Siempre presente en mi recuerdo y mi corazón.
¿Desde cuando empecé a quererlo?
Mi primer recuerdo me hace retroceder muchos años, siendo aún una niña cuando, por la amistad que tenía con su hermana Lucrecia, fuimos a visitar a su mamá para saludarla por su cumpleaños. Como una visión fugaz lo vi pasar a través de una ventana. No sé si después compartió la reunión. Sólo sé que nos encontramos por primera vez en una retreta del Parque de Miraflores. Lo recuerdo como un muchachito delgado, tostado por el sol, gran futbolista y amante de la playa y de las olas. Vestía lo característico para su edad en aquella época, pantalón a la rodilla y medias largas. Tendría unos catorce o quince años.
Lo curioso es, que a pesar de ir conociendo a todos sus hermanos, él fue el último en ser mi amigo y más curioso aún el que, no mucho tiempo después, compartiéramos con todo el grupo del barrio juegos y reuniones en los que sin darnos cuenta, surgió una coincidencia extraña entre ambos, puesto que compartíamos gustos e inclinaciones identificándonos en cosas triviales y naturales de nuestra edad.
Pasó el tiempo, fuimos creciendo y me aparté de él. Por esas cosas de la vida, me enamoré de otro chico y mi vida tomó otros rumbos. Pero aún así, cuando nos encontrábamos por casualidad me sentía muy a gusto en su compañía y más tarde, cuando con todos los chicos amigos empezó a frecuentar mi casa, no perdíamos la oportunidad de estar juntos.
Retornando al pasado, recuerdo esos años maravillosos de la adolescencia, edad en la que en todo nuestro entorno nos hablaba de la alegría de vivir, cuando en nuestro corazón se anida la ilusión del primer amor. Ese amor que nos hace sentir dueños del mundo y capaces de luchar por conseguir el ideal soñado.
En ese tiempo nuestro grupo se había incrementado con nuevos amigos y formamos un estrecho vínculo de amistad sincera, amistad imperecedera que nos permitido vivir momentos inolvidables de sano esparcimiento, existiendo entre nosotros un respeto mutuo, una linda fraternidad nunca manchada por actos reprobables, sintiéndonos las chicas protegidos en todo momentos por tan leales amigos, muchachos sanos que con verdadero celo nos guardaban de todo mal. Fue una edad maravillosa que no he podido olvidar.
Pero mi vida, que para ese entonces estaba hecha de promesas, ya que el muchacho al que le profesaba un verdadero amor, me había dado pruebas que me correspondía ampliamente, tuvo un giro inesperado, grotesco y cruel… Me sumí en la más profunda desesperación. El mundo se había acabado para mí y no quise saber nada de nadie.
No sé cuándo logré salir del pozo negro y profundo en el que me sentía sumergida, pero sí puedo decir que la amistad profunda y leal de Guillermo -el cual me confesó después- hacia tiempo que estaba enamorado de mí, fue invalorable. Lentamente volví a creer en la vida, volví a sentir que esta vida me ofrecía nuevas esperanzas. La ilusión primero y luego un amor el cual es muy probable que lo tuve dormido en mi corazón desde sabe Dios cuándo, surgió limpio y luminoso pudiendo decir sin equivocarme, que estuvo esperando el momento propicio para que yo me aferrara a él… para que comprendiera que ese era mi destino, al lado del hombre bueno, tierno y sincero, que supo poner su corazón al lado del mío en una verdadera entrega, que permitió que a pesar de muchas dificultades llegáramos a ver realizadas todas las promesas que ambos nos hicimos para lograr la verdadera felicidad…
Retrocediendo con el tiempo, llegan a mi mente muchas imágenes y recuerdos de aquellos momentos que empezamos a compartir cuando aún vivíamos en la hermosa casona de Miraflores. Diariamente desde temprano, mi casa era el punto de reunión de todo ese numeroso grupo de muchachos que gozando de las vacaciones nos dirigíamos a la playa, que estaba a nuestro alcance, para disfrutar del mar y del sol. ¡Que bellas e inolvidables vivencias me han acompañado siempre de aquella época! Vivíamos a plenitud, sanamente, sin permitir que nada opacara nuestra alegría juvenil. Aprovechábamos de cualquier oportunidad que nos permitiera estar juntos compartiendo travesuras y ocurrencias que nos hacían sentir ser dueños del mundo disfrutar de él y sentirnos con todo el derecho de vislumbrar un futuro seguro y provisor.
