañana descubrí la salida de mi abuelita o alguna de mis tías, que luego, diariamente, hacían confiadas en la misericordia de Dios, buscando el sustento que, a pesar de tan tremenda situación, poco o mucho no nos faltó.
No puedo dejar de relatar que muchas personas amigas enteradas de nuestra situación, nos brindaron su ayuda generosa, hasta el punto de ayudar a mis hermanos a seguir con sus estudios. Nos cortaron la luz y las tinieblas nos acrecentaban la deprimente situación de aquellas interminables noches de prueba.
Un día decidí empezar a coser para ayudar en la casa. Lo que ganaba por el pago de mis trabajos, me permitía comprarle algo a mis hermanos, motivos de mi mayor preocupación. Por las noches, trataba de hacer más llevadera la oscura situación y me entretenía escuchando la música que tanto me gustaba en los numerosos discos de papá, los que poco a poco fueron disminuyendo, sin yo saber cómo. Además, lo que si me dolió en el alma fue la ausencia definitiva de las colecciones literarias de nuestra valiosa biblioteca.
Papá empezó nuevamente a trabajar y nos sentimos algo mas aliviados, pero la casa estaba hipotecada y eso era grave por el peligro que se cernía sobre nosotros al no poder cumplir con los pagos.
Llegó la Navidad rodeada de tristeza y sin nada interesante que contar, sólo que tratamos de armar el nacimiento entre Guillermo y yo y luego... no recuerdo...
1940
Empezamos el año luchando por el diario subsistir. Seguía cosiendo y ayudando en la crianza de mis hermanos menores, además de los trabajos domésticos repartidos entre todas las mujeres de la familia. En medio de todo esto, la presencia diaria de Guillermo, por el que sentía cada día más cariño, me hacía más llevadera la carencia de alegrías y distracciones propias de mi edad, pero desgraciadamente, otra vez la vida me pondría a prueba por la intervención en ella de personas que sin ningún derecho, sin tener ninguna razón para hacerlo sino el chisme y la mentira, volvieron a empañar mis ilusiones y esperanzas.
Muchas veces, y no sé por qué, me vi obligada a aceptar que los demás intervinieran en mi vida, sintiendo en mi ser una rebeldía interior por frustrárseme los ideales que me había trazado para el futuro. Desde niña: no terminé el colegio por causa de la situación económica, que me impidió concretar lo que más anhelaba, que era el llegar a ser profesional. Luego la gran desilusión por la traición de Lucho que me hirió hasta el fondo del alma, apareciendo el tío que nos separó. Empecé a estudiar piano por la atracción maravillosa de la música y se me truncó esto también debido a mi timidez, que nunca me ayudaron a vencerla, que me impidió ser concertista. Empieza a nacer en mí una nueva ilusión, un nuevo amor, y es cuando los entrometidos y mal intencionados empiezan a influenciar a papá y mamá para convencerlos que no me convenía la relación con Guillermo, por ser un muchacho pobre que recién luchaba por salir adelante, por lo que no era “un partido conveniente” para mí y sin ninguna otra razón, sin explicación alguna como siempre, me prohibieron que lo volviera a ver y menos que tuviera la osadía de acercarse por la casa ¡Con qué derecho tuvieron que intervenir en mi vida! Nunca lo comprendí ni hallé la respuesta adecuada.
En una sociedad machista y prepotente donde la mujer no tenía alternativa sino obedecer, aunque por dentro nos rebeláramos ante esta injusticia, me vi encerrada en la casa, saliendo solo a misa o alguna que otra visita, siempre acompañada por alguien de la familia, como si hubiera sido un delito tratar de ver a Guillermo… Pero a pesar de tanta rigidez y vigilancia, me ayudaron mis hermanos y muy pocas personas que se anteponían ante todo por lo mucho que me querían y que no aceptaban verme sufrir injustamente. Nos consolábamos viéndonos desde lejos por una de las ventanas del tercer piso de la casa.
Pero un día Lily Salazar, mi amiga del alma, me invitó a su casa, y en lugar de hacerme entrar, me dejó en la esquina para que me pudiera encontrar con mi flaco, mientras ella vigilaba para avisarme si alguien salía de mi casa. Sólo por breves pero maravillosos minutos pude tener el consuelo de estar a su lado.
Llegando las fiestas de los Carnavales, no me hice ninguna idea de poder ir juntos al Baile Tradicional de Barranco, al cual iban a asistir todos lo chicos del grupo, y así me privé de gozar de esa fiesta, que como los años siguientes, fue siempre inolvidable por su calidad, la buena música y la alegría sana del grupo selecto que asistía. Y por primera y única vez estuve en el Club Regatas de Chorrillos, pasando una noche aburrida a pesar de que mi pareja era un buen amigo, Oscar Erausquin, quien se esforzó por hacerme llevadera la fiesta, estando bien enterado de lo que me pasaba.
Cansado de tan agobiante situación, Guillermo se vio obligado a trabajar en Ica, como secretario de la Prefectura. A pesar de que me sentía muy apenada por saberlo tan lejos y que me iba a ser muy difícil no verlo, pensé que era lo mejor, por el bien de los dos. Y el 9 de mayo partió temprano, no sin antes despedirnos a través de la reja de la casa.
Pasaron varios días y sentí una gran alegría cuando recibí su primera carta, la cual me envió a la casa de mi amiga Erlinda que, con su familia, vivía también en la calle Ramón Zavala. En ella me incluía unas fotos tomadas en la laguna de Huacachina y en la plaza principal de Ica.
Y llegó el día 24 que amaneció sereno, sin frío y nos calentaba un solcito otoñal. Recuerdo que me encontraba en el cuarto de mi mamita junto con ella, mi tía Esther y mi hermano Paquito, que sólo tenía dos años. A las 11 y media empezamos a escuchar un ruido sordo, y luego llegó el sacudón que nos hizo volar hacia la puerta. Hasta ese momento, cada vez que sentía un temblor me salían alas en los pies y no me importaba nada, sólo salir hasta la calle conforme estuviera. Pero en esa oportunidad alcancé a ver a mi abuelita que trataba de cargar a mi hermano que era bien gordito y por primera vez, venciendo mi terror, regresé y cogí a mi hermano bajando con ellas la escalera.
