5.2.13

Semblanza a un gran amor



La vida Construye y la vida destruye.

Desde el primer pasaje de este relato se podrá reconocer al personaje de esta historia al que quiero ofrecerle un sentido homenaje. No necesito dar su nombre porque es ampliamente conocida su trayectoria en esta ciudad de Miraflores.

Han pasado muchos años desde que se iniciaron esos treinta pasos en la esquina de un parque de Miraflores. Se iniciaron cuando era joven y, como muchos de nosotros soñaba con un futuro provisor y feliz, que es la meta que se espera alcanzar en esta vida.

De buena cuna, inteligente y ambicionando nutrirse de cultura, se exigió tanto sí mismo que esto le ocasionó serios trastornos de salud. Luego de un tiempo empezamos a verlo nuevamente en su esquina preferida, llevando siempre bajo el brazo sus libros predilectos y paseando y paseando en el mismo sitio, dejando los libros de cuando en cuando sobre la primera banca del parque Kennedy.

Seguramente se sentía lleno de optimismo y más aún cuando ya el amor había llegado a su corazón. A ella nunca la conocí, pero la imagino muy buena y espiritual, tierna y capaz de despertar en él un cariño profundo e imperecedero.

Cuantas veces, quizá, en esa esquina, la esperó con el alma palpitante y, al verla aparecer, acercársele presuroso con el corazón rebosante de ternura, sentarse juntos en esa banca la que sabría de sus planes y habrá sido testigo de sus diálogos, tejidos con hilos de ilusión, los proyectos que tendrían para el futuro, en el cual verían cristalizados sus esperanzas y ensueños.

Un día la vio llegar, se levanto para recibirla y al tenerla casi de la mano…. la tragedia los separó para siempre. Al igual que la flor arrancada de su tallo, la vida se la quitó sin piedad.

Qué pasó con él? ¿Cuántas noches interminables se habrá preguntado “Por qué”? Con la mirada fija en un punto indefinido, sin sueño, sus ojos se habrán negado a cerrarse por hallarse secos, agotadas las lágrimas en ellos. Su dolor insoportable y el pecho desgarrado por la pena. Se sumió nuevamente en un mundo de tinieblas.

Siguió pasando el tiempo. Un día regresó nuevamente al mismo sitio. No podía seguir faltando a sus sitas y empezó a caminar, esperando, quien sabe un milagro o no aceptando su ausencia. Y esa figura expresión viviente del dolor se fue empequeñeciendo, y sus ojos tristes e inexpresivos miraban sin ver. Sólo lo acompañaban sus inseparables libros que, como antes, descansaban a veces en el mismo lugar.

Alguien se percató de que siempre eran sus pasos regulares, 30 de ida y 30 de regreso, los que marcaban el ir y venir en esa esquina. ¿Qué significaba ese número para él?.

Los que le conocemos nos preguntamos cómo habrá sido de grande esa mujer, que inspiró en él ese maravilloso amor.
Es increíble como la conserva latente en su pecho, a través de tantos años, manteniéndose fiel a su recuerdo…

Una fría mañana, casi de madrugada, lo vi parado en la esquina de su casa, en una actitud de arrobamiento, con las manos juntas y sus tristísimos ojos mirando hacia lo alto. ¿Qué vería? Al pasar a su lado apreté afectuosamente su brazo y me fijé que, entre las ramas de los numerosos árboles existentes en ese lugar, se habría una ventana al cielo gris, invernal. Me pregunté: ¿la vería a través de ella? ¿Se comunicarían ambos en un diálogo mudo con el corazón, confundidas sus almas? Recuerdo que estaba helado, pero para él no existía nada, sólo le importaba estar cerca de ella y hablarle y hablarle…

También, muchas tardes cuando se acerca el crepúsculo se dirige al malecón y contempla largamente el mar hasta el anochecer…
También va un saloncito de té de la avenida Diagonal y pide dos tacitas de café. Me figuro que todo lo que estoy relatando debe tener un significado conocido sólo por el, como tal vez acudir a los lugares donde vivió momentos de gran felicidad.

Cada día se le ve más pequeño, más cansado, camina lentamente como si arrastrara su pena, pero se agiganta ante mis ojos cada vez que lo encuentro, al verlo tan firme con sus recuerdos, guardados con fidelidad sublime. A pesar de su vida rota, de su soledad y dolor sin fin sabe soportarlo todo con valor y con aceptación, mansamente…

Treinta pasos de ida y treinta pasos de regreso, que quedarán indeleblemente marcados en esa esquina, a la que acude diariamente, fielmente, hasta el día en que lo conducirán al fin de su peregrinar por este mundo, hacia la felicidad eterna.

Willy, con todo mi afecto y admiración
 
Cucha 
 
Enero 28 de 1990

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