Después de esta experiencia le puedo refutar a cualquiera, inclusive al menos creyente, que es real la infinita existencia de Dios.
Amaneció para mí un día cualquiera. Me recosté un momento para descansar y no sé más.
Estaba echada en mi cama y sentía que una voz -la de uno de los chicos que viven con nosotros- me despertaba para almorzar.
César estaba en Pachacamác, como todos los jueves, y lo llamaron al ver mi inmovilidad. He sentido su voz, pero no me podía mover. Tengo un vago recuerdo de que me llevaban en un vehículo y luego he sentido los aleteos de la muerte sobre mí.
Días antes estuve pidiéndoles a los santos Papas que me ayudaran por mi dolor al brazo. Y después, lo que recuerdo, es que estaba mirando a los míos un poco lejos de mi cama. Cuando ya estaba aceptando lo inevitable, se me han aparecido los rostros de cuatro de los Papas que miraban sonrientes. Luego me he visto caminando por una senda y al frente, una puerta cerrada. Al acercarme, se abrió ésta y apareció un personaje -al que no le he visto el rostro- vestido con una túnica, y al verme me ha dicho: “Tú acá, todavía no. Abajo te necesitan.”
He abierto los ojos y me sentía bien. No tenía ningún malestar. He mirado a los míos y vi que con el doctor venían corriendo hacia mí.
Al acercarse el médico y ellos, les he dicho: “Doctor, acaba de haber un milagro, me siento perfectamente” y el médico me contestó: “Efectivamente, se encuentra bien. Es en verdad un milagro.”
No cabe comentar nada más. Sólo sé que recuerdo con una inmensa gratitud al personal médico del Hospital Naval que me ha tratado con gran cariño y eficacia y a los que les tengo inmensa gratitud.
Estoy convencida que ahora puedo les demostrar, aún a los más descreídos, después de haber experimentado esta inolvidable experiencia, la existencia de nuestro Padre de los Cielos, que en sus designios me ha escogido como ejemplo viviente de su gran amor por nosotros, y que nos ama a pesar del rechazo de muchos y la negatividad hacia él en sus corazones.
Con todo mi cariño,
Cucha
Octubre del 2013
Sólo deseo que esta historia sea, para cada uno de ustedes, un soporte en las horas difíciles, un ejemplo de cómo aceptar la vida, tratando de vivirla intensamente cada día en un presente que es lo único que podemos atesorar...
10.10.13
11.2.13
Noventa años
Amada e invalorable familia y amigos entrañables,
Me he sentido en deuda con ustedes por no haber terminado de ofrecerles a viva voz lo que guardaba mi corazón en esos momentos. Eran noventa años de una vida cargada de valores, recuerdos imborrables, añoranzas, ausencias inolvidables, amores entrañables y agradecimiento por todo lo que, sin merecerlo, Dios me ha otorgado: Desde mi nacimiento -como les llegué a contar- donde recibí amor y más amor, he tenido una vida plena de felicidad y también de momentos de intensa amargura. Siempre tuve a mi lado a mis seres queridos que fueron mi soporte y mi amparo, mi guía y consuelo. Recibí sus sabias enseñanzas. las que me ayudaron a sortear y remontar las dificultades que se presentaron en mi camino.
Cuando me casé con Guillermo nunca imaginé el premio que Dios me otorgaba. Tal es así que aún después de veinte años de su ausencia definitiva aún lo siento en mi corazón y lo extraño intensamente. Tuve con él ochos hijos, a los que fuimos recibiendo con todo nuestro amor y felicidad infinita, complemento invalorable que nos permitió formar una ejemplar familia, ya que además de padres fuimos para ellos amigos, confidentes y ejemplo. De ellos guardo muchísimos recuerdos al rememorar sus ocurrencias y travesuras, pero también los logros de su propio esfuerzo, que fue un premio a nuestros esfuerzos y desvelos. Cuatro de ellos están ahora gozando de la presencia de Dios y no miento cuando digo que más de una vez siento que los tengo a mi lado… Me acompañan. Son mi fortaleza, mi consuelo, mi alegría. Me siento segura por su amor y porque sé que sin decírmelo viven pendientes de mi salud y mis preocupaciones.
