3.1.16

Un recordatorio de la Lima que conocí y el hoy, con un incierto porvenir

(Primera parte)


La razón de esta historia tiene por objeto analizar y comparar el pasado con el presente. Es un mensaje sobre la situación por la que estamos pasando, y, sobre todo, por lo que recuerdo de ese pasado, con momentos álgidos, de incertidumbre, y también de situaciones positivas. Hacer conocer muy someramente a los que tuvieron en su manos los destinos de la patria.

Le doy gracias a Dios que me permite recordar tanto tiempo pasado y no olvidar pasajes ni personajes que de hecho tuvieron en sus manos el destino de nuestra patria. Muchos ignoran (por el hermetismo que la rodeó) esta historia que empezaré a relatares basada solamente en mis recuerdos. 

Y así les digo que desde muy pequeña conocí al presidente Augusto B. Leguía, al cual me parece estar viendo cuando, en sus diarios recorridos por muchas calles de Lima, lo veía pasar, galante y sonriente, haciéndose querer por todos los ciudadanos de entonces. Sobre todo por lo que veían las personas mayores limeñas en él: a la persona que podía sacar adelante al Perú después de que nuestra patria quedó destrozada por efecto de la guerra del 79.


Todo lo bello que posee Lima es el resultado de su esfuerzo: fue desapareciendo la pobreza, vivimos un renacer, nos sentimos seguros y protegidos (lo supe primero por los míos, yo tenía pocos años, pero después por mis estudios). Hubieron algunos que no coincidían con él, pues tenían fortunas acumulas por herencia o por otras causas, y ellos fueron los que empezaron a molestar en todo lo que pudieron. Y más se agudizó el cambio con la llegada de Haya de la Torre a Lima. Este era un estudiante peruano llegado del exterior con un título de estudios.


Al comienzo no se hizo conocido, pero empezó -seguramente con un plan concebido de antemano- a reunir a jóvenes, la mayoría estudiantes, y formó con ellos su propio partido llamado Asociación Peruana Revolucionaria Americana (APRA), poniéndose al frente de ese movimiento que empezó a actuar. Cambiando poco a poco, reunió a un grupo grande de jóvenes, pues su hablar era muy persuasivo y viváz, y su plan fue lo que sucedió: el revocar y sacar del poder al presidente Leguía en su tercer período, al que lo llevó el pueblo peruano.


Lo tomó prisionero sin permitir que nadie lo visitara, y después de varios días en que no se supo nada de él, llegó la infausta noticia de que había fallecido. Ahora relataré lo que en verdad sucedió: el presidente Leguía era un hombre de dinero. Nunca cometió un acto reprobable, pero la nueva faceta del partido de Haya de la Torre ya había decidido acabar con él. Sabiendo el presidente anticipadamente que las cosas se pondrían peligrosas y dudosas, y para evitar grandes problemas, durante la noche se embarcó en uno de los buques de guerra, para dirigirse al exterior. Pero desgraciadamente le dieron alcance y, al subir a bordo fue cuando los miembros de la tripulación, ocho valientes y fieles marineros, lo cubrieron con su cuerpo y fueron criminalmente acribillados. Leguía fue tomado preso y lo llevaron al Panóctico -hoy Centro Cívico- (la cárcel para los enemigos civiles del gobierno). Encerrado, sin alimentos, prohibido de recibir ni a amigos ni a su familia, murió de hambre a los pocos días.


Durante el tiempo que pasó después, hubieron actos bochornosos, desgobierno, inseguridad. No se podía transitar por las calles sin correr peligro. Luego el descalabro llegó a los balnearios del sur. Nuestra casa en Miraflores estaba construída en el Malecón (hoy, de la Marina, el que sólo era un muro con tierra dura y aplastada): empezaron los asaltos en todas las tiendas de comercio y bazares. Hubieron saqueos y diariamente zumbaban las balas. Un día cayó una al filo de la ventana donde, segundos antes, se encontraba asomada mi tía Raquel.