En ese preciso instante mi tía Susana, que se encontraba en el tercer piso arreglando el dormitorio de mis hermanos, pasó como un celaje ganándome la delantera, cuando el terremoto arreció, meciéndonos con tal furia que nos sacudía dando tumbos sin poder mantener el equilibrio. Llegamos al primer piso, pero al querer abrir la puerta del hall de la entrada, ésta se atascó, y con la ayuda de mamá que llegó de no sé dónde pudimos salir a la pampa de enfrente a la casa, donde mi tía Chana se desmayó.
En el suelo se veían como ondas movedizas, y mirando a la casa me paralicé de terror al contemplar como se movía, a la par que las hojas de las ventanas se abrían y cerraban solas. Tuve la impresión de que un gigante enorme la mecía por dentro, como si fuera un juguete.
Un obrero que estaba trabajando en la casa vecina acudió a auxiliar a mi tía Chana y, a pesar del movimiento que seguía, penetró en el jardín y trajo un poco de agua para reanimarla.
Más nos espantamos cuando sentimos que nos ahogaba una nube de tierra rojiza que subía de todos los barrancos de la playa. Tuvimos que taparnos la cara con nuestros propios vestidos para poder respirar y ayudar a Paquito que, aterrado, lloraba aferrado a mi cuello.
Luego que calmó el terremoto, ingresamos a la casa con mucho temor, pero nos fuimos tranquilizando al comprobar que no había sufrido daño alguno, ni siquiera la más pequeña rajadura. Recostamos a mi tía en un sillón y me prendí del teléfono con la intención de comunicarme con papá que estaba en su oficina del centro de Lima, pero la línea estaba cortada. Y ahí empezó nuestra agonía, ya que todos los demás de la familia estaban lejos y en distintos lugares, por lo que sólo nos quedó rezar por ellos y esperar que estuvieran sanos y salvos. La primera en llegar fue mi hermana, que por estar en el colegio de La Reparación, era la más cercana a la casa. Y luego, lentamente uno a uno empezaron a hacerlo los demás, reflejando en sus rostros la terrible experiencia vivida momentos antes.
En el transcurso de este siglo, ese fue el sismo más fuerte y destructor. Hubo innumerables víctimas de las cuales nunca se dijo la cifra exacta. Cayeron casas, colegios, edificios e iglesias en donde murió mucha gente. Los lugares más castigados fueron Chorrillos y el Callao. En el primero se agrietaron las calles y el jirón Lima quedó cortado, derrumbándose muchas casas que terminaron en la playa. En este jirón se encontraban las más hermosas residencias y lo más probable es que con ellas cayeron muchos de sus moradores. Todo se destruyó, lo mismo que el puerto, donde la destrucción fue atroz y la mortandad pagó un alto precio. En los Barrios Altos muchos angostos callejones se destruyeron, atrapando a las personas que trataban de salir, al juntarse las paredes y sepultarlos.
Empezaron a sacudirnos muchas réplicas, sobre todo una a las 5 de la tarde. Y esa noche llegaron a nuestra casa el tío Samuel Cárdenas y mis dos primos, buscando nuestra ayuda por haber perdido casi toda la casa en Chorrillos. Por supuesto que durante la noche nadie durmió y en todas las casas la gente amaneció vestida y con las puertas abiertas por temor a una repetición. A los chicos los acomodamos en colchones sobre el suelo.
Después de pasar tremendo momentos y sobresaltos por las continuas réplicas, empezamos a tener noticias de la magnitud del sismo y las terribles consecuencias del mismo. Según nos enteramos, fue de una magnitud de 8 grados.
Al salir a las calles, impresionaba ver las paredes de muchas casas con tremendas rajaduras, si no otras en el suelo. Por largo tiempo hubo que apuntalar las que quedaban en pie hasta poderlas arreglar.
Como Chorrillos y Barranco fueron muy afectados, las familias de este lugar tuvieron que ir acomodándose donde parientes y amigos, y fue así que las tías Ernestina y Laura, que esperaban quedarse en casa de unos parientes en Miraflores, al día siguiente llamaron a la casa desesperadas porque muchos familiares desamparados habían hecho lo mismo y no había espacio para ellas por quedar la casa de los primos muy estrecha.
En nuestro tercer piso se acomodó toda la familia con los pocos muebles y enseres que lograron salvar y, desde esos días en los cuales lentamente nos fuimos recuperando, empezó para ellos y nosotros una época que ha sido imborrable para todos. Además el tío Samuel nos ayudó a aliviar nuestra alicaída situación y esta vivencia fue tan rica en integración y verdadera comunión de mutuos sentimientos entre ambas familias que la recordaremos siempre, por haber disfrutado del calor humano que nos unió como un don inapreciable del amor de Dios.
Las amadas tías que guardaban en su interior las virtudes y cualidades que las adornaban, eran todo corazón, incluyendo al tío Samuel que, a pesar de su seriedad, llegó a convertirse en nuestro más querido personaje y de él escuchábamos relatos y anécdotas familiares con gran atención y curiosidad. Al querido “Tío Chuzo”, como cariñosamente lo llamábamos, lo quisimos entrañablemente por las muestras de afecto y gran ternura que demostró siempre hacia nosotros.
Samuel, Enrique, la Nena (Carmen) y nosotros llegamos a convertirnos en un todo ¡Qué no hicimos! Alegrábamos a los mayores con nuestras ocurrencias, sobre todo Ninín (Samuel) y Raúl. La hora del almuerzo, donde nos reuníamos toda la familia, parecía la sala de alguna entidad pública. La mesa de los mayores era tan larga, que papá, sentado a la cabecera, no se podía comunicar con mi mamita, que lo hacía al otro extremo.