Además, yo deseaba tener cuatro hijos y si el Señor en sus designios me envió ocho es porque sé que él sabía que al aceptarlos junto a su padre, íbamos a ser los precursores de la invalorable familia que hoy formamos -con mis hermanos, otro don de Dios-, un núcleo familiar inmenso, que calculando desde nuestros padres, hace ya mucho tiempo que hemos pasado la centena (en realidad no creo que existan hoy familias tan numerosas).
Les agradezco también a los familiares y amigos que me han saludado a través de la distancia.
Bueno, discúlpenme nuevamente por no haberles dicho lo que significó su entusiasmo, amor y colaboración. Lo mismo a los amigos entrañables que me acompañaron y también colaboraron para darme una noche imborrable. Nunca les podré agradecer lo que ha valido para mí su calor, su cariño y su inolvidable compañía que tanto ha significado al haber cumplido noventa años de vida.
Mi casi brusca despedida fue causada porque las lágrimas se asomaban al borde de mis pestañas…
Que Dios y Nuestra Madre los proteja y bendiga.
Con todo mi corazón, gracias, muchas gracias.
Cucha
Enero del 2013
Me he sentido en deuda con ustedes por no haber terminado de ofrecerles a viva voz lo que guardaba mi corazón en esos momentos. Eran noventa años de una vida cargada de valores, recuerdos imborrables, añoranzas, ausencias inolvidables, amores entrañables y agradecimiento por todo lo que, sin merecerlo, Dios me ha otorgado: Desde mi nacimiento -como les llegué a contar- donde recibí amor y más amor, he tenido una vida plena de felicidad y también de momentos de intensa amargura. Siempre tuve a mi lado a mis seres queridos que fueron mi soporte y mi amparo, mi guía y consuelo. Recibí sus sabias enseñanzas. las que me ayudaron a sortear y remontar las dificultades que se presentaron en mi camino.
Cuando me casé con Guillermo nunca imaginé el premio que Dios me otorgaba. Tal es así que aún después de veinte años de su ausencia definitiva aún lo siento en mi corazón y lo extraño intensamente. Tuve con él ochos hijos, a los que fuimos recibiendo con todo nuestro amor y felicidad infinita, complemento invalorable que nos permitió formar una ejemplar familia, ya que además de padres fuimos para ellos amigos, confidentes y ejemplo. De ellos guardo muchísimos recuerdos al rememorar sus ocurrencias y travesuras, pero también los logros de su propio esfuerzo, que fue un premio a nuestros esfuerzos y desvelos. Cuatro de ellos están ahora gozando de la presencia de Dios y no miento cuando digo que más de una vez siento que los tengo a mi lado… Me acompañan. Son mi fortaleza, mi consuelo, mi alegría. Me siento segura por su amor y porque sé que sin decírmelo viven pendientes de mi salud y mis preocupaciones.
Además, yo deseaba tener cuatro hijos y si el Señor en sus designios me envió ocho es porque sé que él sabía que al aceptarlos junto a su padre, íbamos a ser los precursores de la invalorable familia que hoy formamos -con mis hermanos, otro don de Dios-, un núcleo familiar inmenso, que calculando desde nuestros padres, hace ya mucho tiempo que hemos pasado la centena (en realidad no creo que existan hoy familias tan numerosas).
Les agradezco también a los familiares y amigos que me han saludado a través de la distancia.
Bueno, discúlpenme nuevamente por no haberles dicho lo que significó su entusiasmo, amor y colaboración. Lo mismo a los amigos entrañables que me acompañaron y también colaboraron para darme una noche imborrable. Nunca les podré agradecer lo que ha valido para mí su calor, su cariño y su inolvidable compañía que tanto ha significado al haber cumplido noventa años de vida.
