5.2.13

Semblanza a la Mamita María



Dedicada a mis hermanos.

La vida fue muy generosa conmigo al permitirme gozar por muchos años, de la compañía de mi amada abuela María a la que desde mis primeros recuerdos, la veo siempre sola, pues el amor de su vida se alejó para siempre de su lado cuando ella era muy joven y sus hijos de corta edad.

No olvido su figura, alta y espigada, de rostro venerable y bondadoso: reflejaba aún la hermosura que siempre poseyó. Coronaba su cabecita la nívea blancura de una plateada cabellera y, sus ojos celestes como el cielo, siempre tristes y bellos, fueron inolvidables para mí.

Muchos contrastes rodearon su vida, entre la felicidad y el dolor, ya que siendo niña y luego adolescente, allá en la lejana Tarma, perteneció a una noble y numerosa familia siendo formada con profundas cualidades morales y mucho amor hacia sus padres y hermanos. Esto a su vez modeló su personalidad ya que fue valiente e intrépida cuando a la grupa de su brioso caballo, acompañaba con fidelidad a su padre en las excursiones de cacería, adquiriendo un pulso firme y gran maestría para no errar el tiro.

Criada a plenitud, con el continuo contacto de la naturaleza, fue sana y fuerte y de carácter firme, pero a su vez tierna y piadosa.

Pasando el tiempo, un limeño apuesto se le acercó, buscando en ella el amor que le supo inspirar desde un primer momento, pero ella altiva y desconfiada esquivó ese sentimiento. Sabía de su valía como mujer y convencerla de que ese amor que se le ofrecía era verdadero no fue nada fácil, pero la constancia del mozo enamorado pudo más y llegó a nacer en ella el más puro amor para el que más tarde sería su esposo.

Años más tarde abandonó a su querido terruño, el hogar de sus amores, donde tranquila y feliz pasó su niñez y adolescencia y se radicó en Lima, siguiendo al esposo que, por ser un gran patriota e imponérselo el deber y las circunstancias, se unió a la campaña por la libertad, al lado del gran caudillo Andrés Avelino Cáceres, llegando a ser su brazo derecho y secretario personal.
Ella, en muchas oportunidades, tuvo que afrontar sola la crianza y formación de sus siete hijos.

Imagino que fue muy corto el tiempo en que pudo gozar de la felicidad verdadera, por las continuas ausencias de mi abuelo.
Cuando menos lo esperaba, la vida se ensañó con ella, arrancándole de un zarpazo la vida de su adorado esposo. ¿Cómo sería después su soledad? ¿De donde sacó fuerzas y alivio para soportar su gran dolor? No quiero imaginar sus noches, ni saber cuantas veces se habrá preguntado ¿Por qué…..?
Su hijo mayor Oswaldo, casi un adolescente, pasó a ocupar el lugar del padre ausente…
Mi abuela como lo dije antes, era valiente y decidida y debe haber luchado con denuedo y mucha fe en Dios, para sacar adelante a su numerosa familia, su único patrimonio, aquellos hijos, cada cual mejor, que habían heredado inteligencia, rectitud y cualidades morales e innatas de sus padres, siendo ejemplares, demostrándolo con el gran amor que siempre atesoraron para con su madre.

Pasaron los años y el dolor nuevamente enlutó el hogar de mi “Mamita” cundo en forma imprevista, aquél hijo que era el todo para ella y sus hermanos sufrió un derrame cerebral falleciendo instantaneamente.

Bueno, ni imaginar lo que esto fue para ella. Me es imposible aceptar por qué la vida es tan injusta con los seres que más amamos y sobre todo la sinrazón de la prueba a que fue nuevamente sometida.

Siguió adelante, sin que se le quebrantara la fe.

Luego de pronto, su vida se vio iluminada con mi presencia, cuando recién nacida me pudo acunar entre sus brazos. Fui para ella como una pequeña luz que empezó a disipar las tinieblas de su vida y más aún cuando siguieron llegando mis hermanos, tornóse la tristeza en algarabía por el barullo de nuestras voces infantiles… Y ella nos empezó a envolver con su ternura infinita, esa ternura que por mucho tiempo fue para nosotros algo tan maravilloso, que nació en nuestros corazones hacia su persona, un amor pleno, profundo e inolvidable.

¡Mamita!, ¡Cómo no recordarte! En todo momento te tengo presente, tanto en mis vivencias de niña cuanto acompañándome en mi adolescencia, aprendiendo de tí tantas cosas, que unidas a las enseñanzas de mamá y de mis tías, lograron hacer de mí lo que ahora soy.

Tu rostro reflejó honda alegría cuando la vida me permitió devolverte en algo a cambio de todo lo que me diste, el depositar en tus amorosos brazos a tu primer bisnieto. Tú y él desde el primer momento formaron un todo. Muy pequeño, desde que tuvo el primer albor de raciocinio logró una comunicación tan perfecta contigo que no pude saber quién quiso más a quien, pues tus manitos rugosas por la edad, se tornaban ágiles y activas y con infinita ternura cambiaste sus pañales o le diste el biberón.

Para Ti fue tu “Hijito”, pues así lo llamaste. Pero la vida nuevamente pudo más que ese mutuo amor entre ustedes.
El fatídico día 11 de enero, del que nadie pudo sospechar lo que ocurriría, lo tuviste en tus brazos y luego, regresando de despedir a la tía “Camicha”, tu hermana, pasaste a nuestro lado y mi hijo te extendió sus bracitos para que lo cargaras, pero tú le dijiste: “Espérame un momento, hijito”- ¡Y ese momento nunca llegó!.

Tan inesperadamente te alejaste de nuestro lado que, por las noches, te veía entrar suave y pausadamente a mi cuarto, como lo hacías diariamente justo a la hora del baño de tu “hijito”. Yo no sentí temor, muy por el contrario. En el fondo de mi alma deseaba que fuera real tu presencia.

Ya era tiempo, después de tu largo peregrinar por la vida, en la que tanto sufriste, que el Señor te llevara al lado de tus seres queridos ausentes y gozar de la visión de la Madre de los Cielos a la que nunca dejaste de invocar.
Siempre escuché su nombre en tus labios.

Muchas veces me has hecho falta. Muchas veces, en mis momentos de prueba, llegué a conocer tu valor y fe inquebrantable, puesto que a mí también la vida me hizo probar el cáliz de la amargura con las ausencias definitivas de mis seres entrañables e inolvidables y, como tú, sólo he podido seguir adelante con fe y esperanza tratando de alcanzar la perfección de mis sentimientos y esperar el día en que podamos gozar de la eterna felicidad.

Te llevo siempre en mi corazón, Mamita mía.

Cucha 

Junio 14 de 1990

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