5.2.13

Recordando a Víctor Humareda


Enterada de la aparición, en fecha próxima, de un libro titulado “En la ruta de Víctor”, cuyo autor es el fotógrafo profesional Herman Schwarz, amigo, quien sabe el único del recordado maestro Víctor Humareda, no he podido evitar el reaccionar realizando una semblanza del que fue, durante tres años, mi compañero de estudios en la Escuela de Bellas Artes de Lima.

La juventud de Víctor Humareda no fue conocida por el autor, como por ejemplo el día en que ambos nos presentamos al primer año de la clase de dibujo de nuestra querida y vieja Escuela, la cual presentaba aún los estragos del fuerte sismo del año 1940.

Sé que el mismo anhelo nos encaminó hacia ella. El mismo deseo de poder plasmar en el lienzo o cartulina lo que palpitaba en nuestro interior, el mismo amor a lo bello, para tratar de cristalizarlo en las obras que esperábamos realizar algún día.

Cuando lo conocí, era un muchacho humilde, tímido y tetraído; tenía un mechón de cabello rebelde sobre la frente y una mirada triste e inexpresiva, muy respetuoso, bueno y generoso. Venía desde su lejana provincia puneña y, quien sabe, al verse rodeado de nuestro grupo de muchachos limeños, se sintió lejano y temeroso de que no lo aceptáramos en él. Pero no fue así. Y a pesar de nuestros esfuerzos permanecía aislado y encerrado en su mundo, tan abstraído que no lográbamos sacarlo de él. Hablaba muy poco y rara vez lo vimos sonreir.

Desde sus primeros ensayos con el carboncillo sobre las cartulinas y teniendo como modelos los clásicos “bodegones” de naturaleza muerta, se distinguió por su peculiar forma de trabajar, borroneando su trabajo y en forma inexplicable hacía que aparecieran las figuras en él, perfectas, nítidas y con un especial toque de originalidad.

Al ingresar al tercer año de estudios empezamos a tener modelos vivos de diferentes tipos y edad.
Recuerdo que en una oportunidad, ingresó a posar una señora de edad avanzada o envejecida, muy blanca, finas facciones, honda tristeza en la mirada de unos bellos y celestes ojos. Vestía pobremente pero se le notaba cierta clase de distinción. La envolví un raído abrigo que pregonaba su gran pobreza. ¿Qué sucedió con Víctor cuando la vio? Nunca lo sabré. Lo vi ponerse frenético, borroneando como nunca la cartulina. ¿ Sería acaso que lo conmovió tanta pobreza, tan conocida por él y que contrastaba tanto con el porte y belleza de la señora? Realizó un maravilloso trabajo, mostrando en él a una dama de alcurnia y mucha elegancia, con el que se pintó de cuerpo entero, con la creatividad de su arte y la potencialidad de su ingenio.

Desgraciadamente ese año, por conflictos internos, fue recesada la Escuela y el bello grupo que formábamos los alumnos del profesor Enrique Camino Brent se disolvió, separándonos cada cual por su lado sin volvernos a ver más.

Pasaron muchos años y a Víctor le perdí los pasos.

UN día salió publicada una noticia invitando para asistir a la exposición de las obras de Víctor Humareda. Fue la primera, y al enterarme me sentí contenta al comprobar que la vida no había podido más que sus deseos de llegar a tan ansiada meta, sabe Dios con cuantos sacrificios y esfuerzos, lo que no logramos la mayoría, que nos quedamos en la mitad del camino.

Supe luego de sus triunfos, un viaje a Francia y su pronto regreso. Esto lo comprendí puesto que, después de haberlo conocido, entendía que con su manera de ser no podría tener cabida en la ciudad de París.

Empecé con alegría a apreciar sus cuadros llenos de colorido y belleza, pero conforme avanzaba en mi andar noté el cambio que en ellos se operaba reflejado y también la cambiante personalidad de Víctor. Al llegar al final estaba representada la muerte en una forma que sentí un frío terrible que me recorrió la espalda. Era algo magistral, pero lo que me sobrecogió fue el imaginar que cosa tan horrenda habría inspirado a Víctor para plasmar la muerte en esa forma. Yo ignoraba la tragedia de su vida y su fin cercano. Fue esto lo que lo impulsó a pintar esa obra, porque presentía la presencia de la muerte.

Y fue así que a los pocos días me enteré de su muerte, de su largo y pobre existir en un mísero cuartucho de hotel, sin más compañía que sus lienzos y sus adoradas pinturas. Supe que había perdido la voz al habérsele extirpado las cuerdas vocales a consecuencia de un cáncer que se lo llevó.

Acaba de fallecer en la más tremenda pobreza y muy pocos lo acompañaron a su última morada. Fue explotado y vejado y la vida lo convirtió en un ser amargado y grotesco.

Ahora nada de eso importa. Víctor ha volado muy alto, dejando atrás los sufrimientos de su pobreza y, sobre todo, su inmensa soledad. Ahora es libre y está ocupando el sitio que Dios le tenía reservado y, desde donde se encuentre, él, que amaba la belleza, puede recrearse con ella y poseer el tesoro más valioso que haya podido soñar, cada vez que pueda contemplar cuanto desee, el esplendor de la luz maravillosa del rostro de Cristo.

Me lo imagino inquieto y juguetón, buscando nuevas inspiraciones o acaso persiguiendo a un angelito travieso ara plasmatrlo en sus lienzos celestiales.