Mi casi brusca despedida fue causada porque las lágrimas se asomaban al borde de mis pestañas…
Que Dios y Nuestra Madre los proteja y bendiga.
Con todo mi corazón, gracias, muchas gracias.
Cucha
Enero del 2013
5.2.13
Una reflexión que me nace del corazón
No es mi intención dirigirme directamente a ninguno de los que me lean, sólo deseo que reflexionen sobre lo que me brota del corazón.
Se está comprobando día a día el desgaste humano y la falta de fe.
Con mucha tristeza compruebo que hay una tendencia a desviarnos del camino que Dios nos trazó el día que nos concedió la vida. Algunos pensarán que estoy errada cuando digo que estamos en completa decadencia, pero no es así. Hoy no le damos el verdadero valor a la libertad concedida como seres humanos, a la libertad de actuar según lo decidamos para bien o para mal. Y esto se nos otorgó cuando el mundo fue creado. Dios Padre no lo hizo perfecto para que esa fuera la tarea del ser humano. Con nuestro esfuerzo amor y trabajo lo fuéramos completando para llegar a terminar su obra creadora. Pero debía ser una humanidad que se encaminara siempre hacia delante, esforzándose más cada día en engrandecernos, caminando en paz, amor fraterno y sobre todo ayudando al hermano más necesitado y pequeño.
Hoy ¿qué es lo que vemos diariamente? ¿Qué es lo que está sucediendo con el hombre? El único ser pensante de toda criatura viviente, el único que está destruyendo la única casa que tenemos para sobrevivir, y ¿qué le estamos dejando a las futuras generaciones como ejemplo? Falta de fe, hacer de nuestra vida lo que nos venga en gana echando la culpa Dios de todo lo que nos pase, como si el Señor fuera el culpable de nuestros hierros y desvíos en nuestro diario vivir.
¿Qué le podemos achacar a Dios? Vemos con profunda tristeza cómo los que nos decimos cristianos adoptamos otros caminos que nos apartan de él, y eso está sucediendo porque para muchos, Dios es el freno que les impide sumirse en el vicio, la violencia, el adulterio, las drogas y la falta del deber. Muchos aún alegan que viven la fe a su manera y no ven que es la senda que los conducirá al precipicio. Además, no nos castiga por alguna desgracia que nos suceda; nos ama demasiado para hacerlo así.
No puedo imaginar qué se siente en el corazón cuando negamos la existencia de Dios, cundo renegamos de la virginidad de Nuestra Madre de los Cielos, o acaso ¿es lógico apartarla a un lado sin darle mayor importancia, cundo fue ella la única criatura humana que nació pura y sin mancha? Fue la escogida para ser la que llevara en su seno a Nuestro Jesús el Redentor, que nos vino a salvar del pecado y llevarnos a la salvación.
Yo he tenido la oportunidad invalorable de recorrer todo lugar por donde Jesús vivió y sufrió y nunca podré asimilar lo que sentí cuando, paso a paso, subimos por la senda dolorosa que Jesús recorrió subiendo al Monte Calvario. Caminando por esa senda me lo imaginaba casi con sus últimas fuerzas, con la corona de espinas traspasándole el cráneo, sediento, deshidratado y con múltiples heridas en todo su cuerpo. Y más aún, cuando posé mi mano en la piedra de ese monte, el llanto me oprimió el corazón y me sentí tan culpable de ese tremendo sacrificio por ser, como todos nosotros, sus hermanos, por los que Jesús se inmoló…
Aún es tiempo de dar macha atrás. Aprovechemos estos días de Cuaresma para que, con una mano en el corazón, hagamos un examen de conciencia y veamos cómo nos encontramos para afrontar el momento decisivo, pues bien lo dijo el Señor “No sabemos el día ni la hora…”.