Teníamos que hablar por grupos y es de imaginar el barullo general, aumentado con el alboroto de la mesa de los chicos al extremo del comedor, en la cual la tía Susana hacía lo indecible para mantenerlos quietos siquiera cuando comían.
Para mi mala suerte, a los dos lados se sentaban los terribles del grupo, Ninín y Raúl, los que más de una vez me hicieron sorber la sopa por la nariz al pasarse algo delante de mí en el momento que me llevaba la cuchara a la boca. Al frente mío, la tía Laura y la Nena trataban de hacerse entender con mis otras tías, pero la mayoría de las veces era un esfuerzo estéril. Cuando llegaba el cumpleaños de alguien, ese par de ocurrentes, en complicidad con los demás, se encargaban de “arreglar” el sitio del agasajado para lo cual se le ponía en una fuente un hermoso pato de peluche, juguete de mi hermano Pepe y la silla la decoraban con geranios y ramas de hierba luisa como si fuera un trono.
Todo era jolgorio, risas y alegría. A veces sentíamos el ruido de un tambor, latas y cantos que se trataba de la “petición unánime” del grupo por una torta o postre, para lo cual el “batallón” se dedicaba a recoger los óbolos “voluntarios” para sufragar los gastos del manjar.
En una oportunidad se le ocurrió a la tía Laura preparar un sanguito de pasas, uno de los postres favoritos de ella y de todos, para lo cual se le encargó a mi hermano Jorge que le comprara harina de maíz y éste se equivocó y le trajo harina de polenta. La tía no se dio cuenta de cambio y empezó a elaborar su manjar, pero veía con asombro que este aumentaba cada vez más y hubo que ayudarla a removerlo porque se le acalambró el brazo por el esfuerzo. Le salió delicioso pero era todo menos “sango”. Felizmente lo tomó con resignación, algo no visto así nomás en ella que era muy buena, pero era una dama de aguantar “pocas pulgas”.
Mi primo Pedro (Perico) se hallaba en el norte formando parte de la guarnición de Zarumilla, y con motivo del conflicto con el Ecuador, se vio obligado a tomar parte en la contienda, pero fue herido en un ojo por unas esquirlas y se regresó a Lima con descanso médico. Además necesitaba ese merecido descanso por el dilatado tiempo que había estado en el frente. Ya mejor, aumentó con su presencia las filas de los revoltosos de las familias y sus ocurrencias eran únicas. Nos queríamos mas que si fuéramos hermanos, habíamos crecido juntos y, en más de una oportunidad en la que me privaban de salir a causa de haber llegado Guillermo, él se encargaba de obtener el permiso de mi mamá para salir conmigo y luego, en la calle, cada cual se iba por su lado, previo arreglo del lugar donde nos encontraríamos para regresar juntos.
Cuando acabó el conflicto, varios de sus compañeros de armas empezaron a frecuentar la casa y se convirtieron en asiduos amigos de la familia, asistiendo con ellos a fiestas y reuniones. Uno de los más íntimos era Augusto Mattos, de ojos claros, super alegre y bailarín, lo mismo que Condado Vega, chatito e incomparable amigo. Fuimos muy felices rodeados de tantos amigos y compartiendo momentos de grata y añorada recordación.
Mi prima estaba enamorada de un oficial de caballería, Oscar Gonzáles, acantonado en el cuartel San Martín en la avenida del Ejército, y se propuso enseñarme a motar a caballo. Me llevó una yegua pequeña y mansa en la que poco a poco fui tomando confianza y como ella ya me conocía, realizábamos largos paseos por todos los potreros colindantes a mi casa. Ya para ese entonces se estaba poblando el lugar y nuevas casas surgieron rompiendo el bello y espectacular panorama del verdor de nuestro campo, al que tanto quería.
Las manos hábiles de las tías Rondón empezaron a enseñarme nuevas cosas, sumándose a las que ya sabía, y diariamente las acompañaba al cuarto de la tía Ernestina, observando lo que estaba haciendo. Esta habitación tenía grandes ventanas por las que se apreciaba una vista encantadora del mar. Eran muy laboriosas y todo el día se entretenían con los quehaceres y sus obras de arte. Les gustaba mucho oírme cantar, lo que yo hacía con el mayor gusto y no había canción de la que no supiera la letra, por lo que animaba las tardes bordando o tejiendo y cantando cada día de un autor distinto.
Siguió pasando el tiempo y la vida en casa era tranquila, alegre y amena, con muchas cosas que recuerdo y que serían innumerables de contar. Mi papá se fue de viaje a la selva y, al retornar, se cayó del caballo y ese golpe, con el tiempo, empezó a causarle grandes molestias, hasta el punto que, años después, tuvieron que operarlo y de esta intervención no quedó bien.
1941
Mis tíos Cárdenas poco a poco habían estado adquiriendo lo que perdieron en el terremoto y decidieron tomar una casa para seguir su vida interrumpida por la catástrofe, pero esa decisión tuvo un efecto altamente negativo para nosotros, que ya nos habíamos acostumbrado a vivir con ellos como si fuéramos una sola familia. Muy a pesar nuestro llegó el día en que tuvieron que partir. Nuevas tristezas, y a empezar a aceptar que la vida es así. Y así también me fui haciendo mujer. Ya no era la niña desorientada de antes y me interesaba saber sobre la verdadera situación de mi familia, pero antes se acostumbraba a que sólo el padre manejara todo lo referente al la marcha del hogar. La esposa y los hijos no estaban al tanto de los intereses y trabajos del papá. Además los hijos no podíamos intervenir ni opinar hasta ser mayores de edad, es decir 18 0 21 años de edad. Por todas estas costumbres tan absurdas no podíamos imaginar que pronto perderíamos nuestra amada casona. El factor principal fue la hipoteca que no se pudo pagar y otro que la municipalidad cursó unos avisos notificándo a los propietarios de las viviendas que tenían que pagar una cantidad determinada según el área del terreno para los gastos de pavimentación y veredas, además de los postes de alumbrado público. Como nuestra casa tenía tres frentes, la cantidad correspondiente fue muy elevada y papá tenía que pagar los intereses de la hipoteca.