Y siguió pasando el tiempo; Guillermo se vio en la necesidad de emigrar fuera de Lima en pos de trabajo y nos vimos obligados a aceptar esa separación, aunque para nosotros significara muchos sacrificios. Luego de dos años retornó, y fue entonces que tuvimos que luchar con todo nuestro empeño para que aceptara mi familia nuestro mutuo cariño. Pero como las causas justas merecen ser recompensadas, el verdadero amor que nos profesábamos pudo vencer esa barrera de oposición, llegando a la meta trazada, cual fue poder contraer matrimonio en la Iglesia de Miraflores.
Luego, después de un tiempo pude acunar entre mis brazos al primero de nuestros hijos, que fue el preludio de aquella invalorable herencia que mi esposo me pudo dejar, cuando uno a uno fueron llegando aquellos pedacitos del alma, “regalo de Dios” para completar la dicha que nos rodeaba siempre en la calidez de nuestro hogar y en los mejores momentos de nuestra vida.
¡Con qué ilusión los fuimos esperando! Guillermo (mi flaco) tenía unas manos prodigiosas y gran creatividad. Me parece verlo confeccionar las camitas de cada uno conforme era necesario. Con una innata ternura los estrechaba junto a su corazón, los bañaba con gran delicadeza y gozaba aspirando su perfume de bebes sanos y fragantes. Por las noches era mi ayuda invalorable al compartir conmigo los trabajos que ocasionaban los pequeños, cuando entre los dos los teníamos que atender …¡En serie!... O planchar ambos los pañales.
¡Cuánto hay para recordar! Sobre todo, cuánto quisiera acrisolar las diversas facetas del carácter de Guillermo. Sus ocurrencias como: “¿Quién dice?” O aquella frase pronunciada como una sentencia: “deportivamente”, que utilizó aún en momentos muy difíciles para él. Cuando me hacía bromas que me ‘picaban’ al ver que yo era el motivo de la algarabía general. Aún me parece escucharlo cuando me llamaba: “Mamá, ven un momento” y si me demoraba lo hacía en forma reiterativa. Cuando llegaba donde él estaba, me preguntaba: “¿Me amas?” ¡Ay mi viejo ¡ Cómo no quererte en el recuerdo, cómo no extrañarte con profunda nostalgia!
Fue un padre inigualable, amoroso y tierno, ejemplo vivo para sus hijos que siempre tuvieron en él al amigo, camarada, confidente y sobre todo el soporte de nuestro hogar al que se entregó entero, siendo para él su más sagrado deber y tener en nosotros el único tesoro que poseyó en la vida.
Por su manera de ser, amplio y generoso, se hizo querer por cuantos lo conocieron, resaltando en él los valores morales más prominentes como su honradez y dedicación al trabajo, un corazón generoso que nunca guardó resentimientos ni rencores y sobre todo el amor y respeto a sus padres, la amistad leal y sincera para con los amigos de verdad.
A su lado por muchos años fui inmensamente feliz, a pesar de las diversas pruebas a las que nos sometió la vida. Una de ellas fue para mí, la decisión muy difícil que tuve que adoptar cuando, acosados por la difícil situación, lo convencí animándolo para que viajara fuera de Lima en pos de un mejor trabajo. Nunca nos habíamos separado y aunque por dentro sentía que se me iba el corazón con él, no dejé traslucir en ningún momento ese sentir y tuve que adaptarme a su ausencia no siendo nada fácil el hacerlo.
Pero cuando nos pudimos reunir después de un año, fue la mejor época de nuestra vida como pareja. Ya los chicos habían crecido y eso nos permitió dedicarnos mutuamente a compartir momentos que calaron muy hondo en mis recuerdos.
Años después tuvimos la satisfacción de ver realizados los proyectos que nos forjamos para los chicos, al verlos ya convertidos en hombres y mujeres de verdad, tomando cada uno la ruta escogida para llegar a realizarse en sus aspiraciones. Llegaron los nietos y el tiempo pasó…
En la madurez de nuestra existencia, Guillermo empezó a sufrir las consecuencias de la enfermedad no controlada a tiempo, que lo atacó irremediablemente. Fueron años de sufrimiento que no quisiera recordar, pero es necesario para hacer el balance de lo positivo y lo negativo de nuestra vida.