¿Alguna vez te has peguntado el por qué del fracaso en tu vida o el haber logrado con fe y mucho esfuerzo lo que tanto anhelabas? La vida me la imagino como una alta montaña, la cual tenemos que trepar paso a paso, cayéndonos y levantándonos para llegar a la cima y ya en ella contemplar el camino recorrido ¡Qué inmensa satisfacción sentimos por la proeza lograda, porque más se goza lo que más nos cuesta alcanzar!
Pero en contrapeso, si estamos en lo alto, qué fácil es dejarnos resbalar y llegar al final donde no encontraremos sino el vacío y el fin...
Que esta reflexión sea positiva y no es mi intención, lo repito, herir a nadie, muy por el contrario un consejo nunca está demás.
Con todo mi cariño,
Cucha
Enero del 2008
El amor es un tesoro… “¡No tengo tiempo!”
No escribo en una sola dirección, más bien deseo que mi granito de arena pueda dar frutos positivos en las personas que viven completamente equivocadas y sobre las que, conociendo sus deberes y responsabilidades, por su esfuerzo, puedan cosechar el fruto de la lucha y el sacrificio.
Hoy estoy escribiendo sobre estos temas con el fin de esclarecer muchas cosas. Lo hago por que mi experiencia, en los largos años de mi vida, me permite analizar con imparcialidad. Mi deseo es ayudar a reflexionar sobre la manera en la que actuamos, quizá pensando que es la mejor, pero que también puede ser nefasta para el futuro de la familia y la sociedad. Puede ser sin importancia para algunos y quizá cale mucho en el corazón de otros.
En muchos casos, con una visión de proyección al futuro, debemos analizar y poner en práctica resultados que permitan que nuestros ideales se vean coronados por el logro de nuestras aspiraciones, tratando de no escatimar esfuerzos, que nos llenen de satisfacción y orgullo.
Puedo poner como ejemplo un hogar bien constituido donde los padres y los hijos se traten con amor, que sientan que forman un todo, con confianza y rectitud de criterios, basados en la fe y los valores morales que hay que inculcar a los pequeños para guiarlos sin presionarlos, aceptando luego, ya mayores, sus decisiones.
Nuestra misión de padres es ayudarlos con nuestro ejemplo, que es muchísimo más valioso que muchas palabras. Ellos no son de nuestra propiedad, nos llegan, los criamos y formamos. Cuando ya sean capaces de decidir, que cada uno escoja su camino al futuro.
Actualmente se vive en un conglomerado de actitudes debido a la difícil situación a la que se ha llegado por el diario quehacer: las labores de la casa, el trabajo, “la crianza y preocupación por los hijos” (sean niños o adolescentes); la falta de comunicación en los hogares, donde cada cual vive su propia vida debido a los horarios, sentirse cansados, el echarle la culpa al trabajo por no tener ni un segundo durante el día o la noche que nos permita la conveniente comunicación.
Recuerdo que cuando era niña yo también trabajaba ayudando en las labores de la casa, criaba a mi hermano, iba al colegio mañana y tarde, estudiaba mis lecciones, tenía tiempo para salir, estar con mis amigos del barrio, o reunirnos en la casa para distraernos en la forma que se acostumbraba en esa época: sanamente, y sobre todo no nos faltaba tiempo para disfrutar de la verdadera amistad.
Esto era posible porque se nos enseñaba a ser organizados y así podíamos disfrutar de nuestros días sin ahogarnos de angustia o vivir a toda velocidad procurando cumplir con todas las tareas. Para nosotros el cariño y el sentido del compañerismo lo teníamos tan arraigados que más que amigos éramos hermanos, ayudábamos a los demás en lo que se requiriera y éramos incapaces de olvidarlos, de dejar de brindarles apoyo o aconsejarlos cuando tenían algún problema que los agobiaba.
Que los tiempos han cambiado, lo admito, pero han cambiado para mal.
No es justificable que los jóvenes, por sus inquietudes, se olviden que tienen a su alrededor a los mayores, a quienes se les debe ternura, amor y respeto; la mayoría son indiferentes con ellos. Entiendo que con frecuencia no es porque no los quieran, sino porque muchas veces, cuando eran niños y adolescentes, se han sentido rechazados por el famoso “no tengo tiempo” cada vez que se acercaban a los adultos, sobre todo a sus padres. Esperando un consejo quizá muy apremiante, pero recibiendo un rotundo rechazo porque “estaban muy ocupados”.