Por causa de muchos problemas económicos, no pudo cancelar esa deuda, agregada al pago del municipio que trajo por consecuencia que se perdiera la propiedad y nos viéramos en la necesidad de separarnos para siempre de nuestra casa. Nuevamente decir adiós y dejar nuestras vivencias en cada rincón de aquellos cuartos, pasillos y jardines que quedaron impregnados de nuestras voces, risas y lágrimas...
Nos mudamos a una casa del Malecón Balta, grande y cómoda, pero al llegar la sentimos muy fría, como sin alma, y con lo poco que recibió papá por el remate de la Villa Sara, pudimos sostenernos hasta poder alcanzar otro nivel de vida.
Me matriculé en la escuela de Bellas Artes en la que la educación era gratuita. Solo pagué la matrícula para aprender dibujo y pintura. En el examen de ingreso era necesario presentar un dibujo creativo y tomé como modelo el paisaje que se me ofrecía desde la ventana de mi dormitorio. Dibujé las escalinatas y parte del malecón de la bajada de los baños. Me valió al extremo de exonerarme del año preparatorio.
Empecé a vivir nuevas alegrías al pertenecer al grupo de alumnos de la gran maestra Julia Codesido, considerada como una de las mejores profesoras, y en este curso fue que conocí a Victor Humareda, el futuro gran maestro, que por ese entonces sólo era un muchachito humilde, tímido y muy introvertido, pero desde que empezó a trazar las primera líneas de los bodegones de modelo, demostró lo que encerraba dentro de sí en su arte alegre y expresivo. Decía que amaba lo bello, y así empezó a ser conocido. Era generoso y buen amigo y nos demostró rápidamente un potencial artístico de gran creatividad, dejándonos atrás a los mejores alumnos de la clase.
Empecé a salir con mi hermana y un grupo de amigas cuando tenía deseo de disiparme un poco. La pena de estar lejos de Guillermo me deprimía y no tenía interés en hacerlo con frecuencia. Sólo me animé algo más cuando se puso de moda el paseo juvenil por el malecón 28 de Julio al frente casi de nuestra casa. Además estaba el Club de Tennis “Las Terrazas”, al principio de la bajada, y en su cancha principal se realizaban campeonatos de este deporte. Cada vez que se realizaba un partido todos los muchachos tratábamos de encontrar los mejores sitios desde el malecón o entre los pasillos de plantas para poder gozar del espectáculo. Por esta causa pude ver jugar a los mejores tenistas de esa época.
En las mañanas, era cada vez más numeroso el grupo de amigos que bajábamos a la playa. Recién se empezaba a crear el club Waikiki, cuyos miembros eran grandes nadadores, surgiendo entre ellos el pionero de la tabla hawaiana, Carlos Dogní Larco, que dicho sea de paso tenía un porte atlético impresionante, buen mozo pero algo “sobrado”. Otros muchachos empezaron a secundarlo y fue así que poco a poco se logró que fueran adquiriendo experiencia en ese deporte, hasta lograr los primeros puestos en competencias internacionales como Pomar, Rospigliosi, Barreda y otros más.
Seguí mis estudios en Bellas Artes, pero ese invierno fue muy crudo y sufrí bastante para poder dibujar por la rigidez de mis dedos. Aún así mis trabajos fueron mejorando día a día y llegué a alcanzar uno de los mejores puestos de mi clase.
Por unos malos entendidos con Guillermo, dejamos de escribirnos un largo tiempo y para entretenerme después de terminar mis quehaceres en la casa, salía por las noches para reunirme con el grupo del barrio, que por entonces éramos más de 30 muchachos, recordando también a Agusto Moral Silva, el gordito Gandolfo, los hermanos Villa García y otros más. Pero como pasa siempre, con el tiempo se fueron ausentando varios de ellos a los que nunca más volví a ver.
Mis otras salidas las hacía acompañada de Lucrecia y Mota, mis más intimas amigas, con las que nos paseábamos por todas partes, íbamos al cine o a la playa. Fuimos inseparables, pero en esos meses conocí a un chico con el que empecé a salir pues estando sola y sin haber amistado con Guillermo, me sentía bien en su compañía.
1942
Celebrándose los carnavales, me comprometí para ir al baile con él. Y como lo hacíamos cada año, anticipadamente nos dedicábamos a confeccionar nuestros mejores disfraces. Éramos infaltables al Baile Tradicional del Parque de Barranco, y en esta reunión de gente sana y selecta, las entradas solo se vendían a quienes presentaban una invitación de la Municipalidad, pero como conocía a una prima de las hermanas Gardini que trabajaba en ese Municipio, ella me entregaba la invitación con la que comprábamos las entradas para todo el grupo de amigos.
Yo no sabía que Guillermo había llegado, y como es de suponer, él estaba seguro que yo no faltaría a esa fiesta. Se me adelantó y me esperó casi en la entrada. Cuando llegué con todo el grupo, verlo y olvidarme del otro fue decisión de pocos segundos. Esa noche no dejamos de bailar hasta que amaneció, la felicidad que me envolvió fue indescriptible, sobre todo cuando al despedirse la orquesta, tocó El Danubio Azul, maravilloso vals que ambos bailamos con vertiginosas vueltas a todo lo ancho del bello parque. Quedaba poca gente por lo que aprovechamos de hacerlo al estilo vienés teniendo como fondo el color rosado del amanecer. Recuerdo con deleite que me sentía entre nubes sobre todo por la felicidad de haber vuelto con él.
Cuando terminó la fiesta, con todo el grupo que nos acompañaba, empezamos a caminar por las calles de Barranco realizando travesuras, hasta esperar el primer tranvía que nos regresaría a Miraflores y después, a caminar se ha dicho, desde el paradero de la alameda Ricardo Palma hasta nuestras casas. Por supuesto que la mayoría de las chicas llegamos con los zapatos en la mano.