Debido a su estado, poco a poco lo empecé a perder. Se fue alejando de mí la luminosidad de su persona. Con desesperación fui comprobando que mi viejo amado y el esposo con quien fui tan felíz, ya no era él. Tuve que luchar con el más despiadado desencanto de tenerlo a mi lado sin ser “Él”.
Pero en los aciagos momentos finales, aunque sin darse cuenta, fue generoso y fiel con el amor que siempre me profesó, al no permitir que su ausencia me fuera tremendamente dolorosa. En el momento de su partida definitiva no sentí desesperación, ni le reproché nada a la vida, muy por el contrario una inmensa paz invadió todo mi ser y aunque las lágrimas inundaron mis ojos, le di gracias a Dios por haberlo recogido y dado el merecido descanso a su "valiente y callado sufrimiento".
Hoy se cumplen ocho años de su lejanía definitiva de mi, pero en forma física, porque a pesar del tiempo transcurrido siempre lo tengo cerca y más aún en dos oportunidades en medio de mis sueños, lo he visto vivo, he sentido el calor de su persona cuando me ha abrazado con gran ternura, y al despertar he sentido la alegría de haberlo tenido muy, muy junto a mi corazón.
Cada día lo extraño más, pero una sensación indefinible me embarga porque, al irse, me ha dejado el consuelo de vivir en cada uno de nuestros hijos, la herencia de las muchas facetas de su inolvidable personalidad. En todo momento difícil, o cuando en las fechas significativas se reúne conmigo mi extensa e invalorable familia, sé que él está con nosotros, reflejándose en los cuidados y cariños que me ofrecen mis hijos, nietos y bisnietos, prodigándose por hacerme feliz y permitir pasar mis últimos años con ilusiones y alegría de vivir.
Se que está muy lejos, esperándome, que solo anhela que llegue el momento que me pueda reunir con él y ahí donde esté, seguiremos unidos por nuestro inmenso amor, en presencia de Dios y para toda la eternidad….
Hasta siempre mi Viejo. Sigues viviendo en mis recuerdos… En mi corazón.
Cucha
Mayo 25 del 2000
¿Desde cuando empecé a quererlo?
Mi primer recuerdo me hace retroceder muchos años, siendo aún una niña cuando, por la amistad que tenía con su hermana Lucrecia, fuimos a visitar a su mamá para saludarla por su cumpleaños. Como una visión fugaz lo vi pasar a través de una ventana. No sé si después compartió la reunión. Sólo sé que nos encontramos por primera vez en una retreta del Parque de Miraflores. Lo recuerdo como un muchachito delgado, tostado por el sol, gran futbolista y amante de la playa y de las olas. Vestía lo característico para su edad en aquella época, pantalón a la rodilla y medias largas. Tendría unos catorce o quince años.
Lo curioso es, que a pesar de ir conociendo a todos sus hermanos, él fue el último en ser mi amigo y más curioso aún el que, no mucho tiempo después, compartiéramos con todo el grupo del barrio juegos y reuniones en los que sin darnos cuenta, surgió una coincidencia extraña entre ambos, puesto que compartíamos gustos e inclinaciones identificándonos en cosas triviales y naturales de nuestra edad.
Pasó el tiempo, fuimos creciendo y me aparté de él. Por esas cosas de la vida, me enamoré de otro chico y mi vida tomó otros rumbos. Pero aún así, cuando nos encontrábamos por casualidad me sentía muy a gusto en su compañía y más tarde, cuando con todos los chicos amigos empezó a frecuentar mi casa, no perdíamos la oportunidad de estar juntos.
Retornando al pasado, recuerdo esos años maravillosos de la adolescencia, edad en la que en todo nuestro entorno nos hablaba de la alegría de vivir, cuando en nuestro corazón se anida la ilusión del primer amor. Ese amor que nos hace sentir dueños del mundo y capaces de luchar por conseguir el ideal soñado.
En ese tiempo nuestro grupo se había incrementado con nuevos amigos y formamos un estrecho vínculo de amistad sincera, amistad imperecedera que nos permitido vivir momentos inolvidables de sano esparcimiento, existiendo entre nosotros un respeto mutuo, una linda fraternidad nunca manchada por actos reprobables, sintiéndonos las chicas protegidos en todo momentos por tan leales amigos, muchachos sanos que con verdadero celo nos guardaban de todo mal. Fue una edad maravillosa que no he podido olvidar.
