No escribo en una sola dirección, más bien deseo que mi granito de arena pueda dar frutos positivos en las personas que viven completamente equivocadas y sobre las que, conociendo sus deberes y responsabilidades, por su esfuerzo, puedan cosechar el fruto de la lucha y el sacrificio.
Hoy estoy escribiendo sobre estos temas con el fin de esclarecer muchas cosas. Lo hago por que mi experiencia, en los largos años de mi vida, me permite analizar con imparcialidad. Mi deseo es ayudar a reflexionar sobre la manera en la que actuamos, quizá pensando que es la mejor, pero que también puede ser nefasta para el futuro de la familia y la sociedad. Puede ser sin importancia para algunos y quizá cale mucho en el corazón de otros.
En muchos casos, con una visión de proyección al futuro, debemos analizar y poner en práctica resultados que permitan que nuestros ideales se vean coronados por el logro de nuestras aspiraciones, tratando de no escatimar esfuerzos, que nos llenen de satisfacción y orgullo.
Puedo poner como ejemplo un hogar bien constituido donde los padres y los hijos se traten con amor, que sientan que forman un todo, con confianza y rectitud de criterios, basados en la fe y los valores morales que hay que inculcar a los pequeños para guiarlos sin presionarlos, aceptando luego, ya mayores, sus decisiones.
Nuestra misión de padres es ayudarlos con nuestro ejemplo, que es muchísimo más valioso que muchas palabras. Ellos no son de nuestra propiedad, nos llegan, los criamos y formamos. Cuando ya sean capaces de decidir, que cada uno escoja su camino al futuro.
Actualmente se vive en un conglomerado de actitudes debido a la difícil situación a la que se ha llegado por el diario quehacer: las labores de la casa, el trabajo, “la crianza y preocupación por los hijos” (sean niños o adolescentes); la falta de comunicación en los hogares, donde cada cual vive su propia vida debido a los horarios, sentirse cansados, el echarle la culpa al trabajo por no tener ni un segundo durante el día o la noche que nos permita la conveniente comunicación.
Recuerdo que cuando era niña yo también trabajaba ayudando en las labores de la casa, criaba a mi hermano, iba al colegio mañana y tarde, estudiaba mis lecciones, tenía tiempo para salir, estar con mis amigos del barrio, o reunirnos en la casa para distraernos en la forma que se acostumbraba en esa época: sanamente, y sobre todo no nos faltaba tiempo para disfrutar de la verdadera amistad.
Esto era posible porque se nos enseñaba a ser organizados y así podíamos disfrutar de nuestros días sin ahogarnos de angustia o vivir a toda velocidad procurando cumplir con todas las tareas. Para nosotros el cariño y el sentido del compañerismo lo teníamos tan arraigados que más que amigos éramos hermanos, ayudábamos a los demás en lo que se requiriera y éramos incapaces de olvidarlos, de dejar de brindarles apoyo o aconsejarlos cuando tenían algún problema que los agobiaba.
Que los tiempos han cambiado, lo admito, pero han cambiado para mal.
No es justificable que los jóvenes, por sus inquietudes, se olviden que tienen a su alrededor a los mayores, a quienes se les debe ternura, amor y respeto; la mayoría son indiferentes con ellos. Entiendo que con frecuencia no es porque no los quieran, sino porque muchas veces, cuando eran niños y adolescentes, se han sentido rechazados por el famoso “no tengo tiempo” cada vez que se acercaban a los adultos, sobre todo a sus padres. Esperando un consejo quizá muy apremiante, pero recibiendo un rotundo rechazo porque “estaban muy ocupados”.
Es muy frecuente la indiferencia de los que tienen la obligación de atenderlos, aconsejarlos y ayudarlos en sus dudas o problemas. No nos tengamos que arrepentir si ellos se ven obligados, apremiados por su necesidad, a acudir en muchos casos a los que menos deben hacerlo.
Desde pequeños, muchos no han recibido una educación sólida basada en valores, en el respeto, el amor y sobre todo la dignidad y en el respeto a si mismo… y si no ¿Por qué, sobre todo las niñas, carecen de pudor y se lucen casi desnudas con la mayor tranquilidad? ¿No les interesa vestirse mejor?... ¿O será acaso que lo que persiguen es hacerse notar?
Antes se acostumbraba a que era el joven el que buscaba a la chica y la fuera convenciendo de su sentimiento amoroso, y ella no lo aceptaba así nomás, hasta que a su vez sintiera atracción por él. Ahora es al revés, desgraciadamente. Piensan que son lo suficientemente capaces de hacer lo que se les venga en gana, que saben cuidarse, que… que… y…
Los adultos ¿Con qué derecho los censuramos?, si es sabido que un ochenta por ciento en la formación y educación de un niño o un joven es la figura de los padres, el ejemplo, el amor y su dedicación…
Pasa el tiempo, y lo que no nace no crece. Por eso cuando llegan a ser adultos tampoco tienen tiempo ni para hacer un pequeño espacio y averiguar qué pasa con sus seres queridos.
Hay muchas familias donde los padres, abuelos, tíos mayores hemos pasado a un segundo lugar, porque no hay tiempo ni para tomar un celular y preguntar ¿Cómo están? En muchos casos a pesar de “su cansancio”, “sí hay tiempo” para tomar sus tragos o aprovechar un fin de semana con los amigos, y en muchos casos dejar a los niños con los abuelos, que en su mayoría ya no están para correr detrás de las criaturas o atenderlos como es debido.
Y sobre todo es reprobable la falta de amor hacia ellos, que ya cumplieron con sus deberes de padres y que más bien en su interior esperan que los hijos, a su vez, los saquen también a pasear, para dedicarles y demostrarles un momento de ternura y atención, que en muchos casos, ya no recuerdan que existen esos sentimientos hacia ellos.
Eso ya es el colmo... toda edad está para las tareas que le corresponden realizar en la vida… y no podemos cargar a los mayores con las tareas que les tocan a los padres jóvenes.
Es tan lindo escuchar un “te quiero abuela” que nos llena el corazón… ¿Cuánto se demorarán en hacerlo con un celular en el bolsillo? No se requiere gastar en regalos por el cumpleaños o el día de la madre o el padre.
La presencia de un hijo o un nieto amoroso y tierno es para nosotros el mejor obsequio que ansiamos recibir, porque además del amor que guardamos para ellos, el verlos llegar solos o con los nietos a nuestra casa, nos hace palpitar el corazón y se llena el gran vacío al que nos “debemos acostumbrar”.
Esta demostración de amor vale más que la recibamos estando vivos, y que no se sientan después arrepentidos de no hacerlo. Nadie sabe el día ni la hora en que tengamos que “volar”, y ¿De qué vale que nos lloren cuando ya hayamos partido para siempre?
Pido que me disculpen si he escrito con alguna dureza, pero mi conciencia me lo está pidiendo y no quiero pecar de omisión, cuando algo puedo hacer para ayudar a los demás.
Con todo mi cariño,
Cucha
Octubre 23 del 2007
Me hiciste llorar abuelita Cucha, en todo tienes razón.
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