Al día siguiente me encerraron como que ya era una costumbre cada vez que en casa se enteraban de la presencia de Guillermo, y así siguió transcurriendo mi vida. Entre las lecciones en la escuela y las encerronas, fueron pasando los meses. Al llegar las Fiestas Patrias, al terminar el desfile escolar, pude estar con mi flaco por pocos momentos durante el trayecto de Lima a la casa. En ese año lo habían trasladado a la subprefectura de Nazca.
Luego, seguir esperando en mi soledad...
Al término de ese año en la escuela exhibieron dos de mis mejores trabajos, los cuales me quedaron excelentes, sobre todo un bodegón en el cual los objetos que lo conformaban se notaban con una realidad que yo misma me sorprendí cuando terminé mi trabajo, porque parecían reales y no dibujados. Al final no recuerdo cómo pase la Navidad y el Año Nuevo.
1943
En enero cumplí mis veinte años y decidí que en mi vida se debía realizarse un cambio, el que me permitiría no ser ya objeto de desconfianza; que era tiempo de hacerme oír, orientarme hacia los derroteros que siempre había tenido que postergar o aceptar lo contrario a mis anhelos. Fui cambiando poco a poco. Me fui imponiendo para que me tomaran en cuenta, sin permitir que me fueran postergando como lo habían hecho antes. Y sin levantar la voz empecé a salir sola, dando cualquier pretexto, pues estaba ganando la batalla que siempre tuve con mi timidez. Además, me sentía con el valor suficiente para evitar cualquier castigo que no mereciera. Por otro lado también ayudaba a vestir a mis hermanos con mi trabajo de costura y no necesitaba pedir nada para mí, porque ya podía comprarme lo poco que necesitara.
Como mi hermana Beatriz ya tenía catorce años, se enamoró de un chico buenísimo, Humberto Páez, y salíamos juntas con él y con Guillermo. Ese chico llegó a tenerle a Beatriz una verdadera devoción que, desgraciadamente por la inmadurez de mi hermana, no supo apreciar lo que valía. Era correcto, inteligente, respetuoso y veía por sus ojos. Hasta que un día todo terminó entre ellos.
Guillermo había regresado del todo de Nazca y los días domingo, cuando salíamos a pasear por las tardes, muchas veces llegábamos a la casa de sus padres, los que me recibían con mucho cariño. Su hermana Marina, que era la mayor, ya se había casado con Carlos Beleván y vivían al costado de la casa de la familia. Con ellos siempre nos llevábamos muy bien y los visitaba con frecuencia. Ese año organizamos la fiesta del carnaval en su casa, fijando la cuota por persona en tres soles, con lo que tuvimos un bar muy bien surtido y las bebidas suficientes como para jaranearnos dos días seguidos.
La economía se había estabilizado y se vivía sin sobresaltos. Se podía planificar el presupuesto familiar por la estabilidad monetaria, lo que nos permitió vivir con más tranquilidad. Un primo de Guillermo, el Oficial de Marina Alfredo Freyre, le consiguió un empleo en el Ministerio del ramo y empezó a trabajar como simple “furriel”, pero no le importó aceptarlo, porque su gran capacidad para realizar cual labor que se le presentara, poco a poco, le valió que se fuera dando a conocer y esto le permitió un traslado a una oficina de más categoría.
Empecé a estudiar el tercer año en la Escuela de Bellas Artes con mucho entusiasmo. Tenía como profesor a Enrique Camino Brent, un magnifico pintor, por lo que me sentí muy contenta sabiendo que lograría aprender mucho más con él. Su amabilidad y delicadeza en el trato y las acertadas indicaciones que nos hacía lograron que empezáramos a dibujar cada día mejor. Ya teníamos modelos vivos que me ayudaron a crear mis dibujos con más habilidad. Sobre todo recuerdo uno que para mí fue el mejor, en el que logré expresar todo mi arte en el rostro de un moreno que parecía hablar.
Durante mis recorridos diarios a la Escuela, por la que existían muchas casonas antiguas, comencé a admirar la belleza de los balcones y portadas, patios y rejas de las hermosas mansiones de antes. El local estaba situado en la calle Colegio Real de los Barrios Altos y era una construcción de estilo gótico con arcadas muy hermosas en su interior. En sus jardines interiores nos inspirábamos muchas veces para realizar nuestros dibujos.
Para llegar a la escuela me bajaba del tranvía en la esquina de la Iglesia de San Francisco y era muy interesante todo lo que podía ver. Sobre todo “La Casa de Pilatos”, un lugar lúgubre y terrorífico que a pesar de pasar por ahí en la mañana, me cruzaba a la vereda del frente, casi sin mirarlo.
Día adía iba adquiriendo más seguridad al caminar sola por las calles. Me ayudaba mucho el sentido de orientación que siempre he tenido, lo que evitaba que me perdiera por lugares que recorría por primera vez.
Un día me sucedió algo increíble. Entonces gobernaba el país el presidente Manuel Prado y me encontraba parada en la Plaza de Armas frente a Palacio de Gobierno, en un paradero del tranvía. Cuando vi abrirse la puerta del Palacio y salir un carro negro con el Presidente y éste pasó delante de mí quitándose el sombrero con gran cortesía. Yo le respondí con una inclinación de cabeza esperando que alguien más estuviera detrás de mí, pero no fue así… y fue entonces que una ola de rubor me encendió las mejillas por la gran emoción que sentí.
Y recordando a los tranvías, rememoro a los que transitaban desde Chorrillo a Lima. Para ir a estudiar, tomaba uno de ellos en el paradero de la avenida. 28 de Julio, que, dicho sea de paso, era el límite de la población con el campo, donde los cultivos de diversas tonalidades le daban a ese lugar un toque de belleza natural.
Luego, cómodamente sentada en uno de estos vehículos con los demás pasajeros, nos íbamos adormeciendo por el rítmico vaivén en su andar, que nos mecía dulcemente. Nos despertábamos al llegar a los pocos paraderos que existían hasta la Plaza México, que era el primero de Lima. Por supuesto que no existía el Palacio de Justicia ni el Paseo de la República y llegábamos hasta el último paradero que estaba situado en La Colmena a la izquierda, al costado de la Plaza San Martín. De allí nos conectábamos con el urbanito que llegaba al centro de Lima y luego hasta Abajo el Puente.