Pero mi vida, que para ese entonces estaba hecha de promesas, ya que el muchacho al que le profesaba un verdadero amor, me había dado pruebas que me correspondía ampliamente, tuvo un giro inesperado, grotesco y cruel… Me sumí en la más profunda desesperación. El mundo se había acabado para mí y no quise saber nada de nadie.
No sé cuándo logré salir del pozo negro y profundo en el que me sentía sumergida, pero sí puedo decir que la amistad profunda y leal de Guillermo -el cual me confesó después- hacia tiempo que estaba enamorado de mí, fue invalorable. Lentamente volví a creer en la vida, volví a sentir que esta vida me ofrecía nuevas esperanzas. La ilusión primero y luego un amor el cual es muy probable que lo tuve dormido en mi corazón desde sabe Dios cuándo, surgió limpio y luminoso pudiendo decir sin equivocarme, que estuvo esperando el momento propicio para que yo me aferrara a él… para que comprendiera que ese era mi destino, al lado del hombre bueno, tierno y sincero, que supo poner su corazón al lado del mío en una verdadera entrega, que permitió que a pesar de muchas dificultades llegáramos a ver realizadas todas las promesas que ambos nos hicimos para lograr la verdadera felicidad…
Retrocediendo con el tiempo, llegan a mi mente muchas imágenes y recuerdos de aquellos momentos que empezamos a compartir cuando aún vivíamos en la hermosa casona de Miraflores. Diariamente desde temprano, mi casa era el punto de reunión de todo ese numeroso grupo de muchachos que gozando de las vacaciones nos dirigíamos a la playa, que estaba a nuestro alcance, para disfrutar del mar y del sol. ¡Que bellas e inolvidables vivencias me han acompañado siempre de aquella época! Vivíamos a plenitud, sanamente, sin permitir que nada opacara nuestra alegría juvenil. Aprovechábamos de cualquier oportunidad que nos permitiera estar juntos compartiendo travesuras y ocurrencias que nos hacían sentir ser dueños del mundo disfrutar de él y sentirnos con todo el derecho de vislumbrar un futuro seguro y provisor.
Y siguió pasando el tiempo; Guillermo se vio en la necesidad de emigrar fuera de Lima en pos de trabajo y nos vimos obligados a aceptar esa separación, aunque para nosotros significara muchos sacrificios. Luego de dos años retornó, y fue entonces que tuvimos que luchar con todo nuestro empeño para que aceptara mi familia nuestro mutuo cariño. Pero como las causas justas merecen ser recompensadas, el verdadero amor que nos profesábamos pudo vencer esa barrera de oposición, llegando a la meta trazada, cual fue poder contraer matrimonio en la Iglesia de Miraflores.
Luego, después de un tiempo pude acunar entre mis brazos al primero de nuestros hijos, que fue el preludio de aquella invalorable herencia que mi esposo me pudo dejar, cuando uno a uno fueron llegando aquellos pedacitos del alma, “regalo de Dios” para completar la dicha que nos rodeaba siempre en la calidez de nuestro hogar y en los mejores momentos de nuestra vida.
¡Con qué ilusión los fuimos esperando! Guillermo (mi flaco) tenía unas manos prodigiosas y gran creatividad. Me parece verlo confeccionar las camitas de cada uno conforme era necesario. Con una innata ternura los estrechaba junto a su corazón, los bañaba con gran delicadeza y gozaba aspirando su perfume de bebes sanos y fragantes. Por las noches era mi ayuda invalorable al compartir conmigo los trabajos que ocasionaban los pequeños, cuando entre los dos los teníamos que atender …¡En serie!... O planchar ambos los pañales.
¡Cuánto hay para recordar! Sobre todo, cuánto quisiera acrisolar las diversas facetas del carácter de Guillermo. Sus ocurrencias como: “¿Quién dice?” O aquella frase pronunciada como una sentencia: “deportivamente”, que utilizó aún en momentos muy difíciles para él. Cuando me hacía bromas que me ‘picaban’ al ver que yo era el motivo de la algarabía general. Aún me parece escucharlo cuando me llamaba: “Mamá, ven un momento” y si me demoraba lo hacía en forma reiterativa. Cuando llegaba donde él estaba, me preguntaba: “¿Me amas?” ¡Ay mi viejo ¡ Cómo no quererte en el recuerdo, cómo no extrañarte con profunda nostalgia!