Se cometieron actos tan terribles y deshumanizados que preferiría no contar, pero a uno de los oficiales que viajaron al norte para tratar de ayudar, fueron aprehendidos y mutilados tanto, que a uno de ellos lo reconocieron entre los fallecidos sólo porque usaba una bota más corta que la otra...


Paso un tiempo y para volver a vivir en paz, fue llamado a Lima el general Benavides, quien con gran esfuerzo logró apaciguar el estado de terror.


El General pidió volver a su esposa a Lima por la paz que ya se sentía, y esta bellísima dama, al llegar y ver como se encontraba el Palacio de Gobierno y el hambre y la necesidad del pueblo, llegó al comedor e inmediatamente, al ver la mesa llena de potajes, ordenó que todo lo preparado fuera repartido entre los pobres. Juntos lograron hacer renacer a Lima. Pasamos un tiempo de paz. En esa época yo ya iba al colegio y todos supimos nuevamente que la calma y la paz se habían logrado.


En Lima se empezó a organizar el Primer Congreso Eucarístico Nacional, tomando parte muchas personas y logrando un éxito total. Recuerdo que cada día se había dedicado a distintos grupos y nosotros los colegiales asistimos vestidos de gala. El día que nos tocaba ir, sabíamos que ya teníamos nuestro sitio reservado. Estábamos ubicados al costado de la tribuna oficial, pero al llegar, nos encontramos con que estaba ocupado por otro colegio. Nuestra directora reclamó el sitio y esto dió lugar a una discusión. La señora Paquita Benavides, al escuchar las voces, indagó lo que pasaba e inmediatamente habló con nuestra directora y nos invitó a subir a la tribuna oficial y es de imaginar nuestra alegría. Así era el corazón y la bondad de nuestra inolvidable señora Paquita de Benavides.


Terminando el período del presiente Benavides, subió al poder Manuel Prado, un personaje que recuerdo dedicado a la mejora del país. Con él tuvimos paz y progreso.

En el año 1943 ingresé a la Escuela Nacional de Bellas Artes, que, dicho sea de paso, era una aspiración mía en mi afán por seguir creciendo y aprendiendo todo lo que me era posible. La vida en escuela fue inolvidable. Era un época que no se conocía lo negativo, sobre todo en la verdadera amistad. Todos los compañeros de la escuela eran excelentes. Formabamos un todo. Y una mañana llegó un nuevo alumno: Víctor Humareda. Aún me sorprende el ansia por alcanzar el saber y realizar lo que muchas veces nos nace del corazón desde nuestros primero años. Y esa es la figura exacta de lo que recuerdo fue la persona de Víctor: desde la primera lección demostró su arte maravilloso. Era humilde y bueno. Fue un compañero de estudios incomparable para mí. Nos ayudábamos mutuamente, pero él era más requerido por mí cuando me era difícil un rasgo necesario en mi trabajo.


Una mañana, cuando ya realizábamos trabajos con modelo vivos, llegó una señora como modelo que nos impactó: era bella, de rasgos muy finos, a quien su pobreza no le había arrancado el señorío ni la gran cuna. Callada, discreta, pero con una tristeza en la mirada que nos impactó a todos. No sé que me impulsó, pero lo cierto es que en mi trabajo se demostraba su vida anterior, su cuna, su belleza, la delicadeza de una dama en desgracia, y recordé mi pasado: nacer en cuna de oro con amor y el calor de los míos. Haber conocido el tener y el no tener... Todos tratamos, sin consultarnos, de esmerarnos, y de lograr de esa bella modelo un trabajo en el que se demostraba su origen y vida anterior: bella, distinguida, y no sé, posiblemente recordando lo que es tener y después no tener… lo cierto es que fue para mí mi mejor trabajo realizado en la Escuela de Bellas Artes. Realicé una obra que fue la mejor en ese año.Seguimos dibujando, y ese año saqué una de las mejores notas.

Cuando pensaba seguir avanzando en mi arte, ese año se produjeron sucesos negativos que determinaron el cierre temporal de la Escuela.


A los pocos meses ya no pude terminar el ciclo completo.


(Continúa...)


Cucha

31 de diciembre del 2015

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