Nunca imaginé llegar a ver el cambio por el progreso de las poblaciones. Desde la ventana del tranvía me extasiaba contemplando el verdor de los campos extenderse hasta los cerros, y hacia el lado izquierdo, atravesando también el verdor, se veía a lo lejos el trazo de la avenida Arequipa con los pocos vehículos que por entonces transitaban por ella. Qué bien me sentía en ese trayecto, donde dejaba volar mi imaginación, aspirando el aire puro por la ventanilla del tranvía y admirando lo que para mí era como un tesoro invalorable, el ancho y hermoso campo. Luego, no mucho tiempo después, poco a poco fue desapareciendo toda esa belleza, naciendo lentamente otro bosque, pero éste sólo era un bloque de cemento conformado por las construcciones modernas que lo fueron desplazando. Me fue muy difícil adaptarme a ese cambio inexorable por consecuencia del desarrollo urbano y, peor aún, era y soy amante de la naturaleza y la realidad de no tener más el espectáculo que admirar diariamente la tuve que aceptar a la fuerza.
Seguía estudiando contenta y feliz al ver mis progresos en los dibujos. Ya podía realizar mis obras con más seguridad y destreza y con modelos diferentes. Sobre todo me esmeré cuando tuvimos que dibujar a una señora muy linda de bellos ojos claros que un día posó para mí. La retraté sintiendo por ella una ternura desconocida, no sé si fue por el contraste de su belleza con la pobreza de su vestido: tenía un abrigo muy gastado que decía lo mucho que había sido usado y el resultado fue una de las mas bellas obras que plasmaron mis manos, al sentir a flor de piel la tristeza de su mirada, dulce y tímida.
Una mañana al llegar a la Escuela encontré en ella un gran revuelo. Se trataba de la imposición de algunos profesores sobre los alumnos para que firmáramos una petición pidiendo la restitución del director Sabogal, que había sido suspendido de su cargo. Como muchos se negaron ha hacerlo, se suspendieron las clases y la escuela entró en receso, y ese fue el fin de mis aspiraciones de lograr alcanzar la experiencia necesaria y realizarme, aprendiendo a pintar al óleo como lo deseaba… y esta fue otra frustración en mi vida.
Antes de seguir con esta historia quiero rectificarme al haber postergado en mis recuerdos a una persona a quien quise mucho y que fue mi padrino Enrique Casterot. Recuerdo su cumpleaños que fue un 31 de Mayo. Delgado, fino, culto inteligente y afable en su trato, fue muy cariñoso conmigo y nunca dejaba de saludarme por mi cumpleaños, aunque fuera por teléfono. Trabajaba como corrector del diario El Comercio y cada noche se amanecía en su labor. Con mi familia tenía amistad desde su juventud, porque formaba parte del grupo íntimo de papá y mis tías. Fue el único de todos esos amigos que no dejó de visitar la casa y con frecuencia llegaba hasta Miraflores para sostener largas conversaciones con ellos. Era de temperamento nervioso y sufría mucho al conversar, pues parece que la confusión que sentía por ese nerviosismo, le hacía olvidar lo que quería decir y se esforzaba hasta retomar lo olvidado. Por el cariño que le tenía me apenaba verlo así , hasta que enfermó gravemente y sólo la muerte le impidió seguir cultivando esa bella amistad con nosotros.
Y llegó el momento tan esperado por mí, cuando con Guillermo decidimos casarnos. Reconozco que fuimos muy valientes porque sabíamos que tendríamos que afrontar serios problemas, pero más pudo el amor que nos teníamos y después de conversarlo con mamá, hablamos luego con papá. Tenía veinte años y era lo suficiente madura como para saber de lo que era capaz. No me asustaba el porvenir. Estaba segura del amor sincero y leal de Guillermo y a pesar de que la mayoría de mi familia no estaba de acuerdo con nuestra decisión, nada nos hizo cambiar.
Durante la conversación que tuvimos con papá, y como él le preguntara a Guillermo que era lo que le prometía con respecto a nuestro futuro, sólo le contestó: “Señor Lisandro, el tiempo lo dirá”, y, efectivamente, el tiempo le dio la razón...
Nunca me arrepentí de esta decisión que tomé en mi vida y que fue el inicio de nuestra felicidad, esa felicidad que nos permitió, por muchísimos años, formar el hogar que ambicionamos y planeamos en nuestros sueños de juventud.
Mamá aceptó con tranquilidad lo acordado y a pesar de todo lo que le contaron por maldad, más pudo en ella el cariño que le tuvo al “Flaco”, y gustosa me acompañó a organizar los preparativos y a escoger lo necesario para mi boda.
Desgraciadamente, poco tiempo antes de la ceremonia, falleció mi bisabuela materna, lo que trajo por consecuencia que esta se realizara en estricto privado. Personalmente fuimos invitando a las personas más queridas y allegadas a nosotros, y amigos muy íntimos.
Mi tía Susana Cárdenas, prima de papá, quien me quería entrañablemente, me ofreció como regalo de matrimonio la confección de mi vestido de novia., que quedó primorosamente bello, confeccionado en seda y encaje. Aún me parece verla llegar aquella mañana sosteniéndolo entre sus brazos, presurosa y radiante de alegría, colocarlo cuidadosamente sobre la cama de mamá y luego, cual fue su deseo, vestirme y arreglarme con un maquillaje muy sobrio por que colores no me faltaron nunca en la cara. Me adornó luego la frente con el precioso tocado de flores que me obsequió una de mis tías.
Nos casamos el día 30 de octubre de 1943 y recuerdo ese día como si se hubiera detenido en el tiempo. Amaneció claro y luminoso y la ansiedad me despertó con el alba. Muy temprano empezaron los trajines en la casa ya que la ceremonia se realizaría a las 12 del mediodía. Era sábado y entonces no se acostumbraba oficiar misa de esponsales.