Fue un padre inigualable, amoroso y tierno, ejemplo vivo para sus hijos que siempre tuvieron en él al amigo, camarada, confidente y sobre todo el soporte de nuestro hogar al que se entregó entero, siendo para él su más sagrado deber y tener en nosotros el único tesoro que poseyó en la vida.
Por su manera de ser, amplio y generoso, se hizo querer por cuantos lo conocieron, resaltando en él los valores morales más prominentes como su honradez y dedicación al trabajo, un corazón generoso que nunca guardó resentimientos ni rencores y sobre todo el amor y respeto a sus padres, la amistad leal y sincera para con los amigos de verdad.
A su lado por muchos años fui inmensamente feliz, a pesar de las diversas pruebas a las que nos sometió la vida. Una de ellas fue para mí, la decisión muy difícil que tuve que adoptar cuando, acosados por la difícil situación, lo convencí animándolo para que viajara fuera de Lima en pos de un mejor trabajo. Nunca nos habíamos separado y aunque por dentro sentía que se me iba el corazón con él, no dejé traslucir en ningún momento ese sentir y tuve que adaptarme a su ausencia no siendo nada fácil el hacerlo.
Pero cuando nos pudimos reunir después de un año, fue la mejor época de nuestra vida como pareja. Ya los chicos habían crecido y eso nos permitió dedicarnos mutuamente a compartir momentos que calaron muy hondo en mis recuerdos.
Años después tuvimos la satisfacción de ver realizados los proyectos que nos forjamos para los chicos, al verlos ya convertidos en hombres y mujeres de verdad, tomando cada uno la ruta escogida para llegar a realizarse en sus aspiraciones. Llegaron los nietos y el tiempo pasó…
En la madurez de nuestra existencia, Guillermo empezó a sufrir las consecuencias de la enfermedad no controlada a tiempo, que lo atacó irremediablemente. Fueron años de sufrimiento que no quisiera recordar, pero es necesario para hacer el balance de lo positivo y lo negativo de nuestra vida.
Debido a su estado, poco a poco lo empecé a perder. Se fue alejando de mí la luminosidad de su persona. Con desesperación fui comprobando que mi viejo amado y el esposo con quien fui tan felíz, ya no era él. Tuve que luchar con el más despiadado desencanto de tenerlo a mi lado sin ser “Él”.
Pero en los aciagos momentos finales, aunque sin darse cuenta, fue generoso y fiel con el amor que siempre me profesó, al no permitir que su ausencia me fuera tremendamente dolorosa. En el momento de su partida definitiva no sentí desesperación, ni le reproché nada a la vida, muy por el contrario una inmensa paz invadió todo mi ser y aunque las lágrimas inundaron mis ojos, le di gracias a Dios por haberlo recogido y dado el merecido descanso a su "valiente y callado sufrimiento".
Hoy se cumplen ocho años de su lejanía definitiva de mi, pero en forma física, porque a pesar del tiempo transcurrido siempre lo tengo cerca y más aún en dos oportunidades en medio de mis sueños, lo he visto vivo, he sentido el calor de su persona cuando me ha abrazado con gran ternura, y al despertar he sentido la alegría de haberlo tenido muy, muy junto a mi corazón.
Cada día lo extraño más, pero una sensación indefinible me embarga porque, al irse, me ha dejado el consuelo de vivir en cada uno de nuestros hijos, la herencia de las muchas facetas de su inolvidable personalidad. En todo momento difícil, o cuando en las fechas significativas se reúne conmigo mi extensa e invalorable familia, sé que él está con nosotros, reflejándose en los cuidados y cariños que me ofrecen mis hijos, nietos y bisnietos, prodigándose por hacerme feliz y permitir pasar mis últimos años con ilusiones y alegría de vivir.
Se que está muy lejos, esperándome, que solo anhela que llegue el momento que me pueda reunir con él y ahí donde esté, seguiremos unidos por nuestro inmenso amor, en presencia de Dios y para toda la eternidad….
Hasta siempre mi Viejo. Sigues viviendo en mis recuerdos… En mi corazón.
Cucha
Mayo 25 del 2000
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