Es muy frecuente la indiferencia de los que tienen la obligación de atenderlos, aconsejarlos y ayudarlos en sus dudas o problemas. No nos tengamos que arrepentir si ellos se ven obligados, apremiados por su necesidad, a acudir en muchos casos a los que menos deben hacerlo.
Desde pequeños, muchos no han recibido una educación sólida basada en valores, en el respeto, el amor y sobre todo la dignidad y en el respeto a si mismo… y si no ¿Por qué, sobre todo las niñas, carecen de pudor y se lucen casi desnudas con la mayor tranquilidad? ¿No les interesa vestirse mejor?... ¿O será acaso que lo que persiguen es hacerse notar?
Antes se acostumbraba a que era el joven el que buscaba a la chica y la fuera convenciendo de su sentimiento amoroso, y ella no lo aceptaba así nomás, hasta que a su vez sintiera atracción por él. Ahora es al revés, desgraciadamente. Piensan que son lo suficientemente capaces de hacer lo que se les venga en gana, que saben cuidarse, que… que… y…
Los adultos ¿Con qué derecho los censuramos?, si es sabido que un ochenta por ciento en la formación y educación de un niño o un joven es la figura de los padres, el ejemplo, el amor y su dedicación…
Pasa el tiempo, y lo que no nace no crece. Por eso cuando llegan a ser adultos tampoco tienen tiempo ni para hacer un pequeño espacio y averiguar qué pasa con sus seres queridos.
Hay muchas familias donde los padres, abuelos, tíos mayores hemos pasado a un segundo lugar, porque no hay tiempo ni para tomar un celular y preguntar ¿Cómo están? En muchos casos a pesar de “su cansancio”, “sí hay tiempo” para tomar sus tragos o aprovechar un fin de semana con los amigos, y en muchos casos dejar a los niños con los abuelos, que en su mayoría ya no están para correr detrás de las criaturas o atenderlos como es debido.
Y sobre todo es reprobable la falta de amor hacia ellos, que ya cumplieron con sus deberes de padres y que más bien en su interior esperan que los hijos, a su vez, los saquen también a pasear, para dedicarles y demostrarles un momento de ternura y atención, que en muchos casos, ya no recuerdan que existen esos sentimientos hacia ellos.
Eso ya es el colmo... toda edad está para las tareas que le corresponden realizar en la vida… y no podemos cargar a los mayores con las tareas que les tocan a los padres jóvenes.
Es tan lindo escuchar un “te quiero abuela” que nos llena el corazón… ¿Cuánto se demorarán en hacerlo con un celular en el bolsillo? No se requiere gastar en regalos por el cumpleaños o el día de la madre o el padre.
La presencia de un hijo o un nieto amoroso y tierno es para nosotros el mejor obsequio que ansiamos recibir, porque además del amor que guardamos para ellos, el verlos llegar solos o con los nietos a nuestra casa, nos hace palpitar el corazón y se llena el gran vacío al que nos “debemos acostumbrar”.
Esta demostración de amor vale más que la recibamos estando vivos, y que no se sientan después arrepentidos de no hacerlo. Nadie sabe el día ni la hora en que tengamos que “volar”, y ¿De qué vale que nos lloren cuando ya hayamos partido para siempre?
Pido que me disculpen si he escrito con alguna dureza, pero mi conciencia me lo está pidiendo y no quiero pecar de omisión, cuando algo puedo hacer para ayudar a los demás.