Cuando llegué a la puerta del templo de la Virgen Milagrosa, del brazo de papá, y escuché los primeros acordes de la marcha nupcial, toda la tranquilidad que mantuve hasta ese momento se derrumbo. Mis piernas se negaban a seguir adelante y papá me alentó cariñosamente a ir avanzando paso a paso, acercándome al altar, al que lo veía inalcanzable, donde me esperaba Guillermo con su mamá, la señora Hortencia. Me sentía rodeada por las personas que tanto amé, que fueron pocas, pero no necesité más que su cariño entrañable como el fiel testigo expectante de mi gran felicidad. Ellas, con su ternura, llenaron ampliamente la nave del hermoso templo.
Luego en la casa, después del almuerzo, veo los rostros queridos de la mayoría que ya han partido para siempre. Después de hacerles firmar en mi álbum del recuerdo, partí con mi amado esposo a iniciar la vida que nos prometía el subir por la escala proyectada hacia el futuro.
Y escribiendo estas añoranzas deseo hacer un retroceso en el tiempo para llegar a una conversación que tuve con mi inolvidable Ñaña muchos años atrás…
Un día conversábamos las dos de muchas cosas y de pronto ella me miró y me dijo lo siguiente: “Mi chola, estoy segura que llegaré a verte casada y con tus hijos”. No sabré, quien sabe, si fue una ilusión lo que la impulsó a decirme aquello que nunca olvidé ¿Sería acaso que deseó que la vida le permitiera ver realizado en mí lo que a ella le falto? ¿Que la felicidad que no conoció me otorgara a mi vez la dicha futura de ser esposa y madre? Pero el tiempo nos reserva incógnitas sorprendentes y no podemos predecir si nuestros sueños o esperazas se lleguen a cumplir, y en su caso, esta vida no le permitió ver realizado ese sueño. Se me fue mucho antes de lo que ambas pudimos imaginar.
Yo sé que me escuchará desde el más allá y al lado de Dios, lo que le voy a responder a esa inquietud que no se le cristalizó como era su ferviente esperanza: “Mi Ñaña adorada, yo no te pude defraudar. Tú siempre deseaste lo mejor para mí, por lo mucho que me querías, y por eso puedo contestarte desde el fondo de mi alma que te ofrezco mi felicidad como un tributo a tu gran cariño. La vida me ha premiado al sentirme profundamente feliz junto al hombre bueno y tiernamente amado, que sabe en todo momento poner al lado de mi corazón su amor inacabable... infinito… y haberme dado a mis amados e invalorables hijos”.
Hijos:
Ahora sólo me queda conversar con ustedes. Han sido muchos los años que han pasado desde aquél día en que decidimos, su padre y yo, iniciar esta encantadora aventura que nos llevaría a formar la familia que siempre soñamos. Coronando la felicidad que he encontrado a su lado, he tenido la dicha infinita de ser madre, cada vez que los fui recibiendo uno a uno recién nacidos, para estrecharlos junto a mi corazón... no cabe repetir los recuerdos que todos hemos compartido juntos, nada más que disfrutar de los momentos que ahora estamos viviendo. No quiero mirar hacia atrás, lo que me haría mucho daño, ustedes lo comprenden ¿verdad?
Cuando llegó el momento de estar en condiciones de decidir, cada uno fue eligiendo el camino a seguir. Estaban formados dentro de las cualidades morales que les supimos inculcar con amor y dedicación, además de darles el ejemplo de lo que significa vivir en un hogar unido y cristiano. Así fueron abandonando este hogar, iniciando cada uno el camino que decidieron elegir y enfrentaron con valor y responsabilidad sus deberes de personas de bien. El vacío que fueron dejando, luego de un corto tiempo, se fue convirtiendo en la multiplicidad de nuevos amores, cuando empezaron a llegar los nietos, como bendición de Dios, y mi corazón tuvo que crecer para poder albergar en él el inmenso caudal de ternura que fue el nuevo sentimiento que experimenté, cuando pude acunar en mis cansados brazos a cada uno de aquellos pedacitos del alma, que son la continuidad de mi ser... este es el mayor tesoro que la vida me ha ofrendado, como una “disculpa” por todo lo que me impidió realizar, cuando, ilusionada, esperaba de ella los logros ambicionados. Tengo los hijos que soñé y las nuevas hijas que llegaron después han acrecentado su valor.
Actualmente mi mayor felicidad es sentirme junto a mi viejo, rodeada de la bulliciosa algarabía que nos alegra la vida, cada vez que nos acompañan en los días más significativos y las adorables cabecitas de nuestros nietos y bisnietos aumentan nuestra dicha cuando, como ramitas de olivo, rodean nuestra mesa ofrendándonos la bendición del cielo...
Los amo con todo mi corazón,
Cucha
Marzo de 1990.
Han transcurrido catorce años desde que decidí terminar mi autobiografía, y en estos años son tantas las vivencias por relatar que no sé como empezar… como un vertiginoso carrusel me llegan los recuerdos uno a uno tratando de ordenarlos para hacer coherente esta historia.
Como una paradoja, el final del relato anterior dice mucho de la felicidad que me rodeaba en aquellos años, sin imaginarme que sería el final del dorado sueño que me envolvió desde que conocí el amor apasionado y maravilloso que me hizo tan feliz al lado de mi amado viejo. Es increíble como la vida juega con nosotros, sobre todo al querer alcanzar de ella lo que más anhelamos. En mi caso, me hacía muchas ilusiones cuando pensaba que al quedarnos solos Guillermo y yo, podríamos disfrutar ampliamente nuestra felicidad como pareja. Habiendo cumplido nuestro deber de padres, llegaría para nosotros la hora de recorrer el futuro cogidos de la mano, como lo hacíamos antes, con la misma ilusión que siempre nos acompañó...
Nuestro cariño no había variado, más aún, con la madurez, se había acentuado y unido a la convivencia serena de ambos, esto nos permitiría apoyarnos el uno en el otro.