Víctor, te recordaré siempre con mucho afecto
Sara de la Puente Raygada
Enero 10, 1990…
Articulo publicado en “Somos sobre el anterior, que es el original
A raíz de un artículo aparecido en Somos, dando cuenta de un libro de Herman Schwarz sobre Víctor Humareda, su amiga y condiscípula Sara de la Puente de Mesinas, nos hizo llegar esta conmovedora semblanza del malogrado pintor, con quien estudió bajo la batuta de Julia Codesido.

Tras leer en Somos sobre el artículo “En la ruta de Víctor” donde se informa de la aparición de un libro que, sobre la vida del maestro, ha publicado el Sr. Herman Schwarz, fotógrafo de profesión y muy amigo, quien sabe el único que lo apreció y estimó de verdad, no he podido resistirme a hacer una semblanza sobre el que fue, durante tres años, mi compañero de estudios en la Escuela de Bellas Artes.

Me ha conmovido profundamente lo que dice de la trayectoria de la vida del maestro, pues la figura que se desprende de él, a través de su relato, es muy distinta al amigo y compañero que conocí, cuando ambos ingresamos a nuestra querida escuela, la cual aún mostraba los efectos del fuerte sismo del año 40.

Cuando lo conocí, era un muchacho humilde, tímido y distraído; tenía un mechón de cabello rebelde sobre su frente, y su mirada era triste y algo inexpresiva. Muy respetuoso con todos, demostraba ser también bueno y generoso. Venía de su pueblo natal y quien sabe temiendo no ser aceptado por los chicos que formábamos el grupo de alumnos de la maestra Julia Codesido. Predominaba en él, por su innata timidez, el aislamiento y, apartándose de todos, se abstraía en un mundo sólo por él conocido y al que nuca pudimos ingresar. Siempre lo tratamos igual que a cualquiera de nosotros pero todo fue en vano.

Desde que empezó sus primeros ensayos como el carboncillo sobre la cartulina, teniendo como modelos los clásicos bodegones, se distinguió de todos por su peculiar forma de trabajar. Empezaba borroneando la cartulina en tal forma que no se distinguía nada en ella, y luego no sé cómo era que lograba que de esos champones surgieran trabajos perfectos, con una originalidad en la que demostró su genio creador.

Fue ya cursando el tercer año de estudios que se perfiló como todo un artista, trabando con modelos vivos, les dio prácticamente la vida de ellos a sus obras.
Desgraciadamente, para muchos de nosotros, ese año académico no lo pudimos terminar pues por ciertos problemas internos, la escuela fue recesada y nos separamos cada cuál por su rumbo y no volvimos a saber de nuestras vidas. A Víctor le perdí los pasos por un tiempo hasta un día que lo encontré en la calle vendiendo sus diarios y, a pesar de que trató de evadirse, lo llamé y vi como unas chispitas de alegría en sus ojos cuando, acercándome, lo saludé con afecto. Sé que ese afecto también me fue correspondido, por él.
Luego de algunos años me enteré de la primera exposición de sus obras. Qué alegría tan grande sentí al comprobar que, a pesar de quien sabe cuántas dificultades, él había llegado a la meta y muchos como yo, con mayores posibilidades, no supimos seguir adelante y nos quedamos a la mitad del camino.
Yo no había podido admirar ninguna de sus obras en las exposiciones que se realizaron y, una mañana que transitaba por Miraflores, me enteré que se había inaugurado una de ellas en la Municipalidad.
Cuando empecé a mirar sus primeros trabajos, me vi regresando al pasado, en una de las salas de trabajo de nuestra vieja Escuela, teniendo cerca de mi tablero al muchacho pobre y humilde que trabajaba a mi lado. ¡Quién hubiera imaginado que dentro de esa apariencia casi insignificante se encerraba el potencial de arte creativo y genial!.
Luego, recorriendo con la mirada los siguientes cuadros, ví a través de ellos cómo se iba realizando una transformación en la personalidad de Víctor. Yo ignoraba la tragedia de su vida y fue por eso que, al llegar a contemplar el cuadro que representaba a la muerte, sentí un escalofrío. Una obra magistral y de un realismo aterrador, increíble, que me ocasionó tal impresión que una serie de sentimientos encontrados se apoderaron de mí. Comprendí que algo terriblemente doloroso, traumático y desconocido habían inspirado al artita pintar esa figura. ¿Sería acaso que cuando la realizó la tenía tan cerca que por ello pudo plasmarla con tanto realismo?

Una inmensa piedad se apoderó de mí cuando, pocos días después, me enteré que se encontraba tan enfermo, que acababa de fallecer en la más absoluta miseria. Recién conocí la vida que llevó llena de pobreza, abandono, de la cruel enfermedad que lo privó del habla. Todo esto lo convirtió en el ser del que varias veces escuché comentarios sobre su personalidad excéntrica, de los gestos y posturas grotescas que adoptaba en muchas fotografías tomadas en se cuartucho de hotel.
Por eso es que, al dedicarle este artículo, quiero rescatar todo lo bueno que atesoró en su juventud, de sus anhelos, ilusiones y realizar sus mayores deseos de plasmar en sus telas todo lo bello, que era lo que más le interesaba en la vida.
Ahora nada de eso importa. Víctor ha volado muy alto. Es libre y ha dejado atrás sus miserias, dolores y su terrible soledad. Debe estar ocupando el sitio que Dios le tenía destinado y desde ahí gozar completamente de la belleza, cada vez que pueda extasiarse mirando la luz maravillosa del rostro de Cristo.
Pero no me lo imagino quieto. Lo veo siempre buscando una nueva inspiración o será, quien sabe, que persigue a algún angelito travieso y bello que lo pueda plasmar en sus celestiales lienzos. 


Víctor, te recordaré siempre con mucho afecto.
 

Cucha
 
Mayo de 1999

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