Con todo mi cariño,
Cucha
Octubre 23 del 2007
La dorada “Tercera Edad”
Empecemos por decir que es la edad en la que más se valoriza todo lo que nos rodea, enriquecida por recuerdos, añoranzas, sin faltar las tristezas, amigos entrañables… esos que siempre estarán a nuestro lado, aunque ya muchos hayan partido para siempre; hijos y nietos que son la esperanza del mañana y la continuidad de nuestro ser. Nos hemos ido culturizando, acumulando experiencias y aprendiendo siempre todo lo que pudimos aprender, sin importarnos lo que el tiempo nos dejara sin disfrutar.
Yo siempre imaginé, cuando aún era adolescente, que al llegar al final del camino, sólo quedaba esperar y esperar… pero eso no es así…
Ahora estoy en esta tercera etapa y mi vida no tiene nada que la perturbe con aquellos nefastos augurios que antes me imaginé.
Para mí ¡que grato es ver el amanecer de un nuevo día! y me pregunto qué de nuevo me traerá. Será un día luminoso donde todo sea positivo para mí, o uno de aquellos días donde los recuerdos me asaltan a cada paso, cuando escucho una canción del recuerdo… o aspiro el perfume de alguna flor que cultivé en el inmenso jardín de la casa de mis padres.
He aprendido a vivir el presente, que es lo único real que tenemos, y no me dejo influenciar por las limitaciones que me van llegando cada año que pasa, porque es lo lógico, que la maquinaria humana sufra también el desgaste dejado por el tiempo…
¿Saben? es para mí de mucho valor el que se me pueda presentar la oportunidad de ayudar al que lo necesita, aunque sea con una palabra, basta un abrazo y una sonrisa, a veces sin decir nada; explicarle a los jóvenes o niños cómo va cambiando la vida, enseñándoles lo que fui aprendiendo en cada etapa de mis largos años.
Si hay algo que no se debe decir es “no puedo”, ese es el principio de nuestro declive como seres humanos. El optimismo y la seguridad se adquieren por nuestro propio esfuerzo. La vida es muy bella según como la queramos vivir, y si aún nuestro corazón es capaz de seguir latiendo con amor y fuerza. Hay que amar más y darle la oportunidad para que el amor sea el principal motivo de que nuestra tercera edad, que sea aún la prolongación de la estela que formamos desde que fuimos jóvenes y nuestra vida supo de ilusiones y esperanzas.
Más aún, los desencantos que supimos superar fueron fortaleciendo esa fuerza interna que nos empuja a seguir adelante y a levantarnos cuando nos caemos por la fatalidad o el desengaño.
Trato en todo lo que me es posible de bastarme sola: leo, escribo, manejo mi computadora, ayudo en la parroquia donde resido con mi hijo sacerdote, tengo amigas y mis seres queridos me vistan con frecuencia. Gozo tomando un helado o espectando un partido de fútbol, río con las travesuras de mis pequeños, abrazo a los amigos pero con todo el corazón y siento que este corazón se me agranda cuando escucho que me quieren y admiran, aunque esto último no me gusta, porque yo soy como soy, porque sola he luchado en la vida para no quedarme atrás.
Mi gran fortaleza es el amor de Dios. Me levanta si me quiero caer, me ha cuidado muchas veces y he sentido su mano bendita sobre mí y sobre los míos. A Él le debo ser como soy y nuestra Madre María es mi fuerza, es mi ejemplo a seguir para poder gozar algún día de la presencia de mis seres queridos que me han precedido... sé que me aguardan en el cielo.
Espero que algo de lo que escribo les sea de provecho y no me dejen hablar o escribir en vano.
El ayer y el hoy son completamente distintos, pero si hay algo que no cambiará nunca es el verdadero AMOR.
Los amo a todos,
Cucha
Octubre 19 del 2007
Semblanza al “Caballero de los Mares”
Tengo el derecho de pertenecer a dicha sociedad por ser descendiente directa de dos de mis bisabuelos que lucharon por la independencia de nuestro país: el Capitán Ceferino de la Puente y el Contralmirante Juan José Raygada Oyarzabal. Además, también por mi abuelo paterno, el Coronel Lisandro de la Puente Brusset, secretario personal del Gran Mariscal Don Andrés Avelino Cáceres, durante la contienda del sur del año 1879.