Un día la vida dio un vuelco inesperado para los dos. Empezó nuestro declive que, aunque lentamente, nos fue separando sin sentirlo. Lentamente también, ese ser amado por mí se fue alejando y me fue dejando sumida en el desencanto y la impotencia de no poderlo evitar. La terrible enfermedad que se había incubado en él fue trasformando su inigualable personalidad, al extremo de desaparecer completamente.
No quiero entrar en más detalles que todos ustedes conocen y que los vivieron conmigo, pero el día que se nos fue para siempre, en mí sólo existió un profundo alivio por el descanso de su inmenso sufrir. Esto pasó el 25 de mayo de 1992, sólo dos años después de haber terminado de relatar esta historia como un legado para ustedes.
El tiempo es el único que nos trae paz y consuelo, pero olvido no. Y así vi pasar los días, adaptándome lentamente a mi soledad... me ayudó mucho mi fe en Dios y me refugié en ella para buscar la tranquilidad que requería.
Pero también con el pasar del tiempo sí que empecé a extrañarlo más cada día. Con decirles que los tres primeros años después de su muerte, diariamente soñaba con él, era como si tuviera doble vida, y en más de una ocasión al despertar tenía la sensación de que su abrazo era real y verdadero. Aún ahora que han pasado once años que se fue, lo sigo extrañando y tengo recuerdos muy vivos de sus ocurrencias, de su ternura y de sus ojos tristes cuando ya no podía volver atrás...
Ustedes, hijos, son mi apoyo y mi alegría. Y saben lo que yo también tuve que enfrentar para tratar de salir de la situación deprimente de estar en una silla de ruedas. Pero antes de esto tuve la satisfacción de realizar el viaje inolvidable a Tierra Santa, gracias a los esfuerzos y el interés por sacarme de esa situación que pude lograrlo gracias a ti, hijo mío, mi amado sacerdote.
Regresé renovada y pude a soportar el tiempo que tuve que esperar, hasta lograr que, al operarme, recuperara la salud. Después renací a la vida. Valoricé lo que me rodeaba como nunca lo había hecho antes, y desde entonces he tratado de no mirar atrás sino cuando es necesario para mejorar, nunca empeorar. Vivir y disfrutar el presente.
Es increíble como se repite la historia.
He contado que cuando pequeña mi vida transcurría entre la casa, el colegio y la Iglesia de la Merced, un tiempo que me fue invalorable por el cariño y la ternura de muchos seres queridos que me acompañaron en ese entonces. Con el pasar de los años, ellos también han tomado el camino sin regreso y uno a uno se nos han ido para siempre. Padres, abuelos, tíos, amigos, y muchos más que en algún momento compartieron mi vida. Y hoy he quedado como la mayor de nuestro tronco directo familiar. Pero ahora mi descendencia es mayor que la familia que conocí. Hijos nietos y biznietos conforman mi inmensa e invalorable familia que me colman de felicidad y de alegría. Hay varios pequeñitos que son mis “remolinos” cuando me viene a visitar. Y como lo decía antes, si bien es cierto que mi infancia transcurrió muy cerca de la iglesia, desde hace varios años atrás estoy viviendo en compañía de mi hijo César en las casas parroquiales de la Virgen de Guadalupe, primero, y ahora en la de la Virgen del Carmen, en San Miguel. Además, algo que no se concretó en mi juventud se ha cristalizado en mi vejez: he realizado varios viajes que me han permitido gozar de un sueño que me acompañó toda la vida. Conocer otros mundos es invalorable y mirar a través de la ventanilla a de un avión la maravilla indescriptible de las alturas es cuando se puede afirmar la existencia de Dios, que para mí tiene un valor incalculable.
Mi vida ahora es apacible. Estoy rodeada de cariño, tanto por los míos cuanto por las personas de esta comunidad. No tengo obligaciones que cumplir. Puedo planificar mis días, salgo, visito a las personas que quiero. He llegado a comunicarme por el Internet, me siento más joven de lo que soy y aprecio cada día dándole gracias a Dios cuando me permite recibir cada amanecer. Pero por lo tanto que él me ha dado y me da, quiero devolver en algo a su infinita misericordia, mi trabajo parroquial por extender su reino y ayudar a las personas que necesiten de mí en lo poco o mucho que pueda hacer por ellas.
A pesar de los años, sigo añorando la presencia de mi viejo. Lo extraño y lo recuerdo con la dulce sensación que me permitió gozar de su persona y haber vivido con él y para él, agradeciéndole desde el fondo de mi alma los hijos que me ha dejado como el más valioso apoyo, como compañía y alegría en mi existir.
Quiero terminar este relato agradeciéndole a Dios que me permite vivir mis 81 años con salud y bienestar, y la seguridad de saber que podré alcanzar algún día, cercano o aún lejano, la paz que hoy me inunda el corazón y que la pueda seguir disfrutando con la presencia eterna de Dios…
Los amo,
Cucha
Febrero 22 del 2004
Estimada Cucha, encontré muy interesante su autobiografía así como la remembranza a Miguel Grau. Yo soy Reynaldo Raygada, mi bisabuelo Pedro Eugenio Raygada Arrese, hijo de Manuel Eugenio Raygada y Clotilde Arrese Fernández de Paredes. Estoy buscando el segundo apellido de Manuel Eugenio, se que estaba muy ligado a los Raygada Oyarzabal y a los Raygada Díaz; tendrá usted alguna referencia sobre Manuel Eugenio. Gracias y saludos
ResponderBorrarHola Reynaldo,
ResponderBorrarLos Raygada fueron 7 hijos hombres del primer y unico Raygada Adorna que vino al Peru. Se casó con Maria Antonia Gallo Carrasco, oriunda de Querecotillo, con la que tuvo once hijos.
Por mi interés y para lograr la historia de la famlia he llegado a seguir la linea de dos de ellos. Te puedo enviar toda la historia genealógica de la familia Raygada. Te advierto que es un montón de páginas.
Estaría muy agradecido, mi correo es reynaldorrw@hotmail.com,
BorrarGracias por su atención