El recinto es bellísimo. Desde que nos acercamos a la entrada nos envolvió un espíritu de patriotismo, de amor y orgullo por pertenecer a este maravilloso país. Y en su interior, en el gran salón de actuaciones, me vi rodeada de las egregias obras de arte que representan a cada uno de nuestros héroes y personajes que ofrendaron la vida en la defensa de nuestra libertad.
Y fue así que, mirando al frente del recinto, me fijé en los personajes que de cuerpo entero nos contemplaban a través de los años. Era un reto el que nos enviaban a seguir su ejemplo, cuando la Patria nos lo pidiera si fuera necesario. Sentí un nudo en el corazón al fijarme, a los pies de cada uno de ellos, en las relucientes espadas que usaron en los diferentes combates donde muchos de ellos perdieron la vida. ¡Cuánta majestuosidad en ellos!... con la mirada profunda, serena y el corazón que los hizo llegar al sacrificio, latiendo aún desde la eternidad.
Pero el amor patriótico que siempre he sentido por el Almirante Miguel Grau Seminario empezó cuando, muy niña, escuchaba a los mayores de mi familia relatar las historias de los hechos de las guerras que sufrió nuestro país por defender su independencia y su libertad. Y el nombre del Gran Almirante me subyugó por lo que escuchaba a los que se referían a su historia y sacrificio.
Tuve la oportunidad de encontrarme frente a una fotografía de Miguel Grau en el Instituto Histórico Naval, cuando realizaba las visitas necesarias para hallar datos de nuestros antepasados. Me acerqué y la contemplé y el corazón me dio un vuelco cuando me fijé en sus ojos. Pienso en lo poco que pudo gozar su familia de su amada compañía, en un hogar ejemplo de lo que es para mí un templo de amor y felicidad sublime. En sus ojos claros se reflejaba un mirar sereno, transparente, como debió ser el alma y el corazón de aquel esposo y padre ejemplar que no dudó en dejar ese hogar cuando la Patria lo necesitó.
Estuve largo rato contemplándolo con lágrimas en los ojos y en mi imaginación lo veía con su aliado y gran amigo el monitor “Huáscar”. Parado, mirando el mar, ese mar que lo atrajo desde que era muy pequeño, que lo hizo embarcarse para navegar por primera vez cuando sólo tenía catorce años, que cruzó por rutas serenas y otras tempestuosas, que fueron forjando su carácter, disciplina y nobleza. Esto se ve reflejado cuando, durante el asedio a pueblos indefensos, nunca los atacó, salvó a los náufragos del crucero Esmeralda y se convirtió en el personaje que fue, siendo conocido y admirado cuando con su glorioso Monitor “Huáscar”, inseparable compañero, y un grupo de osados marinos, se burlaban de la escuadra enemiga, causando la indignación de los ciudadanos chilenos al constatar que no podían darle caza por su maestría y audacia en el combate.
Pero el momento fatal llegó y sus restos cayeron al mar y éste lo recibió con los brazos abiertos para perennizar su memoria y convertirlo en “El Caballero de los Mares”.
Como madre de marino me identifico más aún con él. Sufrió soledad y sacrificios, y cuántas veces, en la torre de mando o en la intimidad de su camarote, pidió al Señor por él y por los suyos, sobre todo cuando se despidió por última vez de ese hogar que lo abrigó con amor, tibieza y felicidad, sabiendo que ya no regresaría jamás.
Este sencillo homenaje lo brindo de todo corazón por su recuerdo y porque es sabido que no sólo aquí es venerado con unción patriótica y agradecimiento eterno, sino que en muchos países admiran su comportamiento y caballerosidad, cuando la vida lo puso ante la ineludible necesidad de tener que cumplir con su deber de hombre de bien y marchar al sacrificio.
Mi cariño respetuoso y sincero por el gran “Caballero de los Mares”.
Cucha
Octubre 8 del 2007
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